<?xml version="1.0"?>
<rss xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0"><channel><atom:link href="https://carolus-magnus.blogia.com/feed.xml" rel="self" type="application/rss+xml"/><title>Carolus Magnus</title><description/><link>https://carolus-magnus.blogia.com</link><language>es</language><lastBuildDate>Sun, 10 Dec 2023 12:02:20 +0000</lastBuildDate><generator>Blogia</generator><item><title>Shangai-la o Shambhala, el para&#xED;so perdido de los maestros espirituales</title><link>https://carolus-magnus.blogia.com/2006/093001-shangai-la-o-shambhala-el-paraiso-perdido-de-los-maestros-espirituales.php</link><guid isPermaLink="true">https://carolus-magnus.blogia.com/2006/093001-shangai-la-o-shambhala-el-paraiso-perdido-de-los-maestros-espirituales.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify"><span style="font-family: Arial">David Wallenchinsky e Irving Vallace<br /><br /><strong><span style="font-family: Arial"></span></strong></span><strong><span style="font-weight: normal; font-family: Arial">Entre los antiguos mitos budistas figura un para&iacute;so perdido, conocido como Chang Shambhala, la fuente de la sabidur&iacute;a eterna donde viv&iacute;an seres inmortales en armon&iacute;a perfecta con la naturaleza y el universo. En la India, oculto entre los Himalayas, se llama Kalapa, mientras que la tradici&oacute;n china lo ubica en los montes Kun Lun. Asimismo, en la antigua Rusia se hablaba de la legendaria Bielovodye, la Tierra de las Aguas Blancas, donde viv&iacute;an santos ermita&ntilde;os de inmensa sabidur&iacute;a. James Hilton, en su novela Horizontes Perdidos, recre&oacute; el mito y lo llam&oacute; Shangri-La. </span></strong></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">El Hinduismo, el Shamanismo y el Budismo, todos ellos conservan tradiciones que postulan a Shamballa como la fuente misma de su religi&oacute;n. Por miles de a&ntilde;os se han escuchado relatos acerca de alg&uacute;n lugar m&aacute;s all&aacute; del Tibet, entre los majestuosos picos y apartados valles del Asia central, que persiste como un para&iacute;so inaccesible, un oasis de sabidur&iacute;a universal y paz, llamado Shamballa. </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">H. P. Blavatsky fue la primer ocultista occidental que escribi&oacute; sobre la existencia de aquel santuario del Asia Central, al que llam&oacute; </span></span><em><span style="font-family: Arial">m&iacute;tica Shamballah</span></em><span class="sta"><span style="font-family: Arial">. Dijo que era una ciudad et&eacute;rica en el Desierto de Gobi que serv&iacute;a de cuartel invisible a los Mahatmas, la Gran Fraternidad de Maestros Espirituales que trabajan detr&aacute;s de la escena, guiando y protegiendo a la humanidad. Tambi&eacute;n sabemos que, en los a&ntilde;os treinta, Nicholas Roerich, el artista e instructor espiritual ruso, pas&oacute; muchos a&ntilde;os en expedici&oacute;n por aquella parte del globo, en busca de Shamballa y su Sabidur&iacute;a. Por las mismas fechas, tambi&eacute;n se conoc&iacute;a a Shamballa por el nombre de Shangri-la, as&iacute; mencionada por James Hilton en Horizontes Perdidos (1933). Tanto en la novela, como en el film que le sigui&oacute;, esta tierra fue retratada como un centro de felicidad, prop&oacute;sito y eterna juventud.</span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><strong><span style="font-family: Arial">EL SHANGRI-LA DE JAMES HILTON</span></strong></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">Como esos espejismos que en el desierto siempre est&aacute;n unos pasos delante pero el viajero sediento nunca alcanza, Shangri-La es un mundo escondido al cual parece imposible acceder. La antigua creencia budista dice as&iacute;: </span></span><em><span style="font-family: Arial">Para llegar, no es preciso contar con un mapa o gu&iacute;as avezados, s&oacute;lo es necesario estar preparado &iacute;ntimamente. Entonces, lo inefable aparecer&aacute; ante la vista en todo su esplendor.</span></em><span class="sta"><span style="font-family: Arial"> &iquest;Es Shangri-La el para&iacute;so perdido donde habitan hombres perfectos, la Kalapa de los hind&uacute;es? &iquest;Es el valle oculto de Kun Lun donde, seg&uacute;n los chinos, viven seres inmortales? &iquest;Es la Tierra de las Aguas Blancas, la Bielovodye rusa, aquella de los santos ermita&ntilde;os de gran sabidur&iacute;a? &iquest;O es Chang Shambhala, el lugar sagrado de los budistas donde se encuentra la fuente de la eterna sabidur&iacute;a? Es todos y no es ninguno. Como los espejismos, est&aacute; y no est&aacute;. S&oacute;lo espera al peregrino de coraz&oacute;n l&iacute;mpido y esp&iacute;ritu abierto para ofrendarle sus misterios.</span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">En su novela </span></span><em><span style="font-family: Arial">Horizontes Perdidos</span></em><span class="sta"><span style="font-family: Arial">, el escritor ingl&eacute;s James Hilton construy&oacute; un mundo ideal, al que llam&oacute; Shangri-La (un nombre de su invenci&oacute;n convertido al poco tiempo en sin&oacute;nimo de lugar ed&eacute;nico). Estaba poblado por un grupo de elegidos provenientes de distintas partes del mundo y eran gobernados por un Dalai Lama muy especial: el misionero cat&oacute;lico Francois Perrault, de la orden de los Capuchinos, que hab&iacute;a arribado al T&iacute;bet en 1734 y segu&iacute;a vivo hacia 1930, fecha en que transcurre la mayor parte de la novela. Hugh Conway, joven c&oacute;nsul ingl&eacute;s en la India, llega con otros tres brit&aacute;nicos hasta este oculto valle tibetano despu&eacute;s de un accidentado viaje en avi&oacute;n. Cuando Conway vio Shangri-La, se enfrent&oacute; con </span></span><em><span style="font-family: Arial">una extra&ntilde;a y casi irreal aparici&oacute;n: un grupo de coloridos pabellones se agrupaban en la ladera de la monta&ntilde;a. Era soberbio y exquisito. Una contenida emoci&oacute;n llevaba la mirada desde los leves techos azules hasta la tremenda mole gris de la roca. M&aacute;s all&aacute;, lo rodeaban los picos y pendientes nevados del Karakal</span></em><span class="sta"><span style="font-family: Arial">. </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">En el antiguo monasterio budista, Conway y sus compa&ntilde;eros de viaje encuentran un lugar donde la reducida comunidad de lamas intenta conservar los tesoros de la civilizaci&oacute;n, amenazados por la violencia de </span></span><em><span style="font-family: Arial">una &eacute;poca en que el hombre, al regocijarse con la t&eacute;cnica del homicidio derramar&aacute; una rabia tan ardiente sobre el mundo que toda cosa preciosa estar&aacute; en peligro</span></em><span class="sta"><span style="font-family: Arial">. El mundo que acababa de salir de la Primera Guerra Mundial y advert&iacute;a la cercan&iacute;a de nuevas tragedias que se trasluce en las p&aacute;ginas de </span></span><em><span style="font-family: Arial">Horizontes Perdidos</span></em><span class="sta"><span style="font-family: Arial">, donde el id&iacute;lico universo tibetano que construye Hilton no es una promesa de futuro, un rescate del pasado ideal, del para&iacute;so perdido por la civilizaci&oacute;n de la m&aacute;quina.</span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">Cuando Hilton ubic&oacute; a su m&iacute;tica Shangri-La en el T&iacute;bet, los lectores occidentales de su novela fueron fascinados por ese mundo misterioso que desde antiguo hab&iacute;a atrapado el inter&eacute;s de misiones y expedicionarios. Desde los principios del siglo XVI, los jesuitas intentaron llegar a esas altas mesetas cercanas del Himalaya donde se cre&iacute;a exist&iacute;a una antigua comunidad de primitivos cristianos. Cuando finalmente el padre Antonio de Andrade logr&oacute; atravesar mil obst&aacute;culos y acceder al prohibido reino de Guge, se encontr&oacute; con los lamas, monjes budistas de muy extra&ntilde;as y crueles costumbres: entre ellas, el asesinato deliberado de numerosos campesinos elegidos al azar, ceremonia que se cumpl&iacute;a una vez por a&ntilde;o y mediante la cual los muertos alcanzaban </span></span><em><span style="font-family: Arial">la eterna felicidad</span></em><span class="sta"><span style="font-family: Arial">. Asimismo, sorprendi&oacute; a los misioneros europeos el h&aacute;bito de los lamas de adornar sus vestidos con huesos humanos. A lo largo de los siglos siguientes, los jesuitas enviaron numerosas misiones al T&iacute;bet para ser finalmente reemplazados, seg&uacute;n orden papal, por la orden de los Capuchinos. </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">A principios del siglo XX, la escritora francesa Alexandra David-N&eacute;el, gran conocedora de la religi&oacute;n budista, recorri&oacute; caminos escarpados y enfrent&oacute; lluvia, barro, nieve, granizo y la hostilidad de tibetanos, chinos e ingleses hasta llegar a las lamaser&iacute;as. Libros suyos como </span></span><em><span style="font-family: Arial">Magia y misterio en el T&iacute;bet</span></em><span class="sta"><span style="font-family: Arial"> contribuyeron a alimentar en Occidente la imagen legendaria de un pa&iacute;s inaccesible y misterioso. A trav&eacute;s de sus obras se difundi&oacute; la capacidad de los monjes tibetanos para entrar en profundos trances, levitar y dominar las sensaciones corporales, como tambi&eacute;n la creencia de que pod&iacute;an predecir el porvenir, virtudes que Hilton atribuye a los lamas de Shangri-La. En uno de sus relatos, David-N&eacute;el describe c&oacute;mo un lama se eleva en el aire en forma que parec&iacute;a sobrenatural: </span></span><em><span style="font-family: Arial">Pude ver su rostro impasible, perfectamente tranquilo, con los ojos abiertos y la mirada fija en alg&uacute;n lugar muy elevado. El hombre no corr&iacute;a, parec&iacute;a elevarse del suelo y avanzaba a saltos. Sus pasos ten&iacute;an la regularidad de un p&eacute;ndulo.</span></em></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">Entre los antiguos mitos budistas figura un para&iacute;so perdido, conocido como Chang Shambhala, la fuente de la sabidur&iacute;a eterna donde viv&iacute;an seres inmortales en armon&iacute;a perfecta con la naturaleza y el universo. En la India, ese lugar maravilloso perdido en el Himalaya se llama Kalapa, mientras la tradici&oacute;n china lo ubica en los montes Kun Lun. Asimismo, en la antigua Rusia -donde no hab&iacute;a llegado la creencia budista pero se alimentaba de leyendas orientales llevadas all&iacute; por las invasiones t&aacute;rtaras- se hablaba de la legendaria Bielovodye, la Tierra de las Aguas Blancas, donde viv&iacute;an santos ermita&ntilde;os de inmensa sabidur&iacute;a. </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">La existencia de t&uacute;neles bajo el palacio de Potala en Lhasa se entreteje con otro mito tibetano cultivado por escritores europeos. En su novela </span></span><em><span style="font-family: Arial">Shambhala</span></em><span class="sta"><span style="font-family: Arial">, el espiritista ruso Nikolai Roerich habla de Agharti (deformaci&oacute;n de Agharta, nombre del para&iacute;so subterr&aacute;neo budista) como del lugar donde estaba Chang Shambhala, sede del </span></span><em><span style="font-family: Arial">rey del mundo</span></em><span class="sta"><span style="font-family: Arial">. Seg&uacute;n Roerich, Agharti estaba relacionado con todos los continentes por medio de pasadizos secretos. </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">Shangri-La es tan enigm&aacute;tico y evasivo como el mismo T&iacute;bet, donde lo ubic&oacute; el novelista James Hilton. En el valle de la Luna Azul est&aacute; el m&iacute;tico reino intemporal de hombres sapientes y longevos. Un lugar en donde se contempla la salida del Sol mientras que los hombres del mundo exterior s&oacute;lo oyen la alarma del reloj que los reclama para sus urgentes obligaciones. </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><strong><span style="font-family: Arial">LA LEYENDA DE SHAMBALA**</span></strong></span><span class="sta"><span style="font-family: Arial"> </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">Shambala no existe en el mundo fisico. Existe en un realismo mistico donde uno estudia con el maestro espiritual, quien se ha desarrollado del plano fisico Tierra. Es un lugar donde uno puede aprender tales conocimientos del espiritu, con la unidad del universo. He visitado Shambala y he estudiado con estos maestros en su vision remota. Me parecen Orientales. Siempre parecen estar ocupados en sus estudios. </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">Shambala, conocido como el </span></span><em><span style="font-family: Arial">Reino Oculto</span></em><span class="sta"><span style="font-family: Arial">, es conocido en el Tibet como una comunidad donde seres perfectos y semiperfectos viven y estan guiando la evolucion del ser humano. Shambala es considerado la fuente del Kalachakra, que es la mayor y mas esoterica rama del misticismo Tibetano. </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">El buda predico las ense&ntilde;anzas del Kalachakra a un conjunto de hombre Santos en el sur de la India. Mas tarde, las ense&ntilde;anzas permanecieron ocultas durante 1000 a&ntilde;os hasta que un escolar hind&uacute; fue en busca de Shambala y se inicio en las ense&ntilde;anzas de un hombre Santo que conocio a lo largo del camino. </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">El Kalachakra permanecio en la India hasta que emprendio su camino al Tibet en el 1026. desde entonces el concepto de Shambala ha sido ampliamente conocido en el Tibet, y los tibetanos han estado estudiando el kalachakra durante los ultimos 900 a&ntilde;os, aprendiendo su ciencia, practicando su meditacion y usando su sistema de astrologia para guiar sus vidas. Como un Tibetano ha preguntado &iquest;como pudo Shambala ser la fuente de algo que ha afectado a tantas areas de la vida Tibetana durante tanto tiempo y aun no existe? </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">Los textos religiosos Tibetanos describen la naturaleza fisica del terreno mistico con detalle. Se pensaba que parecia como un loto de 8 petalos porque esta hecho de 8 regiones, cada una rodeada por un anillo de monta&ntilde;as. En el centro del anillo mas interno esta Kalapa la capital, y el palacio Kingos, que esta compuesto de oro, diamantes, coral y gemas preciosas. La capital esta rodeada de monta&ntilde;as hechas de hielo, que lucen con una luz cristalina. </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">La tecnologia de Shambala se supone altamente avanzada; el palacio contiene claraboyas especiales hechas de lentes que sirven como telescopios de alta potencia para estudiar la vida extraterrestre, y durante cientos de a&ntilde;os los habitantes de Shambala han estado usando coches y aviones que circulan a traves de un sistema de tuneles subterraneos. De camino a la luz, los habitantes de Shambala adquieren tales potenciales de clarividencia, la habilidad de moverse a grandes velocidades y la habilidad de materializarse y desaparecer </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">Se&ntilde;ales extra&ntilde;as en el area donde parece ser Shambala, aportan la evidencia de su existencia. Los Tibetanos creen que el terreno esta guardado por seres con poderes sobrehumanos. A principios de los a&ntilde;os 1900, un articulo en un periodico hind&uacute;, el Statesman, hablo de un comandante Britanico que acampando en el Himalaya vio un hombre muy alto, vestido de claro, con pelo largo. </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">Aparentemente, sintiendose observado, el hombre salto en la ladera vertical y desaparecio. Para asombro del comandante, los Tibetanos con quienes estaba acampado, no mostraron sorpresa con esta historia; explicaron al comandante que habia visto uno de los hombres que cuidan de la tierra sagrada.</span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">Un relato mas detallado de estos guardianes de </span></span><em><span style="font-family: Arial">nieve</span></em><span class="sta"><span style="font-family: Arial"> fue dado por Alexandra David-Neel, una exploradora que estuvo 14 a&ntilde;os en el Tibet. Mientras viajaba a traves del Himalaya vio a un hombre moviendose con una extraordinaria velocidad y lo describio como sigue: </span></span><em><span style="font-family: Arial">Pude ver claramente su cara impasiva perfectamente en calma y grandes ojos abiertos con su mirada fija en un objeto distante invisible, situado en algun lugar en el espacio, el hombre no corrio, parecia vivir el mismo del suelo, procedia a saltos. Parecia como si hubiese sido dotado de la elasticidad de una pelota y rebotaba cada vez que sus pies tocaban el suelo: Sus pasos tenian la regularidad de un pendulo. </span></em></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">Mientras que la gente (especialmente los lamasTibetanos) han estado buscando Shambala durante siglos, aquellos que vieron el reino a menudo nunca volvieron, porque han encontrado el pais oculto y han permanecido alli o porque han sido destruidos en el intento. Los textos Tibetanos conteniendo lo que parecen sus hechos historicos acerca de Shambala, tales como los nombres y fechas de sus reyes y registros de los acontecimientos correspondientes, ocurridos en el mundo exterior, dieron a los Tibetanos la razon adicional para creer que el reino existe. </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">Los recientes acontecimientos que parecen corresponder a las predicciones del reino mitico, a&ntilde;aden fuerza a su creencia. La desintegracion del Budismo en el Tibet y el crecimiento del materialismo en el mundo, emparejado con las guerras y disturbios del siglo XX, todos se ajustan a la profecia de Shambala </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><strong><span style="font-family: Arial">Leyenda</span></strong></span><span class="sta"><span style="font-family: Arial"> </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">Shambala es el lugar donde el Rey Sucandra, que vino del Norte de Kashmir, aporto y desarrollo la practica de Kalachakra, despues de haber recibido su poder y ense&ntilde;anza en Dhanyakataka. Shambala solo puede ser recibido respetuosamente por seres con mente pura y contactos Karmicos. </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><strong><span style="font-family: Arial">Profecia de Shambala</span></strong></span><span class="sta"><span style="font-family: Arial"> </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">La profecia de Shambala establece que cada uno de sus reyes reinaran durante 100 a&ntilde;os, habra 32, y cuando pase su reinado las condiciones en el mundo exterior se deterioraran, los hombres se volveran mas belicos y perseguiran el poder para su propio bien y una ideologia de materialismo se extendera en la tierra. </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">Cuando los </span></span><em><span style="font-family: Arial">barbaros</span></em><span class="sta"><span style="font-family: Arial">, quienes siguen esta ideologia esten unidos bajo un rey perverso y crean que no hay nada mas por conquistar, los misticos surgiran para revelar las monta&ntilde;as de hielo de Shambala. Los barbaros atacaran Shambala con una armada enorme, equipadas con armas terribles.</span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">Entonces el 32&ordm; Rey de Shambala, Rudra Cakrin inducira a un extra&ntilde;o contra los invasores. En una ultima gran batalla, el rey perverso y sus seguidores seran destruidos. El Buda profetizo que todos los que recibieron el poder de Kalachakra volverian a renacer en su mandala. </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><strong><span style="font-family: Arial">Kalachakra Mandalla-Rueda del Tiempo</span></strong></span><span class="sta"><span style="font-family: Arial"> </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">El exterior significa relaciones con el universo y todas las ciencias tradicionales tales como astronomia, astrologia, matematicas, medicina... El interior significa relaciones con el cuerpo humano, su estructura interna y energias sutiles, cuyo desarrollo se debe al yoga y tantras. El significado del secreto se refiere al ciclo completo del estudio y practica de la meditacion tantrica sobre Kalachakra y sus mandalas. </span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">El Kalachakra Tantra es visto como la esencia y el coraz&oacute;n de Vajrayana. El 1&ordm; rey de Shambala, Sucandra, una emanaci&oacute;n de Vajrayana, necesit&oacute; a Buda Sakyamuni para dar lecciones acerca de Kalachakra. En el dia de la luna llena del 3&ordm; mes, en la estepa de Dhanyakataka, en el sur de la India, antes de una reunion de imnumerables Budas bodhisattvas, Dakas, Dakinis, Dioses, magas y yakshas, el Buda se manifesto en forma de Kalachakra, trasmitio el completo poder y dio ense&ntilde;anzas sobre este tantra, que pertenece a la clase mas profunda del tantra.</span></span></p><p style="margin: auto 0cm; text-align: justify" class="stan" align="justify"><span class="sta"><span style="font-family: Arial">Cuando volvio a Shambala, el rey Sucandra construy&oacute; un mandala tridimemsional de Kalachakra, se absorbio el mismo en la practica y dio la trasmision de todo el ciclo a los habitantes del Reino de Shambala.</span></span></p><p align="justify"></p>]]></description><pubDate>Sat, 30 Sep 2006 15:03:00 +0000</pubDate></item><item><title>Decameron</title><link>https://carolus-magnus.blogia.com/2006/091001-decameron.php</link><guid isPermaLink="true">https://carolus-magnus.blogia.com/2006/091001-decameron.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">TERCERA JORNADA </p><p align="justify">COMIENZA LA TERCERA JORNADA DEL DECAMER&Oacute;N, EN LA QUE SE HABLA, BAJO EL GOBIERNO DE NEIFILE, SOBRE ALGUIEN QUE HUBIERA CONSEGUIDO CON INDUSTRIA ALGUNA COSA MUY DESEADA O ALGUNA PERDIDA RECUPERASE.</p><p align="justify"><br /></p><p align="justify">La aurora empezaba ya a convertirse de bermeja en anaranjada por la aproximaci&oacute;n del sol cuando el domingo, levantada la reina y hecho levantar a su compa&ntilde;&iacute;a, y habiendo mandado ya el senescal buen espacio por delante al lugar donde deb&iacute;an ir muchas de las cosas oportunas y quien all&iacute; preparase lo que era necesario, viendo ya a la reina en camino, prestamente haciendo cargar todas las dem&aacute;s cosas, como si de all&iacute; levantasen el campo, se fue con los bagajes, dejando a los sirvientes junto a las se&ntilde;oras y los se&ntilde;ores. La reina, pues, con lento paso, acompa&ntilde;ada y seguida por sus damas y los tres j&oacute;venes, guiada por el canto de qui&eacute;n sabe si veinte ruise&ntilde;ores y otros tantos p&aacute;jaros, por un sendero no muy frecuentado mas lleno de verdes hierbecillas y de flores que al sol que llegaba todas empezaban a abrirse, tom&oacute; el camino hacia occidente, y charlando y bromeando y riendo con su compa&ntilde;&iacute;a, sin haber andado m&aacute;s de dos mil pasos, bastante antes de que mediada la hora de tercia estuviese, a una hermos&iacute;sima y rica mansi&oacute;n que un tanto levantada sobre el suelo en un cerro estaba, les hubo conducido . Entrados en la cual y andando por todas partes, y habiendo visto las grandes salas, las limpias y adornadas alcobas debidamente abastecidas de todo lo que a una alcoba corresponde, sumamente la alabaron y reputaron a su due&ntilde;o por magn&iacute;fico; despu&eacute;s, bajando abajo, y viendo el ampl&iacute;simo y alegre patio, las bodegas llenas de &oacute;ptimos vinos y el agua fresqu&iacute;sima y abundante que de all&iacute; manaba, m&aacute;s a&uacute;n lo alabaron. De all&iacute;, como deseosos de reposo en una galer&iacute;a desde donde todo el patio se se&ntilde;oreaba, estando todas las cosas llenas de las flores que el tiempo daba y de ramas, sent&aacute;ndose, vino el discreto senescal y con exquisitos dulces y &oacute;ptimos vinos los recibi&oacute; y confort&oacute;. Despu&eacute;s de lo cual, haciendo abrir un jard&iacute;n contiguo al palacio, all&iacute;, que estaba todo cercado por un muro, entraron; y pareci&eacute;ndoles a primera vista de maravillosa belleza todo el conjunto, m&aacute;s atentamente empezaron a mirar sus partes. Ten&iacute;a a su alrededor y por la mitad en bastantes partes paseos ampl&iacute;simos, rectos como caminos y cubiertos por un emparrado que gran aspecto ten&iacute;a de ir aquel a&ntilde;o a dar muchas uvas; y todo florido entonces esparc&iacute;a tan gran olor que, mezclado con el de muchas otras cosas que por el jard&iacute;n ol&iacute;an, les parec&iacute;a estar entre todos los aromas nacidos en el oriente. Los lados de los cuales paseos todos por rosales blancos y bermejos y por jazmines estaban casi cubiertos; por las cuales cosas, no ya de ma&ntilde;ana sino cuando el sol estuviese m&aacute;s alto, bajo olorosas y deleitables sombras, sin ser tocado por &eacute;l, se pod&iacute;a andar por ellos. Cu&aacute;ntas y cu&aacute;les y c&oacute;mo estaban ordenadas las plantas que hab&iacute;a en aquel lugar ser&iacute;a largo de contar; pero no hay ninguna estimable que en nuestro clima se d&eacute;, que no hubiese all&iacute; abundantemente. En mitad del cual, lo que no es menos digno de lo que otra cosa que all&iacute; hubiera sino mucho m&aacute;s, hab&iacute;a un prado de menud&iacute;sima hierba y tan verde que casi parec&iacute;a negra, pintado todo de mil variedades de flores, cercado en torno por verd&iacute;simos y erguidos naranjos y por cedros, los cuales, teniendo frutos, los viejos y los nuevos, flores todav&iacute;a, no solamente con sombra amable a los ojos sino tambi&eacute;n al olfato lisonjeaban. En medio del tal prado hab&iacute;a una fuente de m&aacute;rmol blanqu&iacute;simo y con maravillosas figuras esculpidas; all&iacute; dentro, no s&eacute; si natural o artificiosa, por una estatua que sobre una columna en el medio de aqu&eacute;lla estaba en pie, arrojaba tanta agua y tan alta hacia el cielo (que luego no sin deleitable sonido sobre la clar&iacute;sima fuente volv&iacute;a a caer) que hubiera hecho mover al menos un molino. La que despu&eacute;s (aquella, digo, que sobrepasaba el borde de la fuente) por v&iacute;a oculta sal&iacute;a del pradecillo y por canalillos asaz bellos y artificiosamente hechos, fuera de aquello haci&eacute;ndose ya manifiesta, todo lo rodeaba; y all&iacute; por canalillos semejantes por todas las partes del jard&iacute;n discurr&iacute;a, recogi&eacute;ndose &uacute;ltimamente en una parte por donde hab&iacute;a salido del hermoso jard&iacute;n y de all&iacute;, descendiendo clar&iacute;sima hacia el llano antes de llegar a &eacute;l, con grand&iacute;sima fuerza y con no poca utilidad para su due&ntilde;o, hac&iacute;a dar vueltas a dos molinos. Al ver este jard&iacute;n, su bello orden, las plantas y la fuente con los arroyuelos procedentes de ella, tanto agrad&oacute; a todas las mujeres y a los tres j&oacute;venes, que todos comenzaron a afirmar que, si se pudiera hacer un para&iacute;so en la tierra, no sabr&iacute;an qu&eacute; otra forma sino aquella del jard&iacute;n pudiera d&aacute;rsele, ni pensar, adem&aacute;s de aqu&eacute;llas, qu&eacute; belleza podr&iacute;a a&ntilde;ad&iacute;rsele. Paseando, pues, content&iacute;simos por all&iacute;, haci&eacute;ndose bell&iacute;simas guirnaldas de varias ramas de &aacute;rboles, oyendo siempre unos veinte modos de cantos de p&aacute;jaros como si contendiesen el uno con el otro en el cantar, se apercibieron de una deleitosa belleza de que, sorprendidos por las dem&aacute;s, no se hab&iacute;an todav&iacute;a apercibido: vieron que el jard&iacute;n estaba lleno de cien especies de hermosos animales, y ense&ntilde;&aacute;ndoselos uno al otro, de una parte salir conejos, por otra correr liebres, y d&oacute;nde yacer cabritillos, y en algunas estar paciendo cervatillos vieron; y adem&aacute;s de &eacute;stos, otras muchas clases de animales inofensivos, cada uno a su agrado, como domesticados, ir recre&aacute;ndose; las cuales cosas, a los otros placeres, mucho mayor placer sumaron.</p><p align="justify">Pero luego de que mucho hubieron andado, viendo ora esta cosa ora aqu&eacute;lla, habiendo hecho poner las mesas alrededor de la hermosa fuente, y cantando all&iacute; primero seis cancioncillas y danzando algunos bailes, cuando agrad&oacute; a la reina se pusieron a comer, y servidos con grand&iacute;simo y bueno y reposado orden, y con buenas y delicadas viandas, m&aacute;s alegres se levantaron y a las tonadas y a los cantos y a los bailes volvieron a darse hasta que a la reina, por el calor que hab&iacute;a sobrevenido, pareci&oacute; hora de que a quien le agradase, se fuera a acostar. Y algunos se fueron y algunos, vencidos por la belleza del lugar, irse no quisieron; sino que qued&aacute;ndose all&iacute;, qui&eacute;n a leer libros de caballer&iacute;as, qui&eacute;n a jugar al ajedrez y qui&eacute;n a las tablas , mientras los otros dorm&iacute;an, se dedicaron.</p><p align="justify">Pero luego de que pas&oacute; la hora de nona, todos se levantaron y, habi&eacute;ndose refrescado el rostro con la fresca agua, en el prado, como plugo a la reina, viniendo cerca de la fuente, y en &eacute;l seg&uacute;n la manera acostumbrada sent&aacute;ndose, se pusieron a esperar contar sus historias sobre la materia propuesta por la reina. De los que el primero a quien la reina dio el encargo fue a Filostrato, que comenz&oacute; de esta guisa: </p><p align="justify">NOVELA PRIMERA</p><p align="justify">Masetto de Lamporecchio se hace el mudo y entra como hortelano en un monasterio de mujeres, que porf&iacute;an en acostarse con &eacute;l.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">Hermos&iacute;simas se&ntilde;oras, bastantes hombres y mujeres hay que son tan necios que creen demasiado confiadamente que cuando a una joven se le ponen en la cabeza las tocas blancas y sobre los hombros se le echa la cogulla negra, que deja de ser mujer y ya no siente los femeninos apetitos, como si se la hubiese convertido en piedra al hacerla monja; y si por acaso algo oyen contra esa creencia suya, tanto se enojan cuanto si se hubiera cometido un grand&iacute;simo y criminal pecado contra natura, no pensando ni teni&eacute;ndose en consideraci&oacute;n a s&iacute; mismos, a quienes la plena libertad de hacer lo que quieran no puede saciar, ni tampoco al gran poder del ocio y la soledad. Y semejantemente hay todav&iacute;a muchos que creen demasiado confiadamente que la azada y la pala y las comidas bastas y las incomodidades quitan por completo a los labradores los apetitos concupiscentes y los hacen bast&iacute;simos de inteligencia y astucia. Pero cu&aacute;n enga&ntilde;ados est&aacute;n cuantos as&iacute; creen me complace (puesto que la reina me lo ha mandado, sin salirme de lo propuesto por ella) demostraros m&aacute;s claramente con una peque&ntilde;a historieta. En esta comarca nuestra hubo y todav&iacute;a hay un monasterio de mujeres, muy famoso por su santidad, que no nombrar&eacute; por no disminuir en nada su fama; en el cual, no hace mucho tiempo, no habiendo entonces m&aacute;s que ocho se&ntilde;oras con una abadesa, y todas j&oacute;venes, hab&iacute;a un buen hombrecillo hortelano de un hermos&iacute;simo jard&iacute;n suyo que, no content&aacute;ndose con el salario, pidiendo la cuenta al mayordomo de las monjas, a Lamporecchio, de donde era, se volvi&oacute;. All&iacute;, entre los dem&aacute;s que alegremente le recibieron, hab&iacute;a un joven labrador fuerte y robusto, y para villano hermoso en su persona, cuyo nombre era Masetto; y le pregunt&oacute; d&oacute;nde hab&iacute;a estado tanto tiempo. El buen hombre, que se llamaba Nuto, se lo dijo; al cual, Masetto le pregunt&oacute; a qu&eacute; atend&iacute;a en el monasterio. Al que Nuto repuso: -Yo trabajaba en un jard&iacute;n suyo hermoso y grande, y adem&aacute;s de esto, iba alguna vez al bosque por le&ntilde;a, tra&iacute;a agua y hac&iacute;a otros tales servicios; pero las se&ntilde;oras me daban tan poco salario que apenas pod&iacute;a pagarme los zapatos. Y adem&aacute;s de esto, son todas j&oacute;venes y parece que tienen el diablo en el cuerpo, que no se hace nada a su gusto; as&iacute;, cuando yo trabajaba alguna vez en el huerto, una dec&iacute;a: &laquo;Pon esto aqu&iacute;&raquo;, y la otra: &laquo;Pon aqu&iacute; aquello&raquo; y otra me quitaba la azada de la mano y dec&iacute;a: &laquo;Esto no est&aacute; bien&raquo;; y me daba tanto coraje que dejaba el laboreo y me iba del huerto, as&iacute; que, entre por una cosa y la otra, no quise estarme m&aacute;s y me he venido. Y me pidi&oacute; su mayordomo, cuando me vine, que si ten&iacute;a alguien a mano que entendiera en aquello, que se lo mandase, y se lo promet&iacute;, pero as&iacute; le guarde Dios los ri&ntilde;ones que ni buscar&eacute; ni le mandar&eacute; a nadie.</p><p align="justify">A Masetto, oyendo las palabras de Nuto, le vino al &aacute;nimo un deseo tan grande de estar con estas monjas que todo se derret&iacute;a comprendiendo por las palabras de Nuto que podr&iacute;a conseguir algo de lo que deseaba. Y considerando que no lo conseguir&iacute;a si dec&iacute;a algo a Nuto, le dijo: -&iexcl;Ah, qu&eacute; bien has hecho en venirte! &iquest;Qu&eacute; es un hombre entre mujeres? Mejor estar&iacute;a con diablos: de siete veces seis no saben lo que ellas mismas quieren.</p><p align="justify">Pero luego, terminada su conversaci&oacute;n, empez&oacute; Masetto a pensar qu&eacute; camino deb&iacute;a seguir para poder estar con ellas; y conociendo que sab&iacute;a hacer bien los trabajos que Nuto hac&iacute;a, no temi&oacute; perderlo por aquello, pero temi&oacute; no ser admitido porque era demasiado joven y aparente. Por lo que, dando vueltas a muchas cosas, pens&oacute;:</p><p align="justify">&laquo;El lugar es bastante alejado de aqu&iacute; y nadie me conoce all&iacute;, si s&eacute; fingir que soy mudo, por cierto que me admitir&aacute;n&raquo;.</p><p align="justify">Y deteni&eacute;ndose en aquel pensamiento, con una segur al hombro, sin decir a nadie ad&oacute;nde fuese, a guisa de un hombre pobre se fue al monasterio; donde, llegado, entr&oacute; dentro y por ventura encontr&oacute; al mayordomo en el patio, a quien, haciendo gestos como hacen los mudos, mostr&oacute; que le ped&iacute;a de comer por amor de Dios y que &eacute;l, si lo necesitaba, le partir&iacute;a la le&ntilde;a. El mayordomo le dio de comer de buena gana; y luego de ello le puso delante de algunos troncos que Nuto no hab&iacute;a podido partir, los que &eacute;ste, que era fort&iacute;simo, en un momento hizo pedazos. El mayordomo, que necesitaba ir al bosque, lo llev&oacute; consigo y all&iacute; le hizo cortar le&ntilde;a; despu&eacute;s de lo que, poni&eacute;ndole el asno delante, por se&ntilde;as le dio a entender que lo llevase a casa. &Eacute;l lo hizo muy bien, por lo que el mayordomo, haci&eacute;ndole hacer ciertos trabajos que le eran necesarios, m&aacute;s d&iacute;as quiso tenerlo; de los cuales sucedi&oacute; que un d&iacute;a la abadesa lo vio, y pregunt&oacute; al mayordomo qui&eacute;n era. El cual le dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora, es un pobre hombre mudo y sordo, que vino uno de estos d&iacute;as a por limosna, as&iacute; que le he hecho un favor y le he hecho hacer bastantes cosas de que hab&iacute;a necesidad. Si supiese labrar un huerto y quisiera quedarse, creo estar&iacute;amos bien servidos, porque &eacute;l lo necesita y es fuerte y se podr&iacute;a hacer de &eacute;l lo que se quisiera; y adem&aacute;s de esto no tendr&iacute;ais que preocuparos de que gastase bromas a vuestras j&oacute;venes. Al que dijo la abadesa:</p><p align="justify">-Por Dios que dices verdad: ent&eacute;rate si sabe labrar e ing&eacute;niate en retenerlo; dale unos pares de escarpines, alg&uacute;n capisayo viejo, y hal&aacute;galo, hazle mimos, dale bien de comer. El mayordomo dijo que lo har&iacute;a. Masetto no estaba muy lejos, pero fingiendo barrer el patio o&iacute;a todas estas palabras y se dec&iacute;a:</p><p align="justify">&laquo;Si me met&eacute;is ah&iacute; dentro, os labrar&eacute; el huerto tan bien como nunca os fue labrado.&raquo; Ahora, habiendo el mayordomo visto que sab&iacute;a &oacute;ptimamente labrar y pregunt&aacute;ndole por se&ntilde;as si quer&iacute;a quedarse aqu&iacute;, y &eacute;ste por se&ntilde;as respondi&eacute;ndole que quer&iacute;a hacer lo que &eacute;l quisiese, habi&eacute;ndolo admitido, le mand&oacute; que labrase el huerto y le ense&ntilde;&oacute; lo que ten&iacute;a que hacer; luego se fue a otros asuntos del monasterio y lo dej&oacute;. El cual, labrando un d&iacute;a tras otro, las monjas empezaron a molestarle y a ponerlo en canciones, como muchas veces sucede que otros hacen a los mudos, y le dec&iacute;an las palabras m&aacute;s malvadas del mundo no creyendo ser o&iacute;das por &eacute;l; y la abadesa que tal vez juzgaba que &eacute;l tan sin cola estaba como sin habla, de ello poco o nada se preocupaba. Pero sucedi&oacute; que habiendo trabajado un d&iacute;a mucho y estando descansando, dos monjas que andaban por el jard&iacute;n se acercaron a donde estaba, y empezaron a mirarle mientras &eacute;l fing&iacute;a dormir. Por lo que una de ellas, que era algo m&aacute;s decidida, dijo a la otra: -Si creyese que me guardabas el secreto te dir&iacute;a un pensamiento que he tenido muchas veces, que tal vez a ti tambi&eacute;n podr&iacute;a agradarte.</p><p align="justify">La otra repuso:</p><p align="justify">-Habla con confianza, que por cierto no lo dir&eacute; nunca a nadie. Entonces la decidida comenz&oacute;:</p><p align="justify">-No s&eacute; si has pensado cu&aacute;n estrictamente vivimos y que aqu&iacute; nunca ha entrado un hombre sino el mayordomo, que es viejo, y este mudo: y muchas veces he o&iacute;do decir a muchas mujeres que han venido a vernos que todas las dulzuras del mundo son una broma con relaci&oacute;n a aquella de unirse la mujer al hombre. Por lo que muchas veces me ha venido al &aacute;nimo, puesto que con otro no puedo, probar con este mudo si es as&iacute;, y &eacute;ste es lo mejor del mundo para ello porque, aunque quisiera, no podr&iacute;a ni sabr&iacute;a contarlo; ya ves que es un mozo tonto, m&aacute;s crecido que con juicio. Con gusto oir&eacute; lo que te parece de esto. -&iexcl;Ay! -dijo la otra-, &iquest;qu&eacute; es lo que dices? &iquest;No sabes que hemos prometido nuestra virginidad a Dios? -&iexcl;Oh! -dijo ella-, &iexcl;cu&aacute;ntas cosas se le prometen todos los d&iacute;as de las que no se cumple ninguna! &iexcl;Si se lo hemos prometido, que sea otra u otras quienes cumplan la promesa! A lo que la compa&ntilde;era dijo:</p><p align="justify">-Y si nos qued&aacute;semos gr&aacute;vidas, &iquest;qu&eacute; iba a pasar?</p><p align="justify">Entonces aqu&eacute;lla dijo:</p><p align="justify">-Empiezas a pensar en el mal antes de que te llegue; si sucediere, entonces pensaremos en ello: podr&iacute;an hacerse mil cosas de manera que nunca se sepa, siempre que nosotras mismas no lo digamos. Esta, oyendo esto, teniendo m&aacute;s ganas que la otra de probar qu&eacute; animal era el hombre, dijo: -Pues bien, &iquest;qu&eacute; haremos?</p><p align="justify">A quien aqu&eacute;lla repuso:</p><p align="justify">-Ves que va a ser nona; creo que las sores est&aacute;n todas durmiendo menos nosotras; miremos por el huerto a ver si hay alguien, y si no hay nadie, &iquest;qu&eacute; vamos a hacer sino cogerlo de la mano y llevarlo a la caba&ntilde;a donde se refugia cuando llueve, y all&iacute; una se queda dentro con &eacute;l y la otra hace guardia? Es tan tonto que se acomodar&aacute; a lo que queremos.</p><p align="justify">Masetto o&iacute;a todo este razonamiento, y dispuesto a obedecer, no esperaba sino ser tomado por una de ellas. Ellas, mirando bien por todas partes y viendo que desde ninguna pod&iacute;an ser vistas, aproxim&aacute;ndose la que hab&iacute;a iniciado la conversaci&oacute;n a Masetto, le despert&oacute; y &eacute;l incontinenti se puso en pie; por lo que ella con gestos halagadores le cogi&oacute; de la mano, y &eacute;l dando sus tontas risotadas, lo llev&oacute; a la caba&ntilde;a, donde Masetto, sin hacerse mucho rogar hizo lo que ella quer&iacute;a. La cual, como leal compa&ntilde;era, habiendo obtenido lo que quer&iacute;a, dej&oacute; el lugar a la otra, y Masetto, siempre mostr&aacute;ndose simple, hac&iacute;a lo que ellas quer&iacute;an; por lo que antes de irse de all&iacute;, m&aacute;s de una vez quiso cada una probar c&oacute;mo cabalgaba el mudo, y luego, hablando entre ellas muchas veces, dec&iacute;an que en verdad aquello era tan dulce cosa, y m&aacute;s, como hab&iacute;an o&iacute;do; y buscando los momentos oportunos, con el mudo iban a juguetear. Sucedi&oacute; un d&iacute;a que una compa&ntilde;era suya, desde una ventana de su celda se apercibi&oacute; del tejemaneje y se lo ense&ntilde;&oacute; a otras dos; y primero tomaron la decisi&oacute;n de acusarlas a la abadesa, pero despu&eacute;s, cambiando de parecer y puestas de acuerdo con aqu&eacute;llas, en participantes con ellas se convirtieron del poder de Masetto; a las cuales, las otras tres, por diversos accidentes, hicieron compa&ntilde;&iacute;a en varias ocasiones. Por &uacute;ltimo, la abadesa, que todav&iacute;a no se hab&iacute;a dado cuenta de estas cosas, paseando un d&iacute;a sola por el jard&iacute;n, siendo grande el calor, se encontr&oacute; a Masetto (el cual con poco trabajo se cansaba durante el d&iacute;a por el demasiado cabalgar de la noche) que se hab&iacute;a dormido echado a la sombra de un almendro, y habi&eacute;ndole el viento levantado las ropas, todo al descubierto estaba. Lo cual mirando la se&ntilde;ora y vi&eacute;ndose sola, cay&oacute; en aquel mismo apetito en que hab&iacute;an ca&iacute;do sus monjitas; y despertando a Masetto, a su alcoba se lo llev&oacute;, donde varios d&iacute;as, con gran quejumbre de las monjas porque el hortelano no ven&iacute;a a labrar el huerto, lo tuvo, probando y volviendo a probar aquella dulzura que antes sol&iacute;a censurar ante las otras. Por &uacute;ltimo, mand&aacute;ndole de su alcoba a la habitaci&oacute;n de &eacute;l y requiri&eacute;ndole con mucha frecuencia y queriendo de &eacute;l m&aacute;s de una parte, no pudiendo Masetto satisfacer a tantas, pens&oacute; que de su mudez si duraba m&aacute;s podr&iacute;a venirle gran da&ntilde;o; y por ello una noche, estando con la abadesa, roto el frenillo, empez&oacute; a decir: -Se&ntilde;ora, he o&iacute;do que un gallo basta a diez gallinas, pero que diez hombres pueden mal y con trabajo satisfacer a una mujer, y yo que tengo que servir a nueve; en lo que por nada del mundo podr&eacute; aguantarlo, pues que he venido a tal, por lo que hasta ahora he hecho, que no puedo hacer ni poco ni mucho; y por ello, o me dej&aacute;is irme con Dios o le encontr&aacute;is un arreglo a esto. La se&ntilde;ora, oyendo hablar a este a quien ten&iacute;a por mudo, toda se pasm&oacute;, y dijo: -&iquest;Qu&eacute; es esto? Cre&iacute;a que eras mudo.</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora -dijo Masetto-, s&iacute; lo era pero no de nacimiento, sino por una enfermedad que me quit&oacute; el habla, y por primera vez esta noche siento que me ha sido restituida, por lo que alabo a Dios cuanto puedo. La se&ntilde;ora lo crey&oacute; y le pregunt&oacute; qu&eacute; quer&iacute;a decir aquello de que a nueve ten&iacute;a que servir. Masetto le dijo lo que pasaba, lo que oyendo la abadesa, se dio cuenta de que no hab&iacute;a monja que no fuese mucho m&aacute;s sabia que ella; por lo que, como discreta, sin dejar irse a Masetto, se dispuso a llegar con sus monjas a un entendimiento en estos asuntos, para que por Masetto no fuese vituperado el monasterio. Y habiendo por aquellos d&iacute;as muerto el mayordomo, de com&uacute;n acuerdo, haci&eacute;ndose manifiesto en todas lo que a espaldas de todas se hab&iacute;a estado haciendo, con placer de Masetto hicieron de manera que las gentes de los alrededores creyeran que por sus oraciones y por los m&eacute;ritos del santo a quien estaba dedicado el monasterio, a Masetto, que hab&iacute;a sido mudo largo tiempo, le hab&iacute;a sido restituida el habla, y le hicieron mayordomo; y de tal modo se repartieron sus trabajos que pudo soportarlos. Y en ellos bastantes monaguillos engendr&oacute; pero con tal discreci&oacute;n se procedi&oacute; en esto que nada lleg&oacute; a saberse hasta despu&eacute;s de la muerte de la abadesa, estando ya Masetto viejo y deseoso de volver rico a su casa; lo que, cuando se supo, f&aacute;cilmente lo consigui&oacute;. As&iacute;, pues, Masetto, viejo, padre y rico, sin tener el trabajo de alimentar a sus hijos ni pagar sus gastos, por su astucia habiendo sabido bien proveer a su juventud, al lugar de donde hab&iacute;a salido con una segur al hombro, volvi&oacute;, afirmando que as&iacute; trataba Cristo a quien le pon&iacute;a los cuernos sobre la guirnalda.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">NOVELA SEGUNDA</p><p align="justify">Un palafrenero yace con la mujer del rey Agilulfo, de lo que Agilulfo sin decir nada se apercibe, lo encuentra y le corta el pelo; el tonsurado a todos los dem&aacute;s tonsura y as&iacute; se salva de lo que le amenaza. </p><p align="justify">Habiendo llegado el fin de la historia de Filostrato, con la que alg&uacute;n veces se hab&iacute;an sonrojado un poco las se&ntilde;oras y algunas otras se hab&iacute;an re&iacute;do, plugo a la reina que Pamp&iacute;nea siguiese novelando; la cual, comenzando con sonriente gesto, dijo:</p><p align="justify">Hay algunos tan poco discretos al querer mostrar que conocen y sienten lo que no les conviene saber, que algunas veces con esto, al castigar las desapercibidas faltas de otros, creen que su verg&uuml;enza menguan cuando por el contrario la acrecientan infinitamente; y que esto es verdad, por medio de su contrario, mostr&aacute;ndoos la astucia de alguien quiz&aacute; tenido por de menos valor que Masetto contra la prudencia de un valeroso rey, lindas se&ntilde;oras, entiendo que ser&aacute; demostrado por m&iacute;. Agilulfo, rey de los longobardos, as&iacute; como sus predecesores hab&iacute;an hecho, en Pavia, ciudad de la Lombard&iacute;a, estableci&oacute; la sede de su reino, habiendo tomado por mujer a Teudelinga, que hab&iacute;a quedado viuda de Auttari, que tambi&eacute;n hab&iacute;a sido rey de los longobardos, la cual era hermos&iacute;sima mujer, muy sab&iacute;a y honesta, pero desventurada en amores . Y estando por el valor y el juicio de este rey Agilulfo las cosas de los longobardos pr&oacute;speras y en paz, sucedi&oacute; que un palafrenero de dicha reina, hombre de vil&iacute;sima condici&oacute;n por su nacimiento pero por otras cosas mucho mejor de lo que correspond&iacute;a a tal vil menester, y en su persona hermoso y alto como era el rey, se enamor&oacute; desmesuradamente de la reina; y porque su bajo estado no le quitaba la comprensi&oacute;n de que este amor suyo estaba fuera de toda conveniencia, como sabio, a nadie lo descubr&iacute;a, ni aun en la mirada se atrev&iacute;a a descubrirlo. Y aunque sin ninguna esperanza viviese de poder agradarla nunca, se gloriaba consigo sin embargo de haber puesto sus pensamientos en alta parte; y como quien todo ard&iacute;a en amoroso fuego, diligentemente hac&iacute;a, m&aacute;s que cualquier otro de sus compa&ntilde;eros, todas las cosas que deb&iacute;an agradar a la reina. Por lo que suced&iacute;a que la reina, cuando ten&iacute;a que montar a caballo, con m&aacute;s gusto cabalgaba en el palafr&eacute;n cuidado por &eacute;ste que por alg&uacute;n otro; lo que, cuando suced&iacute;a, &eacute;ste se lo tomaba como grand&iacute;simo favor, y nunca del estribo se le apartaba, teni&eacute;ndose por feliz s&oacute;lo con poder tocarle las ropas. Pero como vemos suceder con mucha frecuencia que cuanto disminuye la esperanza, tanto se hace mayor el amor, as&iacute; suced&iacute;a con el pobre palafrenero, mientras doloros&iacute;simo le era poder soportar el gran deseo tan ocultamente como lo hac&iacute;a, no siendo ayudado por ninguna esperanza; y muchas veces, no pudiendo desligarse de este amor, deliber&oacute; morir.</p><p align="justify">Y pensando de este modo, tom&oacute; el partido de querer recibir esta muerte por alguna cosa por la que le pareciese que mor&iacute;a por el amor que a la reina hab&iacute;a tenido y ten&iacute;a; y esta cosa se propuso que fuera tal que en ella tentase la fortuna de poder en todo o en parte conseguir su deseo. Y no se dio a decir palabras a la reina o a por cartas hacerle saber su amor, que sab&iacute;a que en vano dir&iacute;a o escribir&iacute;a, sino a querer probar si con astucia podr&iacute;a acostarse con la reina; y no otra astucia ni v&iacute;a hab&iacute;a sino encontrar el modo de que, como si fuese el rey, que sab&iacute;a que no se acostaba con ella de continuo, pudiera llegar a ella y entrar en su c&aacute;mara. Por lo que, para ver en qu&eacute; manera y qu&eacute; h&aacute;bito el rey, cuando iba a estar con ella, iba, muchas veces por la noche en una gran sala del palacio del rey, que estaba en medio entre la c&aacute;mara del rey y de la reina, se escondi&oacute;; y una noche entre otras, vio al rey salir de su c&aacute;mara envuelto en un gran manto y tener en una mano una peque&ntilde;a antorcha encendida y en la otra una varita, e ir a la c&aacute;mara de la reina y, sin decir nada, golpear una vez o dos la puerta de la c&aacute;mara con aquella varita, e incontinenti serle abierto y quitarle de la mano la antorcha. La cual cosa vista, y semejantemente vi&eacute;ndolo retornar, pens&oacute; que deb&iacute;a hacer &eacute;l otro tanto; y encontrando modo de tener un manto semejante a aquel que hab&iacute;a visto al rey y una antorcha y estaca, y lav&aacute;ndose primero bien en un caldero, para que no fuese a molestar a la reina el olor del esti&eacute;rcol y la hiciese darse cuenta del enga&ntilde;o, con estas cosas, como acostumbraba, en la gran sala se escondi&oacute;. Y sintiendo que ya en todas partes dorm&iacute;an, y pareci&eacute;ndole tiempo o de dar efecto a su deseo o de hacer camino con alta raz&oacute;n a la deseada muerte, haciendo con la piedra y el eslab&oacute;n que hab&iacute;a llevado consigo un poco de fuego, encendi&oacute; su antorcha, y oculto y envuelto en el manto se fue a la puerta de la c&aacute;mara y dos veces la golpe&oacute; con la varita. La c&aacute;mara por una camarera toda somnolienta fue abierta y la luz cogida y ocultada; donde &eacute;l, sin decir cosa alguna, pasado dentro de la cortina y dejado el manto, se meti&oacute; en 1a cama donde la reina dorm&iacute;a. Y tom&aacute;ndola deseosamente en brazos, mostr&aacute;ndose airado porque sab&iacute;a que era costumbre del rey que no quer&iacute;a o&iacute;r ninguna cosa cuando airado estaba, muchas veces carnalmente conoci&oacute; a la reina.</p><p align="justify">Y aunque doloroso le pareciese partir, temiendo que la demasiada demora le fuese ocasi&oacute;n de convertir en tristeza el deleite tenido, se levant&oacute; y tomando su manto y la luz, sin decir nada se fue, y lo antes que pudo se volvi&oacute; a su cama. Y apenas pod&iacute;a estar en ella cuando el rey, levant&aacute;ndose, se fue la c&aacute;mara de la reina, de lo que ella se maravill&oacute; mucho; y habiendo &eacute;l entrado en el lecho y salud&aacute;ndola alegremente, ella, de su alegr&iacute;a tomando valor, dijo:</p><p align="justify">-Oh, se&ntilde;or m&iacute;o, &iquest;qu&eacute; novedad hay esta noche? Os hab&eacute;is partido de muy poco ha, y m&aacute;s de lo acostumbrado hab&eacute;is tomado placer de m&iacute;, &iquest;y tan pronto volv&eacute;is a empezar? Cuidaos de lo que hac&eacute;is. El rey, al o&iacute;r estas palabras, s&uacute;bitamente presumi&oacute; que la reina, por la semejanza de las costumbres y de la persona hab&iacute;a sido enga&ntilde;ada, pero, como sabio, s&uacute;bitamente pens&oacute; (pues vio que la reina no se hab&iacute;a dado cuenta ni nadie m&aacute;s) que no quer&iacute;a hacerla caer en la cuenta; lo que muchos necios no hubieran hecho, sino que habr&iacute;an dicho: &laquo;No he sido yo; &iquest;qui&eacute;n fue quien estuvo aqu&iacute;?, &iquest;c&oacute;mo fue?, &iquest;qui&eacute;n ha venido?&raquo;. De lo que habr&iacute;an nacido muchas cosas por las que sin raz&oacute;n habr&iacute;an contristado a la se&ntilde;ora y dado materia de desear otra vez lo que ya hab&iacute;a sentido; y aquello, que call&aacute;ndolo no pod&iacute;a traerle ninguna verg&uuml;enza, dici&eacute;ndolo le habr&iacute;a tra&iacute;do vituperio Le contest&oacute; entonces el rey, m&aacute;s en el pensamiento que en el rostro o las palabras airado:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora, &iquest;no os parezco hombre de poder haber estado otra vez y volver adem&aacute;s &eacute;sta? A lo que la dama contest&oacute;:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or m&iacute;o, s&iacute;, pero yo os ruego que mir&eacute;is por vuestra salud. Entonces el rey dijo:</p><p align="justify">-Y que me place seguir vuestro consejo, y esta vez sin daros m&aacute;s empacho voy a volverme. Y teniendo ya el &aacute;nimo lleno de ira y de rencor por lo que ve&iacute;a que le hab&iacute;an hecho, volviendo a tomar su manto se fue de la c&aacute;mara y quiso encontrar silenciosamente qui&eacute;n hab&iacute;a hecho aquello, imaginando que deb&iacute;a ser de la casa, y que cualquiera que fuese no habr&iacute;a podido salir de ella. Cogiendo, pues, una peque&ntilde;&iacute;sima luz en una linternilla se fue a una largu&iacute;sima habitaci&oacute;n que en su palacio hab&iacute;a sobre las cuadras de los caballos, en la cual casi toda su servidumbre dorm&iacute;a en diversas camas; y juzgando que a quienquiera que hubiese hecho aquello que la dama dec&iacute;a, no se le habr&iacute;a podido todav&iacute;a reposar el pulso y el latido del coraz&oacute;n por el prolongado af&aacute;n, empezando por uno de los extremos de la habitaci&oacute;n, empez&oacute; a ir toc&aacute;ndoles el pecho a todos, para saber si les lat&iacute;a el coraz&oacute;n con fuerza. Como sucediese que todos dorm&iacute;an profundamente, el que con la reina hab&iacute;a estado no dorm&iacute;a todav&iacute;a; por la cual cosa, viendo venir al rey y d&aacute;ndose cuenta de lo que andaba buscando, fuertemente empez&oacute; a temblar, tanto que el golpear del pecho que ten&iacute;a por el cansancio fue aumentado por el miedo; y d&aacute;ndose cuenta firmemente de que, si el rey se apercib&iacute;a de aquello, sin tardanza le har&iacute;a morir. Y aunque varias cosas que podr&iacute;a hacer le pasaron por la cabeza, viendo sin embargo al rey sin ninguna arma, deliber&oacute; hacerse el dormido y esperar lo que el rey hiciese. Habiendo, pues, el rey a muchos buscado y no encontrando a ninguno a quien juzgase haber sido aqu&eacute;l, lleg&oacute; a &eacute;ste, y notando que le lat&iacute;a fuertemente el coraz&oacute;n, se dijo: &laquo;Este es aqu&eacute;l&raquo;.</p><p align="justify">Pero como quien nada de lo que quer&iacute;a hacer entend&iacute;a que se supiese, no le hizo otra cosa sino que, con un par de tijerillas que hab&iacute;a llevado, le cort&oacute; un poco de uno de los lados los cabellos, que en aquel tiempo se llevaban largu&iacute;simos, para por aquella se&ntilde;al reconocerlo la ma&ntilde;ana siguiente; y hecho esto, se volvi&oacute; a su c&aacute;mara. &Eacute;ste, que todo aquello hab&iacute;a sentido, como quien era malicioso, claramente se dio cuenta de por qu&eacute; hab&iacute;a sido se&ntilde;alado; por lo que, sin esperar un momento, se levant&oacute;, y encontrando un par de tijerillas, de las que por ventura hab&iacute;a un par en la cuadra para el servicio de los caballos, cautamente dirigi&eacute;ndose a cuantos en aquella habitaci&oacute;n dorm&iacute;an, a todos de manera igual sobre las orejas les cort&oacute; el pelo; y hecho esto, sin que le oyeran, se volvi&oacute; a dormir. El rey, levantado por la ma&ntilde;ana, mand&oacute; que, antes que las puertas del palacio se abriesen, toda su servidumbre viniese ante &eacute;l; y as&iacute; se hizo. A todos los cuales, estando delante de &eacute;l sin nada en la cabeza, empez&oacute; a mirar para reconocer al que &eacute;l hab&iacute;a tonsurado; y viendo a la mayor&iacute;a de ellos con los cabellos de un mismo modo cortados, se maravill&oacute;, y se dijo:</p><p align="justify">&laquo;Aquel a quien estoy buscando, aunque de baja condici&oacute;n sea, bien muestra ser hombre de alto ingenio.&raquo;</p><p align="justify">Luego, viendo que sin divulgarlo no pod&iacute;a encontrar al que buscaba, dispuesto a no querer por una peque&ntilde;a venganza cubrirse de gran verg&uuml;enza, s&oacute;lo con unas palabras le plugo amonestarlo y mostrarle que se hab&iacute;a dado cuenta de lo ocurrido; y volvi&eacute;ndose a todos, dijo: -Quien lo hizo que no lo haga m&aacute;s, e idos con Dios.</p><p align="justify">Otro habr&iacute;a querido darle suplicio, martirizarlo, interrogarle y preguntarle y al hacerlo habr&iacute;a descubierto lo que cualquiera debe tratar de ocultar; y al ponerse al descubierto, aunque se hubiera vengado cumplidamente, no menguado sino mucho habr&iacute;a aumentado su verg&uuml;enza y manchado el honor de su mujer. Los que aquellas palabras oyeron se maravillaron y largamente dilucidaron entre s&iacute; qu&eacute; habr&iacute;a querido decir el rey con aquello, pero no hubo ninguno que lo entendiese sino s&oacute;lo aquel a quien tocaba. El cual, como sabio, nunca, en vida del rey lo descubri&oacute;, ni nunca m&aacute;s su vida con tal acci&oacute;n fi&oacute; a la fortuna. </p><p align="justify">NOVELA TERCERA</p><p align="justify">Bajo especie de confesi&oacute;n y de pur&iacute;sima conciencia una se&ntilde;ora enamorada de un joven induce a un grave fraile, sin darse &eacute;l cuenta, a hallar la manera de que el placer de ella tuviese entero cumplimiento. </p><p align="justify">Callaba ya Pamp&iacute;nea, y ya la osad&iacute;a y la cautela del palafrenero hab&iacute;a sido alabada por muchos de ellos, y semejantemente el buen juicio del rey, cuando la reina, volvi&eacute;ndose hacia Filomena, le orden&oacute; continuar; por lo cual Filomena, graciosamente comenz&oacute; a, hablar as&iacute;: Yo entiendo contaros una burla que fue muy justamente hecha por una hermosa se&ntilde;ora a un grave fraile, que tanto m&aacute;s a todo seglar agrada cuanto que &eacute;stos (la mayor&iacute;a estupid&iacute;simos y hombres de extra&ntilde;as maneras y costumbres) se creen que m&aacute;s que los otros en todas las cosas valen y saben, cuando son de mucho menor valor, como quienes por vileza de &aacute;nimo, no teniendo inventiva para sustentarse como los dem&aacute;s hombres, se refugian donde puedan tener qu&eacute; comer, como el puerco. La que, oh amables se&ntilde;oras, os contar&eacute; no s&oacute;lo por obedecer la orden impuesta sino tambi&eacute;n para advertiros de que tambi&eacute;n los religiosos (a quienes nosotras, sobremanera cr&eacute;dulas, demasiada fe prestamos) pueden ser y son algunas veces, no ya por los hombres sino por algunas de nosotras, sagazmente burlados. En nuestra ciudad, m&aacute;s llena de enga&ntilde;os que de amor o lealtad, no hace todav&iacute;a muchos a&ntilde;os, hubo una noble se&ntilde;ora adornada de belleza y de costumbres, con alteza de &aacute;nimo y con sutiles agudezas tan dotada como la que m&aacute;s por la naturaleza, cuyo nombre (ni tampoco ninguno otro que pertenezca a la presente historia) aunque yo lo sepa, no entiendo descubrir porque todav&iacute;a viven algunos que se llenar&iacute;an por ello de indignaci&oacute;n cuando con risa se debe hablar de ello. &Eacute;sta, pues, vi&eacute;ndose nacida de alto linaje y casada con un artesano lanero porque era riqu&iacute;simo, no pudiendo deponer el desd&eacute;n de su &aacute;nimo seg&uacute;n el cual estimaba que ning&uacute;n hombre de baja condici&oacute;n, por riqu&iacute;simo que fuese, era digno de mujer noble; y vi&eacute;ndole a &eacute;l adem&aacute;s, con todas sus riquezas, no ser capaz de nada sino de saber distinguir una mezcla o hacer urdir una tela o una hilandera disputar sobre lo hilado, se propuso no querer de ninguna manera sus abrazos sino cuando no pudiera neg&aacute;rselos, sino encontrar alguien a su gusto que le pareciese m&aacute;s digno de ellos que el lanero.</p><p align="justify">Y enamor&oacute;se de un muy valeroso hombre y de mediana edad tanto que, el d&iacute;a que no lo ve&iacute;a no pod&iacute;a pasar la noche siguiente sin sentimiento; pero el hombre de pro, no d&aacute;ndose cuenta de aquello, nada se preocupaba, y ella, que muy cauta era, ni por embajada de ninguna mujer ni por carta osaba hac&eacute;rselo saber, temiendo que podr&iacute;an sobrevenir posibles peligros. Y d&aacute;ndose cuenta que aqu&eacute;l frecuentaba mucho a un religioso que, aunque fuera zopenco y obtuso, no dejaba de tener fama entre todos de hombre de mucha val&iacute;a porque era de sant&iacute;sima vida, juzg&oacute; que aqu&eacute;l pod&iacute;a ser &oacute;ptimo intermediario entre ella y su amante. Y habiendo pensado qu&eacute; le conven&iacute;a hacer, se fue a una hora oportuna a la iglesia donde &eacute;l iba y, haci&eacute;ndole llamar, dijo que cuando le placiera, con &eacute;l quer&iacute;a confesarse. El fraile, vi&eacute;ndola y estim&aacute;ndola mujer de linaje, la escuch&oacute; de buena gana, y ella despu&eacute;s de la confesi&oacute;n dijo: -Padre m&iacute;o, necesito recurrir a vos por ayuda y por consejo en lo que vais a o&iacute;r. Yo s&eacute;, porque os lo he dicho, que conoc&eacute;is a mis parientes y a mi marido, por el cual soy amada m&aacute;s que su vida, y ninguna cosa deseo que &eacute;l, como hombre que es riqu&iacute;simo y que puede bien hacerlo, no lo adquiera incontinenti; por las cuales cosas m&aacute;s que a m&iacute; misma le amo; y dejemos aparte que lo hiciese, pero si siquiera pensase alguna cosa que contra su honor o gusto fuera, ninguna mujer culpable ser&iacute;a m&aacute;s digna del fuego que yo. Ahora, uno de quien en verdad no s&eacute; el nombre, pero que me parece persona de bien, y si no estoy enga&ntilde;ada os frecuenta mucho, apuesto y alto en la persona, vestido de pa&ntilde;os oscuros muy honrados , tal vez no percat&aacute;ndose de que mi intenci&oacute;n era tal como es, parece que me ha puesto sitio y no puedo asomarme a puerta ni ventana ni salir de casa sin que &eacute;l incontinenti no se ponga delante; y me maravillo de que no est&eacute; aqu&iacute; ahora; de lo que mucho me duele, porque tales maneras hacen con frecuencia a las damas honestas ser censuradas sin culpa. He tenido en el &aacute;nimo hac&eacute;rselo decir alguna vez a mis hermanos, pero luego he pensado que los hombres hacen algunas veces las embajadas de manera que las respuestas que se siguen son malas, de lo que nacen palabras, y de las palabras se llega a las obras; por lo que, para que da&ntilde;o y esc&aacute;ndalo no se provocasen de ello, me lo he callado, y deliber&eacute; dec&iacute;roslo antes a vos que a otros, tanto porque me parece que su amigo sois como tambi&eacute;n porque a vos os est&aacute; bien de tales cosas no ya a los amigos sino a los extra&ntilde;os reprender. Por lo que os ruego en nombre de Dios que le reprend&aacute;is y rogu&eacute;is que no siga con estas costumbres. Hay bastantes mujeres que por ventura estar&aacute;n dispuestas a estas cosas y les agradar&aacute; ser miradas y deseadas por &eacute;l, mientras a m&iacute; me es grav&iacute;sima molestia, como que de ning&uacute;n modo tengo el &aacute;nimo dispuesto a tal materia.</p><p align="justify">Y dicho esto, como si lagrimear quisiese, baj&oacute; la cabeza. El santo fraile comprendi&oacute; en seguida que hablaba de aquel de quien verdaderamente hablaba, y alabando mucho a la se&ntilde;ora por esta su buena disposici&oacute;n firmemente creyendo ser verdad lo que dec&iacute;a, le prometi&oacute; actuar as&iacute; y de tal manera que por aquel tal no ser&iacute;a molestada, y sabiendo que era muy rica, le alab&oacute; las obras de caridad y las limosnas, cont&aacute;ndole sus necesidades. A lo que la se&ntilde;ora dijo:</p><p align="justify">-Os lo ruego por Dios; y si lo negase, decidle con firmeza que soy yo quien os ha dicho esto y a vos me he dolido.</p><p align="justify">Y luego, hecha la confesi&oacute;n e impuesta la penitencia, acord&aacute;ndose de los encomios hechos por el fraile a las limosnas, llen&aacute;ndole ocultamente la mano de dineros, le rog&oacute; que dijese misas por el alma de sus muertos; y levant&aacute;ndose de junto a sus pies, se volvi&oacute; a casa. A ver al santo fraile no despu&eacute;s de mucho tiempo, como acostumbraba vino el hombre de pro; al cual, luego de que de una cosa y de otra hubieran hablado juntos durante alg&uacute;n tiempo, llev&aacute;ndole aparte, con modos muy corteses le reprendi&oacute; la atenci&oacute;n y las miradas que cre&iacute;a que dedicaba a aquella se&ntilde;ora, tal como ella le hab&iacute;a explicado. El hombre de pro se maravill&oacute;, como quien nunca la hab&iacute;a mirado y rar&iacute;simas veces acostumbraba a pasar por delante de su casa, y empez&oacute; a querer excusarse; pero el fraile no le dej&oacute; hablar, sino que le dijo:</p><p align="justify">-Ahora, no finjas maravillarte ni gastes palabras en negarlo, porque no puedes; no he sabido estas cosas por los vecinos: ella misma, mucho quej&aacute;ndose de ti, me las ha dicho. Y si a ti estas chanzas ya no te est&aacute;n bien, de ella te digo esto: que, si jam&aacute;s he encontrado alguna esquiva a estas tonter&iacute;as, ella es; y por ello, por tu honor y por tu tranquilidad, te ruego que te retraigas y d&eacute;jala estar en paz. El hombre de pro, m&aacute;s agudo que el santo fraile, sin demasiada tardanza la argucia de la mujer comprendi&oacute;, y mostrando avergonzarse un tanto, dijo que no se entrometer&iacute;a en aquello de all&iacute; en adelante; y separ&aacute;ndose del fraile, de su casa fue a la de la se&ntilde;ora, la cual siempre estaba asomada a una peque&ntilde;a ventana por verlo si pasaba. Y vi&eacute;ndolo venir, tan alegre y tan graciosa se le mostr&oacute; que &eacute;l asaz bien pudo comprender que hab&iacute;a la verdad entendido por las palabras del fraile; y de aquel d&iacute;a en adelante, asaz cautamente, con placer suyo y con grand&iacute;simo deleite y consuelo de la se&ntilde;ora fingiendo que otro asunto fuese el motivo, continu&oacute; pasando por aquel barrio.</p><p align="justify">Pero la se&ntilde;ora despu&eacute;s de alg&uacute;n tiempo, ya convencida de que le gustaba tanto como &eacute;l a ella, deseosa de inflamarlo m&aacute;s y asegurarle del amor que le ten&iacute;a, buscando el lugar y el momento, al santo fraile volvi&oacute;, y ech&aacute;ndosele a los pies en la iglesia, empez&oacute; a llorar. El fraile, viendo esto, le pregunt&oacute; compasivamente que qu&eacute; novedad tra&iacute;a. La se&ntilde;ora repuso:</p><p align="justify">-Padre m&iacute;o, las noticias que traigo no son sino de aquel maldito de Dios amigo vuestro de quien me he quejado a vos hace unos d&iacute;as, porque creo que haya nacido para irritarme grandemente y para hacerme hacer algo por lo que nunca podr&eacute; ya estar contenta ni me atrever&eacute; a ponerme aqu&iacute; a vuestros pies. -&iexcl;C&oacute;mo! -dijo el fraile-, &iquest;no ha dejado de molestarte?</p><p align="justify">-Cierto que no -dijo la se&ntilde;ora-, pues desde que me quej&eacute; a vos de ello, como por despecho, habiendo tomado sin duda a mal que me haya quejado a vos, por una vez que pasaba, creo que despu&eacute;s ha pasado siete por all&iacute;. Y quisiera Dios que el pasar y el mirarme le hubiera bastado; pero ha sido tan atrevido y tan descarado que hasta ayer me mand&oacute; a una mujer a casa con noticias suyas y con sus vanidades, y como si yo no tuviese escarcelas o cintos me mand&oacute; una escarcela y un cinto, lo que he tomado y tomo tan a mal que creo que si no hubiera pensado en el esc&aacute;ndalo, y tambi&eacute;n por vuestro amor, habr&iacute;a armado un zipizape; pero al fin me he serenado y no he querido hacer ni decir nada sin hac&eacute;roslo saber antes. Y adem&aacute;s de esto, habiendo ya devuelto la escarcela y el cinto a la mujercilla que los hab&iacute;a tra&iacute;do, para que se los devolviese, y habi&eacute;ndola despedido de malos modos, temiendo que se fuera a quedar con ellos y le dijera que yo los hab&iacute;a aceptado, como entiendo que hacen algunas veces, la volv&iacute; a llamar y llena de enojo se los quit&eacute; de la mano y os los he tra&iacute;do a vos, para que se los deis y le dig&aacute;is que no tengo necesidad de sus cosas, porque, por merced de Dios, y de mi marido, tengo tantas escarcelas y tantos cintos que podr&iacute;a enterrarle con ellos. Y luego de esto, como ante su padre me excuso ante vos de que si no se corrige, lo dir&eacute; a mi marido y a mis hermanos, y que suceda lo que sea; que m&aacute;s quiero que &eacute;l reciba injurias si debe recibirlas que ser difamada por su culpa; &iexcl;y hermano, as&iacute; est&aacute; ello! Y dicho esto, siempre llorando fuertemente, se sac&oacute; de debajo de la saya una precios&iacute;sima y rica escarcela con un valioso y elegante cintillo y se la ech&oacute; al fraile en el regazo; el cual, totalmente creyendo lo que la se&ntilde;ora le dec&iacute;a, airado desmesuradamente lo tom&oacute; y dijo: -Hija, si de estas cosas te enojas no me maravillo ni te reprendo por ello; sino que mucho te alabo que sigas en esto mis consejos. Yo le reprend&iacute; el otro d&iacute;a, y &eacute;l mal ha cumplido lo que me prometi&oacute;; por lo que, entre aquello y esto que acaba de hacer entiendo tirarle de las orejas de tal manera que no te moleste m&aacute;s; y t&uacute;, con la bendici&oacute;n de Dios, no te dejes vencer tanto por la ira que vayas a dec&iacute;rselo a alguno de los tuyos, que podr&iacute;a seguirse de ello mucho mal. Y no pienses que de esto te va a venir ninguna calumnia, que yo ser&eacute; siempre, ante Dios y ante los hombres, firm&iacute;simo testigo de tu honestidad. La se&ntilde;ora fingi&oacute; consolarse un tanto, y dejando esta conversaci&oacute;n, como quien su avaricia y la de los dem&aacute;s conoc&iacute;a, dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or, estas noches se me han aparecido mucho mis padres en sue&ntilde;os y me parece que est&aacute;n en grand&iacute;simas penas y lo que piden es limosnas, especialmente mi mam&aacute;, que me parece tan afligida e infeliz que es una l&aacute;stima verla; creo que est&eacute; pasando grand&iacute;simos sufrimientos al verme en esta tribulaci&oacute;n a causa de ese enemigo de Dios, y por ello querr&iacute;a que me dijeseis por sus almas las cuarenta misas gregorianas y vuestras oraciones, a fin de que Dios los saque de aquel fuego atormentador. Y dicho esto, le puso en la mano un flor&iacute;n. El santo fraile lo tom&oacute; alegremente, y con buenas palabras y con muchos ejemplos alent&oacute; su devoci&oacute;n y d&aacute;ndole su bendici&oacute;n la dej&oacute; irse. Y cuando se fue la se&ntilde;ora, no d&aacute;ndose cuenta que le hab&iacute;a tomado el pelo, mand&oacute; a por su amigo; el cual, venido y vi&eacute;ndole airado, se apercibi&oacute; incontinenti de que hab&iacute;a noticias de la mujer, y esper&oacute; a ver qu&eacute; dec&iacute;a el fraile. El cual, repiti&eacute;ndole las palabras que le hab&iacute;a dicho otras veces y habl&aacute;ndole ahora insultantemente y enojado, le reprendi&oacute; mucho por lo que le hab&iacute;a dicho la se&ntilde;ora que hab&iacute;a hecho. El hombre de pro, que todav&iacute;a no ve&iacute;a ad&oacute;nde el fraile quer&iacute;a llegar, negaba con bastante blandura que le hubiera mandado la escarcela y el cinto, para que el padre no lo creyese, si por acaso la mujer se la hubiera dado. Pero el padre, muy enfadado, dijo:</p><p align="justify">-&iquest;C&oacute;mo puedes negarlo, mal hombre? Ah&iacute; lo tienes, que ella misma llorando me lo ha tra&iacute;do: &iexcl;mira a ver si lo conoces!</p><p align="justify">El hombre de pro, haciendo como que se avergonzaba mucho, dijo: -Claro que lo conozco, y os confieso que he hecho mal; y os juro que, pues que en esa disposici&oacute;n la veo, que nunca m&aacute;s oir&eacute;is una palabra de esto.</p><p align="justify">Ahora, las palabras fueron muchas: al final, el borrego del fraile le dio la escarcela y el cintillo a su amigo, y luego de mucho haberle adoctrinado y rogado que no se ocupase m&aacute;s de aquellas cosas, y habi&eacute;ndoselo &eacute;l prometido, le dio licencia. El hombre de pro, content&iacute;simo de la certeza que tener le parec&iacute;a del amor de la mujer y del hermoso presente, cuando se separ&oacute; del fraile se fue a un lugar de donde cautamente hizo a su se&ntilde;ora ver que ten&iacute;a la una y la otra cosa; de lo que la se&ntilde;ora estuvo muy contenta, y m&aacute;s a&uacute;n porque le parec&iacute;a que su invenci&oacute;n iba de bien en mejor. Y no esperando nada m&aacute;s ya, sino a que su marido se fuese a cualquier parte, para finalizar su obra, sucedi&oacute; que, por alguna raz&oacute;n, no mucho despu&eacute;s de esto tuvo el marido que ir hasta G&eacute;nova. Y en cuanto se hubo montado a caballo por la ma&ntilde;ana y puesto en camino, se fue la se&ntilde;ora a donde el santo fraile, y luego de muchas quejumbres, llorando, le dijo:</p><p align="justify">-Padre m&iacute;o, ahora s&iacute; os digo que no puedo aguantar m&aacute;s; pero porque el otro d&iacute;a os promet&iacute; que no har&iacute;a nada que antes no os dijese, he venido a excusarme con vos; y para que cre&aacute;is que tengo raz&oacute;n en llorar y quejarme, quiero deciros lo que vuestro amigo, o diablo del infierno, me hizo esta ma&ntilde;ana poco antes de maitines. No s&eacute; qu&eacute; mala suerte le hizo saber que mi marido se fue ayer por la ma&ntilde;ana a G&eacute;nova; pero esta ma&ntilde;ana, a la hora que os he dicho, entr&oacute; en un jard&iacute;n m&iacute;o y por un &aacute;rbol subi&oacute; hasta la ventana de mi c&aacute;mara, que da sobre el jard&iacute;n; y ya hab&iacute;a abierto la ventana y quer&iacute;a entrar en la c&aacute;mara cuando yo, despert&aacute;ndome, me levant&eacute; de repente y me hab&iacute;a dispuesto a gritar, y habr&iacute;a gritado a no ser que &eacute;l, que todav&iacute;a dentro no estaba, me pidi&oacute; merced por Dios y por vos, dici&eacute;ndome qui&eacute;n era; con lo que, al o&iacute;rlo, por amor vuestro me call&eacute;, y desnuda como nac&iacute; corr&iacute; a cerrarle la ventana en la cara, y &eacute;l en mala hora creo que se fue, porque no lo sent&iacute; m&aacute;s. Ahora, si esto es cosa que pueda aguantarse, dec&iacute;dmelo; en cuanto a m&iacute;, no entiendo soportarle m&aacute;s pues por amor de vos ya le he sufrido demasiadas. El fraile al o&iacute;r esto se sinti&oacute; lo m&aacute;s irritado del mundo y no sab&iacute;a qu&eacute; decir sino que muchas veces le pregunt&oacute; si hab&iacute;a visto bien que fuese &eacute;l y no otro. A lo que la se&ntilde;ora repuso: -&iexcl;Alabado sea Dios, si no voy a distinguirle a &eacute;l de cualquiera otro! Digo que vi que fue &eacute;l, y aunque lo negase &eacute;l, no se lo cre&aacute;is.</p><p align="justify">Dijo entonces el fraile:</p><p align="justify">-Hija m&iacute;a, no hay m&aacute;s que hablar, que esto ha sido demasiado atrevimiento y una cosa demasiado mal hecha, e hiciste lo que deb&iacute;as al echarlo de all&iacute; como hiciste. Pero te ruego, puesto que Dios te libr&oacute; del deshonor, que, as&iacute; como has seguido mi consejo dos veces seguidas, lo hagas esta vez, es decir, que sin quejarte de ello a ninguno de tus parientes me dejes hacer a m&iacute;, y ver si puedo ponerle freno a ese demonio desenfrenado que yo cre&iacute;a que era un santo; y si puedo llegar a apartarle de esta bestialidad, bien; y si no pudiera, desde ahora te doy permiso y mi bendici&oacute;n para que hagas lo que en tu &aacute;nimo juzgues por bueno. -Pues bien -dijo la se&ntilde;ora-, por esta vez no quiero enfadaros ni desobedeceros, pero haced de manera que se guarde de molestarme m&aacute;s, y os prometo no volver a venir m&aacute;s por este asunto. Y sin decir m&aacute;s, como enojada, se fue de donde el fraile. Y apenas hab&iacute;a salido de la iglesia la se&ntilde;ora, cuando el hombre de pro lleg&oacute;, y fue llamado por el fraile; y llev&aacute;ndole aparte, le dijo los mayores insultos que nunca se han dicho a un hombre, desleal y perjuro y traidor llam&aacute;ndolo. &Eacute;ste, que ya otras dos veces hab&iacute;a visto lo que quer&iacute;an decir los reproches de este fraile, escuch&aacute;ndole con atenci&oacute;n e ingeni&aacute;ndose con respuestas perplejas en hacerle hablar, primeramente le dijo: -&iquest;A qu&eacute; viene este enojo, se&ntilde;or m&iacute;o? &iquest;He crucificado a Cristo? A lo que el fraile repuso:</p><p align="justify">-&iexcl;Mirad el desvergonzado, o&iacute;d lo que dice! Habla ni m&aacute;s ni menos como si hubieran pasado un a&ntilde;o o dos y el tiempo le hubiera hecho olvidar sus ignominias y deshonestidad. &iquest;En los instantes que han pasado desde los maitines de esta ma&ntilde;ana se te han ido de la cabeza las injurias que has hecho al pr&oacute;jimo? &iquest;D&oacute;nde has estado poco antes del amanecer?</p><p align="justify">Respondi&oacute; el hombre de pro:</p><p align="justify">-No s&eacute; d&oacute;nde he estado; muy pronto os llega el recadero.</p><p align="justify">-Es la verdad -dijo el fraile- que el recadero ha venido: pienso que cre&iacute;ste que porque el marido no estaba la noble se&ntilde;ora iba a abrirte sus brazos incontinenti. &iexcl;Ah, qu&eacute; lindo, qu&eacute; hombre honrado! &iexcl;Se ha hecho caminante nocturno, abridor de jardines y escalador de &aacute;rboles! &iquest;Crees que con tu osad&iacute;a vas a vencer la santidad de esta mujer que de noche te le subes a las ventanas por los &aacute;rboles? Nada hay en el mundo que la desagrade tanto como t&uacute;; y t&uacute; no cejas. En verdad, dejemos que ella te lo ha demostrado muchas veces, pero tambi&eacute;n con mis correcciones te has enmendado mucho. Pero voy a decirte una cosa: hasta ahora, no por el amor que te tenga, sino a instancias de mis ruegos ha callado lo que le has hecho; pero no va a callarse m&aacute;s: le he dado permiso para que, si la desagradas en algo m&aacute;s, haga lo que le parezca. &iquest;Y qu&eacute; har&aacute;s si se lo dice a sus hermanos?</p><p align="justify">El hombre de pro, habiendo comprendido suficientemente lo que le conven&iacute;a, como mejor supo y pudo, con muchas promesas tranquiliz&oacute; al fraile; y despidi&eacute;ndose de &eacute;l, al llegar maitines de la noche siguiente, entrando en el jard&iacute;n y subiendo por el &aacute;rbol y hallando la ventana abierta, se meti&oacute; en la alcoba, y lo m&aacute;s pronto que pudo se ech&oacute; en los brazos de su hermosa se&ntilde;ora. La cual, con grand&iacute;simo deseo habi&eacute;ndolo esperado, alegremente le recibi&oacute; diciendo:</p><p align="justify">-Gracias sean dadas al se&ntilde;or fraile que tan bien te ense&ntilde;&oacute; el modo de venir. Y despu&eacute;s, tomando placer el uno del otro, hablando y ri&eacute;ndose mucho de la simplicidad del bruto fraile, injuriando los copos de lana y los peines y las cardenchas, juntos se solazaron con deleite. Y poniendo en orden sus asuntos, de tal manera hicieron que, sin tener que recurrir de nuevo al se&ntilde;or fraile, muchas otras noches con igual contento se reunieron; al que pido a Dios por su santa misericordia que me lleve pronto a m&iacute; y a todas las almas cristianas que lo deseen. </p><p align="justify">NOVELA CUARTA</p><p align="justify">Don Felice ense&ntilde;a al hermano Puccio c&oacute;mo ganar la bienaventuranza haciendo una penitencia que &eacute;l conoce; la que el hermano Puccio hace, y don Felice, mientras tanto, con la mujer del hermano se divierte .</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">Luego de que Filomena, terminada su historia, se call&oacute;, habiendo Dioneo con dulces palabras mucho alabado el ingenio de la se&ntilde;ora y tambi&eacute;n la plegaria hecha por Filomena al terminar, la reina mir&oacute; hacia P&aacute;nfilo sonri&eacute;ndose y dijo:</p><p align="justify">-Pues ahora, P&aacute;nfilo, alarga con alguna cosilla placentera nuestro entretenimiento. P&aacute;nfilo prontamente repuso que de buen grado, y comenz&oacute;:</p><p align="justify">Se&ntilde;ora, bastantes personas hay que, mientras se esfuerzan en ir al para&iacute;so, sin darse cuenta a quien mandan all&iacute; es a otro; lo que a una vecina nuestra, no hace todav&iacute;a mucho tiempo, tal como podr&eacute;is o&iacute;r, le sucedi&oacute;.</p><p align="justify">Seg&uacute;n he o&iacute;do decir, vecino de San Brancazio viv&iacute;a un hombre bueno y rico que era llamado Puccio de Rinieri, que luego, habi&eacute;ndose entregado por completo a las cosas espirituales, se hizo beato de esos de San Francisco y tom&oacute; el nombre de hermano Puccio; y siguiendo su vida espiritual, como otra familia no ten&iacute;a sino su mujer y una criada, y no necesitaba ocuparse en ning&uacute;n oficio, iba mucho a la iglesia. Y porque era hombre simple y de ruda &iacute;ndole, dec&iacute;a sus padrenuestros, iba a los sermones, iba a las misas y nunca faltaba a las la&uacute;des que cantaban los seglares; y ayunaba y se disciplinaba, y se hab&iacute;a corrido la voz de que era de los flagelantes. La mujer, a quien llamaban se&ntilde;ora Isabetta, joven de s&oacute;lo veintiocho o treinta a&ntilde;os, fresca y hermosa y redondita que parec&iacute;a una manzana casolana , por la santidad del marido y tal vez por la vejez estaba con mucha frecuencia a dietas mucho m&aacute;s largas de lo que hubiera querido; y cuando hubiera querido dormirse, o tal vez juguetear con &eacute;l, &eacute;l le contaba la vida de Cristo o los sermones de fray Anastasio o el llanto de la Magdalena u otras cosas semejantes. Volvi&oacute; en estos tiempos de Par&iacute;s un monje llamado don Felice, del convento de San Brancazio, el cual bastante joven y hermoso en su persona era, y de agudo ingenio y de profunda ciencia, con el cual fray Puccio se lig&oacute; con estrecha amistad. Y porque &eacute;l todas sus dudas se las resolv&iacute;a, y adem&aacute;s, habiendo conocido su condici&oacute;n, se le mostraba sant&iacute;simo, empez&oacute; el hermano Puccio a llev&aacute;rselo algunas veces a casa y a darle de almorzar y cenar, seg&uacute;n ven&iacute;a al caso; y la mujer tambi&eacute;n, por amor de fray Puccio, se hab&iacute;a hecho a su compa&ntilde;&iacute;a y de buen grado le hac&iacute;a los honores. Continuando, pues, el monje las visitas a casa de fray Puccio y viendo a la mujer tan fresca y redondita, se dio cuenta de cu&aacute;l era la cosa de que m&aacute;s carec&iacute;a; y pens&oacute; si no podr&iacute;a, por quitarle trabajos a fray Puccio, supl&iacute;rsela &eacute;l. Y ech&aacute;ndole miradas una y otra vez, bien astutamente, tanto hizo que encendi&oacute; en su mente aquel mismo deseo que &eacute;l ten&iacute;a; de lo que habi&eacute;ndose apercibido el monje, lo antes que pudo habl&oacute; con ella de sus deseos. Pero aunque bien la encontrase dispuesta a rematar el asunto, no se pod&iacute;a encontrar el modo, porque ella de ning&uacute;n lugar del mundo se fiaba para estar con el monje sino de su casa; y en su casa no se pod&iacute;a porque el hermano Puccio no sal&iacute;a nunca de la ciudad. Por lo que el monje ten&iacute;a gran pesar; y luego de mucho se le ocurri&oacute; un modo de poder estar con la mujer en su casa sin sospechas, aunque el hermano Puccio all&iacute; estuviera. Y habiendo un d&iacute;a ido a estar con &eacute;l el hermano Puccio, le dijo as&iacute;. -Ya me he dado cuenta muchas veces, hermano Puccio, de que tu mayor deseo es llegar a ser santo, a lo que me parece que vas por un camino demasiado largo cuando hay uno que es muy corto, que el papa y sus otros prelados mayores, que lo saben y lo ponen en pr&aacute;ctica, no quieren que se divulgue porque el orden clerical, que la mayor&iacute;a vive de limosna, incontinenti ser&iacute;a deshecho, como que los seglares dejar&iacute;an de atenderle con limosnas y otras cosas. Pero como eres amigo m&iacute;o y me has honrado mucho, si yo creyera que no vas a dec&iacute;rselo a nadie en el mundo, y quisieras seguirlo, te lo ense&ntilde;ar&iacute;a. El hermano Puccio, deseando aquella cosa, primero empez&oacute; a rogarle con grand&iacute;simas instancias que se la ense&ntilde;ase y luego a jurarle que jam&aacute;s, sino cuando &eacute;l quisiera, a nadie lo dir&iacute;a, afirmando que si tal cosa era que pudiera seguirla, se pondr&iacute;a a ello.</p><p align="justify">-Puesto que as&iacute; me lo prometes -dijo el monje- te la explicar&eacute;. Debes saber que los santos Doctores sostienen que quien quiere llegar a bienaventurado debe hacer la penitencia que vas a o&iacute;r; pero enti&eacute;ndelo bien: no digo que despu&eacute;s de la penitencia no seas tan pecador corno eres, pero suceder&aacute; que los pecados que has hecho hasta la hora de la penitencia estar&aacute;n purgados y mediante ella perdonados y los que hagas despu&eacute;s no se escribir&aacute;n para tu condenaci&oacute;n sino que se ir&aacute;n con el agua bendita como ahora hacen los veniales. Debe, pues, el hombre con gran diligencia confesarse de sus pecados cuando va a comenzar la penitencia, y luego de ello debe comenzar un ayuno y una abstinencia grand&iacute;sima, que conviene que dure cuarenta d&iacute;as, en los que no ya de otra mujer sino de tocar la suya propia debe abstenerse. Y adem&aacute;s de esto, tienes que tener en tu propia casa alg&uacute;n sitio donde por la noche puedas ver el cielo, y hacia la hora de completas irte a este lugar; y tener all&iacute; una tabla muy ancha colocada de guisa que, estando en pie, puedas apoyar los ri&ntilde;ones en ella y, con los pies en tierra, extender los brazos a guisa de crucifijo; y si los quieres apoyar en alguna clavija puedes hacerlo; y de esta manera mirando el cielo, estar sin moverte un punto hasta maitines. Y si fueses letrado te convendr&iacute;a en este tiempo decir ciertas oraciones que voy a darte; pero como no lo eres debes rezar trescientos padrenuestros con trescientas avemar&iacute;as y alabanzas a la Trinidad, y mirando al cielo tener siempre en la memoria que Dios ha sido el creador del cielo y de la tierra, y la pasi&oacute;n de Cristo estando de la misma manera en que estuvo &eacute;l en la cruz. Luego, al tocar maitines, puedes si quieres irte, y as&iacute; vestido echarte en la cama y dormir; y a la ma&ntilde;ana siguiente debes ir a la iglesia y o&iacute;r all&iacute; por lo menos tres misas y decir cincuenta padrenuestros con otras tantas avemar&iacute;as y, despu&eacute;s de esto, con sencillez hacer algunos de tus negocios si tienes alguno que hacer, y luego almorzar e ir despu&eacute;s de v&iacute;speras a la iglesia y decir ciertas oraciones que te dar&eacute; escritas, sin las que no se puede pasar, y luego a completas volver a lo antes dicho. Y haciendo esto, como yo he hecho, espero que al terminar la penitencia sentir&aacute;s la maravillosa sensaci&oacute;n de la beatitud eterna, si la has hecho con devoci&oacute;n. El hermano Puccio dijo entonces:</p><p align="justify">-Esto no es cosa demasiado pesada ni demasiado larga, y debe poderse hacer bastante bien; y por ello quiero empezar el domingo en nombre de Dios.</p><p align="justify">Y separ&aacute;ndose de &eacute;l y y&eacute;ndose a casa, ordenadamente, con su licencia para hacerlo, a su mujer cont&oacute; todo. La mujer entendi&oacute; demasiado bien, por aquello de estarse quieto hasta la ma&ntilde;ana sin moverse, lo que quer&iacute;a decir el monje, por lo que, pareci&eacute;ndole buen invento, le dijo que de esto y de cualquiera otro bien que hiciese a su alma, estaba ella contenta; y que, para que Dios hiciera su penitencia provechosa, quer&iacute;a con &eacute;l ayunar, pero hacer lo dem&aacute;s no.</p><p align="justify">Habiendo quedado, pues, de acuerdo, llegado el domingo, el hermano Puccio empez&oacute; su penitencia, y el se&ntilde;or fraile, habi&eacute;ndose puesto de acuerdo con la mujer, a una hora en que ser visto no pod&iacute;a, la mayor&iacute;a de las noches ven&iacute;a a cenar con ella, trayendo siempre con &eacute;l buenos manjares y bebidas; luego, se acostaba con ella hasta la hora de maitines, a la cual, levant&aacute;ndose, se iba, y el hermano Puccio volv&iacute;a a la cama. Estaba el lugar que el hermano Puccio hab&iacute;a elegido para cumplir su penitencia junto a la alcoba donde se acostaba la mujer, y nada m&aacute;s estaba separado de ella por una pared delgad&iacute;sima; por lo que, retozando el se&ntilde;or monje demasiado desbocadamente con la mujer y ella con &eacute;l, le pareci&oacute; al hermano Puccio sentir un temblor del suelo de la casa; por lo que, habiendo ya dicho cien de sus padrenuestros, haciendo una pausa, llam&oacute; a la mujer sin moverse, y le pregunt&oacute; qu&eacute; hac&iacute;a. La mujer, que era ingeniosa, tal vez cabalgando entonces en la bestia de San Benito o la de San Juan Gualberto , respondi&oacute;: -&iexcl;A fe, marido, que me meneo todo lo que puedo!</p><p align="justify">Dijo entonces el hermano Puccio:</p><p align="justify">-&iquest;C&oacute;mo que te meneas? &iquest;Qu&eacute; quiere decir eso de menearte?</p><p align="justify">La mujer, ri&eacute;ndose, porque aguda y valerosa era, y porque tal vez ten&iacute;a motivo de re&iacute;rse, respondi&oacute;: -&iquest;C&oacute;mo no sab&eacute;is lo que quiero decir? Pues yo lo he o&iacute;do decir mil veces: &laquo;Quien por la noche no cena, toda la noche se menea&raquo;.</p><p align="justify">Se crey&oacute; el hermano Puccio que el ayuno, que con &eacute;l fing&iacute;a hacer, fuese la raz&oacute;n de no poder dormir, y que por ello se meneaba en la cama; por lo que, de buena fe, dijo: -Mujer, ya te lo he dicho: &laquo;No ayunes&raquo;; pero puesto que lo has querido hacer no pienses en ello; piensa en descansar; que das tales vueltas en la cama que haces moverse todo. Dijo entonces la mujer:</p><p align="justify">-No os preocup&eacute;is, no; bien s&eacute; lo que me hago; haced bien lo vuestro que yo har&eacute; bien lo m&iacute;o si puedo. Se call&oacute; entonces, pues, el hermano Puccio y volvi&oacute; a sus padrenuestros, y la mujer y el se&ntilde;or monje desde aquella noche en adelante, haciendo colocar una cama en otra parte de la casa, all&iacute; mientras duraba el tiempo de la penitencia del hermano Puccio con grand&iacute;sima fiesta se estaban; y a un tiempo se iba el monje y la mujer volv&iacute;a a su cama, y a los pocos instantes de su penitencia ven&iacute;a a ella el hermano Puccio. Continuando, pues, en tal manera el hermano la penitencia y la mujer con el monje su deleite, muchas veces bromeando le dijo:</p><p align="justify">-T&uacute; haces hacer una penitencia al hermano Puccio que nos ha ganado a nosotros el para&iacute;so. Y pareci&eacute;ndole a la mujer que le iba bien, tanto se aficion&oacute; a las comidas del monje, que habiendo sido por el marido largamente tenida a dieta, aunque se terminase la penitencia del hermano Puccio, encontr&oacute; el modo de alimentarse con &eacute;l en otra parte, y con discreci&oacute;n mucho tiempo en &eacute;l tom&oacute; su placer. Por lo que, para que las &uacute;ltimas palabras no sean discordantes de las primeras, sucedi&oacute; que, con lo que el hermano Puccio crey&oacute; que ganaba el para&iacute;so haciendo penitencia, mand&oacute; all&iacute; al monje (que antes le hab&iacute;a ense&ntilde;ado el camino de ir) y a la mujer que viv&iacute;a con &eacute;l en gran penuria de lo que el se&ntilde;or monje, como misericordioso, le dio abundantemente.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">NOVELA QUINTA</p><p align="justify">El Acicalado regala a micer Francesco Vergellesi un palafr&eacute;n suyo, y por ello habla a su mujer con su permiso; y como ella calla, &eacute;l se contesta como si fuera ella, y a su respuesta le sigue el efecto consiguiente.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">Hab&iacute;a P&aacute;nfilo terminado la historia del hermano Puccio, no sin risas de las se&ntilde;oras, cuando se&ntilde;orialmente la reina mand&oacute; a Elisa que continuase; la cual, un s&iacute; es no es desde&ntilde;osa no por malicia sino por h&aacute;bito antiguo, as&iacute; empez&oacute; a hablar:</p><p align="justify">Muchos que mucho saben, se creen que otros no saben nada, y ellos, muchas veces, mientras creen enga&ntilde;ar a otros, despu&eacute;s conocen que han sido los enga&ntilde;ados; por la cual cosa reputo gran locura la de quien se pone sin necesidad de probar las fuerzas del ingenio ajeno. Pero porque tal vez todos no ser&iacute;an de mi opini&oacute;n, lo que sucedi&oacute; a un caballero pistoy&eacute;s, siguiendo el orden de los razonamientos, me place contaros:</p><p align="justify">Hubo en Pistoya en la familia de los Vergellesi un caballero llamado micer Francesco , hombre muy rico y sabio y precavido adem&aacute;s, pero avar&iacute;simo sin mesura; el cual, debiendo ir a Mil&aacute;n como podest&aacute;, de todas las cosas oportunas para ir honradamente se hab&iacute;a provisto, salvo de un palafr&eacute;n que fuese adecuadamente bueno para su rango; y no encontrando ninguno que le agradase, estaba preocupado por ello. Hab&iacute;a entonces un joven en Pistoya cuyo nombre era Ricciardo, de bajo nacimiento pero muy rico, que tan adornado y pulido iba en su persona, que era generalmente llamado el Acicalado; y durante mucho tiempo hab&iacute;a amado y cortejado en vano a la mujer de micer Francesco, la cual era hermos&iacute;sima y muy honesta.</p><p align="justify">Pues &eacute;ste ten&iacute;a uno de los m&aacute;s bellos palafrenes de Toscana, y lo ten&iacute;a en mucho aprecio por su belleza; y siendo p&uacute;blico a todo el mundo que cortejaba a la mujer de micer Francesco, hubo quien le dijo que si &eacute;l se lo pidiese lo obtendr&iacute;a por el amor que el tal Acicalado ten&iacute;a a su mujer. Micer Francesco, llevado por la avaricia, haciendo llamar al Acicalado le pidi&oacute; que vendiese su palafr&eacute;n, para que el Acicalado se lo ofreciese como presente. El Acicalado, al o&iacute;r aquello, se puso contento, y respondi&oacute; al caballero:</p><p align="justify">-Micer, si me dieseis todo lo que ten&eacute;is en el mundo no podr&iacute;ais comprarme mi palafr&eacute;n; pero como don podr&iacute;ais tenerlo cuando gustaseis con esta condici&oacute;n: que yo, antes de que lo tom&eacute;is, pueda, con vuestra venia y en vuestra presencia, decir algunas palabras a vuestra mujer tan apartado de toda persona que no sea o&iacute;do m&aacute;s que por ella.</p><p align="justify">El caballero, llevado por la avaricia y esperando poder burlarle, repuso que le plac&iacute;a, y que cuanto &eacute;l quisiese; y dej&aacute;ndolo en la sala de su palacio, se fue a la c&aacute;mara de la se&ntilde;ora, y cuando le hubo dicho qu&eacute; f&aacute;cilmente pod&iacute;a ganar el palafr&eacute;n, le orden&oacute; que viniera a o&iacute;r al Acicalado, pero que se guardase de contestarle poco ni mucho a nada que &eacute;l le dijera. La se&ntilde;ora reprob&oacute; mucho aquello, pero como le conven&iacute;a dar gusto al marido, dijo que lo har&iacute;a, y detr&aacute;s del marido se fue a la sala a o&iacute;r lo que el Acicalado quisiera decirle. El cual habiendo confirmado su pacto con el caballero, en una parte de la sala bastante alejada de cualquier persona se sent&oacute; junto a la se&ntilde;ora y comenz&oacute; a hablar as&iacute;: -Honrada se&ntilde;ora, me parece ser cierto que sois tan sab&iacute;a, que muy bien, hace mucho tiempo, habr&eacute;is podido comprender a cu&aacute;n grande amor me ha llevado a teneros vuestra hermosura, que sin falta sobrepasa cualquiera otra que me haya parecido ver. Dejo a un lado las costumbres loables y las singulares virtudes que en vos hay, las cuales tendr&iacute;an fuerza para apresar cualquier alto &aacute;nimo de cualquier hombre; y por ello no es necesario que os muestre con palabras que aqu&eacute;l ha sido el mayor y m&aacute;s ferviente que jam&aacute;s hombre alguno sinti&oacute; hacia alguna mujer, y as&iacute; ser&aacute; sin falta mientras mi m&iacute;sera vida sostenga estos miembros, y m&aacute;s a&uacute;n, que, si all&iacute; como aqu&iacute; se ama, perpetuamente os amar&eacute;. Y por ello pod&eacute;is estar segura que nada ten&eacute;is, sea precioso o de poco valor, que m&aacute;s vuestro pod&aacute;is tener y en todo momento disponer de ello como de m&iacute;, por lo que yo valga, y semejantemente de mis cosas. Y para que teng&aacute;is cert&iacute;sima prueba de esto, os digo que reputar&eacute; como la mayor gracia que cualquiera cosa que yo pudiera hacer y que os pluguiese me mandaseis, que nada habr&aacute; que, mand&aacute;ndolo yo, todos prest&iacute;simamente no me obedecieran. Por lo cual, si soy tan vuestro como o&iacute;s que lo soy, no osar&eacute; inmerecidamente elevar mis ruegos a vuestra alteza, de la cual tan s&oacute;lo toda mi paz, todo mi bien y mi salud puede venirme, y no de otra parte: y as&iacute; como humild&iacute;simo servidor os ruego, caro bien m&iacute;o y &uacute;nica esperanza de mi alma, que esperando que el amoroso fuego en vos se alimente, que vuestra benignidad sea tanta, y as&iacute; ablande vuestra pasada dureza mostrada hacia m&iacute; (que vuestro soy) que yo, reconfortado con vuestra piedad, pueda decir que como de vuestra hermosura me he enamorado, por ella he de tener la vida; la cual, si a mis ruegos el altanero &aacute;nimo vuestro no se inclina, sin falta desfallecer&aacute;, y me morir&eacute;, y podr&eacute;is ser llamada homicida m&iacute;a. Y dejemos que mi muerte no os hiciese honor, no dejo de creer que, remordi&eacute;ndoos alguna vez la conciencia no os doler&iacute;a haberlo hecho, y tal vez, mejor dispuesta, con vos misma dir&iacute;ais: &laquo;&iexcl;Ah!, &iexcl;qu&eacute; mal hice al no tener misericordia de mi Acicalado!&raquo;. Y no sirviendo de nada este arrepentiros os ser&iacute;a ocasi&oacute;n de mayor sufrimiento; por lo que, para que no suceda, ahora que socorrerme pod&eacute;is, tenedme l&aacute;stima, y antes de que muera moveos a tener misericordia de m&iacute;, porque en vos sola est&aacute; el hacerme el m&aacute;s feliz y el m&aacute;s doliente hombre que vive. Espero que sea tanta vuestra cortes&iacute;a que no sufr&aacute;is que por tanto y tal amor reciba la muerte por galard&oacute;n, sino con alegre respuesta y llena de gracia reconfort&eacute;is mis esp&iacute;ritus que todos espantados tiemblan ante vuestra presencia.</p><p align="justify">Y call&aacute;ndose aqu&iacute;, algunas l&aacute;grimas, despu&eacute;s de profund&iacute;simos suspiros, vertidas, se puso a esperar lo que la noble se&ntilde;ora le respondiera. La se&ntilde;ora, a la cual el largo cortejar, el justar, las serenatas y las dem&aacute;s cosas semejantes a &eacute;stas hechas por amor suyo por el Acicalado no hab&iacute;an podido conmover, conmovieron las afectuosas palabras dichas por el fervent&iacute;simo amante, y comenz&oacute; a sentir lo que antes nunca hab&iacute;a sentido, esto es, qu&eacute; era amor. Y aunque, por obedecer la orden dada por el marido, callase, no pudo por ello dejar de esconder con alg&uacute;n suspirillo lo que de buena gana, respondiendo al Acicalado, hubiera puesto de manifiesto.</p><p align="justify">El Acicalado, habiendo esperado un tanto y viendo que ninguna respuesta le segu&iacute;a, se maravill&oacute;, y enseguida empez&oacute; a darse cuenta del arte usada por el caballero; pero sin embargo, mir&aacute;ndola a la cara y viendo alg&uacute;n fulgurar de sus ojos hacia &eacute;l algunas veces vueltos, y adem&aacute;s de ello sintiendo los suspiros que con toda la fuerza de su pecho dejaba salir, cobr&oacute; alguna esperanza y, ayudado por ella, tuvo una rara idea; y comenz&oacute; como si fuera la se&ntilde;ora, oy&eacute;ndolo ella, a responderse a s&iacute; mismo de tal guisa: -Acicalado m&iacute;o, sin duda ha gran tiempo que me he apercibido de que tu amor hacia m&iacute; es grand&iacute;simo y perfecto, y ahora por tus palabras mayormente lo conozco, y estoy contenta, como debo. Empero, si dura y cruel te he parecido, no quiero que creas que en mi &aacute;nimo he sido como he mostrado en el gesto; pues siempre te he amado y querido m&aacute;s que a cualquier hombre, pero me ha convenido hacerlo as&iacute; por miedo de los dem&aacute;s y por preservar mi fama de honestidad. Pero ahora viene el tiempo en que podr&eacute; claramente mostrarte si te amo y concederte el galard&oacute;n del amor que me has tenido y me tienes; y por ello consu&eacute;late y ten esperanza porque micer Francesco est&aacute; por irse dentro de pocos d&iacute;as a Mil&aacute;n como podest&aacute;, como sabes t&uacute;, que por amor m&iacute;o le has donado tu hermoso palafr&eacute;n; y cuando se haya ido, sin falta te doy palabra, por el buen amor que te tengo, que no pasar&aacute;n muchos d&iacute;as sin que te re&uacute;nas conmigo y a nuestro amor demos placentero y entero cumplimiento. Y para que no te tenga otra vez que hablar de esta materia, desde ahora te digo que el d&iacute;a en que veas dos pa&ntilde;os de manos tendidos en la ventana de mi alcoba, que da sobre nuestro jard&iacute;n, aquella noche, cuidando bien de no ser visto, ven a m&iacute; por la puerta del jard&iacute;n: me encontrar&aacute;s all&iacute; esper&aacute;ndote y juntos tendremos toda la noche fiesta y placer el uno con el otro tanto como deseemos.</p><p align="justify">Apenas hab&iacute;a el Acicalado hablado as&iacute; como si fuera &eacute;l la se&ntilde;ora, cuando empez&oacute; a hablar por s&iacute; mismo, y respondi&oacute; as&iacute;:</p><p align="justify">-Car&iacute;sima se&ntilde;ora, est&aacute; por la superabundante alegr&iacute;a de vuestra favorable respuesta tan colmada toda mi virtud que apenas puedo formular la respuesta para rendiros las debidas gracias, pero si pudiese hablar como deseo, ning&uacute;n t&eacute;rmino es tan largo que me bastase a poder agradeceros plenamente como querr&iacute;a y como me convendr&iacute;a hacer; y por ello a vuestra discreta consideraci&oacute;n ata&ntilde;e conocer lo que yo, aunque lo desee, no puedo explicar con palabras. S&oacute;lo os digo que lo que me hab&eacute;is ordenado pensar&eacute; en hacer sin falta, y tal vez entonces, m&aacute;s tranquilizado con tan gran don como me hab&eacute;is concedido, me imaginar&eacute; cuanto pueda en daros las gracias mayores que pueda. Y pues aqu&iacute; no queda, al presente, nada que decir, car&iacute;sima se&ntilde;ora m&iacute;a, Dios os d&eacute; aquella alegr&iacute;a y bien que dese&eacute;is mayor, y a Dios os encomiendo. A todo esto no dijo la se&ntilde;ora una sola palabra; con lo que el Acicalado se puso en pie y empez&oacute; a andar hacia el caballero, el cual, vi&eacute;ndolo en pie, le sali&oacute; al encuentro, y riendo le dijo: -&iquest;Qu&eacute; te parece? &iquest;He cumplido bien mi promesa?</p><p align="justify">-Micer, no -repuso el Acicalado-, que me prometisteis dejarme hablar con vuestra mujer y me hab&eacute;is dejado hablar con una estatua de m&aacute;rmol. Estas palabras agradaron mucho al caballero, el cual, aunque ya ten&iacute;a buena opini&oacute;n de su mujer, todav&iacute;a la tuvo mejor por ellas; y dijo: -Ahora es bien m&iacute;o el palafr&eacute;n que fue tuyo.</p><p align="justify">A lo que el Acicalado respondi&oacute;:</p><p align="justify">-Micer, s&iacute;, pero si yo hubiera cre&iacute;do sacar de esta gracia recibida de vos tal fruto como he sacado, sin ped&iacute;rosla os lo habr&iacute;a dado; y quisiera Dios que lo hubiera hecho, porque vos hab&eacute;is comprado el palafr&eacute;n y yo no lo he vendido.</p><p align="justify">El caballero se ri&oacute; de esto, y ya provisto de palafr&eacute;n, de all&iacute; a pocos d&iacute;as se puso en camino y hacia Mil&aacute;n se fue como podest&aacute;. La mujer, qued&aacute;ndose libre en su casa, d&aacute;ndole vueltas a las palabras del Acicalado y al amor que le ten&iacute;a y al palafr&eacute;n que por su amor hab&iacute;a regalado, y vi&eacute;ndolo desde su casa pasar con mucha frecuencia, se dijo:</p><p align="justify">&laquo;&iquest;Qu&eacute; es lo que hago?, &iquest;por qu&eacute; pierdo mi juventud? &Eacute;ste se ha ido a Mil&aacute;n y no volver&aacute; hasta dentro de seis meses; &iquest;y cu&aacute;ndo me los devolver&aacute;?, &iquest;cuando sea vieja? Y adem&aacute;s de esto, &iquest;cu&aacute;ndo volver&eacute; a encontrar un amante como el Acicalado? Estoy sola, de nadie tengo que temer; no s&eacute; porque no cojo el goce mientras puedo; no siempre tendr&eacute; la ocasi&oacute;n como la tengo ahora: esto no lo sabr&aacute; nunca nadie, y si tuviera que saberse, mejor es hacer algo y arrepentirse que no hacerlo y arrepentirse.&raquo; Y as&iacute; aconsej&aacute;ndose a s&iacute; misma, un d&iacute;a puso dos pa&ntilde;os de manos en la ventana del jard&iacute;n, como le hab&iacute;a dicho el Acicalado; los cuales siendo vistos por el Acicalado, content&iacute;simo, al venir la noche, secretamente y solo se fue a la puerta del jard&iacute;n de la se&ntilde;ora y lo encontr&oacute; abierto; y de aqu&iacute; se fue a otra puerta que daba a la entrada de la casa, donde encontr&oacute; a la noble se&ntilde;ora que lo esperaba. La cual, vi&eacute;ndole venir, levant&aacute;ndose a su encuentro, con grand&iacute;sima fiesta le recibi&oacute;, y &eacute;l, abraz&aacute;ndola y bes&aacute;ndola cien mil veces, por la escalera arriba la sigui&oacute;; y sin ninguna tardanza acost&aacute;ndose, los &uacute;ltimos t&eacute;rminos del amor conocieron. Y no fue esta vez la &uacute;ltima, aunque fuese la primera: porque mientras el caballero estuvo en Mil&aacute;n, y tambi&eacute;n despu&eacute;s de su vuelta, volvi&oacute; all&iacute;, con grand&iacute;simo placer de cada una de las partes, el Acicalado muchas otras veces.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">NOVELA SEXTA</p><p align="justify">Ricciardo Min&uacute;tolo ama a la mujer de Filippello Sighinolfo, a la que advirtiendo celosa y dici&eacute;ndole que Filippello al d&iacute;a siguiente va a reunirse con su mujer en unos ba&ntilde;os, la hace ir all&iacute; y, creyendo que ha estado con el marido se encuentra con que con Ricciardo ha estado. </p><p align="justify">Nada m&aacute;s quedaba por decir a Elisa cuando, alabada la sagacidad de Acicalado, la reina impuso a Fiameta que procediese con una, y ella, toda sonriente, repuso: -Se&ntilde;ora, de buen grado.</p><p align="justify">Y comenz&oacute;:</p><p align="justify">Algo conviene salir de nuestra ciudad, que tanto como es copiosa en otras cosas lo es en ejemplos de toda clase, y como Elisa ha hecho, algo de las cosas que por el mundo han sucedido contar, y por ello, pasando a N&aacute;poles, c&oacute;mo una de estas beatas que se muestran tan esquivas al amor fue por el ingenio de su amante llevada a sentir los frutos del amor antes de que hubiese conocido las flores ; lo que a un tiempo os recomendar&aacute; cautela en las cosas que puedan sobreveniros y os deleitar&aacute; con las sucedidas. En N&aacute;poles, ciudad antiqu&iacute;sima y tal vez tan deleitable, o m&aacute;s, que alguna otra en Italia, hubo un joven preclaro por la nobleza de su sangre y espl&eacute;ndido por sus muchas riquezas, cuyo nombre fue Ricciardo Min&uacute;tolo , el cual, a pesar de que por mujer ten&iacute;a a una hermos&iacute;sima y graciosa joven, se enamor&oacute; de una que, seg&uacute;n la opini&oacute;n de todos, en mucho sobrepasaba en hermosura a todas las dem&aacute;s damas napolitanas, y era llamada Catella , mujer de un joven igualmente noble llamado Filippello Sighinolfo , al Cual ella, honest&iacute;sima, m&aacute;s que a nada amaba y ten&iacute;a en aprecio. Amando, pues, Ricciardo Min&uacute;tolo a esta Catella y poniendo en obra todas aquellas cosas por las cuales la gracia y el amor de una mujer deben poder conquistarse, y con todo ello no pudiendo llegar a nada de lo que deseaba, se desesperaba, y del amor no sabiendo o no pudiendo desenlazarse, ni sab&iacute;a morir ni le aprovechaba vivir. Y en tal disposici&oacute;n estando, sucedi&oacute; que por las mujeres que eran sus parientes fue un d&iacute;a bastante alentado para que se deshiciese de tal amor, por el que en vano se cansaba, como fuera que Catella no ten&iacute;a otro bien que Filippello, del que era tan celosa que los p&aacute;jaros que por el aire volaban tem&iacute;a que se lo quitasen. Ricciardo, o&iacute;dos los celos de Catella, s&uacute;bitamente imagin&oacute; una manera de satisfacer sus deseos y comenz&oacute; a mostrarse desesperado del amor de Catella y a haberlo puesto en otra noble se&ntilde;ora, y por amor suyo comenz&oacute; a mostrarse justando y contendiendo y a hacer todas aquellas cosas que por Catella sol&iacute;a hacer. Y no lo hab&iacute;a hecho mucho tiempo cuando en el &aacute;nimo de todos los napolitanos, y tambi&eacute;n de Catella, estaba que ya no a Catella sino a esta segunda se&ntilde;ora amaba sumamente, y tanto en esto persever&oacute; que tan por cierto por todos era tenido ello que hasta Catella abandon&oacute; la esquivez que con &eacute;l usaba por el amor que tenerla sol&iacute;a, y familiarmente, como vecino, al ir y al venir le saludaba como hac&iacute;a a los otros. Ahora, sucedi&oacute; que, estando caluroso el tiempo, muchas compa&ntilde;&iacute;as de damas y caballeros, seg&uacute;n la costumbre de los napolitanos, fueron a recrearse a la orilla del mar y a almorzar all&iacute; y a cenar all&iacute;; sabiendo Ricciardo que Catella con su compa&ntilde;&iacute;a hab&iacute;a ido, tambi&eacute;n &eacute;l con sus amigos fue, y en la compa&ntilde;&iacute;a de las damas de Catella fue recibido, haci&eacute;ndose primero rogar mucho, como si no estuviese muy deseoso de quedarse all&iacute;. All&iacute; las se&ntilde;oras, y Catella con ellas, empezaron a gastarle bromas sobre su nuevo amor, en el que mostr&aacute;ndose muy inflamado, m&aacute;s les daba materia para hablar. Al cabo, habi&eacute;ndose ido una de las se&ntilde;oras ac&aacute; y la otra all&aacute;, como se hace en aquellos lugares, habi&eacute;ndose quedado Catella con pocas all&iacute; donde Ricciardo estaba, dej&oacute; caer Ricciardo mir&aacute;ndola a ella una alusi&oacute;n a cierto amor de Filippello su marido, por lo que ella sinti&oacute; s&uacute;bitos celos y por dentro comenz&oacute; toda a arder en deseos de saber lo que Ricciardo quer&iacute;a decir. Y luego de contenerse un poco, no pudiendo m&aacute;s contenerse, rog&oacute; a Ricciardo que, por el amor de la se&ntilde;ora a quien &eacute;l m&aacute;s amaba, le pluguiese aclararle lo que dicho hab&iacute;a de Filippello. El cual le dijo:</p><p align="justify">-Me hab&eacute;is conjurado por alguien por quien no os oso negar nada que me pid&aacute;is, y por ello estoy pronto a dec&iacute;roslo, con que me promet&aacute;is que ni una palabra dir&eacute;is a &eacute;l ni a otro, sino cuando ve&aacute;is por los hechos que es verdad lo que voy a contaros, que si lo quer&eacute;is os ense&ntilde;ar&eacute; c&oacute;mo pod&eacute;is verlo. A la se&ntilde;ora le agrad&oacute; lo que le ped&iacute;a, y m&aacute;s crey&oacute; que era verdad, y le jur&oacute; no decirlo nunca. Retirados, pues, aparte, para no ser o&iacute;dos por los dem&aacute;s, Ricciardo comenz&oacute; a decirle as&iacute;: -Se&ntilde;ora, si yo os amase como os am&eacute;, no osar&iacute;a deciros nada que creyese que iba a doleros, pero porque aquel amor ha pasado me cuidar&eacute; menos de deciros la verdad de todo. No s&eacute; si Filippello alguna vez tom&oacute; a ultraje el amor que yo os ten&iacute;a, o si ha tenido el pensamiento de que alguna vez fui amado por vos, pero haya sido esto o no, a m&iacute; nunca me demostr&oacute; nada. Pero tal vez esperando el momento oportuno en que ha cre&iacute;do que yo menos sospechaba, muestra querer hacerme a m&iacute; lo que me temo que piensa que le haya hecho yo, es decir, querer tener a mi mujer para placer suyo, y a lo que me parece la ha solicitado desde hace no mucho tiempo hasta ahora con muchas embajadas, que todas he sabido por ella, y ella le ha dado respuesta seg&uacute;n yo lo he ordenado. Pero esta ma&ntilde;ana, antes de venir aqu&iacute;, encontr&eacute; con mi mujer en casa a una mujer en secreto concili&aacute;bulo, que enseguida me pareci&oacute; que fuese lo que era; por lo que llam&eacute; a mi mujer y le pregunt&eacute; qu&eacute; quer&iacute;a aqu&eacute;lla. Me dijo: &laquo;Es ese aguij&oacute;n de Filippello, al que con ese darle respuestas y esperanzas t&uacute; me has echado encima, y dice que del todo quiere saber lo que entiendo hacer, y que, si yo quisiera, har&iacute;a que yo pudiera ir secretamente a una casa de ba&ntilde;os de esta ciudad y con esto me ruega y me cansa, y si no fuese porque me has hecho, no s&eacute; por qu&eacute;, tener estos tratos, me lo habr&iacute;a quitado de encima de tal manera que jam&aacute;s habr&iacute;a puesto los ojos donde yo hubiera estado&raquo;. Ahora me parece que ha ido demasiado lejos y que ya no se le puede sufrir m&aacute;s, y dec&iacute;roslo para que conozc&aacute;is qu&eacute; recompensa recibe vuestra fiel lealtad por la que yo estuve a punto de morir. Y para que no cre&aacute;is que son cuentos y f&aacute;bulas, sino que pod&aacute;is, si os dan ganas de ello, abiertamente verlo y tocarlo, hice que mi mujer diese a aquella que esperaba esta respuesta: que estaba pronta a estar ma&ntilde;ana hacia nona, cuando la gente duerme, en esa casa de ba&ntilde;os, con lo que la mujer se fue content&iacute;sima. Ahora, no creo que cre&aacute;is que iba a mandarla all&iacute;, pero si yo estuviese en vuestro lugar har&iacute;a que &eacute;l me encontrase all&iacute; en lugar de aquella con quien piensa encontrarse, y cuando hubiera estado un tanto con &eacute;l, le har&iacute;a ver con qui&eacute;n hab&iacute;a estado, y el honor que le conviene se lo har&iacute;a; y haciendo esto creo que se le pondr&iacute;a en tanta verg&uuml;enza que en el mismo punto la injuria que a vos y a m&iacute; quiere hacer ser&iacute;a vengada. Catella, al o&iacute;r esto, sin tener en consideraci&oacute;n qui&eacute;n era quien se lo dec&iacute;a ni sus enga&ntilde;os, seg&uacute;n la costumbre de los celosos, dio s&uacute;bitamente fe a aquellas palabras, y ciertas cosas pasadas antes comenz&oacute; a encajar con este hecho; y encendi&eacute;ndose con s&uacute;bita ira, repuso que ciertamente ella har&iacute;a aquello, que no era tan gran trabajo hacerlo y que ciertamente si &eacute;l iba all&iacute; le har&iacute;a pasar tal verg&uuml;enza que siempre que viera a alguna mujer despu&eacute;s se le vendr&iacute;a a la memoria. Ricciardo, contento con esto y pareci&eacute;ndole que su invento hab&iacute;a sido bueno y daba resultado, con otras muchas palabras la confirm&oacute; en ello y acrecent&oacute; su credulidad, rog&aacute;ndole, no obstante, que no dijese jam&aacute;s que se lo hab&iacute;a dicho &eacute;l; lo que ella le prometi&oacute; por su honor.</p><p align="justify">A la ma&ntilde;ana siguiente, Ricciardo se fue a una buena mujer que dirig&iacute;a aquellos ba&ntilde;os que le hab&iacute;a dicho a Catella, y le dijo lo que entend&iacute;a hacer, y le rog&oacute; que en aquello le ayudase cuanto pudiera. La buena mujer, que muy obligada le estaba, le dijo que lo har&iacute;a de grado, y con &eacute;l concert&oacute; lo que hab&iacute;a de hacer o decir. Ten&iacute;a &eacute;sta, en la casa donde estaban los ba&ntilde;os, una alcoba muy oscura, como que en ella ninguna ventana por la que entrase la luz hab&iacute;a. Aqu&eacute;lla, seg&uacute;n las indicaciones de Ricciardo, prepar&oacute; la buena mujer e hizo dentro una cama lo mejor que pudo, en la que Ricciardo, como lo hab&iacute;a planeado, se meti&oacute; y se puso a esperar a Catella.</p><p align="justify">La se&ntilde;ora, o&iacute;das las palabras de Ricciardo y habi&eacute;ndoles dado m&aacute;s fe de lo que merec&iacute;an, llena de indignaci&oacute;n, volvi&oacute; por la noche a casa, adonde por acaso Filippello embebido en otro pensamiento tambi&eacute;n volvi&oacute; y no le hizo tal vez la acogida que acostumbraba a hacerle. Lo que, vi&eacute;ndolo ella, tuvo mayores sospechas de las que ten&iacute;a, dici&eacute;ndose a s&iacute; misma: &laquo;En verdad, &eacute;ste tiene el &aacute;nimo puesto en la mujer con quien ma&ntilde;ana cree que va a darse placer y gusto, pero ciertamente esto no suceder&aacute;.&raquo;</p><p align="justify">Y con tal pensamiento, e imaginando qu&eacute; deb&iacute;a decirle cuando hubiera estado con &eacute;l, pas&oacute; toda la noche. Pero &iquest;a qu&eacute; m&aacute;s? Venida nona, Catella tom&oacute; su compa&ntilde;&iacute;a y sin mudar de prop&oacute;sito se fue a aquellos ba&ntilde;os que Ricciardo le hab&iacute;a ense&ntilde;ado; y encontrando all&iacute; a la buena mujer le pregunt&oacute; si Filippello hab&iacute;a estado all&iacute; aquel d&iacute;a. A lo que la buena mujer, adoctrinada por Ricciardo, dijo: -&iquest;Sois la se&ntilde;ora que debe venir a hablar con &eacute;l?</p><p align="justify">Respondi&oacute; Catella:</p><p align="justify">-S&iacute; soy.</p><p align="justify">-Pues -dijo la buena mujer-, andad con &eacute;l.</p><p align="justify">Catella, que andaba buscando lo que no habr&iacute;a querido encontrar, haci&eacute;ndose llevar a la alcoba donde estaba Ricciardo, con la cabeza cubierta entr&oacute; en ella y cerr&oacute; por dentro. Ricciardo, vi&eacute;ndola venir, alegre se puso en pie y recibi&eacute;ndola en sus brazos dijo quedamente: -&iexcl;Bien venida sea el alma m&iacute;a!</p><p align="justify">Catella, para mostrar que era otra de la que era, lo abraz&oacute; y lo bes&oacute; le hizo grandes fiestas sin decir una palabra, temiendo que si hablaba fuese por &eacute;l reconocida. La alcoba era oscur&iacute;sima, con lo que cada una de las partes estaba contenta; y no por estar all&iacute; mucho tiempo cobraban los ojos mayor poder. Ricciardo la condujo a la cama y all&iacute;, sin hablar para que no pudiese distinguirse la voz, por grand&iacute;simo espacio con mayor placer y deleite de una de las partes que de la otra estuvieron; pero luego de que a Catella le pareci&oacute; tiempo de dejar salir la concebida indignaci&oacute;n, encendida por ardiente ira, comenz&oacute; a hablar as&iacute;. -&iexcl;Ay!, &iexcl;qu&eacute; m&iacute;sera es la fortuna de las mujeres y que mal se emplea el amor de muchas en sus maridos! Yo, m&iacute;sera de m&iacute;, hace ocho a&ntilde;os ya que te amo m&aacute;s que a mi vida, y t&uacute;, corno lo he sentido, ardes todo y te consumes en el amor de una mujer extra&ntilde;a, hombre culpable y malvado. &iquest;Pues con qui&eacute;n te crees que has estado? Has estado con aquella que se ha acostado a tu lado durante ocho a&ntilde;os; has estado con aquella a quien con falsas lisonjas has, tiempo ha, enga&ntilde;ado mostr&aacute;ndole amor y estando enamorado de otra. Soy Catella, no soy la mujer de Ricciardo, traidor desleal: escucha a ver si reconoces mi voz, que soy ella; y se me hacen mil a&ntilde;os hasta que a la luz estemos para avergonzarte como lo mereces, perro asqueroso y deshonrado. &iexcl;Ah, m&iacute;sera de m&iacute;!, &iquest;a qui&eacute;n le he dedicado tanto amor tantos a&ntilde;os? A este perro desleal que, crey&eacute;ndose tener en brazos a una mujer extra&ntilde;a, me ha hecho m&aacute;s caricias y ternuras en este poco tiempo que he estado aqu&iacute; con &eacute;l que en todo el restante que he sido suya. &iexcl;Hoy has estado gallardo, perro renegado, cuando en casa sueles mostrarte tan d&eacute;bil y cansado y sin fuerza! Pero alabado sea Dios que tu huerto has labrado, no el de otro, como te cre&iacute;as. No me maravilla que esta noche no te me acercases; esperabas descargar la carga en otra parte y quer&iacute;as llegar muy fresco caballero a la batalla: &iexcl;pero gracias a Dios y mi artima&ntilde;a, el agua por fin ha bajado por donde deb&iacute;a! &iquest;Por qu&eacute; no contestas, hombre culpable? &iexcl;Por Dios que no s&eacute; por qu&eacute; no te meto los dedos en los ojos y te los saco! Te cre&iacute;ste que muy ocultamente pod&iacute;as hacer esta traici&oacute;n. &iexcl;Por Dios, tanto sabe uno como otro; no has podido: mejores sabuesos te he tenido detr&aacute;s de lo que cre&iacute;as!</p><p align="justify">Ricciardo gozaba para s&iacute; mismo con estas palabras y, sin responder nada la abrazaba y la besaba y m&aacute;s que nunca le hac&iacute;a grandes caricias. Por lo que ella, que segu&iacute;a hablando, dec&iacute;a: -S&iacute;, te crees que ahora me halagas con tus caricias fingidas, perro fastidioso, y me quieres tranquilizar y consolar; est&aacute;s equivocado: nunca me consolar&eacute; de esto hasta que no te haya puesto en verg&uuml;enza en presencia de cuantos parientes y amigos y vecinos tenemos. &iquest;Pues no soy yo, malvado, tan hermosa como lo sea la mujer de Ricciardo Min&uacute;tolo?, &iquest;no soy igual en nobleza a ella? &iquest;No dices nada, perro sarnoso? &iquest;Qu&eacute; tiene ella m&aacute;s que yo? Ap&aacute;rtate, no me toques, que por hoy ya bastante has combatido. Bien s&eacute; que ya, puesto que sabes qui&eacute;n soy, lo que hicieses lo har&iacute;as a la fuerza: pero as&iacute; Dios me d&eacute; su gracia como te har&eacute; pasar carencia, y no s&eacute; por qu&eacute; no mando a por Ricciardo, que me ha amado m&aacute;s que a s&iacute; mismo y nunca pudo gloriarse de que lo mirase una vez; y no s&eacute; qu&eacute; mal hubiera habido en hacerlo. T&uacute; has cre&iacute;do tener aqu&iacute; a su mujer y es como si la hubieras tenido, porque por ti no ha quedado; pues si yo lo tuviera a &eacute;l no me lo podr&iacute;as reprochar con raz&oacute;n.</p><p align="justify">As&iacute;, las palabras fueron muchas y la amargura de la se&ntilde;ora grande; pero al final Ricciardo, pensando que si la dejaba irse con esta creencia a mucho mal podr&iacute;a dar lugar, deliber&oacute; descubrirse y sacarla del enga&ntilde;o en que estaba; y cogi&eacute;ndola en brazos y apret&aacute;ndola bien, de modo que no pudiera irse, dijo: -Alma m&iacute;a dulce, no os enoj&eacute;is; lo que con tan s&oacute;lo amar no pod&iacute;a tener, Amor me ha ense&ntilde;ado a conseguir con enga&ntilde;o, y soy vuestro Ricciardo.</p><p align="justify">Lo que oyendo Catella, y conoci&eacute;ndolo en la voz, s&uacute;bitamente quiso arrojarse de la cama, pero no pudo; entonces quiso gritar, pero Ricciardo le tap&oacute; la boca con una de las manos, y dijo: -Se&ntilde;ora, ya no puede ser que lo que ha sido no haya sido; aunque gritaseis durante todo el tiempo de vuestra vida, y si grit&aacute;is o de alguna manera hac&eacute;is que esto sea sabido alguna vez por alguien, suceder&aacute;n dos cosas. La una ser&aacute; (que no poco debe importaros) que vuestro honor y vuestra fama se empa&ntilde;ar&aacute;n, porque aunque dig&aacute;is que yo os he hecho venir aqu&iacute; con enga&ntilde;os yo dir&eacute; que no es verdad, sino que os he hecho venir aqu&iacute; con dinero y presentes que os he prometido y que como no os los he dado tan cumplidamente como esperabais os hab&eacute;is enojado, y por eso habl&aacute;is y grit&aacute;is, y sab&eacute;is que la gente est&aacute; m&aacute;s dispuesta a creer lo malo que lo bueno y me creer&aacute; antes a m&iacute; que a vos. Adem&aacute;s de esto, se seguir&aacute; entre vuestro marido y yo una mortal enemistad y podr&iacute;an ponerse las cosas de modo que o yo le matase a &eacute;l antes o &eacute;l a m&iacute;, por lo que nunca podr&iacute;ais estar despu&eacute;s alegre ni contenta. Y por ello, coraz&oacute;n m&iacute;o, no quer&aacute;is en un mismo punto infamaros y poner en peligro y buscar pelea entre vuestro marido y yo. No sois la primera ni ser&eacute;is la &uacute;ltima que es enga&ntilde;ada, y yo no os he enga&ntilde;ado por quitaros nada vuestro sino por el excesivo amor que os tengo y estoy dispuesto siempre a teneros, y a ser vuestro humild&iacute;simo servidor. Y si hace mucho tiempo que yo y mis cosas y lo que puedo y valgo han sido vuestras y est&aacute;n a vuestro servicio, entiendo que lo sean m&aacute;s que nunca de aqu&iacute; en adelante. Ahora, vos sois prudente en las otras cosas, y estoy cierto que tambi&eacute;n lo ser&eacute;is en &eacute;sta.</p><p align="justify">Catella, mientras Ricciardo dec&iacute;a estas palabras, lloraba mucho, y aunque muy enojada estuviera y mucho se lamentase, no dej&oacute; de o&iacute;r la raz&oacute;n en las verdaderas palabras de Ricciardo, que no conociese que era posible que sucediera lo que Ricciardo dec&iacute;a; por lo que dijo: -Ricciardo, yo no s&eacute; c&oacute;mo Dios me permitir&aacute; soportar la ofensa y el enga&ntilde;o que me has hecho. No quiero gritar aqu&iacute;, donde mi simpleza y excesivos celos me han conducido, pero estate seguro de esto, de que no estar&eacute; nunca contenta si de un modo o de otro no me veo vengada de lo que me has hecho; por ello d&eacute;jame, no me toques m&aacute;s; has tenido lo que has deseado y me has vejado cuanto te ha placido; tiempo es de que me dejes: d&eacute;jame, te lo ruego.</p><p align="justify">Ricciardo, que se daba cuenta de que su &aacute;nimo estaba a&uacute;n demasiado airado, se hab&iacute;a propuesto no dejarla hasta conseguir que se calmara; por lo que, comenzando con dulc&iacute;simas palabras a ablandarla, tanto dijo, y tanto rog&oacute; y tanto jur&oacute; que ella, vencida, hizo las paces con &eacute;l, y con igual deseo de cada uno de ellos por gran espacio, despu&eacute;s, con grand&iacute;simo deleite, se quedaron juntos. Y conociendo entonces la se&ntilde;ora cu&aacute;nto m&aacute;s sabrosos eran los besos del amante que los del marido, transformada su dureza en dulce amor a Ricciardo, desde aquel d&iacute;a en adelante tiern&iacute;simamente lo am&oacute; y, prudent&iacute;simamente obrando, muchas veces gozaron de su amor. Que Dios nos haga gozar del nuestro. </p><p align="justify">NOVELA S&Eacute;PTIMA</p><p align="justify">Tedaldo, enojado con una amante suya, se va de Florencia; vuelve all&iacute; despu&eacute;s de alg&uacute;n tiempo disfrazado de peregrino; habla con la dama y le hace reconocer su error y libra de la muerte a su marido, a quien se le hab&iacute;a acusado de haberle dado muerte a &eacute;l, y lo reconcilia con los hermanos; y luego, discretamente, con su amante goza.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">Ya alabada por todos se calla Fiameta, cuando la reina, para no perder tiempo, prestamente a Emilia encomend&oacute; la narraci&oacute;n; y ella empez&oacute;:</p><p align="justify">A m&iacute; me place volver a nuestra ciudad, de donde a las dos anteriores les plugo apartarse, y contaros c&oacute;mo un ciudadano nuestro reconquist&oacute; a su perdida se&ntilde;ora. Hubo, pues, en Florencia, un noble joven cuyo nombre era Tedaldo de los Elisei , que enamorado sobremanera de una se&ntilde;ora, llamada do&ntilde;a Ermelina y mujer de un Aldobrandino Palermini, por sus loables costumbres mereci&oacute; disfrutar de su deseo; placer al cual la Fortuna, enemiga de los dichosos, se opuso; por lo cual, fuera cual fuese la raz&oacute;n, la se&ntilde;ora, habiendo complacido a Tedaldo durante un tiempo, por completo se apart&oacute; de querer complacerlo y de querer no ya escuchar ninguna embajada suya, sino tampoco verle de manera ninguna. Por lo que &eacute;l se dej&oacute; ir a una tristeza fiera y aborrecible, mas ten&iacute;a de tal manera celado su amor que nadie cre&iacute;a que &eacute;ste era la raz&oacute;n de su melancol&iacute;a; y luego de que de diversas maneras se hubo ingeniado mucho en reconquistar el amor que sin culpa suya le parec&iacute;a haber perdido, y encontrando vana toda fatiga, a alejarse del mundo (para no alegrar al verlo consumirse a aquella que de su mal era ocasi&oacute;n) se dispuso.</p><p align="justify">Y cogiendo los dineros que pudo conseguir, secretamente, sin decir palabra a amigo ni a pariente fuera de un compa&ntilde;ero suyo que todo sab&iacute;a, se fue y lleg&oacute; hasta Ancona, haci&eacute;ndose llamar Filippo de San Lodeccio, y trabando all&iacute; conocimiento con un rico mercader, entr&oacute; a su servicio y en un barco junto con &eacute;l se fue a Chipre. Sus costumbres y sus maneras agradaron tanto al mercader que no solamente le asign&oacute; un buen salario, sino que le hizo su socio en parte y adem&aacute;s gran parte de sus negocios le puso entre las manos, los cuales llev&oacute; tan bien y con tanta solicitud que en pocos a&ntilde;os se hizo bueno y rico mercader y famoso. En los cuales negocios, aunque muchas veces se acordase de la cruel se&ntilde;ora y fieramente fuese de amor traspasado y mucho desease volver a verla, fue de tanta constancia que durante siete a&ntilde;os venci&oacute; aquella batalla. Pero sucedi&oacute; que, oyendo un d&iacute;a en Chipre cantar una canci&oacute;n que hac&iacute;a tiempo &eacute;l hab&iacute;a compuesto, en la que el amor que ten&iacute;a a su se&ntilde;ora y ella a &eacute;l y el placer que de ella gozaba se contaba, pensando que no pod&iacute;a ser que ella le hubiera olvidado, en tanto deseo de volver a verla se inflam&oacute; que, no pudiendo sufrirlo m&aacute;s, se dispuso a volver a Florencia.</p><p align="justify">Y puestos en orden todos sus asuntos, se vino tan s&oacute;lo con un sirviente suyo a Ancona, adonde habiendo llegado sus cosas, las mand&oacute; a Florencia a un amigo del ancon&eacute;s socio suyo, y &eacute;l ocultamente, como un peregrino que viniera del Santo Sepulcro, con su criado se vino detr&aacute;s; y llegados a Florencia, se fue a una posadita que dos hermanos ten&iacute;an cerca de la casa de su se&ntilde;ora. Y donde primero fue no fue a otra parte sino a la puerta de su casa por verla si pod&iacute;a; pero vio las ventanas y las puertas y todo cerrado, por lo que mucho temi&oacute; que hubiera muerto o que se hubiese mudado de all&iacute;. Por lo que, muy pensativo, se fue a la casa de sus hermanos, a quienes vio todos vestidos de negro, de lo que se maravill&oacute; mucho, y sabi&eacute;ndose tan cambiado en el vestido y la persona de lo que ser sol&iacute;a cuando se fue de all&iacute;, que no podr&iacute;a ser reconocido f&aacute;cilmente, confiadamente se acerc&oacute; a un zapatero y le pregunt&oacute; por qu&eacute; aqu&eacute;llos iban vestidos de negro. A lo que el zapatero respondi&oacute;:</p><p align="justify">-Van vestidos de negro porque no hace quince d&iacute;as que un hermano suyo que hac&iacute;a mucho tiempo que no estaba aqu&iacute;, que ten&iacute;a por nombre Tedaldo, fue muerto; y me parece entender que han probado a la justicia que uno que tiene por nombre Aldobrandino Palermini, que est&aacute; preso, lo mat&oacute; porque estaba enamorado de la mujer y hab&iacute;a vuelto disfrazado para estar con ella. Maravill&oacute;se mucho Tedaldo de que tanto se le asemejase alguno que fuese tomado por &eacute;l y le doli&oacute; la desgracia de Aldobrandin, y habiendo o&iacute;do que la se&ntilde;ora estaba sana y salva, siendo ya de noche, lleno de diversos pensamientos, se volvi&oacute; a la posada, y luego de que cenado hubo con su criado, en lo m&aacute;s alto de la casa fue puesto a dormir. All&iacute;, tanto por los muchos pensamientos que le asaltaban como por la dureza de la cama y tal vez por la cena, que hab&iacute;a sido escasa, ya era medianoche y todav&iacute;a Tedaldo no hab&iacute;a podido dormirse, por lo que, estando despierto, le pareci&oacute; hacia la medianoche sentir que desde el tejado de la casa bajaba gente a la casa, y luego por las rendijas de la puerta de la c&aacute;mara vio hacia all&iacute; venir una luz. Por lo que, calladamente acerc&aacute;ndose a las rendijas, empez&oacute; a mirar qu&eacute; significaba aquello y vio a una joven muy hermosa tener en mano esta luz y venir hacia ella tres hombres, que hab&iacute;an bajado del tejado, y luego de hacerse algunas fiestas unos a otros, dijo uno de ellos a la joven: -Ya podemos, Dios sea loado, estar seguros, porque sabemos ciertamente que la muerte de Tedaldo Elisei ha sido achacada por sus hermanos a Aldobrand&iacute;n Palermini, y &eacute;l ha confesado y ya est&aacute; escrita la sentencia, pero debemos seguir callando porque si alguna vez se sabe que hemos sido nosotros estaremos en el mismo peligro que est&aacute; Aldobrandino.</p><p align="justify">Y dicho esto, con la mujer, que muy contenta se mostr&oacute; con esto, bajaron y se fueron a dormir. Tedaldo, o&iacute;do esto, empez&oacute; a considerar cu&aacute;ntos y cu&aacute;les eran los errores en que pod&iacute;a caer la mente de los hombres, pensando primero en sus hermanos, que a un extra&ntilde;o hab&iacute;an llorado y sepultado en su lugar, y luego acusado a un inocente por falsas sospechas, y con testigos no verdaderos haberlo llevado a la muerte, y adem&aacute;s de ello en la severidad ciega de las leyes y de sus rectores, los cuales muchas veces, como sol&iacute;citos investigadores de la verdad, con crueldades hacen probar lo falso y se llaman ministros de la justicia y de Dios cuando son ejecutores de la iniquidad y del diablo. Despu&eacute;s de esto, a la salvaci&oacute;n de Aldobrandino dirigi&oacute; sus pensamientos y consider&oacute; consigo mismo lo que deb&iacute;a hacer. Y en cuanto se levant&oacute; por la ma&ntilde;ana, dejando al criado, cuando le pareci&oacute; oportuno se fue &eacute;l solo a la casa de su se&ntilde;ora y, encontrando por acaso abierta la puerta, entr&oacute; dentro y vio a su se&ntilde;ora sentada por tierra en una salita que all&iacute; en la planta baja hab&iacute;a; y estaba llena de llanto y de amargura; y casi se puso a llorar de compasi&oacute;n; y acerc&aacute;ndose le dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora, no os atribul&eacute;is; vuestra paz est&aacute; cerca.</p><p align="justify">La se&ntilde;ora, al o&iacute;rle, levant&oacute; el rostro y, llorando, dijo:</p><p align="justify">-Buen hombre, me pareces un peregrino forastero; &iquest;qu&eacute; sabes t&uacute; de la paz ni de mi aflicci&oacute;n? Repuso entonces el peregrino:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora, soy de Constantinopla y poco ha he llegado aqu&iacute; mandado por Dios a convertir vuestras l&aacute;grimas en risa y a librar de la muerte a vuestro marido. -&iquest;C&oacute;mo -dijo la se&ntilde;ora- si eres de Constantinopla y reci&eacute;n llegado aqu&iacute; sabes qui&eacute;nes mi marido y yo somos?</p><p align="justify">El peregrino, empezando desde el principio, toda la historia de la angustia de Aldobrandino le cont&oacute; y le dijo qui&eacute;n era ella, cu&aacute;nto tiempo hac&iacute;a que estaba casada y otras muchas cosas que &eacute;l muy bien sab&iacute;a de sus asuntos, por lo que la se&ntilde;ora se maravill&oacute; mucho y teni&eacute;ndolo por un profeta se arrodill&oacute; a sus pies, rog&aacute;ndole por Dios que, si hab&iacute;a venido a salvar a Aldobrandino que se apresurase porque el tiempo era poco. El peregrino, mostr&aacute;ndose como un muy santo var&oacute;n, dijo: -Se&ntilde;ora, levantaos y no llor&eacute;is, y escuchad bien lo que voy a deciros, y guardaos de decirlo nunca a nadie. Por lo que Dios me ha revelado que la tribulaci&oacute;n en la que est&aacute;is os ha sobrevenido por un gran pecado que cometisteis hace tiempo, que Dios ha querido que purgu&eacute;is en parte con esta angustia y del que quiere que os enmend&eacute;is: si no, por ello recaer&eacute;is en una aflicci&oacute;n mucho mayor. Dijo entonces la se&ntilde;ora:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or, he pecado mucho y no s&eacute; de qu&eacute; Dios querr&aacute; que me enmiende entre todos, y por ello, si lo sab&eacute;is, dec&iacute;dmelo y har&eacute; todo cuanto pueda por enmendarlo. -Se&ntilde;ora -dijo entonces el peregrino-, bien s&eacute; cu&aacute;l es y no voy a pregunt&aacute;roslo para saberlo mejor, sino para que dici&eacute;ndolo vos misma teng&aacute;is m&aacute;s remordimiento. Pero vengamos al asunto. Decidme, &iquest;os acord&aacute;is de haber tenido alg&uacute;n amante?</p><p align="justify">La se&ntilde;ora, al o&iacute;r esto, dio un gran suspiro y se maravill&oacute; mucho, no creyendo que nadie nunca lo hubiera sabido, a no ser que desde que hab&iacute;a sido muerto aquel que fue enterrado como Tedaldo se hubiese propalado algo por algunas palabras indiscretamente dichas por un amigo de Tedaldo, que sab&iacute;a de ello; y respondi&oacute;:</p><p align="justify">-Bien veo que Dios os muestra todos los secretos de los hombres, y por ello estoy dispuesta a no ocultaros los m&iacute;os. Es verdad que en mi juventud am&eacute; sumamente al desventurado joven de cuya muerte se culpa a mi marido, cuya muerte tanto he llorado cuanto me duele, por lo que, por muy r&iacute;gida y agreste que me mostrase con &eacute;l antes de su partida, ni su partida ni su larga ausencia ni aun su desventurada muerte han podido nunca arranc&aacute;rmelo del coraz&oacute;n.</p><p align="justify">A lo que dijo el peregrino:</p><p align="justify">-Al desventurado joven que ha sido muerto no amasteis vos, sino a Tedaldo Elisei. Pero decidme, &iquest;cu&aacute;l fue la raz&oacute;n por la que os enojasteis con &eacute;l? &iquest;Os ofendi&oacute; en algo? Y la se&ntilde;ora le respondi&oacute;:</p><p align="justify">-Ciertamente que no, nunca me ofendi&oacute;, pero la raz&oacute;n del enfado fueron las palabras de un maldito fraile con el que me confes&eacute; una vez, porque cuando le habl&eacute; del amor que a aqu&eacute;l ten&iacute;a y de la intimidad que ten&iacute;a con &eacute;l, me levant&oacute; tal quebradero de cabeza que todav&iacute;a me espanta, dici&eacute;ndome que si no me absten&iacute;a de ello ir&iacute;a a dar a la boca del diablo en lo profundo de los infiernos y ser&iacute;a condenada al fuego eterno. De lo que me entr&oacute; tal pavor que por completo me dispuse a no querer ya su intimidad; y para quitar la ocasi&oacute;n, ni su carta ni su embajada quise recibir; aunque creo que si hubiese perseverado m&aacute;s (porque por lo que presumo se fue desesperado y lo vi consumirse como hace la nieve al sol), mi dura decisi&oacute;n se hubiese doblegado porque un deseo mayor no ten&iacute;a en el mundo. Dijo entonces el peregrino:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora, &eacute;ste es el &uacute;nico pecado que ahora os atribula. S&eacute; firmemente que Tedaldo no os forz&oacute; en nada; cuando os enamorasteis de &eacute;l por vuestra propia voluntad lo hicisteis, agrad&aacute;ndoos &eacute;l, y cuando vos misma quisisteis vino a vos y goz&oacute; de vuestra intimidad, en la cual con palabras y con obras tanto agrado le mostrasteis que, si primero os amaba, m&aacute;s de mil veces hicisteis redoblar su amor. Y si as&iacute; fue, como s&eacute; que fue, &iquest;qu&eacute; raz&oacute;n pod&iacute;a moveros a apartarlo tan r&iacute;gidamente? Esas cosas deb&iacute;an pensarse antes de hacerse y si creyeseis que deb&iacute;ais arrepentiros como de algo mal hecho, no hacerlas. Tal como &eacute;l se hizo vuestro, vos os hicisteis suya. Si &eacute;l no hubiera sido vuestro, podr&iacute;ais haber hecho en todo lo que quisieseis, como due&ntilde;a, pero querer arrebatarle a vos que erais suya era un robo y cosa reprobable si aqu&eacute;lla no era la voluntad de &eacute;l. Pues deb&eacute;is saber que yo soy fraile y por ello conozco todas sus costumbres; y si hablo de ellas un tanto libremente para vuestro provecho no estar&aacute; mal en m&iacute; como estar&iacute;a en otros; y me place hablar de ellas para que de ahora en adelante mejor los conozc&aacute;is de lo que parece que hab&eacute;is hecho hasta ahora. Hubo antes frailes sant&iacute;simos y hombres de valor, pero los que hoy se llaman frailes, y por ello quieren ser tenidos, nada tienen de fraile, sino la capa, y ni siquiera &eacute;sta es de fraile porque si por los fundadores de los frailes fueron elegidas delgadas y m&iacute;seras y de telas groseras y manifestadoras del esp&iacute;ritu que hab&iacute;a despreciado las cosas temporales cuando se envolv&iacute;a el cuerpo en tan vil vestido, hoy se las hacen anchas y forradas y satinadas y de telas fin&iacute;simas y les han dado forma cortesana y pontifical para no avergonzarse de pavonearse con ellos en las iglesias y en las plazas como con sus vestidos hacen los seglares; y como con el esparavel el pescador se ingenia en coger en los r&iacute;os muchos peces de una vez, as&iacute; &eacute;stos, con las ampl&iacute;simas fimbrias envolvi&eacute;ndose, a muchas santurronas, muchas viudas, a muchas otras mujeres necias y hombres se ingenian en coger debajo, y de ello se ocupan con mayor solicitud que de otro ejercicio. Y por ello, para decirlo con m&aacute;s verdad, no las capas de los frailes llevan &eacute;stos sino solamente el color de las capas. Y mientras los antiguos deseaban la salvaci&oacute;n de los hombres, &eacute;stos desean las mujeres y las riquezas, y todo su empe&ntilde;o han puesto y ponen en asustar con palabrer&iacute;a y con pinturas las mentes de los necios y en ense&ntilde;arles que con las limosnas se purgan los pecados y con misas, para que a aquellos que por cobard&iacute;a (no por devoci&oacute;n) se han acogido a hacerse frailes, y para no pasar trabajos, &eacute;ste les mande el pan, aqu&eacute;l les mande el vino, aquel otro les d&eacute; la pitanza por el alma de sus muertos. Y ciertamente es verdad que las limosnas y las oraciones purgan los pecados, pero si quienes las hacen viesen a qui&eacute;n las hacen o les conocieran, antes las guardar&iacute;an para s&iacute; o mejor a otros tantos puercos las arrojar&iacute;an. Y porque saben que cuanto menor es el n&uacute;mero de los poseedores de una gran riqueza, a tanto m&aacute;s tocan, todos con charlas y con espantos se ingenian en quitarles a los dem&aacute;s aquello que desean para ellos solos. Reprueban a los hombres la lujuria para que, apart&aacute;ndose de ella los reprobados, para los reprobadores se queden las mujeres; condenan la usura y las ganancias injustas para que, si&eacute;ndoles restituidas a ellos, puedan hacerse las capas m&aacute;s amplias, comprar obispados y las otras prelaturas mayores con aquello que han ense&ntilde;ado que llevar&iacute;a a la condenaci&oacute;n a quien lo tuviera. Y cuando de estas cosas y de otras muchas que causan esc&aacute;ndalo se les reprende, con responder &laquo;Haced lo que decimos y no lo que hacemos&raquo; creen que tienen digna descarga de tanto peso grave, como si fuese m&aacute;s posible a las ovejas ser constantes y de hierro que a los pastores. Y cu&aacute;ntos son aquellos a quienes dan tal respuesta que no la entienden en el modo que la dicen, muchos lo saben. Quieren los frailes de hoy que hag&aacute;is lo que dicen, esto es que llen&eacute;is sus bolsas de dineros, les confi&eacute;is vuestros secretos, observ&eacute;is castidad, perdon&eacute;is las injurias, os guard&eacute;is de hablar mal de nadie: cosas todas buenas, todas honestas, todas santas; &iquest;pero para qu&eacute;? Para poder hacer ellos lo que, si los seglares lo hacen, no podr&aacute;n hacer. &iquest;Qui&eacute;n no sabe que sin dineros la vagancia no puede durar? Si en tus gustos te gastas el dinero, el fraile no podr&aacute; haraganear en la orden; si te vas con las mujeres de alrededor les quitar&aacute;s el sitio a los frailes; si no eres paciente y perdonas las injurias, el fraile no se atrever&aacute; a venir a tu casa y contaminar a tu familia. &iquest;Por qu&eacute; sigo? Se acusan ellos mismos tantas veces como antes los oyentes se excusan de aquella manera. &iquest;Por qu&eacute; no se quedan en casa si no creen poder ser abstinentes y santos? O si quieren dedicarse a esto, &iquest;por qu&eacute; no siguen aquellas santas palabras del Evangelio: &laquo;Empez&oacute; Cristo a hacer y a ense&ntilde;ar&raquo;? Hagan esto primero y ense&ntilde;en luego a los dem&aacute;s. He visto en mi vida galanteadores, amadores, visitantes no s&oacute;lo de las mujeres seglares sino de las monjas y de aquellos que m&aacute;s esc&aacute;ndalo arman desde sus p&uacute;lpitos. &iquest;Y a los tales vamos a seguir? Quien as&iacute; hace, hace lo que quiere pero Dios sabe si lo hace prudentemente. Pero aun si hubi&eacute;ramos de conceder lo que el fraile que os reprendi&oacute; dijo, esto es, que grav&iacute;simo pecado sea romper la fe matrimonial, &iquest;no lo es mucho mayor robar a un hombre?, &iquest;no lo es mucho mayor matarlo o enviarlo al exilio rodando por el mundo? Esto lo conceder&aacute; cualquiera. El tener intimidad un hombre con una mujer es un pecado natural; robarlo o matarlo o expulsarlo procede de maldad del esp&iacute;ritu. Que robasteis a Tedaldo ya antes os lo he demostrado, arrebat&aacute;ndoos a &eacute;l cuando os hab&iacute;ais hecho suya por vuestra espont&aacute;nea voluntad. Adem&aacute;s, os digo que, por lo que a vos respecta, lo matasteis por haber hecho todo lo necesario (mostr&aacute;ndoos cada vez m&aacute;s cruel) para que se matase con sus propias manos; y quiere la ley que quien es ocasi&oacute;n del mal tenga la misma culpa que quien lo hace. Y que vos de su exilio y de que haya andado rodando por el mundo siete a&ntilde;os sois la ocasi&oacute;n, no se puede negar. As&iacute; que mucho mayor pecado hab&eacute;is cometido con cualquiera de estas tres cosas dichas que comet&iacute;ais con concederle vuestra intimidad. Pero veamos, &iquest;es que Tedaldo mereci&oacute; estas cosas? Ciertamente que no: vos misma lo hab&eacute;is confesado; sin contar con que s&eacute; que m&aacute;s que a s&iacute; mismo os ama. Nada fue tan honrado, tan exaltado, tan magnificado como erais vos sobre cualquiera otra mujer por &eacute;l, si se encontraba en parte donde honestamente y sin engendrar sospechas sobre vos pod&iacute;a de vos hablar. Todo su bien, todo su honor, toda su libertad en vuestras manos era puesta por &eacute;l. &iquest;No era un noble joven?, &iquest;no era m&aacute;s apuesto que todos sus conciudadanos?, &iquest;no era valeroso en las cosas que son propias de los j&oacute;venes?, &iquest;no era amado, tenido en aprecio, visto con agrado por todos? A nada de esto dir&eacute;is que no. Entonces &iquest;c&oacute;mo, por lo que dijese un frailecillo mani&aacute;tico, brutal y envidioso, pudisteis tomar contra &eacute;l una resoluci&oacute;n cruel? No s&eacute; qu&eacute; error debe de ser el de las mujeres que a los hombres desprecian y estiman en poco que, pensando en lo que ellas son y en cu&aacute;nta y cu&aacute;l sea la nobleza dada por Dios al hombre sobre todos los dem&aacute;s animales, deber&iacute;an gloriarse cuando son amadas por alguno y tenerle sumamente en aprecio y con toda solicitud ingeniarse en complacerlo para que de amarla nunca se apartase. Y que lo hicisteis vos, movida por las palabras de un fraile, que con certeza deb&iacute;a de ser alg&uacute;n tragasopas manducador de tortas, ya lo sab&eacute;is, y tal vez lo que &eacute;l deseaba era ocupar el lugar de donde se esforzaba en echar a otro. Este pecado es aquel que la divina justicia que con justa balanza lleva a efecto todas sus operaciones, no ha querido dejar sin castigo; y as&iacute; como vos sin ninguna raz&oacute;n os ingeniasteis en quitaros vos misma a Tedaldo, as&iacute; vuestro marido sin raz&oacute;n ha estado y todav&iacute;a est&aacute; en peligro, y vos en tribulaci&oacute;n. De la cual si dese&aacute;is ser librada, lo que os conviene prometer y, sobre todo hacer, es esto: si sucede alguna vez que Tedaldo de su largo destierro vuelva, vuestra gracia, vuestro amor y vuestra benevolencia e intimidad le devolver&eacute;is y le responder&eacute;is en aquel estado en que estaba antes de que vos tontamente creyeseis al loco fraile.</p><p align="justify">Hab&iacute;a el peregrino terminado sus palabras cuando la se&ntilde;ora, que atent&iacute;simamente le escuchaba porque verac&iacute;simas le parec&iacute;an sus razones, y se es timaba con seguridad castigada por aquel pecado, al o&iacute;rselo a &eacute;l decir, dijo:</p><p align="justify">-Amigo de Dios, bastante conozco que son ciertas las cosas que dec&iacute;s y en gran parte conozco por vuestra ense&ntilde;anza qui&eacute;nes son los frailes, que hasta ahora han sido tenidos por m&iacute; como santos; y sin duda conozco que mi culpa ha sido grande en lo que hice contra Tedaldo, y si pudiera con gusto la enmendar&iacute;a de la manera que me hab&eacute;is dicho: pero &iquest;c&oacute;mo puede ser? Tedaldo no podr&aacute; nunca volver: est&aacute; muerto, y por ello lo que no puede hacerse no s&eacute; para qu&eacute; voy a promet&eacute;roslo. El peregrino le dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora, Tedaldo no est&aacute; muerto, seg&uacute;n Dios me revela, sino que est&aacute; vivo y sano y en buen estado si tuviese vuestra gracia.</p><p align="justify">Dijo entonces la se&ntilde;ora.</p><p align="justify">-Mirad lo que dec&iacute;s; que yo lo he visto muerto delante de mi casa de muchas cuchilladas, y lo tuve en estos brazos y con muchas l&aacute;grimas ba&ntilde;&eacute; su muerto rostro, las cuales dieron ocasi&oacute;n de hacer que se dijese lo que deshonestamente se ha dicho.</p><p align="justify">Entonces dijo el peregrino:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora, dig&aacute;is lo que dig&aacute;is os aseguro que Tedaldo est&aacute; vivo; y si quer&eacute;is prometer aquello con la intenci&oacute;n de cumplirlo, espero que lo ve&aacute;is pronto.</p><p align="justify">La se&ntilde;ora dijo entonces:</p><p align="justify">-Lo hago y lo har&eacute; de buen grado; y nada podr&iacute;a suceder que me diese tanta alegr&iacute;a sino ver a mi marido libre y sin da&ntilde;o y a Tedaldo vivo.</p><p align="justify">Pareci&oacute; entonces a Tedaldo tiempo de descubrirse y de consolar a la se&ntilde;ora con m&aacute;s cierta esperanza de su marido, y dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora, para que pueda consolaros con relaci&oacute;n a vuestro marido, un gran secreto necesito deciros, que cuidar&eacute;is de que nunca mientras viv&aacute;is manifest&eacute;is a nadie. Estaban en un lugar asaz alejado, y solos, habiendo tomado gran confianza la se&ntilde;ora en la santidad que le parec&iacute;a tener el peregrino; por lo que Tedaldo, sacando un anillo guardado por &eacute;l con sumo cuidado, que la se&ntilde;ora le hab&iacute;a dado la &uacute;ltima noche que hab&iacute;a estado con ella, y mostr&aacute;ndoselo dijo: -Se&ntilde;ora, &iquest;conoc&eacute;is esto?</p><p align="justify">En cuanto la se&ntilde;ora lo vio lo reconoci&oacute; y dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or, s&iacute;, yo se lo di a Tedaldo ha tiempo.</p><p align="justify">El peregrino, entonces, poni&eacute;ndose en pie y prestamente quit&aacute;ndose de encima la esclavina y de la cabeza el capelo, y hablando en florentino, dijo:</p><p align="justify">-&iquest;Y a m&iacute;, me conoc&eacute;is?</p><p align="justify">Cuando lo vio la se&ntilde;ora, conociendo que era Tedaldo, toda se pasm&oacute;, temi&eacute;ndole como a los cuerpos muertos, si se les ve andar como vivos, se teme: y no como a Tedaldo que regresaba de Chipre fue a su encuentro a recibirlo, sino como de Tedaldo que volv&iacute;a desde la tumba quiso huir temerosa. Y Tedaldo le dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora, no tem&aacute;is, soy vuestro Tedaldo vivo y sano y nunca me he muerto ni me mataron, cre&aacute;is lo que cre&aacute;is mis hermanos y vos.</p><p align="justify">La se&ntilde;ora, tranquilizada un tanto, y bajando la voz, y mir&aacute;ndolo m&aacute;s y asegur&aacute;ndose de que aqu&eacute;l era Tedaldo, llorando se le ech&oacute; al cuello y lo bes&oacute;, diciendo: -Dulce Tedaldo m&iacute;o, &iexcl;seas bien venido!</p><p align="justify">Tedaldo, bes&aacute;ndola y abraz&aacute;ndola, dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora, no es ahora tiempo de hacernos m&aacute;s estrechos saludos; quiero ir a hacer que Aldobrandino os sea devuelto sano y salvo, sobre lo cual espero que antes de ma&ntilde;ana por la noche teng&aacute;is nuevas que os agraden; que, si tengo suerte como espero, sobre su salvaci&oacute;n quiero poder venir esta noche a d&aacute;roslas con m&aacute;s espacio que puedo hacerlo al presente.</p><p align="justify">Y volvi&eacute;ndose a poner la esclavina y el sombrero, besando otra vez a la se&ntilde;ora y confort&aacute;ndola con buena esperanza, se separ&oacute; de ella y all&aacute; se fue donde Aldobrandino estaba en prisi&oacute;n, m&aacute;s embebido en pensamientos de temor de la inminente muerte que de esperanza de futura salud; y a guisa de consolador, con la venia de los carceleros, entr&oacute; donde &eacute;l estaba y sent&aacute;ndose junto a &eacute;l, le dijo: -Aldobrandino, soy un amigo tuyo que Dios te manda para salvarte, quien por tu inocencia ha sentido piedad de ti; y por ello, si en honor suyo quieres concederme un peque&ntilde;o don que voy a pedirte, sin falta antes de que ma&ntilde;ana sea de noche, en lugar de la sentencia de muerte que esperas, oir&aacute;s absoluci&oacute;n. Al que Aldobrandin repuso:</p><p align="justify">-Buen hombre, puesto que de mi salvaci&oacute;n te preocupas, aunque no te conozco ni me acuerde de haberte visto nunca, debes ser amigo, como dices. Y en verdad el pecado por el cual se dice que debo ser condenado a muerte, nunca lo he cometido; muchos otros he hecho, que tal vez a esto me hayan conducido. Pero te digo por el temor de Dios esto: si &eacute;l ahora tiene misericordia de m&iacute;, grandes cosas, no una peque&ntilde;a, har&iacute;a de buena gana, aunque no lo prometiese; as&iacute; que lo que te plazca pide, que sin falta, si llego a escapar de &eacute;sta, lo cumplir&eacute; ciertamente.</p><p align="justify">El peregrino entonces dijo:</p><p align="justify">-Lo que quiero no es otra cosa sino que perdones a los cuatro hermanos de Tedaldo el haberte conducido a este punto, crey&eacute;ndote culpable de la muerte de su hermano, y que los tengas por hermanos y por amigos si te piden perd&oacute;n.</p><p align="justify">Al que Aldobrand&iacute;n repuso:</p><p align="justify">-No sabes cu&aacute;n dulce cosa es la venganza ni con cu&aacute;nto ardor se desea sino quien recibe las ofensas; pero aun as&iacute;, para que Dios de mi salvaci&oacute;n se ocupe, de buen grado les perdonar&eacute; y ahora les perdono, y si de aqu&iacute; salgo vivo y me salvo, para hacerlo seguir&eacute; el modo que te sea grato. Esto le plugo al peregrino, y sin querer decirle m&aacute;s, encarecidamente le rog&oacute; que tuviese buen &aacute;nimo, que con seguridad antes de que terminase el siguiente d&iacute;a tendr&iacute;a noticia cert&iacute;sima de su salud. Y separ&aacute;ndose de &eacute;l se fue a la se&ntilde;or&iacute;a y en secreto a un caballero que la gobernaba dijo as&iacute;. -Se&ntilde;or m&iacute;o, todos sabemos de buen grado empe&ntilde;arnos en hacer que la verdad de las cosas se conozca, y m&aacute;ximamente aquellos que tienen el puesto que vos ten&eacute;is, para que no sufran los castigos los que no han cometido el pecado y sean castigados los pecadores. Y para que ello suceda en honor vuestro y para mal de quien lo ha merecido, he venido a vos. Como sab&eacute;is, hab&eacute;is procedido severamente contra Aldobrand&iacute;n Palermini y parece que hab&eacute;is tenido por cierto que &eacute;l ha sido quien mat&oacute; a Tedaldo Elisei, y vais a condenarlo, lo que segur&iacute;simamente es falso, como creo que antes de la medianoche, trayendo a vuestras manos al matador de aquel joven, os habr&eacute; demostrado.</p><p align="justify">El valeroso hombre, que ten&iacute;a l&aacute;stima de Aldobrandino, prest&oacute; gustosamente o&iacute;dos a las palabras del peregrino, y explic&aacute;ndole muchas cosas sobre esto, siendo su gu&iacute;a, cuando estaban en el primer sue&ntilde;o, a los dos hermanos posaderos y a su criado apres&oacute; a mansalva, y queri&eacute;ndoles dar tortura para descubrir c&oacute;mo hab&iacute;a sido la cosa, no lo sufrieron sino que cada uno separadamente y luego todos juntos abiertamente confesaron haber sido quienes mataron a Tedaldo Elisei, sin reconocerlo. Preguntados por la raz&oacute;n, dijeron que porque &eacute;ste a la mujer de uno de ellos, no estando ellos en la posada, hab&iacute;a molestado mucho y querido forzar a que hiciese su voluntad.</p><p align="justify">El peregrino, enterado de esto, con licencia del gentilhombre se fue y secretamente se vino a casa de la se&ntilde;ora Ermelina, y a ella sola (habi&eacute;ndose ido a dormir todos los dem&aacute;s de la casa) la encontr&oacute; esper&aacute;ndole, igualmente deseosa de tener buenas noticias del marido y de reconciliarse plenamente con su Tedaldo; a la cual acerc&aacute;ndose, con alegre gesto, dijo:</p><p align="justify">-Car&iacute;sima se&ntilde;ora m&iacute;a, al&eacute;grate, que por cierto recuperar&aacute;s ma&ntilde;ana aqu&iacute; sano y salvo a tu Aldobrandino.</p><p align="justify">Y para asegurarle de esto m&aacute;s, lo que hab&iacute;a hecho le cont&oacute; plenamente. La se&ntilde;ora, de los dos accidentes tales y tan s&uacute;bitos, esto es, de recuperar a Tedaldo vivo, al cual firmemente cre&iacute;a haber llorado muerto, y de ver libre de peligro a Aldobrandino, a quien se cre&iacute;a tener que llorar por muerto unos pocos d&iacute;as despu&eacute;s, tan alegre como nunca lo estuvo nadie, afectuosamente abraz&oacute; y bes&oacute; a su Tedaldo; y y&eacute;ndose juntos a la cama de buena gana firmaron graciosas y alegres paces, tomando el uno del otro deleitable gozo. Y al acercarse el d&iacute;a, Tedaldo, levant&aacute;ndose, habiendo ya explicado a la se&ntilde;ora lo que hacer entend&iacute;a y rog&aacute;ndole que ocult&iacute;simo lo tuviese, de nuevo en h&aacute;bito de peregrino sali&oacute; de casa de la se&ntilde;ora para poder, cuando fuese el momento, ocuparse de los asuntos de Aldobrandino. La se&ntilde;or&iacute;a, llegado el d&iacute;a y pareci&eacute;ndole tener completa informaci&oacute;n del asunto, prestamente liber&oacute; a Aldobrandino y pocos d&iacute;as despu&eacute;s a los malhechores hizo cortar la cabeza donde hab&iacute;an cometido el homicidio. Estando, pues, libre Aldobrandino, con gran regocijo suyo y de su mujer y de todos sus amigos y parientes, y conociendo manifiestamente que aquello hab&iacute;a sido obra del peregrino, le condujeron a su casa por tanto tiempo cuanto le pluguiera estar en la ciudad; y all&iacute;, de hacerle honores y fiestas que no se saciaban, y especialmente la mujer, que sab&iacute;a a qui&eacute;n se los hac&iacute;a Pero pareci&eacute;ndole, luego de algunos d&iacute;as, tiempo de reconciliar a sus hermanos con Aldobrandino, a quienes sab&iacute;a no s&oacute;lo desacreditados por su absoluci&oacute;n, sino tambi&eacute;n armados por miedo, pidi&oacute; a Aldobrandino que cumpliese su promesa. Aldobrandino espont&aacute;neamente contest&oacute; que estaba dispuesto. El peregrino le hizo preparar un hermoso convite para el d&iacute;a siguiente, al que dijo que quer&iacute;a que &eacute;l con sus parientes y con sus mujeres invitase a los cuatro hermanos y a sus mujeres, a&ntilde;adiendo que &eacute;l mismo ir&iacute;a incontinenti a invitarles a su perd&oacute;n y a su convite de su parte. Y estando Aldobrandino contento con cuanto plac&iacute;a al peregrino, el peregrino enseguida se fue a casa de los cuatro hermanos, y dirigi&eacute;ndoles las palabras que para tal asunto se requer&iacute;an, al final, con razones irrebatibles f&aacute;cilmente les condujo a querer reconquistar, solicitando el perd&oacute;n, la amistad de Aldobrandino, y hecho esto, a ellos y a sus mujeres a almorzar con Aldobrandino la ma&ntilde;ana siguiente les invit&oacute;, y ellos, de buen grado, creyendo su palabra, aceptaron el convite.</p><p align="justify">As&iacute;, pues, la ma&ntilde;ana siguiente, a la hora de comer, primeramente los cuatro hermanos de Tedaldo, tan vestidos de negro como iban, con algunos amigos suyos vinieron a casa de Aldobrandino, que les esperaba; y all&iacute;, delante de todos aquellos que para acompa&ntilde;arles hab&iacute;an sido invitados por Aldobrandino, arrojadas las armas en tierra, se pusieron en manos de Aldobrandino, pidi&eacute;ndole perd&oacute;n de lo que contra &eacute;l hab&iacute;an hecho. Aldobrandino, llorando compasivamente, los recibi&oacute; y besando a todos en la boca, gastando pocas palabras, todas las injurias recibidas perdon&oacute;. Despu&eacute;s de ellos, sus hermanas y sus mujeres todas vestidas de luto vinieron, y por la se&ntilde;ora Ermelina y las otras grandes se&ntilde;oras graciosamente recibidas fueron. Y habiendo sido magn&iacute;ficamente servidos en el convite tanto los hombres como las mujeres, no hab&iacute;a habido en &eacute;l nada m&aacute;s que cosas dignas de encomio, a no ser la taciturnidad por el reciente dolor que estaba representado en los vestidos oscuros de los parientes de Tedaldo (por lo cual la invenci&oacute;n y la invitaci&oacute;n del peregrino hab&iacute;a sido censurada por muchos, y &eacute;l se hab&iacute;a apercibido de ello); pero como lo hab&iacute;a decidido, venido el tiempo de disiparla, se puso en pie, todav&iacute;a comiendo los dem&aacute;s la fruta, y dijo: -Nada ha faltado a este convite para que fuese alegre sino Tedaldo, a quien, pues habi&eacute;ndole tenido continuamente con vosotros no lo hab&eacute;is conocido, quiero mostr&aacute;roslo. Y quit&aacute;ndose de encima la esclavina y toda la ropa de peregrino se qued&oacute; en jub&oacute;n de tafet&aacute;n verde, y no sin grand&iacute;sima maravilla fue por todos mirado y examinado largamente antes de que alguien se atreviese a creer que era &eacute;l. Lo que viendo Tedaldo, mucho les habl&oacute; de sus parientes, de las cosas sucedidas entre ellos, de sus accidentes; por lo que sus hermanos y los dem&aacute;s hombres, todos llenos de l&aacute;grimas de alegr&iacute;a, a abrazarle corrieron, y lo mismo despu&eacute;s hicieron las mujeres, tanto las parientes como las no parientes, salvo do&ntilde;a Ermelina. Lo que viendo Aldobrandin, dijo:</p><p align="justify">-&iquest;Qu&eacute; es esto, Ermelina? &iquest;C&oacute;mo no celebras t&uacute; como las otras mujeres a Tedaldo? Y, oy&eacute;ndola todos, la se&ntilde;ora le respondi&oacute;:</p><p align="justify">-Ninguna hay que con m&aacute;s agrado le haya hecho fiestas o se las haga que se las har&eacute; yo, como quien m&aacute;s que ninguna otra le est&aacute; obligada, considerando que por su medio te he recuperado; pero las deshonestas habladur&iacute;as de los d&iacute;as en que llor&aacute;bamos a quien cre&iacute;amos Tedaldo, hacen que me retenga. Aldobrandino le dijo:</p><p align="justify">-&iexcl;Vamos, vamos!, &iquest;crees que yo creo a los que ladran? Procurando mi salvaci&oacute;n bastante ha demostrado que aquello eran falsedades, sin contar con que nunca lo cre&iacute;: lev&aacute;ntate enseguida, ve a abrazarlo.</p><p align="justify">La se&ntilde;ora, que otra cosa no deseaba, no fue lenta en obedecer en ello al marido; por lo que, levant&aacute;ndose como hab&iacute;an hecho los dem&aacute;s, abraz&aacute;ndolo ella, le hizo alegres fiestas. Esta liberalidad de Aldobrandino mucho plugo a los hermanos de Tedaldo y a todos los hombres y mujeres que all&iacute; estaban, y cualquier barrunto que hubiera nacido en algunos por las habladur&iacute;as que hab&iacute;a habido, con esto desapareci&oacute;. Habiendo, pues, celebrado todos a Tedaldo, &eacute;l mismo rasg&oacute; las vestiduras negras que llevaban sus hermanos y las oscuras de las hermanas y las cu&ntilde;adas, y quiso que otras ropas se trajesen y despu&eacute;s de que vestidas fueron, muchos cantos y bailes se hicieron y otros pasatiempos; por las cuales cosas, el convite, que hab&iacute;a tenido silencioso principio, tuvo un fin sonoro. Y con grand&iacute;sima alegr&iacute;a, as&iacute; como estaban, se fueron a casa de Tedaldo y all&iacute; cenaron por la noche, y muchos d&iacute;as despu&eacute;s, siguiendo del mismo modo, continuaron la fiesta. Los florentinos durante muchos d&iacute;as como a hombre resucitado y asombrosa cosa miraron a Tedaldo; y muchos, y aun los hermanos, ten&iacute;an cierta ligera duda en el &aacute;nimo sobre si era &eacute;l o no, y no lo cre&iacute;an todav&iacute;a firmemente ni tal vez lo hubieran cre&iacute;do en mucho tiempo si un caso que sucedi&oacute; no hubiera llegado a aclararles qui&eacute;n hab&iacute;a sido el muerto; que fue esto. Pasaban un d&iacute;a unos soldados de Lunigiana delante de su casa y, viendo a Tedaldo, fueron a su encuentro, dici&eacute;ndole:</p><p align="justify">-&iexcl;Buenos los tenga Faziuolo!</p><p align="justify">A quienes Tedaldo, en presencia de sus hermanos, respondi&oacute;: -Me hab&eacute;is tomado por otro.</p><p align="justify">Ellos, al o&iacute;rle hablar, se avergonzaron y le pidieron perd&oacute;n, diciendo -En verdad que os parec&eacute;is, m&aacute;s que nunca hemos visto parecerse nadie a otro, a un camarada nuestro que se llama Faziuolo de Pontri&eacute;moli, que vino aqu&iacute; hace unos quince d&iacute;as o poco m&aacute;s y nunca hemos podido saber qu&eacute; fue de &eacute;l. Bien es verdad que nos maravill&aacute;bamos del vestido porque &eacute;l era, como lo somos nosotros, mesnadero.</p><p align="justify">El hermano mayor de Tedaldo, al o&iacute;r esto, fue hacia ellos y les pregunt&oacute; qu&eacute; vestido llevaba aquel Faziuolo. Ellos se lo dijeron y se encontr&oacute; que precisamente as&iacute; iba como dec&iacute;an ellos; por lo que, entre esto y otras se&ntilde;ales, conocido fue que el que hab&iacute;a sido muerto hab&iacute;a sido Faziuolo y no Tedaldo, por lo que se desvanecieron las sospechas de sus hermanos y de cualquier otro. Tedaldo, pues, que hab&iacute;a vuelto riqu&iacute;simo, persever&oacute; en su amor y sin que la se&ntilde;ora se enojase m&aacute;s con &eacute;l, discretamente obrando, largamente gozaron de su amor. Dios nos haga gozar del nuestro. </p><p align="justify">NOVELA OCTAVA</p><p align="justify">Ferondo, tomados ciertos polvos, es enterrado como muerto y por el abad, que su mujer se disfruta, hecho sacar de la tumba y puesto en prisi&oacute;n y persuadido de que est&aacute; en el purgatorio, y luego, resucitado, como suyo cr&iacute;a a un hijo engendrado por el abad en su mujer.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">Llegado el fin de la larga historia de Emilia, que a nadie hab&iacute;a desagradado por su extensi&oacute;n, sino considerada por todos como narrada brevemente teniendo en cuenta la cantidad y la variedad de los casos contados en ella; la reina, a Laureta mostrando con un solo gesto su deseo, le dio ocasi&oacute;n de comenzar as&iacute;: Car&iacute;simas se&ntilde;oras, se me pone delante como digna de ser contada una verdad que tiene, mucho m&aacute;s de lo que fue, aspecto de mentira, y me ha venido a la cabeza al o&iacute;r contar que uno por otro fue llorado y sepultado. Contar&eacute;, pues, c&oacute;mo un vivo fue sepultado por muerto y c&oacute;mo despu&eacute;s, resucitado y no vivo, &eacute;l mismo y otros muchos creyeron que hab&iacute;a salido de la tumba, siendo por ello venerado como santo quien m&aacute;s bien como culpable deb&iacute;a ser condenado.</p><p align="justify">Hubo, pues, en Toscana, una abad&iacute;a (y todav&iacute;a hay) situada, como vemos muchas, en un lugar no demasiado frecuentado por las gentes, de la que fue abad un monje que en todas las cosas era sant&iacute;simo, salvo en los asuntos de mujeres, y &eacute;stos los sab&iacute;a hacer tan cautamente que casi nadie no s&oacute;lo no los conoc&iacute;a, sino que ni los sospechaba; por lo que sant&iacute;simo y justo se pensaba que era en todo. Ahora, sucedi&oacute; que, habiendo hecho gran amistad con el abad un riqu&iacute;simo villano que ten&iacute;a por nombre Ferondo, hombre ignorante y obtuso fuera de toda ponderaci&oacute;n (y no por otra cosa gustaba el abad de su trato sino por la diversi&oacute;n que a veces le causaba su simpleza), en esta amistad se apercibi&oacute; el abad de que Ferondo ten&iacute;a por esposa a una mujer hermos&iacute;sima, de la que se enamor&oacute; tan ardientemente que en otra cosa no pensaba ni de d&iacute;a ni de noche; pero oyendo que, por muy simple y necio que fuese en todas las dem&aacute;s cosas, era sapient&iacute;simo en amar y proteger a esta su mujer, casi desesperaba. Pero, como muy astuto, domestic&oacute; tanto a Ferondo que &eacute;ste con su mujer ven&iacute;an alguna vez a pasearse por el jard&iacute;n de su abad&iacute;a; y all&iacute;, con &eacute;l, sobre la felicidad de la vida eterna y sobre las sant&iacute;simas acciones de muchos hombres y mujeres ya muertos les hablaba con gran modestia, tanto que a la se&ntilde;ora le dieron deseos de confesarse con &eacute;l y le pidi&oacute; licencia a Ferondo y la obtuvo. Venida, pues, a confesarse con el abad con grand&iacute;simo placer de &eacute;ste y poni&eacute;ndose a sus pies como si otra cosa viniese a decir, comenz&oacute;: -Se&ntilde;or, si Dios me hubiese dado marido o no me lo hubiese dado, tal vez me ser&iacute;a m&aacute;s f&aacute;cil con vuestra ense&ntilde;anza entrar en el camino de que me hab&eacute;is hablado, que lleva a otros a la vida eterna, pero yo, considerando qui&eacute;n sea Ferondo y su estulticia, me puedo considerar viuda y, sin embargo, soy casada en tanto que, viviendo &eacute;l, otro marido no puedo tomar, y &eacute;l, aun necio como es, es tan fuera de toda medida y sin ninguna raz&oacute;n tan celoso que por ello no puedo vivir con &eacute;l m&aacute;s que en tribulaci&oacute;n y en desgracia. Por la cual cosa, antes de venir a otra confesi&oacute;n, lo m&aacute;s humildemente que puedo os ruego que sobre esto quer&aacute;is darme alg&uacute;n consejo, porque si desde ahora no empiezo a procurar ocasi&oacute;n de mi bien, confesarme o hacer alguna otra buena obra de poco me servir&aacute;.</p><p align="justify">Este discurso proporcion&oacute; gran placer al alma del abad, y le pareci&oacute; que la fortuna hubiera abierto el camino a su mayor deseo; y dijo:</p><p align="justify">-Hija m&iacute;a, creo que gran fastidio debe ser para una hermosa y delicada mujer como sois vos, tener por marido a un mentecato, pero mucho mayor creo que sea tener a un celoso; por lo que, teniendo vos uno y otro, f&aacute;cilmente os creo lo que de vuestra tribulaci&oacute;n me dec&iacute;s. Pero en ello, por decirlo en pocas palabras, no veo consejo ni remedio fuera de uno, que es que Ferondo se cure de estos celos. La medicina para curarlo s&eacute; yo muy bien c&oacute;mo hacerla, siempre que vos teng&aacute;is la voluntad de guardar en secreto lo que voy a deciros.</p><p align="justify">La mujer dijo:</p><p align="justify">-Padre m&iacute;o, no dud&eacute;is de ello, porque me dejar&eacute; antes morir que decir a nadie algo que vos me dijerais que no dijese, &iquest;pero c&oacute;mo se podr&aacute; hacer?</p><p align="justify">Repuso el abad:</p><p align="justify">-Es necesario que muera, y as&iacute; suceder&aacute;, y cuando haya sufrido tantos castigos que est&eacute; castigado de estos celos suyos, nosotros, con ciertas oraciones, rogaremos a Dios que lo devuelva a esta vida, y as&iacute; lo har&aacute;.</p><p align="justify">-Pues -dijo la mujer-, &iquest;he de quedarme viuda?</p><p align="justify">-S&iacute; -repuso el abad-, durante alg&uacute;n tiempo, que mucho deb&eacute;is guardaros de que nadie se case con vos, porque a Dios le parecer&iacute;a mal, y al volver Ferondo tendr&iacute;ais que volver con &eacute;l y ser&iacute;a m&aacute;s celoso que nunca.</p><p align="justify">La mujer dijo:</p><p align="justify">-Siempre que se cure de esta desgracia, que no tenga que estar yo siempre en prisi&oacute;n, estoy contenta; haced como gust&eacute;is.</p><p align="justify">Dijo entonces el abad:</p><p align="justify">-As&iacute; lo har&eacute;: pero &iquest;qu&eacute; galard&oacute;n tendr&eacute; de vos por tal servicio? -Padre m&iacute;o -dijo la se&ntilde;ora-, lo que dese&eacute;is si puedo hacerlo, pero &iquest;qu&eacute; puede alguien como yo que sea apropiado a tal hombre como vos sois?</p><p align="justify">El abad le dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora, vos pod&eacute;is hacer por m&iacute; no menos que lo que yo me empe&ntilde;o en hacer por vos porque as&iacute; como me dispongo a hacer aquello que debe ser bien y consuelo vuestro, as&iacute; pod&eacute;is hacer vos lo que ser&aacute; salud y salvaci&oacute;n de mi vida.</p><p align="justify">Dijo entonces la se&ntilde;ora:</p><p align="justify">-S&iacute; es as&iacute;, estoy dispuesta.</p><p align="justify">-Pues -dijo el abad-, me dar&eacute;is vuestro amor y me dar&eacute;is el placer de teneros, porque por vos ardo y me consumo.</p><p align="justify">La mujer, al o&iacute;r esto, toda pasmada, repuso:</p><p align="justify">-&iexcl;Ay, padre m&iacute;o!, &iquest;qu&eacute; es lo que me ped&iacute;s? Yo cre&iacute;a que erais un santo: &iquest;y les cuadra a los santos requerir a las mujeres que les piden consejo a tales asuntos? El abad le dijo:</p><p align="justify">-Alma m&iacute;a bella, no os maravill&eacute;is, que por esto la santidad no disminuye, porque est&aacute; en el alma y lo que yo os pido es un pecado del cuerpo. Pero sea como sea, tanta fuerza ha tenido vuestra atrayente belleza que Amor me obliga a hacer esto, y os digo que de vuestra hermosura m&aacute;s que otras mujeres pod&eacute;is gloriaros al pensar que agrada a los santos, que est&aacute;n tan acostumbrados a las del cielo; y adem&aacute;s de esto, aunque sea yo abad sigo siendo un hombre como los dem&aacute;s y, como veis, todav&iacute;a no soy viejo. Y esto no debe seros penoso de hacer, sino que deb&eacute;is desearlo porque mientras Ferondo est&eacute; en el purgatorio, yo os dar&eacute;, haci&eacute;ndoos compa&ntilde;&iacute;a por la noche, el consuelo que deber&iacute;a daros &eacute;l, y nadie se dar&aacute; cuenta de ello, creyendo todos de m&iacute; aquello, y m&aacute;s, que vos cre&iacute;ais hace poco. No rehus&eacute;is la gracia que Dios os manda, que muchas son las que desean lo que vos pod&eacute;is tener y tendr&eacute;is, si como prudente segu&iacute;s mi consejo. Adem&aacute;s, tengo hermosas joyas valiosas, que entiendo no sean de otra persona sino vuestras. Haced, pues, dulce esperanza m&iacute;a, lo que yo hago por vos de buen grado. La mujer ten&iacute;a el rostro inclinado, y no sab&iacute;a c&oacute;mo neg&aacute;rselo, y conced&eacute;rselo no le parec&iacute;a bien, por lo que el abad, viendo que le hab&iacute;a escuchado y daba largas a la respuesta, pareci&eacute;ndole haberla convencido a medias, con muchas otras palabras continuando las primeras, antes de que callase le hab&iacute;a metido en la cabeza que aquello estaba bien hecho; por lo que dijo vergonzosamente que estaba dispuesta a lo que mandase, pero que antes de que Ferondo hubiese ido al purgatorio no pod&iacute;a ser. El abad content&iacute;simo le dijo:</p><p align="justify">-Y haremos que all&iacute; vaya incontinenti; haced de manera que ma&ntilde;ana o al d&iacute;a siguiente venga a estar aqu&iacute; conmigo.</p><p align="justify">Y dicho esto, habi&eacute;ndole puesto ocultamente en la mano un bell&iacute;simo anillo, la despidi&oacute;. La mujer, alegre con el regalo y esperando tener otros, volviendo con sus compa&ntilde;eras, maravillosas cosas empez&oacute; a decir sobre la santidad del abad. De all&iacute; a pocos d&iacute;as se fue Ferondo a la abad&iacute;a, y en cuanto lo vio el abad pens&oacute; en mandarlo al purgatorio; y encontrados unos polvos de maravillosa virtud que en tierras de Levante hab&iacute;a obtenido de un gran pr&iacute;ncipe que afirmaba que sol&iacute;a usarlos el Viejo de la Monta&ntilde;a cuando quer&iacute;a mandar a alguien (haci&eacute;ndole dormir) a su para&iacute;so o traerlo de all&iacute;, y que, en mayor o menor cantidad dados, sin ninguna lesi&oacute;n hac&iacute;an de tal manera dormir m&aacute;s o menos a quien los tomaba que, mientras duraba su poder no se habr&iacute;a dicho que ten&iacute;a vida, y habiendo tomado de ellos cuantos fuesen suficientes para hacer dormir tres d&iacute;as, en un vaso de vino todav&iacute;a un poco turbio, en su celda, sin que Ferondo se diese cuenta, se los dio a beber; y con &eacute;l lo llev&oacute; al claustro y con otros de sus monjes empezaron a re&iacute;rse de &eacute;l y de sus tonter&iacute;as.</p><p align="justify">Lo que no dur&oacute; mucho porque, obrando los polvos, se le subi&oacute; a &eacute;ste un sue&ntilde;o tan s&uacute;bito y fiero a la cabeza que estando todav&iacute;a en pie se durmi&oacute;, y cay&oacute; dormido. El abad, mostr&aacute;ndose perturbado por el accidente, haci&eacute;ndolo desce&ntilde;ir y haciendo traer agua fr&iacute;a y ech&aacute;ndosela en la cara, y haci&eacute;ndole aplicar muchos otros remedios c&oacute;mo si de alguna flatulencia de est&oacute;mago o de otra cosa que tomado le hubiera quisiera recuperarle la desmayada vida y el sentido, viendo el abad y los monjes que con todo aquello no recobraba el sentido, tom&aacute;ndole el pulso y no encontr&aacute;ndolo, todos tuvieron por cierto que estuviese muerto; por lo que, mand&aacute;ndolo a decir a la mujer y a sus parientes, todos los cuales aqu&iacute; vinieron prontamente, y habi&eacute;ndolo la mujer con sus parientes llorado un tanto, vestido como estaba lo hizo el abad poner en una sepultura.</p><p align="justify">La mujer volvi&oacute; a su casa, y de un peque&ntilde;o muchachito que ten&iacute;a de &eacute;l dijo que no entend&iacute;a separarse nunca; y as&iacute; qued&aacute;ndose en casa, el hijo la riqueza que hab&iacute;a sido de Ferondo empez&oacute; a administrar. El abad, con un monje bolo&ntilde;&eacute;s de quien mucho se fiaba y que aquel d&iacute;a hab&iacute;a venido aqu&iacute; desde Bolonia, levant&aacute;ndose por la noche calladamente, a Ferondo sacaron de la sepultura y a un subterr&aacute;neo, en el que ninguna luz entraba y que para prisi&oacute;n de los monjes que cometiesen faltas hab&iacute;a sido hecho, lo llevaron y, quit&aacute;ndole sus vestidos, visti&eacute;ndole a guisa de monje, sobre un haz de paja lo pusieron, y lo dejaron hasta que recobrase el sentido. Entretanto, el monje bolo&ntilde;&eacute;s, por el abad informado de lo que ten&iacute;a que hacer, sin saber de ello nadie m&aacute;s, se puso a esperar que Ferondo volviese en s&iacute;. El abad, al d&iacute;a siguiente, con algunos de sus monjes a modo de hacer una visita, se fue a casa de la mujer, a la cual de negro vestida y atribulada encontr&oacute;, y consol&aacute;ndola alg&uacute;n tanto, en voz baja le pidi&oacute; que cumpliera su promesa. La mujer, vi&eacute;ndose libre y sin el empacho de Ferondo ni de nadie, habi&eacute;ndole visto en el dedo otro hermoso anillo, dijo que estaba pronta y acord&oacute; con &eacute;l que la noche siguiente fuese. Por lo que, llegada la noche, el abad, disfrazado con las ropas de Ferondo y acompa&ntilde;ado por su monje, fue, y con ella hasta la ma&ntilde;ana, con grand&iacute;simo deleite y placer, se acost&oacute;, y luego se volvi&oacute; a la abad&iacute;a, haciendo aquel camino asaz frecuentemente para dicho servicio; y siendo encontrado por algunos al ir o al venir, se crey&oacute; que era Ferondo que andaba por aquel barrio haciendo penitencia, y sobre ello muchas historias entre la gente vulgar de la villa nacieron, y hasta a la mujer, que bien sab&iacute;a lo que pasaba, se las contaron muchas veces.</p><p align="justify">El monje bolo&ntilde;&eacute;s, vuelto en s&iacute; Ferondo y hall&aacute;ndose all&iacute; sin saber d&oacute;nde estaba, entrando dentro, dando una voz horrible, con algunas varas en la mano, cogi&eacute;ndolo, le dio una gran paliza. Ferondo, llorando y gritando, no hac&iacute;a otra cosa que preguntar:</p><p align="justify">-&iquest;D&oacute;nde estoy?</p><p align="justify">El monje le repuso:</p><p align="justify">-Est&aacute;s en el purgatorio.</p><p align="justify">-&iquest;C&oacute;mo? -dijo Ferondo-. &iquest;Es que me he muerto?</p><p align="justify">Dijo el monje:</p><p align="justify">-Ciertamente.</p><p align="justify">Por lo que Ferondo por s&iacute; mismo y por su mujer y por su hijo empez&oacute; a llorar, diciendo las m&aacute;s extra&ntilde;as cosas del mundo. El monje le llev&oacute; algo de comer y de beber, lo que viendo Ferondo dijo: -&iquest;As&iacute; que los muertos comen?</p><p align="justify">Dijo el monje:</p><p align="justify">-Si, y esto que te traigo es lo que la mujer que fue tuya mand&oacute; esta ma&ntilde;ana a la iglesia para hacer decir misas por tu alma, lo que Dios quiere que te sea ofrecido. Dijo entonces Ferondo:</p><p align="justify">-&iexcl;D&oacute;mine, bend&iacute;cela! Yo mucho la quer&iacute;a antes que muriese, tanto que la ten&iacute;a toda la noche en brazos y no hac&iacute;a m&aacute;s que besarla, y tambi&eacute;n otra cosa hac&iacute;a cuando me daba la gana. Y luego, teniendo mucha hambre, comenz&oacute; a comer y a beber, y no pareci&eacute;ndole el vino muy bueno, dijo:</p><p align="justify">-&iexcl;D&oacute;mine, h&aacute;zselo pagar, que no le dio al cura del vino de la cuba de junto al muro! Pero luego que hubo comido, el monje le cogi&oacute; de nuevo y con las mismas varas le dio una gran paliza. Ferondo, habiendo gritado mucho, dijo:</p><p align="justify">-&iexcl;Ah!, &iquest;por qu&eacute; me haces esto?</p><p align="justify">Dijo el monje:</p><p align="justify">-Porque as&iacute; ha mandado Dios Nuestro Se&ntilde;or que cada d&iacute;a te sea hecho dos veces. -&iquest;Y por qu&eacute; raz&oacute;n? -dijo Ferondo.</p><p align="justify">Dijo el monje:</p><p align="justify">-Porque fuiste celoso teniendo por esposa a la mejor mujer que hubiera en tu ciudad. -&iexcl;Ay! -dijo Ferondo-, dices verdad, y la m&aacute;s dulce; era m&aacute;s melosa que el caramelo, pero no sab&iacute;a yo que Dios Nuestro Se&ntilde;or tuviera a mal que el hombre fuese celoso, porque no lo habr&iacute;a sido. Dijo el monje:</p><p align="justify">-De eso deb&iacute;as haberte dado cuenta mientras estabas all&iacute;, y enmendarte, y si sucede que alguna vez all&iacute; vuelvas, haz que tengas tan presente lo que ahora te hago que nunca seas celoso. Dijo Ferondo:</p><p align="justify">-&iquest;Pues vuelve alguna vez quien se muere?</p><p align="justify">Dijo el monje:</p><p align="justify">-S&iacute;, quien Dios quiere.</p><p align="justify">-&iexcl;Oh! -dijo Ferondo-, si alguna vez vuelvo, ser&eacute; el mejor marido del mundo; no le pegar&eacute; nunca, nunca le dir&eacute; injurias sino por causa del vino que ha mandado esta ma&ntilde;ana: y tampoco ha mandado vela ninguna, y he tenido que comer a oscuras.</p><p align="justify">Dijo el monje:</p><p align="justify">-S&iacute; lo hizo, pero se consumieron en las misas.</p><p align="justify">-&iexcl;Oh! -dijo Ferondo-, ser&aacute; verdad, y ten por seguro que si all&iacute; vuelvo la dejar&eacute; hacer lo que quiera. Pero dime: &iquest;qui&eacute;n eres t&uacute; que me haces esto?</p><p align="justify">Dijo el monje:</p><p align="justify">-Tambi&eacute;n estoy muerto, y fui de Cerde&ntilde;a, y porque alab&eacute; mucho a un se&ntilde;or m&iacute;o el ser celoso me ha condenado Dios a esta pena, a que tenga que darte de comer y de beber y estas palizas hasta que Dios disponga otra cosa de ti y de m&iacute;.</p><p align="justify">Dijo Ferondo:</p><p align="justify">-&iquest;No hay aqu&iacute; nadie m&aacute;s que nosotros dos?</p><p align="justify">Dijo el monje:</p><p align="justify">-S&iacute;, millones, pero t&uacute; no los puedes ver ni o&iacute;r, ni ellos a ti. Dijo entonces Ferondo:</p><p align="justify">-&iquest;Pues a qu&eacute; distancia estamos de nuestra tierra?</p><p align="justify">-&iexcl;Ojoj&uacute;! -dijo el monje-, estamos a millas de m&aacute;s bien-la-cagueremos -&iexcl;Recontra, eso es mucho! -dijo Ferondo-, y a lo que me parece debemos estar fuera del mundo, de tan lejos.</p><p align="justify">Ahora, en tales conversaciones y otras semejantes, con comida y con palizas, fue tenido Ferondo cerca de diez meses, en los cuales con mucha frecuencia el abad muy felizmente visit&oacute; a su hermosa mujer y con ella se dio la mejor vida del mundo. Pero como suceden las desgracias, la mujer qued&oacute; pre&ntilde;ada, y d&aacute;ndose cuenta enseguida lo dijo al abad; por lo que a los dos les pareci&oacute; que sin demora Ferondo ten&iacute;a que ser tra&iacute;do del purgatorio a la vida y volver con ella, y decir ella que estaba gr&aacute;vida de &eacute;l. El abad, pues, la noche siguiente hizo con una voz fingida llamar a Ferondo en su prisi&oacute;n y decirle: -Ferondo, consu&eacute;late, que place a Dios que vuelvas al mundo; adonde, vuelto, tendr&aacute;s un hijo de tu mujer, al que llamar&aacute;s Benedetto porque por las oraciones de tu santo abad y de tu mujer y por amor de San Benito te concede esta gracia.</p><p align="justify">Ferondo, al o&iacute;r esto, se puso muy alegre, y dijo:</p><p align="justify">-Mucho me place: Dios bendiga a Nuestro Se&ntilde;or y al abad y a San Benito y a mi mujer quesosa melosa sabrosa.</p><p align="justify">El abad, habi&eacute;ndole hecho dar en el vino que le mandaba tantos polvos de aquellos que le hicieran dormir unas cuatro horas, volvi&eacute;ndole a poner sus vestidos, junto con su monje silenciosamente lo volvieron a la sepultura donde hab&iacute;a sido enterrado. Por la ma&ntilde;ana al hacerse de d&iacute;a, Ferondo volvi&oacute; en s&iacute; y vio por alguna rendija de la sepultura luz, lo que no ve&iacute;a hac&iacute;a diez meses, por lo que pareci&eacute;ndole estar vivo, empez&oacute; a gritar:</p><p align="justify">-&iexcl;Abridme, abridme! -y a golpear &eacute;l mismo con la cabeza contra la tapa del sepulcro, tan fuerte que removi&eacute;ndola, porque con poco se remov&iacute;a, empezaba a abrirse cuando los monjes, que hab&iacute;an rezado maitines, corrieron all&iacute; y conocieron la voz de Ferondo y lo vieron ya salir del sepulcro, por lo que, espantados todos ante la extra&ntilde;eza del hecho, comenzaron a huir y se fueron al abad. El cual, haciendo semblante de levantarse de la oraci&oacute;n, dijo:</p><p align="justify">-Hijos, no tem&aacute;is; tomad la cruz y el agua bendita y venid detr&aacute;s de mi, y veamos lo que el poder de Dios nos quiere mostrar -y as&iacute; lo hizo.</p><p align="justify">Estaba Ferondo tan p&aacute;lido como quien ha estado tanto tiempo sin ver el cielo, fuera del ata&uacute;d; el cual, al ver al abad, corri&oacute; a sus pies y le dijo:</p><p align="justify">-Padre m&iacute;o, vuestras oraciones, seg&uacute;n me ha sido revelado, y las de San Benito y las de mi mujer me han sacado de las penas del purgatorio y tra&iacute;do a la vida de nuevo; por lo que os ruego a Dios que teng&aacute;is buenos d&iacute;as y buenas calendas , hoy y siempre.</p><p align="justify">El abad dijo:</p><p align="justify">-Alabado sea el poder de Dios. Ve, pues, hijo, pues que Dios aqu&iacute; te ha devuelto, y consuela a tu mujer, que siempre, desde que te fuiste, ha estado llorando, y s&eacute; de aqu&iacute; en adelante amigo y servidor de Dios.</p><p align="justify">Dijo Ferondo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or, as&iacute; ha sido dicho; dejadme hacer a m&iacute;, que en cuanto la encuentre, tanto la besar&eacute; cuanto la quiero.</p><p align="justify">El abad, qued&aacute;ndose con sus monjes, mostr&oacute; sentir por esta cosa una gran admiraci&oacute;n e hizo cantar devotamente el miserere. Ferondo torn&oacute; a su villa, donde, quien lo ve&iacute;a hu&iacute;a de &eacute;l como suele hacerse de las cosas horribles, pero &eacute;l, llam&aacute;ndole, afirmaba que hab&iacute;a resucitado. La mujer tambi&eacute;n ten&iacute;a miedo de &eacute;l, pero despu&eacute;s de que la gente fue tomando confianza con &eacute;l, y, viendo que estaba vivo, le preguntaban sobre muchas cosas; convertido en sabio, a todos respond&iacute;a y daba noticias de las almas de sus parientes, y hac&iacute;a por s&iacute; mismo las m&aacute;s bellas f&aacute;bulas del mundo sobre los hechos del purgatorio, y delante de todo el pueblo cont&oacute; la revelaci&oacute;n que hab&iacute;a sido hecha por boca de Ara&ntilde;uelo Grabiel antes de que resucitase. Por la cual cosa, volvi&eacute;ndose a casa con la mujer y entrado en posesi&oacute;n de sus bienes, la pre&ntilde;&oacute; a su parecer, y sucedi&oacute; por ventura que llegado el tiempo oportuno en opini&oacute;n de los tontos, que creen que la mujer lleva a los hijos precisamente nueve meses, la mujer pari&oacute; un hijo var&oacute;n, que fue llamado Benedetto Ferondo. La vuelta de Ferondo y sus palabras, al creer casi todo el mundo que hab&iacute;a resucitado, acrecentaron sin l&iacute;mites la fama de la santidad del abad; y Ferondo, que por sus celos hab&iacute;a recibido muchas palizas, seg&uacute;n la promesa que el abad hab&iacute;a hecho a la mujer, dej&oacute; de ser celoso de all&iacute; en adelante, con lo que, contenta la mujer, honestamente como sol&iacute;a con &eacute;l vivi&oacute; aunque, cuando convenientemente pod&iacute;a, de buen grado se encontraba con el santo abad que bien y diligentemente en sus mayores necesidades la hab&iacute;a servido.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">NOVELA NOVENA</p><p align="justify">Giletta de Narbona cura al rey de Francia de una f&iacute;stula; le pide por marido a Beltramo de Rosell&oacute;n, el cual, despos&aacute;ndose con ella contra su voluntad, a Florencia se va enojado; donde, cortejando a una joven, en lugar de ella, Giletta se acuesta con &eacute;l y tiene de &eacute;l dos hijos, por lo que &eacute;l, despu&eacute;s, sintiendo amor por ella, la tuvo como mujer .</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">Quedaba, al no querer negar su privilegio a Dioneo, solamente la reina por contar su historia (como fuera que ya hab&iacute;a terminado la novela de Laureta); por lo cual, &eacute;sta, sin esperar a ser solicitada por los suyos, as&iacute;, toda amorosa, comenz&oacute; a hablar:</p><p align="justify">&iquest;Qui&eacute;n contar&aacute; ahora ya una historia que parezca buena, habiendo escuchado la de Laureta? Alguna ventaja ha sido que ella no fuese la primera, que luego pocas de las otras nos hubieran gustado, y as&iacute; espero que suceda con las que esta jornada quedan por contar. Pero sea como sea, aquella que sobre el presente asunto se me ocurre os contar&eacute;.</p><p align="justify">En el reino de Francia hubo un gentilhombre que era llamado Isnardo, conde del Rosell&oacute;n, el cual, porque poca salud ten&iacute;a, siempre ten&iacute;a a su lado a un m&eacute;dico llamado maestro Gerardo de Narbona. Ten&iacute;a el dicho conde un solo hijo peque&ntilde;o, llamado Beltramo, el cual era hermos&iacute;simo y amable, y con &eacute;l otros ni&ntilde;os de su edad se educaban, entre los cuales estaba una ni&ntilde;a del dicho m&eacute;dico llamada Giletta, la cual infinito amor, y m&aacute;s all&aacute; de lo que conven&iacute;a a su tierna edad ardiente, puso en este Beltramo. El cual, muerto el conde y confiado &eacute;l a las manos del rey, tuvo que irse a Par&iacute;s, de lo que la jovencilla qued&oacute; vehementemente desconsolada; y habiendo muerto el padre de ella no mucho despu&eacute;s, si alguna raz&oacute;n honesta hubiera tenido, de buen grado a Par&iacute;s para ver a Beltramo habr&iacute;a ido; pero estando muy guardada, porque rica y sola hab&iacute;a quedado, no encontraba ning&uacute;n camino honesto. Y siendo ella ya de edad de tomar marido, no habiendo podido nunca olvidar a Beltramo, a muchos con quienes sus parientes hab&iacute;an querido casarla hab&iacute;a rechazado sin manifestar la raz&oacute;n.</p><p align="justify">Ahora, sucedi&oacute; que, inflamada ella en el amor de Beltramo m&aacute;s que nunca, porque hermos&iacute;simo joven o&iacute;a que se hab&iacute;a hecho, vino a o&iacute;r una noticia, de c&oacute;mo al rey de Francia, de un nacido que hab&iacute;a tenido en el pecho y le hab&iacute;a sido curado mal, le hab&iacute;a quedado una f&iacute;stula que grand&iacute;sima molestia y grand&iacute;simo dolor le ocasionaba, y no se hab&iacute;a podido todav&iacute;a encontrar un m&eacute;dico (aunque muchos lo hubiesen intentado) que lo hubiera podido curar de aquello, sino que todos lo hab&iacute;an empeorado; por la cual cosa el rey, desesper&aacute;ndose, ya de ninguno quer&iacute;a consejo ni ayuda. De lo que la joven se puso sobremanera contenta y pens&oacute; no solamente por aquello tener una raz&oacute;n leg&iacute;tima para ir a Par&iacute;s, sino que, si fuese la enfermedad que ella cre&iacute;a, que f&aacute;cilmente podr&iacute;a tener a Beltramo por marido. Con lo que, como quien en el pasado del padre hab&iacute;a aprendido muchas cosas, hechos sus polvos con ciertas hierbas &uacute;tiles para la enfermedad que pensaba que era, mont&oacute; a caballo y a Par&iacute;s se fue. Y antes de haber hecho nada se ingeni&oacute; para ver a Beltramo, y luego, venida delante del rey, de gracia le pidi&oacute; que su enfermedad le mostrase. El rey, vi&eacute;ndola joven hermosa y agradable, no se lo supo negar, y se la mostr&oacute;. En cuanto la hubo visto, incontinenti sinti&oacute; esperanzas de poder curarlo, y dijo: -Monse&ntilde;or, si os place, sin ninguna molestia o trabajo vuestro, espero en Dios que en ocho d&iacute;as os sanar&eacute; de esta enfermedad.</p><p align="justify">El rey, para s&iacute; mismo, se burl&oacute; de sus palabras diciendo:</p><p align="justify">-&iquest;Lo que los mayores m&eacute;dicos del mundo no han podido ni sabido, una mujer joven c&oacute;mo podr&aacute; saberlo?</p><p align="justify">Pero le agradeci&oacute; su buena voluntad y repuso que se hab&iacute;a propuesto no seguir ya ning&uacute;n consejo de m&eacute;dico. La joven le dijo:</p><p align="justify">-Monse&ntilde;or, desprecias mi arte porque joven soy y mujer, pero os recuerdo que yo no curo con mi ciencia, sino con la ayuda de Dios y con la ciencia del maestro Gerardo narbonense, que fue mi padre y famoso m&eacute;dico mientras vivi&oacute;.</p><p align="justify">El rey, entonces se dijo: &laquo;Tal vez me ha mandado Dios a &eacute;sta; &iquest;por qu&eacute; no pruebo lo que sabe hacer, pues dice que sin sufrir molestias me curar&aacute; en poco tiempo?&raquo;, y habiendo decidido probarlo, dijo: -Damisela, y si no me cur&aacute;is, despu&eacute;s de hacernos romper nuestra decisi&oacute;n, &iquest;qu&eacute; quer&eacute;is que se os haga?</p><p align="justify">-Monse&ntilde;or -repuso la joven-, vigiladme, y si antes de ocho d&iacute;as no os curo, hacedme quemar; pero si os curo, &iquest;qu&eacute; premio me dar&eacute;is?</p><p align="justify">El rey le respondi&oacute;:</p><p align="justify">-Me parec&eacute;is a&uacute;n sin marido; si lo hac&eacute;is, os casaremos bien y altamente. La joven le dijo:</p><p align="justify">-Monse&ntilde;or, verdaderamente me place que vos me cas&eacute;is, pero quiero a un marido tal cual yo os lo pida, entendiendo que no os debo pedir ninguno de vuestros hijos ni de la familia real. El rey enseguida le prometi&oacute; hacerlo. La joven comenz&oacute; su cura y, en breve, antes del tiempo fijado, le devolvi&oacute; la salud, por lo que el rey, sinti&eacute;ndose curado, dijo: -Damisela, os hab&eacute;is ganado bien el marido.</p><p align="justify">Ella le contest&oacute;:</p><p align="justify">-Pues, monse&ntilde;or, he ganado a Beltramo de Rosell&oacute;n, a quien infinitamente en mi infancia comenc&eacute; a amar y desde entonces siempre he amado sumamente.</p><p align="justify">Fuerte cosa pareci&oacute; al rey ten&eacute;rselo que dar, pero como prometido lo hab&iacute;a, no queriendo faltar a su palabra, lo hizo llamar y as&iacute; le dijo:</p><p align="justify">-Beltramo, sois ya maduro y fornido: queremos que volv&aacute;is a gobernar vuestro condado y que con vos llev&eacute;is a una damisela que os hemos dado por mujer.</p><p align="justify">Dijo Beltramo:</p><p align="justify">-&iquest;Y qui&eacute;n es la damisela, monse&ntilde;or?</p><p align="justify">El rey le repuso:</p><p align="justify">-Es aquella que con sus medicinas me ha devuelto la salud. Beltramo, que la conoc&iacute;a y la hab&iacute;a visto, aunque muy bella le pareciese, conociendo que no era de linaje que a su nobleza correspondiera, todo ofendido dijo: -Monse&ntilde;or, &iquest;pues me quer&eacute;is dar por mujer a una mendiga? No plazca a Dios que tal mujer tome jam&aacute;s.</p><p align="justify">El rey le dijo:</p><p align="justify">-&iquest;Pues quer&eacute;is vos que no cumplamos nuestra palabra, que para recobrar la salud dimos a la damisela que os ha pedido por marido en galard&oacute;n?</p><p align="justify">-Monse&ntilde;or -dijo Beltramo-, pod&eacute;is quitarme cuanto tengo, y darme, como vuestro hombre que soy, a quien os place: pero estad seguro de esto, que nunca estar&eacute; contento con tal matrimonio. -S&iacute; lo estar&eacute;is -dijo el rey-, porque la damisela es hermosa y prudente y os ama mucho, por lo que esperamos que mucho m&aacute;s feliz vida teng&aacute;is con ella que tendr&iacute;ais con una dama de m&aacute;s alto linaje. Beltramo se call&oacute; y el rey hizo preparar con gran aparato la fiesta de las bodas; y llegado el d&iacute;a para ello determinado, por muy de mala gana que lo hiciera Beltramo, en presencia del rey la damisela se cas&oacute; con quien m&aacute;s que a ella misma amaba. Y hecho esto, como quien ya pensado ten&iacute;a lo que deb&iacute;a hacer, diciendo que a su condado volver quer&iacute;a y consumar all&iacute; el matrimonio, pidi&oacute; licencia al rey; y, montado a caballo, no a su condado se fue, sino que se vino a Toscana. Y sabiendo que los florentinos peleaban con los sieneses, a ponerse a su lado se dispuso, donde alegremente recibido y con honor, hecho capit&aacute;n de cierta cantidad de gente y recibiendo de ellos buen salario, a su servicio se qued&oacute; y estuvo mucho tiempo. La reci&eacute;n casada, poco contenta de tal suerte, esperando poder con sus sabias obras hacerlo volver a su condado se fue al Rosell&oacute;n, donde por todos como su se&ntilde;ora fue recibida. Encontrando all&iacute;, por el largo tiempo que sin conde hab&iacute;a estado, todas las cosas descompuestas y estragadas, como se&ntilde;ora prudente con gran diligencia y solicitud todas las cosas puso en orden, por lo que los s&uacute;bditos mucho contento tuvieron y la tuvieron en mucha estima y le tomaron gran amor, reprochando mucho al conde que con ella no se contentara. Habiendo la se&ntilde;ora recompuesto todo el pa&iacute;s, por dos caballeros se lo comunic&oacute; al conde, rog&aacute;ndole que, si por ella no quer&iacute;a venir a su condado, se lo comunicase, y ella, por complacerle, se ir&iacute;a; a los cuales &eacute;l, dur&iacute;simamente, dijo: -Que haga lo que le plazca: en cuanto a m&iacute;, volver&eacute; all&iacute; a estar con ella cuando tenga este anillo en su dedo, y en los brazos un hijo engendrado por m&iacute;.</p><p align="justify">Ten&iacute;a el anillo en gran aprecio y nunca se separaba de &eacute;l, por cierto poder que le hab&iacute;an dado a entender que ten&iacute;a. Los caballeros oyeron la dura condici&oacute;n puesta con aquellas dos cosas casi imposibles, y viendo que con sus palabras de su intenci&oacute;n no pod&iacute;an moverle, volvieron a la se&ntilde;ora y su respuesta le contaron. La cual, muy dolorida, despu&eacute;s de pensarlo mucho, deliber&oacute; querer saber si aquellas dos cosas pod&iacute;an ocurrir y d&oacute;nde, para que como resultado pudiera recobrar a su marido. Y habiendo pensado lo que deb&iacute;a hacer, reunidos una parte de los mayores y mejores hombres de su condado, les cont&oacute; ordenadamente y con palabras dignas de compasi&oacute;n lo que antes hab&iacute;a hecho por amor del conde, y mostr&oacute; lo que hab&iacute;a sucedido por aquello, y finalmente les dijo que su intenci&oacute;n no era que por su estancia all&iacute; el conde estuviera en perpetuo exilio, por lo que entend&iacute;a consumir lo que le quedase de vida en peregrinaciones y en obras de misericordia por la salvaci&oacute;n de su alma; y les rog&oacute; que la protecci&oacute;n y el gobierno del condado tomasen y se lo significasen al conde, que ella vac&iacute;a y libre le hab&iacute;a dejado su posesi&oacute;n y se hab&iacute;a alejado con intenci&oacute;n de nunca volver al Rosell&oacute;n.</p><p align="justify">Aqu&iacute;, mientras ella hablaba, fueron derramadas l&aacute;grimas por muchos de aquellos hombres buenos y le hicieron muchos ruegos de que le pluguiese cambiar de opini&oacute;n y quedarse; pero de nada sirvieron. Ella, encomend&aacute;ndolos a Dios, con un primo suyo y una camarera, en h&aacute;bito de peregrinos, bien surtidos de dineros y valiosas joyas, sin que nadie supiese d&oacute;nde iba, se puso en camino y no se detuvo hasta que lleg&oacute; a Florencia; y llegada all&iacute; por acaso a una posadita que ten&iacute;a una buena mujer viuda, simplemente y a guisa de pobre peregrina estaba, deseosa de o&iacute;r noticias de su se&ntilde;or. Sucedi&oacute;, pues, que al d&iacute;a siguiente vio pasar a Beltramo por delante de la posada, a caballo con su compa&ntilde;&iacute;a, y aunque muy bien lo conoci&oacute; no dej&oacute; de preguntar a la buena mujer de la posada qui&eacute;n era. La posadera le respondi&oacute;:</p><p align="justify">-Es un gentilhombre forastero que se llama el conde Beltramo, amable y cort&eacute;s y muy amado en esta ciudad; y lo m&aacute;s enamorado del mundo de una vecina nuestra, que es mujer noble, pero pobre. Verdad es que honest&iacute;sima joven es, y por pobreza no se ha casado a&uacute;n, sino que con su madre, prudent&iacute;sima y buena se&ntilde;ora, vive; y tal vez, si no fuese por esta su madre, habr&iacute;a ella hecho ya lo que este conde hubiera querido.</p><p align="justify">La condesa, oyendo estas palabras, las retuvo bien; y m&aacute;s menudamente examinando y viniendo a todos los detalles, y bien comprendidas todas las cosas, tom&oacute; su decisi&oacute;n, y aprendida la casa y el nombre de la se&ntilde;ora y de su hija amada por el conde, un d&iacute;a, ocultamente, en h&aacute;bito de peregrina, all&iacute; se fue, y a la se&ntilde;ora y a su hija encontrando muy pobremente, salud&aacute;ndolas, dijo a la se&ntilde;ora que cuando le placiese quer&iacute;a hablarle. La honrada se&ntilde;ora, levant&aacute;ndose, dijo que estaba pronta a escucharla; y entrando solas en una alcoba suya, y tomando asiento, comenz&oacute; la condesa:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora, me parece que os cont&aacute;is entre las enemigas de la fortuna como me cuento yo, pero si quisierais, por ventura podr&iacute;ais a vos y a m&iacute; consolarnos. La se&ntilde;ora respondi&oacute; que nada deseaba tanto cuanto consolarse honestamente. Sigui&oacute; la condesa: -Me es necesaria vuestra palabra, en la que si conf&iacute;o y vos me enga&ntilde;aseis, echar&iacute;ais a perder vuestros asuntos y los m&iacute;os.</p><p align="justify">-Con confianza -dijo la noble se&ntilde;ora-, decid todo lo que gust&eacute;is, que nunca por m&iacute; ser&eacute;is enga&ntilde;ada. Entonces la condesa, comenzando con su primer enamoramiento, qui&eacute;n era ella y lo que hasta aquel d&iacute;a le hab&iacute;a sucedido le cont&oacute;, de tal manera que la noble se&ntilde;ora, como quien ya en parte lo hab&iacute;a o&iacute;do a otros, comenz&oacute; de ella a sentir compasi&oacute;n. Y la condesa, contadas sus aventuras, sigui&oacute;: -Ya hab&eacute;is o&iacute;do, entre mis otras angustias, cu&aacute;les son las dos cosas que necesito tener si quiero tener a mi marido, las cuales a nadie m&aacute;s conozco que pueda ayudarme a adquirirlas sino a vos, si es verdad lo que entiendo, esto es, que el conde mi marido sumamente a vuestra hija ama. La noble se&ntilde;ora le dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora, si el conde ama a mi hija no lo s&eacute;, pero mucho lo aparenta; &iquest;pero qu&eacute; puedo yo por ello lograr de lo que vos dese&aacute;is?</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora -repuso la condesa-, os lo dir&eacute;, pero primeramente os quiero mostrar lo que quiero daros si me ayud&aacute;is. Veo que vuestra hija es hermosa y en edad de darle marido, y por lo que he entendido y me parece comprender, no tener dote para darle os la hace tener en casa. Entiendo, en recompensa del servicio que me hag&aacute;is, darle prestamente de mis dineros la dote que vos misma estim&eacute;is que para casarla honradamente sea necesaria.</p><p align="justify">A la se&ntilde;ora, como a quien estaba en necesidad, le plugo la oferta, pero como ten&iacute;a el &aacute;nimo noble, dijo: -Se&ntilde;ora, decidme lo que puedo hacer por vos, y si es honesto para m&iacute; lo har&eacute; con gusto, y vos luego har&eacute;is lo que os plazca.</p><p align="justify">Dijo entonces la condesa:</p><p align="justify">-Necesito que vos, por alguien de quien os fi&eacute;is, hag&aacute;is decir al conde mi marido que vuestra hija est&aacute; dispuesta a hacer lo que &eacute;l guste si puede cerciorarse de que la ama como aparenta, lo que nunca creer&aacute; si no le env&iacute;a el anillo que lleva en la mano y que ella ha o&iacute;do que &eacute;l ama tanto; el cual si se lo manda, vos me lo dar&eacute;is; y luego le mandar&eacute;is decir que vuestra hija est&aacute; dispuesta a hacer su gusto, y le har&eacute;is venir aqu&iacute; ocultamente y escondidamente a m&iacute;, en lugar de a vuestra hija, me pondr&eacute;is a su lado. Tal vez me conceda Dios la gracia de quedar pre&ntilde;ada; y as&iacute; luego, teniendo su anillo en el dedo y en los brazos a un hijo por &eacute;l engendrado, le conquistar&eacute; y con &eacute;l vivir&eacute; como la mujer debe vivir con su marido, habiendo sido vos la ocasi&oacute;n de ello.</p><p align="justify">Grave cosa pareci&oacute; &eacute;sta a la se&ntilde;ora, temiendo que fuese a seguirse de ella verg&uuml;enza para su hija; pero pensando que era cosa honrada dar ocasi&oacute;n a que la buena se&ntilde;ora recuperase a su marido y que con honesto fin se pon&iacute;a a hacer aquello, confi&aacute;ndose a sus buenos y honrados sentimientos, no solamente prometi&oacute; hacerlo a la condesa sino que pocos d&iacute;as despu&eacute;s, con secreta cautela, seg&uacute;n las &oacute;rdenes que hab&iacute;a dado, tuvo el anillo (aunque un tantillo le costase al conde) y a ella en lugar de a su hija magistralmente puso en la cama con el conde.</p><p align="justify">En los cuales primeros ayuntamientos afectuos&iacute;simamente por el conde buscados, como agrad&oacute; a Dios, la se&ntilde;ora qued&oacute; pre&ntilde;ada de dos hijos varones, como el parto hizo manifiesto a su debido tiempo. Y no solamente una vez alegr&oacute; la noble se&ntilde;ora a la condesa con los abrazos del marido, sino muchas, tan secretamente actuando que nunca se supo una palabra de ello: creyendo siempre el conde que no con su mujer sino con aquella a quien amaba hab&iacute;a estado. A quien cuando se iba a ir por las ma&ntilde;anas, hab&iacute;a dado diversas joyas hermosas y de valor, que diligentemente la condesa guardaba. La cual, sinti&eacute;ndose pre&ntilde;ada, no quiso m&aacute;s a la honrada se&ntilde;ora imponer tal ayuda, sino que le dijo: -Se&ntilde;ora, por merced de Dios y vuestra tengo lo que deseaba, y por ello es tiempo que haga lo que os agrade, para irme despu&eacute;s.</p><p align="justify">La honrada se&ntilde;ora le dijo que si hab&iacute;a hecho algo que le agradase, que le plac&iacute;a, pero que no lo hab&iacute;a hecho por ninguna esperanza de galard&oacute;n sino porque le parec&iacute;a deber hacerlo para obrar bien. La condesa le dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora, mucho me place, y as&iacute;, por otra parte, no entiendo daros lo que me pid&aacute;is por galard&oacute;n, sino por obrar bien, que a m&iacute; me parece que debe hacerse as&iacute;.</p><p align="justify">La honrada se&ntilde;ora entonces, por la necesidad obligada, con grand&iacute;sima verg&uuml;enza, cien liras le pidi&oacute; para casar a su hija. La condesa, conociendo su verg&uuml;enza y oyendo su discreta petici&oacute;n, le dio quinientas y tantas joyas hermosas y valiosas que por ventura val&iacute;an otro tanto; con lo que la honrada se&ntilde;ora, mucho m&aacute;s que contenta, las gracias que mejor pudo a la condesa dio, la cual, separ&aacute;ndose de ella, se volvi&oacute; a la posada.</p><p align="justify">La honrada se&ntilde;ora, por quitar ocasi&oacute;n a Beltramo de mandar a nadie ni venir a su casa, con la hija se fue al campo a casa de sus parientes, y Beltramo de all&iacute; a poco tiempo, reclamado por sus hombres, a su casa, oyendo que la condesa se hab&iacute;a alejado, se volvi&oacute;. La condesa, oyendo que se hab&iacute;a ido de Florencia, y vuelto a su condado, se puso muy contenta; y se qued&oacute; en Florencia hasta que el tiempo del parto vino, y dio a luz a dos hijos varones parecid&iacute;simos a su padre, a los que hizo diligentemente criar. Y cuando le pareci&oacute; oportuno, poni&eacute;ndose en camino, sin ser por nadie reconocida, con ellos se vino a Montpellier; y descansando all&iacute; algunos d&iacute;as, y sobre el conde y d&oacute;nde estuviera habiendo indagado, y enter&aacute;ndose de que el d&iacute;a de Todos los Santos en el Rosell&oacute;n iba a hacer una gran fiesta de damas y caballeros, siempre disfrazada de peregrina (como hab&iacute;a salido de all&iacute;), all&aacute; se fue. Y oyendo a las damas y los caballeros reunidos en el palacio del conde estar para sentarse a la mesa, sin cambiarse de h&aacute;bito, con sus hijuelos en los brazos subiendo a la sala, abri&eacute;ndose paso entre todos, all&aacute; se fue hasta donde vio al conde, y arroj&aacute;ndosele a los pies, dijo llorando:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or m&iacute;o, yo soy tu desventurada esposa, que por dejarte volver y estar en tu casa, largamente he andado rodando. Por Dios te requiero a que las condiciones que me pusiste por los dos caballeros que te mand&eacute; las mantengas: y aqu&iacute; est&aacute; tu anillo en mi dedo, y aqu&iacute;, en mis brazos, tengo no a uno sino a dos hijos tuyos. Es hora ya de que deba por ti ser recibida como mujer, seg&uacute;n tu promesa. El conde, al o&iacute;r esto, todo se desvaneci&oacute; y reconoci&oacute; el anillo, y tambi&eacute;n a los dos hijos, tanto se le parec&iacute;an; pero dijo:</p><p align="justify">-&iquest;C&oacute;mo puede haber sucedido esto?</p><p align="justify">La condesa, con gran maravilla del conde y de todos cuantos presentes estaban, ordenadamente cont&oacute; lo que hab&iacute;a pasado y c&oacute;mo; por lo cual el conde, conociendo que dec&iacute;a la verdad y viendo su perseverancia y su buen juicio, y adem&aacute;s a aquellos dos hijitos tan hermosos, para cumplir lo que prometido hab&iacute;a y por complacer a todos sus hombres y a las damas, que todos le rogaban que a &eacute;sta como su leg&iacute;tima esposa acogiera ya y honrase, depuso su obstinada dureza e hizo ponerse en pie a la condesa, y la abraz&oacute; y bes&oacute; y por su leg&iacute;tima mujer la reconoci&oacute;, y a aqu&eacute;llos por hijos suyos; y haci&eacute;ndola vestirse con ropas convenientes a ella, con grand&iacute;simo placer de cuantos all&iacute; hab&iacute;a y de todos sus otros vasallos que aquello oyeron, hizo no solamente todo aquel d&iacute;a, sino much&iacute;simos otros grand&iacute;sima fiesta, y de aquel d&iacute;a en adelante a ella siempre como a su esposa y mujer honrada, la am&oacute; y la apreci&oacute; sumamente. </p><p align="justify">NOVELA D&Eacute;CIMA</p><p align="justify">Alibech se hace ermita&ntilde;a, y el monje R&uacute;stico la ense&ntilde;a a meter al diablo en el infierno, despu&eacute;s, llevada de all&iacute;, se convierte en la mujer de Neerbale.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">Dioneo, que diligentemente la historia de la reina escuchado hab&iacute;a, viendo que estaba terminada y que s&oacute;lo a &eacute;l le faltaba novelar, sin esperar &oacute;rdenes, sonriendo, comenz&oacute; a decir: Graciosas se&ntilde;oras, tal vez nunca hay&aacute;is o&iacute;do contar c&oacute;mo se mete al diablo en el infierno, y por ello, sin apartarme casi del argumento sobre el que vosotras todo el d&iacute;a hab&eacute;is discurrido, os lo puedo decir: tal vez tambi&eacute;n pod&aacute;is salvar a vuestras almas luego de haberlo aprendido, y podr&eacute;is tambi&eacute;n conocer que por mucho que Amor en los alegres palacios y las blandas c&aacute;maras m&aacute;s a su grado que en las pobres caba&ntilde;as habite, no por ello alguna vez deja de hacer sentir sus fuerzas entre los tupidos bosques y los r&iacute;gidos alpes, por lo que comprender se puede que a su potencia est&aacute;n sujetas todas las cosas. Viniendo, pues, al asunto, digo que en la ciudad de Cafsa, en Berber&iacute;a, hubo hace tiempo un hombre riqu&iacute;simo que, entre otros hijos, ten&iacute;a una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad hab&iacute;a alabar mucho la fe cristiana y el servicio de Dios, un d&iacute;a pregunt&oacute; a uno de ellos en qu&eacute; materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que serv&iacute;an mejor a Dios aquellos que m&aacute;s hu&iacute;an de las cosas del mundo, como hac&iacute;an quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se hab&iacute;an retirado. La joven, que simplic&iacute;sima era y de edad de unos catorce a&ntilde;os, no por consciente deseo sino por un impulso pueril, sin nada decir a nadie, a la ma&ntilde;ana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se encamin&oacute;; y con gran trabajo suyo, continuando sus deseos, despu&eacute;s de algunos d&iacute;as a aquellas soledades lleg&oacute;, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un santo var&oacute;n encontr&oacute; en la puerta, el cual, maravill&aacute;ndose de verla all&iacute;, le pregunt&oacute; qu&eacute; es lo que andaba buscando. La cual repuso que, inspirada por Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y tambi&eacute;n qui&eacute;n la ense&ntilde;ara c&oacute;mo se le deb&iacute;a servir. El honrado var&oacute;n, vi&eacute;ndola joven y muy hermosa, temiendo que el demonio, si la reten&iacute;a, lo enga&ntilde;ara, le alab&oacute; su buena disposici&oacute;n y, d&aacute;ndole de comer algunas ra&iacute;ces de hierbas y frutas silvestres y d&aacute;tiles, y agua a beber, le dijo:</p><p align="justify">-Hija m&iacute;a, no muy lejos de aqu&iacute; hay un santo var&oacute;n que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: ir&aacute;s a &eacute;l.</p><p align="justify">Y le ense&ntilde;&oacute; el camino; y ella, llegada a &eacute;l y o&iacute;das de &eacute;ste estas mismas palabras, yendo m&aacute;s adelante, lleg&oacute; a la celda de un ermita&ntilde;o joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era R&uacute;stico, y la petici&oacute;n le hizo que a los otros les hab&iacute;a hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no como los dem&aacute;s la mand&oacute; irse, o seguir m&aacute;s adelante, sino que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de &eacute;ste, el cual, encontr&aacute;ndose muy enga&ntilde;ado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvi&oacute; las espaldas y se entreg&oacute; como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la hermosura de &eacute;sta comenz&oacute;, y adem&aacute;s de esto, a pensar en qu&eacute; v&iacute;a y en qu&eacute; modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que &eacute;l, como hombre disoluto, quer&iacute;a llegar a aquello que deseaba de ella. Y probando primero con ciertas preguntas, que no hab&iacute;a nunca conocido a hombre averigu&oacute; y que tan simple era como parec&iacute;a, por lo que pens&oacute; c&oacute;mo, bajo especie de servir a Dios, deb&iacute;a traerla a su voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostr&oacute; cu&aacute;n enemigo de Nuestro Se&ntilde;or era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que m&aacute;s grato pod&iacute;a ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Se&ntilde;or le hab&iacute;a condenado. La jovencita le pregunt&oacute; c&oacute;mo se hac&iacute;a aquello; R&uacute;stico le dijo: -Pronto lo sabr&aacute;s, y para ello har&aacute;s lo que a m&iacute; me veas hacer. Y empez&oacute; a desnudarse de los pocos vestidos que ten&iacute;a, y se qued&oacute; completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra &eacute;l la hizo ponerse a ella. Y estando as&iacute;, sinti&eacute;ndose R&uacute;stico m&aacute;s que nunca inflamado en su deseo al verla tan hermosa, sucedi&oacute; la resurrecci&oacute;n de la carne; y mir&aacute;ndola Alibech, y maravill&aacute;ndose, dijo: -R&uacute;stico, &iquest;qu&eacute; es esa cosa que te veo que as&iacute; se te sale hacia afuera y yo no la tengo? -Oh, hija m&iacute;a -dijo R&uacute;stico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grand&iacute;sima molestia, tanto que apenas puedo soportarle.</p><p align="justify">Entonces dijo la joven:</p><p align="justify">-Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que t&uacute;, que no tengo yo ese diablo. Dijo R&uacute;stico:</p><p align="justify">-Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto. Dijo Alibech:</p><p align="justify">-&iquest;El qu&eacute;?</p><p align="justify">R&uacute;stico le dijo:</p><p align="justify">-Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aqu&iacute; para la salvaci&oacute;n de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si t&uacute; quieres tener de m&iacute; tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me dar&aacute;s a m&iacute; grand&iacute;simo consuelo y dar&aacute;s a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.</p><p align="justify">La joven, de buena fe, repuso:</p><p align="justify">-Oh, padre m&iacute;o, puesto que yo tengo el infierno, sea como quer&eacute;is. Dijo entonces R&uacute;stico:</p><p align="justify">-Hija m&iacute;a, bendita seas. Vamos y met&aacute;moslo, que luego me deje estar tranquilo. Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le ense&ntilde;&oacute; c&oacute;mo deb&iacute;a ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios.</p><p align="justify">La joven, que nunca hab&iacute;a puesto en el infierno a ning&uacute;n diablo, la primera vez sinti&oacute; un poco de dolor, por lo que dijo a R&uacute;stico:</p><p align="justify">-Por cierto, padre m&iacute;o, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro. Dijo R&uacute;stico:</p><p align="justify">-Hija, no suceder&aacute; siempre as&iacute;.</p><p align="justify">Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron all&iacute;, tanto que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se qued&oacute; tranquilo.</p><p align="justify">Pero volvi&eacute;ndole luego muchas veces en el tiempo que sigui&oacute;, y disponi&eacute;ndose la joven siempre obediente a quit&aacute;rsela, sucedi&oacute; que el juego comenz&oacute; a gustarle, y comenz&oacute; a decir a R&uacute;stico: -Bien veo que la verdad dec&iacute;an aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.</p><p align="justify">Por la cual cosa, muchas veces iba a R&uacute;stico y le dec&iacute;a:</p><p align="justify">-Padre m&iacute;o, yo he venido aqu&iacute; para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.</p><p align="justify">Haciendo lo cual, dec&iacute;a alguna vez:</p><p align="justify">-R&uacute;stico, no s&eacute; por qu&eacute; el diablo se escapa del infierno; que si estuviera all&iacute; de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldr&iacute;a nunca.</p><p align="justify">As&iacute;, tan frecuentemente invitando la joven a R&uacute;stico y consol&aacute;ndolo al servicio de Dios, tanto le hab&iacute;a quitado la lana del jub&oacute;n que en tales ocasiones sent&iacute;a fr&iacute;o en que otro hubiera sudado; y por ello comenz&oacute; a decir a la joven que al diablo no hab&iacute;a que castigarlo y meterlo en el infierno m&aacute;s que cuando &eacute;l, por soberbia, levantase la cabeza:</p><p align="justify">-Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz. Y as&iacute; impuso alg&uacute;n silencio a la joven, la cual, despu&eacute;s de que vio que R&uacute;stico no le ped&iacute;a m&aacute;s meter el diablo en el infierno, le dijo un d&iacute;a:</p><p align="justify">-R&uacute;stico, si tu diablo est&aacute; castigado y ya no te molesta, a m&iacute; mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien har&aacute;s si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.</p><p align="justify">R&uacute;stico, que de ra&iacute;ces de hierbas y agua viv&iacute;a, mal pod&iacute;a responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querr&iacute;an poder tranquilizar al infierno, pero que &eacute;l har&iacute;a lo que pudiese; y as&iacute; alguna vez la satisfac&iacute;a, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un le&oacute;n; de lo que la joven, no pareci&eacute;ndole servir a Dios cuanto quer&iacute;a, mucho rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de R&uacute;stico y el infierno de Alibech hab&iacute;a, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuesti&oacute;n, sucedi&oacute; que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardi&oacute; el padre de Alibech con cuantos hijos y dem&aacute;s familia ten&iacute;a; por la cual cosa, Alibech, de todos sus bienes qued&oacute; heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que &eacute;sta estaba viva, poni&eacute;ndose a buscarla y encontr&aacute;ndola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que hab&iacute;an sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de R&uacute;stico y contra la voluntad de ella, la volvi&oacute; a llevar a Cafsa y la tom&oacute; por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero. Pero pregunt&aacute;ndole las mujeres que en qu&eacute; serv&iacute;a a Dios en el desierto, no habi&eacute;ndose todav&iacute;a Neerbale acostado con ella, repuso que le serv&iacute;a metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale hab&iacute;a cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio.</p><p align="justify">Las mujeres preguntaron:</p><p align="justify">-&iquest;C&oacute;mo se mete al diablo en el infierno?</p><p align="justify">La joven, entre palabras y gestos, se lo mostr&oacute;; de lo que tanto se rieron que todav&iacute;a se r&iacute;en, y dijeron: -No est&eacute;s triste, hija, no, que eso tambi&eacute;n se hace bien aqu&iacute;, Neerbale bien servir&aacute; contigo a Dios Nuestro Se&ntilde;or en eso.</p><p align="justify">Luego, dici&eacute;ndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el m&aacute;s agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todav&iacute;a se oye. Y por ello vosotras, j&oacute;venes damas, que necesit&aacute;is la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse.</p><p align="justify">Mil veces o m&aacute;s hab&iacute;a movido a risa la historia de Dioneo a las honestas damas, tales y de tal manera les parec&iacute;an sus palabras; por lo que, llegado &eacute;l a la conclusi&oacute;n de &eacute;sta, conociendo la reina que el t&eacute;rmino de su se&ntilde;or&iacute;o hab&iacute;a llegado, quit&aacute;ndose el laurel de la cabeza, muy placenteramente lo puso sobre la cabeza de Filostrato, y dijo:</p><p align="justify">-Pronto veremos si el lobo sabe mejor guiar a las ovejas que las ovejas han guiado a los lobos. Filostrato, al o&iacute;r esto, dijo ri&eacute;ndose:</p><p align="justify">-Si me hubieran hecho caso, los lobos habr&iacute;an ense&ntilde;ado a las ovejas a meter al diablo en el infierno no peor de lo que hizo R&uacute;stico con Alibech; y por ello no nos llam&eacute;is lobos porque no hab&eacute;is sido ovejas, pero seg&uacute;n me ha sido concedido, gobernar&eacute; el reino que se me ha encomendado. A quien Neifile contest&oacute;:</p><p align="justify">-Oye, Filostrato; habr&iacute;ais, queri&eacute;ndonos ense&ntilde;ar, podido aprender sensatez como aprendi&oacute; Masetto de las monjas y recuperar el habla en tal punto que los huesos sin due&ntilde;o habr&iacute;an aprendido a silbar. Filostrato, conociendo que hab&iacute;a all&iacute; no menos hoces que dardos ten&iacute;a &eacute;l, dejando el bromear, a dedicarse al gobierno del reino encomendado empez&oacute;; y haciendo llamar al senescal, en qu&eacute; punto estaban todas las cosas quiso o&iacute;r, y adem&aacute;s de esto, seg&uacute;n lo que pens&oacute; que estar&iacute;a bien y que deb&iacute;a satisfacer a la compa&ntilde;&iacute;a, por cuanto su se&ntilde;or&iacute;o durase, discretamente dispuso, y despu&eacute;s, dirigi&eacute;ndose a las se&ntilde;oras, dijo: -Amorosas se&ntilde;oras, por mi desventura, pues que mucho dolor he conocido, siempre por la hermosura de alguna de vosotras he estado sujeto a Amor, y ni el ser humilde ni el ser obediente ni el secundarlo como mejor he podido conocer en todas sus costumbres, me ha valido sino primero ser abandonado por otro y luego andar de mal en peor, y as&iacute; creo que andar&eacute; de aqu&iacute; a la muerte, y por ello no de otra materia me place que se hable ma&ntilde;ana sino de lo que a mis casos es m&aacute;s conforme, esto es, de aquellos cuyos amores tuvieron infeliz final, porque yo con el tiempo lo espero infelic&iacute;simo, y no por otra cosa el nombre con que me llam&aacute;is, por quienes bien sab&iacute;an lo que dec&iacute;an, me fue impuesto. Y dicho esto, poni&eacute;ndose en pie, hasta la hora de la cena dio a todos licencia. Era tan hermoso el jard&iacute;n y tan deleitable que no hubo ninguna que eligiera salir de &eacute;l para mayor placer hallar en otra parte; as&iacute;, no causando el sol, ya tibio, ninguna molestia para seguirlos, a los cabritillos y los conejos y los otros animales que estaban en &eacute;l y que, mientras estaban sentados unas cien veces, saltando por medio de ellos, hab&iacute;an venido a molestarlos, se pusieron algunos a seguir. Dioneo y Fiameta comenzaron a cantar sobre micer Guglielmo y la Dama del Vergel , Filomena y P&aacute;nfilo se pusieron a jugar al ajedrez, y as&iacute;, qui&eacute;n haciendo esto, qui&eacute;n haciendo aquello, pas&aacute;ndose el tiempo, apenas esperada, la hora de la cena lleg&oacute;; por lo que, puestas las mesas en torno a la bella fuente, all&iacute; con grand&iacute;simo deleite cenaron por la noche. Filostrato, por no salir del camino seguido por quienes reinas antes que &eacute;l hab&iacute;an sido, cuando se levantaron las mesas, mand&oacute; que Laureta guiase una danza y cantase una canci&oacute;n; la cual dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or m&iacute;o, canciones de los dem&aacute;s no s&eacute;, ni de las m&iacute;as tengo en la cabeza ninguna que sea lo bastante conveniente a tan alegre compa&ntilde;&iacute;a; si quer&eacute;is de las que s&eacute;, las cantar&eacute; de buena gana. El rey le dijo:</p><p align="justify">-Nada de lo tuyo podr&iacute;a ser sino bello y placentero, y por ello, lo que sepas, c&aacute;ntalo. Laureta, con voz asaz suave, pero con manera un tanto last&iacute;mera, respondi&eacute;ndole las dem&aacute;s, comenz&oacute; as&iacute;.</p><p align="justify">Nadie tan desolada como yo ha de quejarse, que triste, en vano, gimo enamorada. Aquel que mueve el cielo y toda estrella me form&oacute; a su placer linda, gallarda, y tan graciosa y bella, para aqu&iacute; abajo al intelecto ser una se&ntilde;al de aquella belleza que jam&aacute;s deja de ver, mas el mortal poder , conoci&eacute;ndome mal, no me valora, soy menospreciada. Ya hubo quien me quiso y, muy de grado, siendo joven me abri&oacute; sus brazos y su pecho y su cuidado, y en la luz de mis ojos se inflam&oacute;, y el tiempo (que afanado se escapa) a cortejarme dedic&oacute;, y siendo cort&eacute;s yo digna de &eacute;l supe hacerme, pero ahora estoy de aquel amor privada. A m&iacute; lleg&oacute; despu&eacute;s, presuntuoso, un mozalbete fiero reput&aacute;ndose noble y valeroso, su prisionera soy, y el traicionero hoy se ha vuelto celoso; por lo que, triste, casi desespero, puesto que verdadero es que, viniendo al mundo por bien de muchos, de uno soy guardada. Maldigo mi ventura que, por cambiarme en esta veste respond&iacute; s&iacute; de aquella oscura en que alegre me vi, mientras con &eacute;sta llevo una vida dura, mucho menor que la pasada honesta. &iexcl;Oh dolorosa fiesta, antes muerta me viese que haber sido en tal caso desgraciada! Oh caro amante, con quien fui primero m&aacute;s que nadie dichosa, que ahora en el cielo ves al verdadero creador, m&iacute;rame con tu piadosa bondad, ya que por otro no te puedo olvidar, haz la amorosa llama arder por m&iacute;, ansiosa, y ruega que yo vuelva a esa morada. </p><p align="justify">Aqu&iacute; puso fin Laureta a su canci&oacute;n, que, o&iacute;da por todos, diversamente por cada uno fue entendida; y los hubo que entendieron a la milanesa que mejor era un buen puerco que una bella moza ; otros fueron de m&aacute;s sublime y mejor y m&aacute;s verdadero intelecto, sobre el que al presente no es propio recitar. El rey, despu&eacute;s de &eacute;sta, sobre la hierba y entre las flores habiendo hecho encender muchas velas dobles, hizo cantar otras hasta que todas las estrellas que sub&iacute;an comenzaron a caer; por lo que, pareci&eacute;ndole tiempo de dormir, mand&oacute; que con las buenas noches cada uno a su alcoba se fuese.</p>]]></description><pubDate>Sun, 10 Sep 2006 21:39:00 +0000</pubDate></item><item><title>Decameron</title><link>https://carolus-magnus.blogia.com/2006/090301-decameron.php</link><guid isPermaLink="true">https://carolus-magnus.blogia.com/2006/090301-decameron.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">SEGUNDA JORNADA</p><p align="justify">COMIENZA LA SEGUNDA JORNADA DEL DECAMER&Oacute;N, EN LA QUE, BAJO EL GOBIERNO DE FILOMENA, SE RAZONA SOBRE QUIENES, PERSEGUIDOS POR DIVERSAS CONTRARIEDADES, HAN LLEGADO, CONTRA TODA ESPERANZA, A BUEN FIN. </p><p align="justify">Ya hab&iacute;a el sol llevado a todas partes el nuevo d&iacute;a con su luz y los p&aacute;jaros daban de ello testimonio a los o&iacute;dos cantando placenteros versos sobre las verdes ramas, cuando todas las j&oacute;venes y los tres j&oacute;venes, habi&eacute;ndose levantado, se entraron por los jardines y, hollando con lento paso las hierbas h&uacute;medas de roc&iacute;o, haci&eacute;ndose bellas guirnaldas ac&aacute; y all&aacute;, recre&aacute;ndose durante largo rato estuvieron. Y tal como hab&iacute;an hecho el d&iacute;a anterior hicieron el presente: habiendo comido con la fresca, luego de haber bailado alguna danza se fueron a descansar y, levant&aacute;ndose de la siesta despu&eacute;s de la hora de nona, como le plugo a su reina, venidos al fresco pradecillo, se sentaron en torno a ella. Y ella, que era hermosa y de muy amable aspecto, coronada con su guirnalda de laurel, despu&eacute;s de estar callada un poco y de mirar a la cara a toda su compa&ntilde;&iacute;a, mand&oacute; a Neifile que a las futuras historias diese, con una, principio; y ella, sin poner ninguna excusa, as&iacute;, alegre, empez&oacute; a hablar:</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">NOVELA PRIMERA</p><p align="justify">Martellino, fingi&eacute;ndose tullido, simula curarse sobre la tumba de San Arrigo y, conocido su enga&ntilde;o, es apaleado; y despu&eacute;s de ser apresado y estar en peligro de ser colgado, logra por fin escaparse. </p><p align="justify">Muchas veces sucede, car&iacute;simas se&ntilde;oras, que aquel que se ingenia en burlarse de otro, y m&aacute;ximamente de las cosas que deben reverenciarse, se ha encontrado s&oacute;lo con las burlas y a veces con da&ntilde;o de s&iacute; mismo; por lo que, para obedecer el mandato de la reina y dar principio con una historia m&iacute;a al asunto propuesto, entiendo contaros lo que, primero desdichadamente y despu&eacute;s (fuera de toda su esperanza) muy felizmente, sucedi&oacute; a un conciudadano nuestro.</p><p align="justify">Hab&iacute;a, no hace todav&iacute;a mucho tiempo, un tudesco en Treviso llamado Arrigo que, siendo hombre pobre, serv&iacute;a como porteador a sueldo a quien se lo solicitaba y, a pesar de ello, era tenido por todos como hombre de sant&iacute;sima y buena vida. Por lo cual, fuese verdad o no, sucedi&oacute; al morir &eacute;l, seg&uacute;n afirman los trevisanos, que a la hora de su muerte, todas las campanas de la iglesia mayor de Treviso empezaron a sonar sin que nadie las tocase. Lo que, tenido por milagro, todos dec&iacute;an que este Arrigo era santo ; y corriendo toda la gente de la ciudad a la casa en que yac&iacute;a su cuerpo, lo llevaron a guisa de cuerpo santo a la iglesia mayor, llevando all&iacute; cojos, tullidos y ciegos y dem&aacute;s impedidos de cualquiera enfermedad o defecto, como si todos debieran sanar al tocar aquel cuerpo. En tanto tumulto y movimiento de gente sucedi&oacute; que a Treviso llegaron tres de nuestros conciudadanos, de los cuales uno se llamaba Stecchi, otro Martellino y el tercero Marchese , hombres que, yendo por las cortes de los se&ntilde;ores, divert&iacute;an a la concurrencia distorsion&aacute;ndose y remedando a cualquiera con muecas extra&ntilde;as. Los cuales, no habiendo estado nunca all&iacute;, se maravillaron de ver correr a todos y, o&iacute;do el motivo de aquello, sintieron deseos de ir a ver y, dejadas sus cosas en un albergue, dijo Marchese:</p><p align="justify">-Queremos ir a ver este santo, pero en cuanto a m&iacute;, no veo c&oacute;mo podamos llegar hasta &eacute;l, porque he o&iacute;do que la plaza est&aacute; llena de tudescos y de otra gente armada que el se&ntilde;or de esta tierra, para que no haya alboroto, hace estar all&iacute;, y adem&aacute;s de esto, la iglesia, por lo que se dice, est&aacute; tan llena de gente que nadie m&aacute;s puede entrar.</p><p align="justify">Martellino, entonces, que deseaba ver aquello, dijo:</p><p align="justify">-Que no se quede por eso, que de llegar hasta el cuerpo santo yo encontrar&eacute; bien el modo. Dijo Marchese:</p><p align="justify">-&iquest;C&oacute;mo?</p><p align="justify">Repuso Martellino:</p><p align="justify">-Te lo dir&eacute;: yo me contorsionar&eacute; como un tullido y t&uacute; por un lado y Stecchi por el otro, como si no pudiese andar, me vendr&eacute;is sosteniendo, haciendo como que me quer&eacute;is llevar all&iacute; para que el santo me cure: no habr&aacute; nadie que, al vernos, no nos haga sitio y nos deje pasar. A Marchese y a Stecchi les gust&oacute; el truco y, sin tardanza, saliendo del albergue, llegados los tres a un lugar solitario, Martellino se retorci&oacute; las manos de tal manera, los dedos y los brazos y las piernas, y adem&aacute;s de ello la boca y los ojos y todo el rostro, que era cosa horrible de ver; no habr&iacute;a habido nadie que lo hubiese visto que no hubiese pensado que estaba paral&iacute;tico y tullido. Y sujetado de esta manera, entre Marchese y Stecchi, se enderezaron hacia la iglesia, con aspecto lleno de piedad, pidiendo humildemente y por amor de Dios a todos los que estaban delante de ellos que les hiciesen sitio, lo que f&aacute;cilmente obten&iacute;an; y en breve, respetados por todos y todo el mundo gritando: &laquo;&iexcl;Haced sitio, haced sitio!&raquo;, llegaron all&iacute; donde estaba el cuerpo de San Arrigo y, por algunos gentileshombres que estaban a su alrededor, fue Martellino prestamente alzado y puesto sobre el cuerpo para que mediante aquello pudiera alcanzar la gracia de la salud.</p><p align="justify">Martellino, como toda la gente estaba mirando lo que pasaba con &eacute;l, comenz&oacute;, como quien lo sab&iacute;a hacer muy bien, a fingir que uno de sus dedos se estiraba, y luego la mano, y luego el brazo, y as&iacute; todo entero llegar a estirarse. Lo que, vi&eacute;ndolo la gente, tan gran ruido en alabanza de San Arrigo hac&iacute;an que un trueno no habr&iacute;a podido o&iacute;rse. Hab&iacute;a por acaso un florentino cerca que conoc&iacute;a muy bien a Martellino, pero que por estar as&iacute; contorsionado cuando fue llevado all&iacute; no lo hab&iacute;a reconocido. El cual, vi&eacute;ndolo enderezado, lo reconoci&oacute; y s&uacute;bitamente empez&oacute; a re&iacute;rse y a decir: -&iexcl;Se&ntilde;or, haz que le duela! &iquest;Qui&eacute;n no hubiera cre&iacute;do al verlo venir que de verdad fuese un lisiado? Oyeron estas palabras unos trevisanos que, incontinenti, le preguntaron: -&iexcl;C&oacute;mo! &iquest;No era &eacute;ste tullido?</p><p align="justify">A lo que el florentino repuso:</p><p align="justify">-&iexcl;No lo quiera Dios! Siempre ha sido tan derecho como nosotros, pero sabe mejor que nadie, como hab&eacute;is podido ver, hacer estas burlas de contorsionarse en las posturas que quiere. Como hubieron o&iacute;do esto, no necesitaron otra cosa: por la fuerza se abrieron paso y empezaron a gritar: -&iexcl;Coged preso a ese traidor que se burla de Dios y de los santos, que no siendo tullido ha venido aqu&iacute; para escarnecer a nuestro santo y a nosotros haci&eacute;ndose el tullido! Y, diciendo esto, le echaron las manos encima y lo hicieron bajar de donde estaba, y cogi&eacute;ndole por los pelos y desgarr&aacute;ndole todos los vestidos empezaron a darle pu&ntilde;etazos y puntapi&eacute;s, y no se consideraba hombre quien no corr&iacute;a a hacer lo mismo. Martellino gritaba: -&iexcl;Piedad, por Dios!</p><p align="justify">Y se defend&iacute;a cuanto pod&iacute;a, pero no le serv&iacute;a de nada: las patadas que le daban se multiplicaban a cada momento. Viendo lo cual, Stecchi y Marchese empezaron a decirse que la cosa se pon&iacute;a mal; y temiendo por s&iacute; mismos, no se atrev&iacute;an a ayudarlo, gritando junto con los otros que le matasen, aunque pensando sin embargo c&oacute;mo podr&iacute;an arrancarlo de manos del pueblo. Que le hubiera matado con toda certeza si no hubiera habido un expediente que Marchese tom&oacute; s&uacute;bitamente: que, estando all&iacute; fuera toda la guardia de la se&ntilde;or&iacute;a, Marchese, lo antes que pudo se fue al que estaba en representaci&oacute;n del corregidor y le dijo: -&iexcl;Piedad, por Dios! Hay aqu&iacute; alg&uacute;n malvado que me ha quitado la bolsa con sus buenos cien florines de oro; os ruego que lo prend&aacute;is para que pueda recuperar lo m&iacute;o. S&uacute;bitamente, al o&iacute;r esto, una docena de soldados corrieron a donde el m&iacute;sero Martellino era trasquilado sin tijeras y, abri&eacute;ndose paso entre la muchedumbre con las mayores fatigas del mundo, todo apaleado y todo roto se lo quitaron de entre las manos y lo llevaron al palacio del corregidor, adonde, sigui&eacute;ndole muchos que se sent&iacute;an escarnecidos por &eacute;l, y habiendo o&iacute;do que hab&iacute;a sido preso por descuidero, no pareci&eacute;ndoles hallar m&aacute;s justo t&iacute;tulo para traerle desgracia, empezaron a decir todos que les hab&iacute;a dado el tir&oacute;n tambi&eacute;n a sus bolsas. Oyendo todo lo cual, el juez del corregidor, que era un hombre rudo, llev&aacute;ndoselo prestamente aparte le empez&oacute; a interrogar.</p><p align="justify">Pero Martellino contestaba bromeando, como si nada fuese aquella prisi&oacute;n; por lo que el juez, alterado, haci&eacute;ndolo atar con la cuerda le hizo dar unos buenos saltos, con &aacute;nimo de hacerle confesar lo que dec&iacute;an para despu&eacute;s ahorcarlo. Pero luego que se vio con los pies en el suelo, pregunt&aacute;ndole el juez si era verdad lo que contra &eacute;l dec&iacute;an, no vali&eacute;ndole decir no, dijo: -Se&ntilde;or m&iacute;o, estoy presto a confesaros la verdad, pero haced que cada uno de los que me acusan diga d&oacute;nde y cu&aacute;ndo les he quitado la bolsa, y os dir&eacute; lo que yo he hecho y lo que no. Dijo el juez:</p><p align="justify">-Que me place.</p><p align="justify">Y haciendo llamar a unos cuantos, uno dec&iacute;a que se la hab&iacute;a quitado hace ocho d&iacute;as, el otro que seis, el otro que cuatro, y algunos dec&iacute;an que aquel mismo d&iacute;a. Oyendo lo cual, Martellino dijo: -Se&ntilde;or m&iacute;o, todos estos mienten con toda su boca: y de que yo digo la verdad os puedo dar esta prueba, que nunca hab&iacute;a estado en esta ciudad y que no estoy en ella sino desde hace poco; y al llegar, por mi desventura, fui a ver a este cuerpo santo, donde me han trasquilado todo cuanto veis; y que esto que digo es cierto os lo puede aclarar el oficial del se&ntilde;or que registr&oacute; mi entrada, y su libro y tambi&eacute;n mi posadero. Por lo que, si hall&aacute;is cierto lo que os digo, no quer&aacute;is a ejemplo de esos hombres malvados destrozarme y matarme.</p><p align="justify">Mientras las cosas estaban en estos t&eacute;rminos, Marchese y Stecchi, que hab&iacute;an o&iacute;do que el juez del corregidor proced&iacute;a contra &eacute;l sa&ntilde;udamente, y que ya le hab&iacute;a dado tortura, temieron mucho, dici&eacute;ndose: -Mal nos hemos industriado; le hemos sacado de la sart&eacute;n para echarlo en el fuego. Por lo que, movi&eacute;ndose con toda presteza, buscando a su posadero, le contaron todo lo que les hab&iacute;a sucedido; de lo que, ri&eacute;ndose &eacute;ste, les llev&oacute; a ver a un Sandro Agolanti que viv&iacute;a en Treviso y ten&iacute;a gran influencia con el se&ntilde;or, y cont&aacute;ndole todo por su orden, le rog&oacute; que con ellos interviniera en las haza&ntilde;as de Martellino, y as&iacute; se hizo. Y los que fueron a buscarlo le encontraron todav&iacute;a en camisa delante del juez y todo desmayado y muy temeroso porque el juez no quer&iacute;a o&iacute;r nada en su descargo, sino que, como por acaso tuviese alg&uacute;n odio contra los florentinos, estaba completamente dispuesto a hacerlo ahorcar y en ninguna guisa quer&iacute;a devolverlo al se&ntilde;or, hasta que fue obligado a hacerlo contra su voluntad. Y cuando estuvo ante &eacute;l, y le hubo dicho todas las cosas por su orden, pidi&oacute; que como suma gracia le dejase irse porque, hasta que en Florencia no estuviese, siempre le parecer&iacute;a tener la soga al cuello. El se&ntilde;or ri&oacute; grandemente de semejante aventura y, d&aacute;ndoles un traje por hombre, sobrepasando la esperanza que los tres ten&iacute;an de salir con bien de tal peligro, sanos y salvos se volvieron a su casa. </p><p align="justify">NOVELA SEGUNDA</p><p align="justify">Rinaldo de Asti, robado, va a parar a Castel Guiglielmo y es albergado por una se&ntilde;ora viuda, y, desagraviado de sus males, sano y salvo vuelve a su casa.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">De las desventuras de Martellino contadas por Neifile rieron las damas desmedidamente, y sobre todo entre los j&oacute;venes Filostrato, a quien, como estaba sentado junto a Neifile, mand&oacute; la reina que la siguiese en el novelar; y sin esperar, comenz&oacute;:</p><p align="justify">Bellas se&ntilde;oras, me siento inclinado a contaros una historia sobre cosas cat&oacute;licas entremezcladas con calamidades y con amores, la cual ser&aacute; por ventura &uacute;til haberla o&iacute;do, especialmente a quienes por los peligrosos caminos del amor son caminantes, de los cuales quien no haya rezado el padrenuestro de San Juli&aacute;n muchas veces, aunque tenga buena cama, se hospeda mal. Hab&iacute;a, pues, en tiempos del marqu&eacute;s Azzo de Ferrara un mercader llamado Rinaldo de Asti que, por sus negocios, hab&iacute;a ido a Bolonia; a los que habiendo provisto y volviendo a casa, le sucedi&oacute; que, habiendo salido de Ferrara y caminando hacia Verona, se top&oacute; con unos que parec&iacute;an mercaderes y eran unos malhechores y hombres de mala vida y condici&oacute;n y, discurriendo con ellos, sigui&oacute; incautamente en su compa&ntilde;&iacute;a.</p><p align="justify">&Eacute;stos, vi&eacute;ndole mercader y juzgando que deb&iacute;a llevar dineros, deliberaron entre s&iacute; que a la primera ocasi&oacute;n le robar&iacute;an, y por ello, para que no sintiera ninguna sospecha, como hombres humildes y de buena condici&oacute;n, s&oacute;lo de cosas honradas y de lealtad iban hablando con &eacute;l, haci&eacute;ndose todo lo que pod&iacute;an y sab&iacute;an humildes y benignos a sus ojos, por lo que &eacute;l reputaba por gran ventura haberlos encontrado ya que iba solo con su criado y su caballo. Y as&iacute; caminando, de una cosa en otra, como suele pasar en las conversaciones, llegaron a discurrir sobre las oraciones que los hombres dirigen a Dios. Y uno de los malhechores, que eran tres, dijo a Rinaldo:</p><p align="justify">-Y vos, gentilhombre, &iquest;qu&eacute; oraci&oacute;n acostumbr&aacute;is a rezar cuando vais de camino? A lo que Rinaldo repuso:</p><p align="justify">-En verdad yo soy hombre asaz ignorante y r&uacute;stico, y pocas oraciones tengo a mano como que vivo a la antigua y cuento dos sueldos por veinticuatro dineros , pero no por ello he dejado de tener por costumbre al ir de camino rezar por la ma&ntilde;ana, cuando salgo del albergue, un padrenuestro y un avemar&iacute;a por el alma del padre y de la madre de San Juli&aacute;n, despu&eacute;s de lo que pido a Dios y a &eacute;l que la noche siguiente me deparen buen albergue. Y ya muchas veces me he visto, yendo de camino, en grandes peligros, y escapando a todos los cuales, he estado la noche siguiente en un buen lugar y bien albergado; por lo que tengo firme fe en que San Juli&aacute;n, en cuyo honor lo digo, me haya conseguido de Dios esta gracia; no me parece que podr&iacute;a andar bien el d&iacute;a, ni llegar bien la noche siguiente, si no lo hubiese rezado por la ma&ntilde;ana.</p><p align="justify">A lo cual, el que le hab&iacute;a preguntado dijo:</p><p align="justify">-Y hoy de ma&ntilde;ana, &iquest;lo hab&eacute;is dicho?</p><p align="justify">A lo que Rinaldo respondi&oacute;:</p><p align="justify">-Ciertamente.</p><p align="justify">Entonces aqu&eacute;l, que ya sab&iacute;a lo que iba a sucederle, dijo para si- &laquo;Falta te har&aacute;, porque, si no fallamos, vas a albergarte mal seg&uacute;n me parece&raquo;. Y luego le dijo:</p><p align="justify">-Yo tambi&eacute;n he viajado mucho y nunca lo he rezado, aunque lo haya o&iacute;do a muchos recomendar, y nunca me ha sucedido que por ello dejase de albergarme bien; y esta noche por ventura podr&eacute;is ver qui&eacute;n se albergar&aacute; mejor, o vos que lo hab&eacute;is dicho o yo que no lo he dicho. Bien es verdad que yo en su lugar digo el Dirupisti o la Intemerata o el De Profundis que son, seg&uacute;n una abuela m&iacute;a sol&iacute;a decirme, de grand&iacute;sima virtud.</p><p align="justify">Y hablando as&iacute; de varias cosas y continuando su camino, y esperando lugar y ocasi&oacute;n para su mal prop&oacute;sito, sucedi&oacute; que, siendo ya tarde, del otro lado de Castel Guiglielmo, al vadear un r&iacute;o aquellos tres, viendo la hora tard&iacute;a y el lugar solitario y oculto, lo asaltaron y lo robaron, y dej&aacute;ndolo a pie y en camisa, y&eacute;ndose, le dijeron:</p><p align="justify">-Anda y mira a ver si tu San Juli&aacute;n te da esta noche buen albergue, que el nuestro bien nos lo dar&aacute;. Y, vadeando el r&iacute;o, se fueron. El criado de Rinaldo, viendo que lo asaltaban, como vil, no hizo nada por ayudarle, sino que dando la vuelta al caballo sobre el que estaba, no se detuvo hasta estar en Castel Guiglielmo, y entrando all&iacute;, siendo ya tarde, sin ninguna dificultad encontr&oacute; albergue. Rinaldo, que se hab&iacute;a quedado en camisa y descalzo, siendo grande el fr&iacute;o y nevando todav&iacute;a mucho, no sabiendo qu&eacute; hacerse, viendo llegada ya la noche, temblando y casta&ntilde;ete&aacute;ndole los dientes, empez&oacute; a mirar alrededor en busca de alg&uacute;n refugio donde pudiese estar durante la noche sin morirse de fr&iacute;o; pero no viendo ninguno porque no hac&iacute;a mucho que hab&iacute;a habido guerra en aquella comarca y todo hab&iacute;a ardido, empujado por el fr&iacute;o, se enderez&oacute;, trotando, hacia Castel Guiglielmo, no sabiendo sin embargo que su criado hubiese huido all&iacute; o a ning&uacute;n otro sitio, y pensando que si pudiera entrar all&iacute;, alg&uacute;n socorro le mandar&iacute;a Dios.</p><p align="justify">Pero la noche cerrada le cogi&oacute; cerca de una milla alejado del burgo, por lo que lleg&oacute; all&iacute; tan tarde que, estando las puertas cerradas y los puentes levantados, no pudo entrar dentro. Por lo cual, llorando doliente y desconsoladamente, miraba alrededor d&oacute;nde podr&iacute;a ponerse que al menos no le nevase encima; y por azar vio una casa sobre las murallas del burgo algo saliente hacia afuera, bajo cuyo saledizo pens&oacute; quedarse hasta que fuese de d&iacute;a; y y&eacute;ndose all&iacute; y habiendo encontrado una puerta bajo aquel saledizo, como estaba cerrada, reuniendo a su pie alguna paja que por all&iacute; cerca hab&iacute;a, triste y doliente se qued&oacute;, muchas veces quej&aacute;ndose a San Juli&aacute;n, dici&eacute;ndole que no era digno de la fe que hab&iacute;a puesto en &eacute;l. Pero San Juli&aacute;n, que le quer&iacute;a bien, sin mucha tardanza le depar&oacute; un buen albergue. Hab&iacute;a en este burgo una se&ntilde;ora viuda, bell&iacute;sima de cuerpo como la que m&aacute;s, a quien el marqu&eacute;s Azzo amaba tanto como a su vida y aqu&iacute; a su disposici&oacute;n la hac&iacute;a estar. Y viv&iacute;a la dicha se&ntilde;ora en aquella casa bajo cuyo saledizo Rinaldo se habla ido a refugiar. Y el d&iacute;a anterior por acaso hab&iacute;a el marqu&eacute;s venido aqu&iacute; para yacer por la noche con ella, y en su casa misma secretamente hab&iacute;a mandado prepararle un ba&ntilde;o y suntuosamente una cena.</p><p align="justify">Y estando todo presto, y nada sino la llegada del marqu&eacute;s esperando ella, sucedi&oacute; que un criado lleg&oacute; a la puerta que tra&iacute;a nuevas al marqu&eacute;s por las cuales tuvo que ponerse en camino s&uacute;bitamente; por lo cual, mandando decir a la se&ntilde;ora que no lo esperase, se march&oacute; prestamente. Con lo que la mujer, un tanto desconsolada, no sabiendo qu&eacute; hacer, deliber&oacute; meterse en el ba&ntilde;o preparado para el marqu&eacute;s y despu&eacute;s cenar e irse a la cama; y as&iacute;, se meti&oacute; en el ba&ntilde;o. Estaba este ba&ntilde;o cerca de la puerta donde el pobre Rinaldo estaba acostado fuera de la ciudad; por lo que, estando la se&ntilde;ora en el ba&ntilde;o, sinti&oacute; el llanto y la tiritona de Rinaldo, que parec&iacute;a haberse convertido en cig&uuml;e&ntilde;a. Y llamando a su criada, le dijo: -Vete abajo y mira fuera de los muros al pie de esa puerta qui&eacute;n hay all&iacute;, y qui&eacute;n es y lo que hace. La criada fue y, ayud&aacute;ndola la claridad del aire, vio al que en camisa y descalzo estaba all&iacute;, como se ha dicho, y todo tiritando; por lo que le pregunt&oacute; qui&eacute;n era. Y Rinaldo, temblando tanto que apenas pod&iacute;a articular palabra, qui&eacute;n fuese y c&oacute;mo y por qu&eacute; estaba all&iacute;, lo m&aacute;s breve que pudo le dijo y luego last&iacute;meramente comenz&oacute; a rogarle que, si fuese posible, no lo dejase all&iacute; morirse de fr&iacute;o durante la noche. La criada, sinti&eacute;ndose compadecida, volvi&oacute; a la se&ntilde;ora y todo le dijo; y ella, tambi&eacute;n sintiendo piedad, se acord&oacute; que ten&iacute;a la llave de aquella puerta, que algunas veces serv&iacute;a a las ocultas entradas del marqu&eacute;s, y dijo:</p><p align="justify">-Ve y &aacute;brele sin hacer ruido; aqu&iacute; est&aacute; esta cena que no habr&iacute;a quien la comiese, y para poderlo albergar hay de sobra.</p><p align="justify">La criada, habiendo alabado mucho la humanidad de la se&ntilde;ora, fue y le abri&oacute;; y habi&eacute;ndolo hecho entrar, vi&eacute;ndolo casi yerto, le dijo la se&ntilde;ora:</p><p align="justify">-Pronto, buen hombre, entra en aquel ba&ntilde;o, que todav&iacute;a est&aacute; caliente. Y &eacute;l, sin esperar m&aacute;s invitaciones, lo hizo de buena gana, y todo reconfortado con aquel calor, de la muerte a la vida le pareci&oacute; haber vuelto. La se&ntilde;ora le hizo preparar ropas que hab&iacute;an sido de su marido, muerto poco tiempo antes, y cuando las hubo vestido parec&iacute;an hechas a su medida; y esperando qu&eacute; le mandaba la se&ntilde;ora, empez&oacute; a dar gracias a Dios y a San Juli&aacute;n que de una noche tan mala como la que le esperaba le hab&iacute;an librado y a buen albergue, por lo que parec&iacute;a, conducido. Despu&eacute;s de esto, la se&ntilde;ora, algo descansada, habiendo ordenado hacer un grand&iacute;simo fuego en la chimenea de uno de sus salones, se vino all&iacute; y pregunt&oacute; qu&eacute; era de aquel buen hombre. A lo que la criada respondi&oacute;: -Se&ntilde;ora m&iacute;a, se ha vestido y es un buen mozo y parece persona de bien y de buenas maneras. -Ve, entonces -dijo la se&ntilde;ora-, y ll&aacute;malo, y dile que se venga aqu&iacute; al fuego, y as&iacute; cenar&aacute;, que s&eacute; que no ha cenado.</p><p align="justify">Rinaldo, entrando en el sal&oacute;n y viendo a la se&ntilde;ora y pareci&eacute;ndole principal, la salud&oacute; reverentemente y las mayores gracias que supo le dio por el beneficio que le hab&iacute;a hecho. La se&ntilde;ora lo vio y lo escuch&oacute;, y pareci&eacute;ndole lo que la criada le hab&iacute;a dicho, lo recibi&oacute; alegremente y con ella familiarmente le hizo sentarse al fuego y le pregunt&oacute; sobre la desventura que le hab&iacute;a conducido all&iacute;, y Rinaldo le narr&oacute; todas las cosas por su orden. Hab&iacute;a la se&ntilde;ora, por la llegada del criado de Rinaldo al castillo, o&iacute;do algo de ello por lo que enteramente crey&oacute; en lo que &eacute;l le contaba, y tambi&eacute;n le dijo lo que de su criado sab&iacute;a y c&oacute;mo f&aacute;cilmente podr&iacute;a encontrarlo a la ma&ntilde;ana siguiente.</p><p align="justify">Pero luego que la mesa fue puesta como la se&ntilde;ora quiso, Rinaldo con ella, lavadas las manos, se puso a cenar. &Eacute;l era alto de estatura, y hermoso y agradable de rostro y de maneras asaz loables y graciosas, y joven de mediana edad; y la se&ntilde;ora, habi&eacute;ndole ya muchas veces puesto los ojos encima y apreci&aacute;ndolo mucho, y ya, por el marqu&eacute;s que con ella deb&iacute;a venir a acostarse teniendo el apetito concupiscente despierto en la mente, despu&eacute;s de la cena, levant&aacute;ndose de la mesa, con su criada se aconsej&oacute; si le parec&iacute;a bien que ella, puesto que el marqu&eacute;s la hab&iacute;a burlado, usase de aquel bien que la fortuna le hab&iacute;a enviado. La criada, conociendo el deseo de su se&ntilde;ora, cuanto supo y pudo la anim&oacute; a seguirlo; por lo que la se&ntilde;ora, volviendo al fuego donde hab&iacute;a dejado solo a Rinaldo, empezando a mirarlo amorosamente, le dijo: -&iexcl;Ah, Rinaldo!, &iquest;por qu&eacute; est&aacute;is tan pensativo? &iquest;No cre&eacute;is poder resarciros de un caballo y de unos cuantos pa&ntilde;os que hab&eacute;is perdido? Confortaos, poneos alegre, est&aacute;is en vuestra casa; y m&aacute;s quiero deciros: que, vi&eacute;ndoos con esas ropas encima, que fueron de mi difunto marido, pareci&eacute;ndome vos &eacute;l mismo, me han venido esta noche m&aacute;s de cien veces deseos de abrazaros y de besaros, y si no hubiera temido desagradaros por cierto que lo habr&iacute;a hecho.</p><p align="justify">Rinaldo, oyendo estas palabras y viendo el relampaguear de los ojos de la mujer, como quien no era un mentecato, se fue a su encuentro con los brazos abiertos y dijo: -Se&ntilde;ora m&iacute;a, pensando que por vos puedo siempre decir que estoy vivo, y mirando aquello de donde me sacasteis, gran vileza ser&iacute;a la m&iacute;a si yo todo lo que pudiera seros agradable no me ingeniase en hacer; y as&iacute;, contentad vuestro deseo de abrazarme y besarme, que yo os abrazar&eacute; y os besar&eacute; m&aacute;s que a gusto. Despu&eacute;s de esto no necesitaron m&aacute;s palabras. La mujer, que ard&iacute;a toda en amoroso deseo, prestamente se le ech&oacute; en los brazos; y despu&eacute;s que mil veces, estrech&aacute;ndolo deseosamente, le hubo besado y otras tantas fue besada por &eacute;l, levant&aacute;ndose de all&iacute; se fueron a la alcoba y sin esperar, acost&aacute;ndose, plenamente y muchas veces, hasta que vino el d&iacute;a, sus deseos cumplieron. Pero luego que empez&oacute; a salir la aurora, como plugo a la se&ntilde;ora, levant&aacute;ndose, para que aquello no pudiera ser sospechado por nadie, d&aacute;ndole algunas ropas asaz mezquinas y llen&aacute;ndole la bolsa de dineros, rog&aacute;ndole que todo aquello tuviese secreto, habi&eacute;ndole ense&ntilde;ado primero qu&eacute; camino debiese seguir para llegar dentro a buscar a su criado, por aquella portezuela por donde hab&iacute;a entrado le hizo salir. &Eacute;l, al aclararse el d&iacute;a, dando muestras de venir de m&aacute;s lejos, abiertas las puertas, entr&oacute; en aquel burgo y encontr&oacute; a su criado; por lo que, visti&eacute;ndose con ropas suyas que en el equipaje ten&iacute;a, y pensando en montarse en el caballo del criado, casi por milagro divino sucedi&oacute; que los tres malhechores que la noche anterior le hab&iacute;an robado, por otra maldad hecha despu&eacute;s, apresados, fueron llevados a aquel castillo y, por su misma confesi&oacute;n, le fue restituido el caballo, los pa&ntilde;os y los dineros y no perdi&oacute; m&aacute;s que un par de ligas de las med&iacute;as de las que no sab&iacute;an los malhechores qu&eacute; hab&iacute;an hecho. Por lo cual Rinaldo, d&aacute;ndole gracias a Dios y a San Juli&aacute;n, mont&oacute; a caballo, y sano y salvo volvi&oacute; a su casa; y a los tres malhechores, al d&iacute;a siguiente, los llevaron a agitar los pies en el aire. </p><p align="justify">NOVELA TERCERA</p><p align="justify">Tres j&oacute;venes, malgastando sus bienes, se empobrecen; y un sobrino suyo, que al volver a casa desesperado tiene como compa&ntilde;ero de camino a un abad, encuentra que &eacute;ste es la hija del rey de Inglaterra, la cual le toma por marido y repara los descalabros de sus t&iacute;os restituy&eacute;ndoles en su buen estado. </p><p align="justify">Fueron o&iacute;das con admiraci&oacute;n las aventuras de Rinaldo de Asti por las se&ntilde;oras y los j&oacute;venes y alabada su devoci&oacute;n, y dadas gracias a Dios y a San Juli&aacute;n que le hab&iacute;an prestado socorro en su mayor necesidad, y no fue por ello (aunque esto se dijese medio a escondidas) reputada por necia la se&ntilde;ora que hab&iacute;a sabido coger el bien que Dios le hab&iacute;a mandado a casa. Y mientras que sobre la buena noche que aqu&eacute;l hab&iacute;a pasado se razonaba entre sonrisas maliciosas, Pamp&iacute;nea, que se ve&iacute;a al lado de Filostrato, apercibi&eacute;ndose, as&iacute; como sucedi&oacute;, que a ella le tocaba la vez, recogi&eacute;ndose en s&iacute; misma, empez&oacute; a pensar en lo que deb&iacute;a contar; y luego del mandato de la reina, no menos atrevida que alegre empez&oacute; a hablar as&iacute;: Valerosas se&ntilde;oras, cuanto m&aacute;s se habla de los hechos de la fortuna, tanto mas, a quien quiere bien mirar sus casos, queda por contar; y de ello nadie debe maravillarse si discretamente piensa que todas las cosas que nosotros neciamente nuestras llamamos est&aacute;n en sus manos y por consiguiente, por ella, seg&uacute;n su oculto juicio, sin ninguna pausa, de uno en otro y de otro en uno sucesivamente sin ning&uacute;n orden conocido por nosotros son cambiadas. Lo que, aunque con plena fidelidad, en todas las cosas y todo el d&iacute;a se muestre, y adem&aacute;s haya sido antes mostrado en algunas historias, no dejar&eacute; (ya que place a nuestra reina que de ello se hable), tal vez no sin utilidad de los oyentes, de a&ntilde;adir a las contadas una historia m&aacute;s, que pienso que deber&aacute; agradaros.</p><p align="justify">Hubo en nuestra ciudad un caballero cuyo nombre era micer Tebaldo, el cual, seg&uacute;n quieren algunos, fue de los Lamberti y otros afirman haber sido de los Agolanti, fund&aacute;ndose tal vez, m&aacute;s que en otra cosa, en el oficio que sus hijos despu&eacute;s de &eacute;l han hecho, conforme al que siempre los Agolanti han hecho y hacen . Pero dejando a un lado a cu&aacute;l de las dos casas perteneciese, digo que fue &eacute;ste en sus tiempos riqu&iacute;simo caballero y tuvo tres hijos, el primero de los cuales tuvo por nombre Lamberto, el segundo Tebaldo y el tercero Agolante, ya hermosos y corteses j&oacute;venes, aunque el mayor no llegase a dieciocho a&ntilde;os, cuando este riqu&iacute;simo micer Tebaldo vino a morir, y a ellos, como a sus herederos leg&iacute;timos, todos sus bienes muebles e inmuebles dej&oacute;.</p><p align="justify">Los cuales, vi&eacute;ndose quedar riqu&iacute;simos en campesinos y en posesiones, sin ning&uacute;n otro gobierno sino su propio placer, sin ning&uacute;n freno ni contenci&oacute;n empezaron a gastar teniendo numeros&iacute;simos criados y muchos y buenos caballos y perros y aves y continuamente hu&eacute;spedes, dando y justando y haciendo no solamente lo que a gentileshombres corresponde, sino tambi&eacute;n aquello que en su apetito juvenil les ven&iacute;a en gana hacer. Y no hab&iacute;an llevado mucho tiempo tal vida cuando el tesoro dejado por el padre disminuy&oacute; y no bast&aacute;ndoles para los comenzados gastos sus rentas, comenzaron a empe&ntilde;ar y a vender las posesiones; y hoy una, ma&ntilde;ana otra vendiendo, apenas se dieron cuenta cuando se vieron venidos a la nada y se abrieron a la pobreza sus ojos, que la riqueza hab&iacute;a tenido cerrados. Por lo cual Lamberto, llamando un d&iacute;a a los otros dos, les dijo cu&aacute;n grande hab&iacute;a sido la honorabilidad del padre y cu&aacute;nta la suya, y cu&aacute;nta su riqueza y cu&aacute;l la pobreza a la que por su desordenado gastar hab&iacute;an venido; y lo mejor que supo, antes de que m&aacute;s aparente fuese su miseria, les anim&oacute; a vender con &eacute;l mismo lo poco que les quedaba y a irse; y as&iacute; lo hicieron.</p><p align="justify">Y sin despedirse ni hacer ninguna pompa, salidos de Florencia, no se detuvieron hasta que estuvieron en Inglaterra, y all&iacute;, tomando una casita en Londres, haciendo peque&ntilde;&iacute;simos gastos, duramente comenzaron a prestar a usura; y tan favorable les fue la fortuna en este lugar que en pocos a&ntilde;os una grand&iacute;sima cantidad de dineros ganaron. Por lo cual, con ellos, sucesivamente uno u otro volviendo a Florencia, gran parte de sus posesiones volvieron a comprar y muchas otras compraron adem&aacute;s de aqu&eacute;llas, y tomaron mujer; y, para continuar prestando en Inglaterra, a atender sus negocios mandaron a un joven sobrino suyo que ten&iacute;a por nombre Alessandro, y ellos tres en Florencia, habiendo olvidado a qu&eacute; partido les hab&iacute;a llevado el desmedido gasto otras veces, a pesar de que con familia todos hab&iacute;an venido, m&aacute;s que nunca excesivamente gastaban y ten&iacute;an sumo cr&eacute;dito con todos los mercaderes y por cualquier cantidad grande de dinero.</p><p align="justify">Los cuales gastos unos cuantos a&ntilde;os ayud&oacute; a sostener la moneda que les mandaba Alessandro, que se hab&iacute;a puesto a prestar a barones sobre sus castillos y otras rentas suyas, los cuales con grandes rendimientos bien le respond&iacute;an. Y mientras as&iacute; los tres hermanos abundantemente gastaban y cuando les faltaba dinero lo tomaban en pr&eacute;stamo, teniendo siempre su esperanza en Inglaterra, sucedi&oacute; que, contra la opini&oacute;n de todos, comenz&oacute; en Inglaterra una guerra entre el rey y un hijo suyo por la cual se dividi&oacute; toda la isla , y qui&eacute;n apoyaba a uno y qui&eacute;n al otro: por la cual cosa fueron todos los castillos de los barones quitados a Alessandro y no hab&iacute;a ninguna otra renta que de algo le respondiese. Y esper&aacute;ndose que cualquier d&iacute;a entre el hijo y el padre deb&iacute;a hacerse la paz y por consiguiente todas las cosas restituidas a Alessandro, rendimientos y capital, Alessandro de la isla no se iba, y los tres hermanos, que en Florencia estaban, en nada sus gastos grand&iacute;simos limitaban, tomando prestado m&aacute;s cada d&iacute;a. Pero luego de que en muchos a&ntilde;os ning&uacute;n efecto se vio seguir a la esperanza tenida, los tres hermanos no s&oacute;lo el cr&eacute;dito perdieron sino que, queriendo aquellos a quienes deb&iacute;an ser pagados, fueron s&uacute;bitamente presos; y no bastando sus posesiones para pagar, por lo que faltaba quedaron en prisi&oacute;n, y de sus mujeres y los hijos peque&ntilde;os qui&eacute;n se fue al campo y qui&eacute;n aqu&iacute; y qui&eacute;n all&aacute; con bastante pobres av&iacute;os, no sabiendo ya qu&eacute; debiesen esperar sino m&iacute;sera vida siempre.</p><p align="justify">Alessandro, que en Inglaterra la paz muchos a&ntilde;os esperado hab&iacute;a, viendo que no llegaba y pareci&eacute;ndole que se quedaba all&iacute; no menos con peligro de su vida que en vano, habiendo deliberado volver a Italia solo, se puso en camino. Y por acaso, al salir de Brujas, vio que sal&iacute;a igualmente un abad blanco acompa&ntilde;ado de muchos monjes y con muchos criados y precedido de gran equipaje; junto al cual ven&iacute;an dos caballeros viejos y parientes del rey, a los cuales; como a conocidos, acerc&aacute;ndose Alessandro, por ellos en su compa&ntilde;&iacute;a fue de buena gana recibido. Caminando, pues, Alessandro con ellos, graciosamente les pregunt&oacute; qui&eacute;nes fuesen los monjes que con tanto s&eacute;quito cabalgaban delante y a d&oacute;nde iban. A lo que uno de los caballeros repuso:</p><p align="justify">-Este que cabalga delante es un joven pariente nuestro, recientemente elegido abad de una de las mayores abad&iacute;as de Inglaterra; y porque es m&aacute;s joven de lo que las leyes mandan para tal dignidad, vamos nosotros con &eacute;l a Roma a impetrar del santo padre que, a pesar de su tierna edad, lo dispense y luego en la dignidad lo confirme: porque esto no se puede tratar con nadie m&aacute;s. Caminando, pues, el novel abad ora delante de sus criados ora junto a ellos, as&iacute; como vemos que hacen todos los d&iacute;as por los caminos los se&ntilde;ores, le sucedi&oacute; ver a Alessandro junto a &eacute;l al caminar, el cual era asaz joven, en la persona y en el rostro hermos&iacute;simo y, cuanto cualquiera pod&iacute;a serlo, cort&eacute;s y agradable y de buenas maneras; el cual maravillosamente le gust&oacute; a primera vista m&aacute;s que nada le hab&iacute;a gustado nunca, y llam&aacute;ndolo junto a s&iacute;, con &eacute;l empez&oacute; a conversar placenteramente y a preguntarle qui&eacute;n era, de d&oacute;nde ven&iacute;a y ad&oacute;nde iba. A lo cual Alessandro todo sobre su condici&oacute;n francamente dijo y satisfizo sus preguntas, y &eacute;l mismo a su servicio, aunque poco pudiese, se ofreci&oacute;. El abad, oyendo su conversar bello y ordenado y m&aacute;s detalladamente considerando sus maneras, y pensando para s&iacute; que a pesar de que su oficio hab&iacute;a sido servil, era gentilhombre, m&aacute;s en su agrado se encendi&oacute;; y ya lleno de compasi&oacute;n por sus desgracias, asaz familiarmente le confort&oacute; y le dijo que tuviera buena esperanza porque, si hombre de pro era, a&uacute;n Dios le repondr&iacute;a en donde la fortuna le hab&iacute;a arrojado y a&uacute;n m&aacute;s arriba; y le rog&oacute; que, puesto que hacia Toscana iba, quisiera quedarse en su compa&ntilde;&iacute;a, como fuese que &eacute;l tambi&eacute;n all&iacute; iba. Alessandro le dio gracias por el consuelo y le dijo que estaba pronto a todos sus mandatos. Caminando, pues, el abad, en cuyo pecho se revolv&iacute;an extra&ntilde;as cosas sobre el visto Alessandro, sucedi&oacute; que despu&eacute;s de algunos d&iacute;as llegaron a una villa que no estaba demasiado ricamente provista de albergues, y queriendo all&iacute; albergar al abad, Alessandro en casa de un posadero que le era muy conocido le hizo desmontar y le hizo preparar una alcoba en el lugar menos inc&oacute;modo de la casa. Y, convertido ya casi en mayordomo del abad, como quien estaba muy avezado a ello, como mejor pudo alojando por la villa a todo el s&eacute;quito, qui&eacute;n aqu&iacute; y qui&eacute;n all&iacute;, habiendo ya cenado el abad y ya siendo noche cerrada, y todos los hombres idos a dormir, Alessandro pregunt&oacute; al posadero d&oacute;nde podr&iacute;a dormir &eacute;l. A lo que el posadero le respondi&oacute;: -En verdad que no lo s&eacute;; ves que todo est&aacute; lleno, y puedes ver a mis criados dormir en los bancos, pero en la alcoba del abad hay unos arcones a los que te puedo llevar y poner encima alg&uacute;n colch&oacute;n y all&iacute;, si te parece bien, como mejor puedas acu&eacute;state esta noche.</p><p align="justify">A lo que Alessandro dijo:</p><p align="justify">-&iquest;C&oacute;mo voy a ir a la alcoba del abad, que sabes que es peque&ntilde;a y por su estrechez no ha podido acostarse all&iacute; ninguno de sus monjes? Si yo me hubiera dado cuenta de ello cuando se corrieron las cortinas habr&iacute;a hecho dormir sobre los arcones a sus monjes y yo me habr&iacute;a quedado donde los monjes duermen. A lo que el posadero dijo:</p><p align="justify">-Pero as&iacute; est&aacute; el asunto, y puedes, si quieres, estar all&iacute; lo mejor del mundo; el abad duerme y las cortinas est&aacute;n corridas, yo te traer&eacute; sin hacer ruido una manta, ve a dormir. Alessandro viendo que esto pod&iacute;a hacerse sin ninguna molestia para el abad, dio su acuerdo, y lo m&aacute;s calladamente que pudo se acomod&oacute; all&iacute;. El abad, que no dorm&iacute;a, sino que pensaba vehementemente en sus extra&ntilde;os deseos, o&iacute;a lo que el posadero y Alessandro hablaban, y tambi&eacute;n hab&iacute;a o&iacute;do d&oacute;nde se hab&iacute;a acostado Alessandro; por lo que entre s&iacute;, muy contento, empez&oacute; a decir: -Dios ha mandado ocasi&oacute;n a mis deseos; si no la aprovecho, por acaso no volver&aacute; en mucho tiempo. Y decidi&eacute;ndose del todo a aprovecharla, pareci&eacute;ndole todo reposado en el albergue, con baja voz llam&oacute; a Alessandro y le dijo que se acostase junto a &eacute;l; el cual, luego de muchas negativas, desnud&aacute;ndose se acost&oacute; all&iacute;. El abad, poni&eacute;ndole la mano en el pecho le empez&oacute; a tocar no de otra manera que suelen hacer las deseosas j&oacute;venes a sus amantes; de lo que Alessandro se maravill&oacute; mucho, y dud&oacute; si el abad, impulsado por deshonesto amor, se mov&iacute;a a tocarlo de aquella manera. La cual duda, o por presumirla o por alg&uacute;n gesto que Alessandro hiciese, s&uacute;bitamente conoci&oacute; el abad, y sonri&oacute;: y prontamente quit&aacute;ndose una camisa que llevaba encima tom&oacute; la mano de Alessandro y se la puso sobre el pecho dici&eacute;ndole: -Alessandro, arroja fuera tus pensamientos necios, y buscando aqu&iacute;, conoce lo que escondo. Alessandro, puesta la mano sobre el pecho del abad, encontr&oacute; dos teticas redondas y firmes y delicadas, no de otro modo que si hubieran sido de marfil; encontradas las cuales y conocido en seguida que &eacute;ste era mujer, sin esperar otra invitaci&oacute;n, abraz&aacute;ndola prontamente la quer&iacute;a besar, cuando ella le dijo: -Antes de que te acerques, escucha lo que quiero decirte. Como puedes conocer, soy mujer y no hombre; y, doncella, me part&iacute; de mi casa y al papa iba a que me diera marido: o por tu ventura o por mi desdicha, al verte el otro d&iacute;a, as&iacute; me hizo arder por ti Amor como mujer no hubo nunca que tanto amase a un hombre; y por ello he deliberado quererte por marido antes que a ning&uacute;n otro. Si no me quieres por mujer, salte de aqu&iacute; en seguida y vuelve a tu sitio.</p><p align="justify">Alessandro, aunque no la conoc&iacute;a, considerando la compa&ntilde;&iacute;a que llevaba, estim&oacute; que deb&iacute;a ser noble y rica, y hermos&iacute;sima la ve&iacute;a; por lo que, sin demasiado largo pensamiento, repuso que, si le plac&iacute;a aquello, a &eacute;l mucho le agradaba. Ella entonces, levant&aacute;ndose y sent&aacute;ndose sobre la cama, delante de una tablilla donde estaba la efigie de Nuestro Se&ntilde;or, poni&eacute;ndole en la mano un anillo, se hizo desposar por &eacute;l y despu&eacute;s, abrazados juntos, con gran placer de cada una de las partes, cuanto quedaba de aquella noche se solazaron.</p><p align="justify">Y conviniendo entre ellos el modo y la manera para los hechos futuros, al venir el d&iacute;a, Alessandro por el mismo lugar de la alcoba saliendo que hab&iacute;a entrado, sin saber ninguno d&oacute;nde hubiese dormido durante la noche, alegre sobremanera, con el abad y con su compa&ntilde;&iacute;a se puso en camino, y luego de muchas jornadas llegaron a Roma. Y all&iacute;, despu&eacute;s de que algunos d&iacute;as se hubieron quedado, el abad con los dos caballeros y con Alessandro, sin nadie m&aacute;s, entraron a ver al papa; y hecha la debida reverencia, as&iacute; comenz&oacute; a hablar el abad:</p><p align="justify">-Santo padre, as&iacute; como vos mejor que nadie deb&eacute;is saber, todos los que iban y honestamente quieren vivir deben, en cuanto pueden, huir toda ocasi&oacute;n que a obrar de otro modo pudiese conducirles; lo cual para que yo, que honestamente vivir deseo, pudiese hacer cumplidamente, en el h&aacute;bito en que me veis escapada secretamente con grand&iacute;sima parte de los tesoros del rey de Inglaterra, mi padre, el cual al rey de Escocia, se&ntilde;or viej&iacute;simo, siendo yo joven como me veis, me quer&iacute;a dar por mujer, para venir aqu&iacute;, a fin de que vuestra santidad me diese marido, me puse en camino. Y no me hizo tanto huir la vejez del rey de Escocia cuanto el temor de hacer, por la fragilidad de mi juventud, si con &eacute;l fuese casada, algo que fuese contra las divinas leyes y contra el honor de la sangre real de mi padre. Y as&iacute; dispuesta viniendo, Dios, el cual s&oacute;lo &oacute;ptimamente conoce lo que cada uno ha menester, creo que por su misericordia, a aquel a quien a &Eacute;l plac&iacute;a que fuese mi marido me puso delante de los ojos: y aqu&eacute;l fue este joven -y mostr&oacute; a Alessandro que vos veis junto a m&iacute;, cuyas costumbres y m&eacute;rito son dignos de cualquier gran se&ntilde;ora, aunque quiz&aacute; la nobleza de su sangre no sea tan clara como es la real. A &eacute;l, pues, he tomado y a &eacute;l quiero, y no tendr&eacute; nunca a nadie m&aacute;s, par&eacute;zcale lo que le parezca de ello a mi padre o a los dem&aacute;s, por lo que la principal raz&oacute;n que me movi&oacute; ha desaparecido; pero me complaci&oacute; completar el camino, tanto por visitar los santos lugares y dignos de reverencia, de los cuales est&aacute; llena esta ciudad, como a vuestra santidad, y tambi&eacute;n para que por vos el matrimonio contra&iacute;do entre Alessandro y yo solamente en la presencia de Dios, hiciera yo p&uacute;blico ante la vuestra y consiguientemente ante la presencia de los dem&aacute;s hombres. Por lo que humildemente os ruego que aquello que a Dios y a m&iacute; ha placido os sea grato y que me deis vuestra bendici&oacute;n, para que con ella, como con mayor certidumbre del placer de Aquel del cual sois vicario, podamos juntos, a honor de Dios y vuestro, vivir y finalmente morir.</p><p align="justify">Maravill&oacute;se Alessandro oyendo que su mujer era hija del rey de Inglaterra, y se llen&oacute; de extraordinaria alegr&iacute;a oculta; pero m&aacute;s se maravillaron los dos caballeros y tanto se enojaron que si en otra parte y no delante del papa hubieran estado, habr&iacute;an a Alessandro y tal vez a la mujer hecho alguna villan&iacute;a. Por otra parte, el papa se maravill&oacute; mucho tanto del h&aacute;bito de la mujer como de su elecci&oacute;n; pero sabiendo que no se pod&iacute;a dar vuelta atr&aacute;s, quiso satisfacer su ruego y primeramente consolando a los caballeros, a quienes sab&iacute;a airados, y poni&eacute;ndolos en buena paz con la se&ntilde;ora y con Alessandro, dio &oacute;rdenes para hacer lo que hubiera menester. Y el d&iacute;a fijado por &eacute;l siendo llegado, ante todos los cardenales y otros muchos grandes hombres de pro, los cuales invitados a una grand&iacute;sima fiesta preparada por &eacute;l hab&iacute;an venido, hizo venir a la se&ntilde;ora regiamente vestida, la cual tan hermosa y atrayente parec&iacute;a que merecidamente era por todos alabada, y del mismo modo Alessandro espl&eacute;ndidamente vestido, en apariencia y en modales nada parec&iacute;a un joven que a usura hubiese prestado sino m&aacute;s bien de sangre real, y por los dos caballeros muy honrado; y aqu&iacute; de nuevo hizo celebrar solemnemente los esponsales, y luego, hechas bien y magn&iacute;ficamente las bodas, con su bendici&oacute;n los despidi&oacute;. Plugo a Alessandro, y tambi&eacute;n a la se&ntilde;ora, al partir de Roma venir a Florencia donde ya hab&iacute;a llegado la fama de la noticia; y all&iacute;, recibidos por los ciudadanos con sumo honor, hizo la se&ntilde;ora liberar a los tres hermanos, habiendo hecho primero pagar a todo el mundo y devolverles sus posesiones a ellos y sus mujeres. Por lo cual, con buenos deseos de todos, Alessandro con su mujer, llev&aacute;ndose consigo a Agolante, se fue de Florencia y llegados a Par&iacute;s, honorablemente fueron recibidos por el rey. De all&iacute; se fueron los dos caballeros a Inglaterra, y tanto se afanaron con el rey que les devolvi&oacute; su gracia y con grand&iacute;sima fiesta recibi&oacute; a ella y a su yerno; al cual poco despu&eacute;s hizo caballero y le dio el condado de Cornualles. Y &eacute;l fue tan capaz, y tanto supo hacer que reconcili&oacute; al hijo con el padre, de lo que se sigui&oacute; gran bien a la isla y se gan&oacute; el amor y la gracia de todos los del pa&iacute;s y Agolante recobr&oacute; todo lo que le deb&iacute;an enteramente, y rico sobremanera se volvi&oacute; a Florencia, habi&eacute;ndolo primero armado caballero el conde Alessandro. El conde, luego, con su mujer gloriosamente vivi&oacute;, y seg&uacute;n lo que algunos dicen, con su juicio y valor y la ayuda del suegro conquist&oacute; luego Escocia de la que fue coronado rey. </p><p align="justify">NOVELA CUARTA</p><p align="justify">Landolfo R&uacute;folo, empobrecido, se hace corsario y, preso por los genoveses, naufraga y se salva sobre una arqueta llena de joyas precios&iacute;simas, y recogido en Corf&uacute; por una mujer, rico vuelve a su casa. </p><p align="justify">Laureta estaba sentada junto a Pamp&iacute;nea; y vi&eacute;ndola llegar al triunfal final de su historia, sin esperar otra cosa empez&oacute; a hablar de esta guisa:</p><p align="justify">Gracios&iacute;simas damas, ninguna obra de la fortuna, seg&uacute;n mi juicio, puede verse mayor que ver a alguien desde la extrema miseria al estado real elevarse, como la historia de Pamp&iacute;nea nos ha mostrado que sucedi&oacute; a su Alessandro. Y por ello, a cualquiera que sobre la propuesta materia de aqu&iacute; en adelante novelare, le ser&aacute; necesario contar algo m&aacute;s ac&aacute; de estos l&iacute;mites y no me avergonzar&eacute; yo de contar una historia que, aunque contenga mayores miserias, no tenga tan espl&eacute;ndido desenlace. Bien s&eacute; que, teniendo aqu&eacute;lla presente, ser&aacute; la m&iacute;a escuchada con menor diligencia; pero como no puedo hacer de otro modo, ser&eacute; disculpada por ello.</p><p align="justify">Se cree que el litoral desde Reggio a Caeta es la parte m&aacute;s deleitosa de Italia; en la cual, junto a Salerno hay un acantilado que avanza sobre el mar al que los habitantes llaman la costa de Amalfi, llena de peque&ntilde;as ciudades, de jardines y de fuentes, y de hombres ricos y emprendedores en empresas mercantiles tanto como ningunos otros. Entre las cuales ciudadecillas hay una llamada Ravello en la que, si hoy hay hombres ricos, hab&iacute;a hace tiempo uno que fue riqu&iacute;simo, llamado Landolfo R&uacute;folo; al cual, no bast&aacute;ndole su riqueza, deseando duplicarla, estuvo a punto de perderse con toda ella a s&iacute; mismo. Este, pues, as&iacute; como suele ser el uso de los mercaderes, hechos sus c&aacute;lculos, compr&oacute; un grand&iacute;simo barco y con sus dineros lo carg&oacute; todo de varias mercanc&iacute;as y anduvo con &eacute;l a Chipre.</p><p align="justify">All&iacute;, con aquella misma calidad de mercanc&iacute;as que &eacute;l hab&iacute;a llevado, encontr&oacute; que hab&iacute;an llegado otros barcos; por la cual raz&oacute;n no solamente tuvo que vender a bajo precio aquello que llevado hab&iacute;a, sino que, para colocar sus cosas, tuvo casi que tirar algunas; con lo que cerca estuvo de arruinarse. Y sintiendo por ello grand&iacute;sima pesadumbre, no sabiendo qu&eacute; hacerse y vi&eacute;ndose de hombre riqu&iacute;simo en breve tiempo convertido en casi pobre, decidi&oacute; o morir o robando resarcirse de sus males, para que all&iacute; de donde rico hab&iacute;a partido no fuese a volver pobre.</p><p align="justify">Y encontrando un comprador de su gran barco, con aquellos dineros y con los otros que le hab&iacute;a valido su mercanc&iacute;a, compr&oacute; un barquito ligero para piratear, y con todas las cosas necesarias a tal servicio lo arm&oacute; y lo guarneci&oacute; &oacute;ptimamente, y se dio a apropiarse las cosas de los dem&aacute;s, y m&aacute;ximamente de los turcos. En cuya tarea le fue la fortuna mucho m&aacute;s ben&eacute;vola que le hab&iacute;a sido en comerciar. Quiz&aacute;s en un solo a&ntilde;o rob&oacute; y prendi&oacute; tantos barcos de turcos que se encontr&oacute; con que no s&oacute;lo hab&iacute;a vuelto a ganar lo suyo que hab&iacute;a perdido en el comercio, sino que con mucho lo hab&iacute;a duplicado. Por lo cual, ense&ntilde;ado por el dolor de la primera p&eacute;rdida, conociendo que ten&iacute;a bastante, para no caer en la segunda, se aconsej&oacute; a s&iacute; mismo que aquello que ten&iacute;a, sin querer m&aacute;s, deb&iacute;a bastarle, y por ello se dispuso a volver con ello a su casa: y temeroso del comercio no se molest&oacute; en invertir de otra manera sus dineros sino que en aquel barquito con el cual los hab&iacute;a ganado, haciendo los remos a la mar, emprendi&oacute; el regreso.</p><p align="justify">Y ya al Archipi&eacute;lago llegado, levant&oacute;se por la noche un siroco que no solamente era contrario a su ruta sino que hac&iacute;a una mar grues&iacute;sima y su peque&ntilde;o barco no hubiera podido soportarlo, y en un entrante del mar que ten&iacute;a una islita, de aquel viento al cubierto se recogi&oacute;, proponi&eacute;ndose all&iacute; esperarlo mejor.</p><p align="justify">En la cual caleta, estando poco rato, dos grandes cocas de genoveses que ven&iacute;an de Constantinopla, para huir de lo mismo que Landolfo huido hab&iacute;a, llegaron con trabajo; y sus gentes, visto el barquichuelo y cort&aacute;ndole el camino para poder irse, oyendo de qui&eacute;n era y ya por la fama sabi&eacute;ndole riqu&iacute;simo, como hombres que eran naturalmente deseosos de pecunia y rapaces, a tomarlo se dispusieron. Y, haciendo bajar a tierra parte de sus gentes, con ballestas y bien armadas, las hicieron ir a lugar tal que del barquichuelo ninguna persona, si no quer&iacute;a ser asaeteada, pod&iacute;a descender; y ellos haci&eacute;ndose remolcar por las chalupas y ayudados por el mar, se acostaron al peque&ntilde;o barco de Landolfo, y con poco trabajo en poco tiempo, con toda su chusma y sin perder un solo hombre, se apoderaron de &eacute;l a mansalva; y haciendo venir a Landolfo sobre una de las dos cocas y cogiendo todo lo que hab&iacute;a en el barquichuelo, lo hundieron, apres&aacute;ndole a &eacute;l, cubierto s&oacute;lo de un pobre justillo. Al d&iacute;a siguiente, habiendo mudado el viento, las naves viniendo hacia Poniente, izaron las velas, y todo aquel d&iacute;a pr&oacute;speramente vinieron su camino; pero al caer la tarde se levant&oacute; un viento tempestuoso, que haciendo las olas alt&iacute;simas separ&oacute; a una coca de la otra. Y por la fuerza de este viento sucedi&oacute; que aquella en que iba el m&iacute;sero y pobre Landolfo, con grand&iacute;simo &iacute;mpetu cerca de la isla de Cefalonia choc&oacute; contra un arrecife y no de otra manera que un vidrio golpeado contra un muro se abri&oacute; toda y se hizo pedazos; por lo que los desdichados miserables que en ella estaban, estando ya el mar todo lleno de mercanc&iacute;as que flotaban y de cajones y de tablas, como en casos semejantes suele suceder, aun cuando oscur&iacute;sima la noche estuviese y el mar grues&iacute;simo e hinchado, nadando quienes sab&iacute;an nadar, empezaron a asirse a las cosas que por azar se les paraban delante.</p><p align="justify">Entre los cuales el m&iacute;sero Landolfo, aun cuando el d&iacute;a anterior hab&iacute;a llamado a la muerte muchas veces, prefiriendo quererla mejor que retornar a casa pobre como se ve&iacute;a, al verla cerca tuvo miedo de ella; y como los dem&aacute;s, al venirle a las manos una tabla se asi&oacute; a ella, por si Dios, retardando &eacute;l el ahogarse, le mandase alguna ayuda en su salvaci&oacute;n: y a caballo de aqu&eacute;lla como mejor pod&iacute;a, vi&eacute;ndose arrastrado por el mar y el viento ora ac&aacute; ora all&aacute; se sostuvo hasta el clarear del d&iacute;a. Venido el cual, mirando en torno, ninguna cosa sino nubes y mar ve&iacute;a y un cofre que, flotando sobre las olas del mar, a veces con grand&iacute;simo temor suyo se le acercaba: temiendo que aquel cofre le golpease de modo que lo ahogara, y siempre que junto a &eacute;l ven&iacute;a, cuanto pod&iacute;a, con la mano, aunque pocas fuerzas le quedaran, lo alejaba. Pero como quiera que fuesen las cosas sucedi&oacute; que, desencaden&aacute;ndose de s&uacute;bito en el aire un nudo de viento y habiendo penetrado en el mar, en aquel cofre un golpe tan fuerte dio, y el cofre en la tabla sobre la que Landolfo estaba, que, volcada por la fuerza, solt&aacute;ndola Landolfo fue bajo las olas y volvi&oacute; arriba nadando, m&aacute;s por el miedo que por las fuerzas ayudado, y vio muy alejada de &eacute;l la tabla; por lo que, temiendo no poder llegar a ella, se acerc&oacute; al cofre, que estaba bastante cerca, y puesto el pecho sobre su tapa, como mejor pod&iacute;a con los brazos la conduc&iacute;a derecha. Y de esta manera, arrojado por el mar ora aqu&iacute; ora all&iacute;, sin comer, como quien no tiene qu&eacute;, y bebiendo m&aacute;s de lo que habr&iacute;a querido, sin saber d&oacute;nde estuviese ni ver otra cosa que olas, permaneci&oacute; todo aquel d&iacute;a y noche siguiente. Y al d&iacute;a siguiente, o por placer de Dios o porque la fuerza del viento as&iacute; lo hiciera, &eacute;ste, convertido en una esponja, agarr&aacute;ndose fuerte con ambas manos a los bordillos del cofre a guisa de lo que vemos hacer a quienes est&aacute;n por ahogarse cuando cogen alguna cosa, lleg&oacute; a la playa de la isla de Corf&uacute;, donde una pobre mujercita lavaba y pul&iacute;a por acaso sus cacharros con la arena y el agua salada. La cual, al verle avecinarse, no distinguiendo en &eacute;l forma alguna, temiendo y gritando retrocedi&oacute;. &Eacute;l no pod&iacute;a hablar y poco ve&iacute;a, y por ello nada le dijo; pero mand&aacute;ndolo hacia la tierra el mar, ella apercibi&oacute; la forma del cofre, y mirando despu&eacute;s m&aacute;s fijamente y viendo distingui&oacute; primeramente los mismos brazos sobre el cofre, y luego reconoci&oacute; la cara y ser lo que era se imagin&oacute;. Por lo que, a compasi&oacute;n movida, adentr&oacute;se un tanto por el mar que estaba ya tranquilo y, agarr&aacute;ndolo por los cabellos, con todo el cofre lo arrastr&oacute; a tierra, y all&iacute; con trabajo las manos del cofre desenganch&aacute;ndole, y puesto &eacute;ste al cuidado de una hija suya que con ella estaba, lo llev&oacute; a tierra como a un ni&ntilde;o peque&ntilde;o y, poni&eacute;ndolo en un ba&ntilde;o caliente, tanto lo refreg&oacute; y lav&oacute; con el agua caliente, que volvi&oacute; a &eacute;l el perdido calor y algunas de las fuerzas desaparecidas; y cuando le pareci&oacute; oportuno le atendi&oacute; y con algo de buen vino y de confituras le reconfort&oacute;, y algunos d&iacute;as lo tuvo lo mejor que pudo hasta que &eacute;l, recuperadas las fuerzas, se dio cuenta de d&oacute;nde estaba.</p><p align="justify">Por lo que a la buena mujer le pareci&oacute; deber devolverle su cofre, que ella hab&iacute;a salvado, y decirle que en adelante se buscase su ventura; y as&iacute; lo hizo. &Eacute;l, que de ning&uacute;n cofre se acordaba, lo cogi&oacute; sin embargo, visto que se lo daba la buena mujer, pensando que no deb&iacute;a valer tan poco que no le sirviese para los gastos de alg&uacute;n d&iacute;a; y al encontrarlo muy ligero, asaz mengu&oacute; su esperanza. Pero no por ello, no estando en casa la buena mujer, dej&oacute; de desclavarlo para ver lo que habla dentro, y encontr&oacute; en el muchas piedras preciosas, engarzadas y sueltas, de las que algo entend&iacute;a. Y viendo las cuales y conoci&eacute;ndolas de gran valor, alabando a Dios que a&uacute;n no hab&iacute;a querido abandonarle, todo se reconfort&oacute;; pero como quien en poco tiempo hab&iacute;a sido fieramente asaeteado por la fortuna dos veces, temiendo la tercera, pens&oacute; que le conven&iacute;a tener mucha cautela para poder llevar aquellas cosas a su casa; por lo que en algunos harapos, como mejor pudo, envolvi&eacute;ndolas, dijo a la buena mujer que no necesitaba ya el cofre, pero que, si le plac&iacute;a, le diera un saco y se quedase con &eacute;l.</p><p align="justify">La buena mujer lo hizo de buena gana; y &eacute;l, d&aacute;ndole las mayores gracias que pod&iacute;a por el beneficio recibido de ella, guard&aacute;ndose el saco en el regazo, de ella se separ&oacute;; y subido a una barca, pas&oacute; a Brindisi y desde all&iacute;, de costa en costa se dirigi&oacute; a Trani, donde, encontrando a unos ciudadanos suyos que eran pa&ntilde;eros, como por amor de Dios le vistieron, habi&eacute;ndoles contado antes todas sus aventuras, salvo la del cofre; y adem&aacute;s prest&aacute;ndole caballo y d&aacute;ndole compa&ntilde;&iacute;a hasta Ravello donde para siempre dec&iacute;a querer volver, le enviaron.</p><p align="justify">Aqu&iacute;, pareci&eacute;ndole estar seguro, d&aacute;ndole gracias a Dios que lo hab&iacute;a guiado all&iacute;, desat&oacute; su saquito, y con m&aacute;s diligencia buscando todo que nunca hab&iacute;a hecho antes, se encontr&oacute; que ten&iacute;a tantas y tales piedras que, vendi&eacute;ndolas a su precio y aun a menos, era dos veces m&aacute;s rico que cuando se hab&iacute;a ido. Y encontrando el modo de despachar sus piedras, hasta Corf&uacute; mand&oacute; una buena cantidad de dineros, por valerlos el servicio recibido, a la buena mujer que lo hab&iacute;a sacado del mar; y lo mismo hizo a Trani a quienes le hab&iacute;an dado de vestir; y lo restante, sin querer comerciar ya m&aacute;s, lo retuvo y honorablemente vivi&oacute; hasta el fin.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">NOVELA QUINTA</p><p align="justify">A Andreuccio de Perusa, llegado a N&aacute;poles a comprar caballos, le suceden en una noche tres graves desventuras, y salv&aacute;ndose de todas, se vuelve a casa con un rub&iacute;. </p><p align="justify">Las piedras preciosas encontradas por Landolfo -empez&oacute; Fiameta, a quien le tocaba la vez de novelar- me han tra&iacute;do a la memoria una historia que no contiene menos peligros que la narrada por Laureta, pero es diferente de ella en que aqu&eacute;llos tal vez en varios a&ntilde;os y &eacute;stos en el espacio de una noche se sucedieron, como vais a o&iacute;r.</p><p align="justify">Hubo, seg&uacute;n he o&iacute;do, en Perusa, un joven cuyo nombre era Andreuccio de Prieto, tratante en caballos, el cual, habiendo o&iacute;do que en N&aacute;poles se compraban caballos a buen precio, meti&eacute;ndose en la bolsa quinientos florines de oro, no habiendo nunca salido de su tierra, con otros mercaderes all&aacute; se fue; donde, llegado un domingo al atardecer e informado por su posadero, a la ma&ntilde;ana siguiente baj&oacute; al mercado, y muchos vio y muchos le pluguieron y entr&oacute; en tratos sobre muchos, pero no pudiendo concertarse sobre ninguno, para mostrar que a comprar hab&iacute;a ido, como rudo y poco cauto, muchas veces en presencia de quien iba y de quien venia sac&oacute; fuera la bolsa donde ten&iacute;a los florines. Y estando en estos tratos, habiendo mostrado su bolsa, sucedi&oacute; que una joven siciliana bell&iacute;sima, pero dispuesta por peque&ntilde;o precio a complacer a cualquier hombre, sin que &eacute;l la viera pas&oacute; cerca de &eacute;l y vio su bolsa, y s&uacute;bitamente se dijo:</p><p align="justify">-&iquest;Qui&eacute;n estar&iacute;a mejor que yo si aquellos dineros fuesen m&iacute;os? -y sigui&oacute; adelante. Y estaba con esta joven una vieja igualmente siciliana la cual, al ver a Andreuccio, dejando seguir la joven, afectuosamente corri&oacute; a abrazarlo; lo que viendo la joven, sin decir nada, aparte la empez&oacute; a esperar. Andreuccio volvi&eacute;ndose hacia la vieja la conoci&oacute; y le hizo grandes fiestas prometi&eacute;ndole ella venir a su posada, y sin quedarse all&iacute; m&aacute;s, se fue, y Andreuccio volvi&oacute; a sus tratos; pero nada compr&oacute; por la ma&ntilde;ana. La joven, que primero la bolsa de Andreuccio y luego la familiaridad de su vieja con &eacute;l hab&iacute;a visto, por probar si hab&iacute;a modo de que ella pudiese hacerse con aquellos dineros, o todos o en parte, cautamente empez&oacute; a preguntarle qui&eacute;n fuese &eacute;l y de d&oacute;nde, y qu&eacute; hac&iacute;a aqu&iacute; y c&oacute;mo le conoc&iacute;a. Y ella, todo con todo detalle de los asuntos de Andreuccio le dijo, como con poca diferencia lo hubiera dicho &eacute;l mismo, como quien largamente en Sicilia con el padre de &eacute;ste y luego en Perusa hab&iacute;a estado, e igualmente le cont&oacute; d&oacute;nde paraba y por qu&eacute; hab&iacute;a venido.</p><p align="justify">La joven, plenamente informada del linaje de &eacute;l y de los nombres, para proveer a su apetito, con aguda malicia, fund&oacute; sobre ello su plan; y, volvi&eacute;ndose a casa, dio a la vieja trabajo para todo el d&iacute;a para que no pudiese volver a Andreuccio; y tomando una criadita suya a quien hab&iacute;a ense&ntilde;ado muy bien a tales servicios, hacia el anochecer la mand&oacute; a la posada donde Andreuccio paraba. Y llegada all&iacute;, por acaso a &eacute;l mismo, y solo, encontr&oacute; a la puerta, y le pregunt&oacute; por &eacute;l mismo; a lo cual, dici&eacute;ndole &eacute;l que &eacute;l era, ella llev&aacute;ndolo aparte, le dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or m&iacute;o, una noble dama de esta tierra, si os pluguiese, querr&iacute;a hablar con vos. Y &eacute;l, al o&iacute;rla, consider&aacute;ndose bien y pareci&eacute;ndole ser un buen mozo, pens&oacute; que aquella tal dama deb&iacute;a estar enamorada de &eacute;l, como si otro mejor mozo que &eacute;l no se encontrase entonces en N&aacute;poles, y prontamente repuso que estaba dispuesto y le pregunt&oacute; d&oacute;nde y cu&aacute;ndo aquella dama quer&iacute;a hablarle. A lo que la criadita respondi&oacute;:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or, cuando os plaza venir, os espera en su casa.</p><p align="justify">Andreuccio, prestamente y sin decir nada en la posada, dijo: -Pues vamos, ve delante; yo ir&eacute; tras de ti.</p><p align="justify">Con lo que la criadita a casa de aqu&eacute;lla le condujo, que viv&iacute;a en un barrio llamado Malpertuggio que cu&aacute;n honesto barrio era, su nombre mismo lo demuestra. Pero &eacute;l, no sabi&eacute;ndolo ni sospech&aacute;ndolo, crey&eacute;ndose que iba a un honest&iacute;simo lugar y a una se&ntilde;ora honrada, sin precauciones, entrada la criadita delante, entr&oacute; en su casa; y al subir las escaleras, habiendo ya la criadita a su se&ntilde;ora llamado y dicho: &laquo;&iexcl;Aqu&iacute; est&aacute; Andreuccio!&raquo;, la vio arriba de la escalera asomarse y esperarlo. Y ella era todav&iacute;a bastante joven, alta de estatura y con hermos&iacute;simo rostro, vestida y adornada asaz honradamente. Y al aproximarse a ella Andreuccio, baj&oacute; tres escalones a su encuentro con los brazos abiertos y ech&aacute;ndosele al cuello un rato lo estuvo abrazando sin decir nada, como si una invencible ternura le impidiese hacerlo; despu&eacute;s, derramando l&aacute;grimas le bes&oacute; en la frente, y con voz algo rota dijo: -&iexcl;Oh, Andreuccio m&iacute;o, s&eacute; bien venido!</p><p align="justify">&Eacute;ste, maravill&aacute;ndose de caricias tan tiernas, todo estupefacto repuso: -&iexcl;Se&ntilde;ora, bien hallada se&aacute;is!</p><p align="justify">Ella, despu&eacute;s, tom&aacute;ndole de la mano le llev&oacute; abajo a su sal&oacute;n y desde all&iacute;, sin nada m&aacute;s decir, con &eacute;l entr&oacute; en su c&aacute;mara, la cual a rosas, a flores de azahar y a otros olores ol&iacute;a toda, y all&iacute; vio un bell&iacute;simo lecho encortinado y muchos pa&ntilde;os colgados de los travesa&ntilde;os seg&uacute;n la costumbre de all&iacute;, y otros muy bellos y ricos arreos; por las cuales cosas, como inexperto que era, firmemente crey&oacute; que ella no era menos que gran se&ntilde;ora. Y sent&aacute;ndose sobre un arca que estaba al pie de su lecho, as&iacute; empez&oacute; a hablarle: -Andreuccio, estoy segura de que te maravillas de las caricias que te hago y de mis l&aacute;grimas, como quien no me conoce y por ventura nunca me o&iacute;ste recordar: pero pronto oir&aacute;s algo que tal vez te haga maravillarte m&aacute;s, como es que yo soy tu hermana; y te digo que, pues que Dios me ha hecho tan grande gracia que antes de mi muerte haya visto a alguno de mis hermanos, aunque deseo veros a todos, no me morir&eacute; en hora que, consolada, no muera. Y si esto tal vez nunca lo has o&iacute;do, te lo voy a decir. Pietro, padre m&iacute;o y tuyo, como creo que habr&aacute;s podido saber, vivi&oacute; largamente en Palermo, y por su bondad y agrado fue y todav&iacute;a es por quienes le conocieron amado; pero entre otros que mucho le amaron, mi madre, que fue una mujer noble y entonces era viuda, fue quien m&aacute;s le am&oacute;, tanto, que depuesto el temor a su padre, a sus hermanos y su honor, de tal guisa se familiariz&oacute; con &eacute;l que nac&iacute; yo, y estoy aqu&iacute; como me ves. Despu&eacute;s, llegada la ocasi&oacute;n a Pietro de irse de Palermo y volver a Perusa, a mi, siendo muy ni&ntilde;a, me dej&oacute; con mi madre, y nunca m&aacute;s, por lo que yo s&eacute;, ni de m&iacute; ni de ella se acord&oacute;: por lo que yo, si mi padre no fuera, mucho le reprobar&iacute;a, teniendo en cuenta la ingratitud suya hacia mi madre mostrada, y no menos el amor que a m&iacute;, como a su hija no nacida de criada ni de vil mujer, deb&iacute;a tener; y que ella, sin saber de otra manera qui&eacute;n fuese &eacute;l, movida por fidel&iacute;simo amor puso sus cosas y ella misma en sus manos. Pero &iquest;qu&eacute;? Las cosas mal hechas y pasadas ha mucho tiempo son m&aacute;s f&aacute;ciles de reprochar que de enmendar; as&iacute; fueron las cosas sin embargo. &Eacute;l me dej&oacute; en Palermo siendo ni&ntilde;a donde, crecida casi como soy, mi madre, que era muy rica, me dio por mujer a uno de Agrigento, gentilhombre y honrado, que por amor de mi madre y de m&iacute; vino a vivir en Palermo; y all&iacute;, como muy g&uuml;elfo, comenz&oacute; a concertar alg&uacute;n trato con nuestro rey Carlos . Lo que, sabido del rey Federico , antes de que pudiese llevarse a cabo, fue motivo de hacerle huir de Sicilia cuando yo esperaba ser la mayor se&ntilde;ora que hubiera en aquella isla donde, tomadas las pocas cosas que pod&iacute;amos tomar (digo pocas con respecto a las muchas que ten&iacute;amos), dejadas las tierras y los palacios en esta tierra nos refugiamos, donde al rey Carlos hacia nosotros encontramos tan agradecido que, reparados en parte los da&ntilde;os que por &eacute;l recibido hab&iacute;amos, nos ha dado posesiones y casas, y da continuamente a mi marido, y a tu cu&ntilde;ado que es, buenos gajes, tal como podr&aacute;s ver: y de esta manera estoy aqu&iacute; donde yo, por la buena gracia de Dios y no tuya, dulce hermano m&iacute;o, te veo. Y dicho as&iacute;, empez&oacute; a abrazarlo otra vez, y otra vez llorando tiernamente, le bes&oacute; en la frente. Andreuccio, oyendo esta f&aacute;bula tan ordenada y tan compuestamente contada por aquella a la que en ning&uacute;n momento mor&iacute;a la palabra entre los dientes ni le balbuceaba la lengua, acord&aacute;ndose ser verdad que su padre hab&iacute;a estado en Palermo, y por s&iacute; mismo conociendo las costumbres de los j&oacute;venes, que de buen agrado aman en la juventud, y viendo las tiernas l&aacute;grimas, el abrazarle y los honestos besos, tuvo aquello que &eacute;sta dec&iacute;a por m&aacute;s que verdadero. Y despu&eacute;s que call&oacute;, le repuso: -Se&ntilde;ora, no os debe parecer gran cosa que me maraville; porque en verdad, sea que mi padre, por lo que lo hiciese, de vuestra madre y de vos no hablase nunca, o sea que, si habl&oacute; de ello a mi conocimiento no haya venido, yo por m&iacute; tal conocimiento ten&iacute;a de vos como si no hubieseis existido; y me es tanto m&aacute;s grato aqu&iacute; haber encontrado a mi hermana cuanto m&aacute;s solo estoy aqu&iacute; y menos lo esperaba. Y en verdad no conozco a nadie de tan alta posici&oacute;n a quien no debieseis ser querida, y menos a m&iacute; que soy un peque&ntilde;o mercader. Pero una cosa quiero que me aclar&eacute;is: &iquest;c&oacute;mo supisteis que estaba aqu&iacute;? A lo que respondi&oacute; ella:</p><p align="justify">-Esta ma&ntilde;ana me lo hizo saber una pobre mujer que mucho me visita porque con nuestro padre, por lo que ella me dice, largamente en Palermo y en Perusa estuvo: y si no fuera que me parec&iacute;a m&aacute;s honesto que t&uacute; vinieses a m&iacute; a tu casa que no yo fuese a ti a la de otros, hace mucho rato que yo hubiera ido a ti. Despu&eacute;s de estas palabras, empez&oacute; ella a preguntar separadamente sobre todos los parientes, por su nombre; y sobre todos le contest&oacute; Andreuccio, creyendo por esto m&aacute;s todav&iacute;a lo que menos le conven&iacute;a creer. Habiendo sido la conversaci&oacute;n larga y el calor grande, hizo ella venir vino de Grecia y dulces e hizo dar de beber a Andreuccio; el cual, luego de esto, queri&eacute;ndose ir porque era la hora de la cena, en ninguna guisa lo sufri&oacute; ella, sino que poniendo semblante de enojarse mucho, abraz&aacute;ndole le dijo: -&iexcl;Ay, triste de m&iacute;!, que asaz claro conozco que te soy poco querida. &iquest;C&oacute;mo va a pensarse que est&eacute;s con una hermana tuya nunca vista por ti, y en su casa, donde al venir aqu&iacute; deb&iacute;as haberte albergado, y quieras salir de ella para ir a cenar a la posada? En verdad que cenar&aacute;s conmigo: y aunque mi marido no est&eacute; aqu&iacute;, de lo que mucho me pesa, yo sabr&eacute; bien, como mujer, hacerte los honores. A lo que Andreuccio, no sabiendo qu&eacute; otra cosa responder, dijo: -Vos me sois querida como debe serlo una hermana, pero si no me voy ser&eacute; esperado durante toda la noche para cenar y cometer&eacute; una villan&iacute;a.</p><p align="justify">Y ella entonces dijo:</p><p align="justify">-Alabado sea Dios, &iquest;no tengo yo en casa por quien mandar a decir que no seas esperado? Y a&uacute;n har&iacute;as mayor cortes&iacute;a, y tu deber, en mandar a decir a tus compa&ntilde;eros que viniesen a cenar, y luego, si quisieras irte, podr&iacute;ais todos iros en compa&ntilde;&iacute;a.</p><p align="justify">Andreuccio respondi&oacute; que de sus compa&ntilde;eros no quer&iacute;a nada por aquella noche, pero que, pues ello le agradaba, dispusiese de &eacute;l a su gusto. Ella entonces hizo semblante de mandar a decir a la posada que no le esperasen para la cena; y luego, despu&eacute;s de muchos otros razonamientos, sent&aacute;ndose a cenar y espl&eacute;ndidamente servidos de muchos manjares, astutamente la hizo durar hasta la noche cerrada: y habi&eacute;ndose levantado de la mesa, y Andreuccio queri&eacute;ndose ir, ella dijo que en ninguna guisa lo sufrir&iacute;a porque N&aacute;poles no era una ciudad para andar por la calle de noche, y m&aacute;xime un forastero, y que lo mismo que hab&iacute;a mandado a decir que no le esperasen a cenar, lo mismo hab&iacute;a hecho con el albergue. El, creyendo esto, y agrad&aacute;ndole, enga&ntilde;ado por la falsa confianza, quedarse con ella, se qued&oacute;. Fue, pues, despu&eacute;s de la cena, la conversaci&oacute;n mucha y larga, y no mantenida sin raz&oacute;n: y habiendo ya pasado parte de la noche, ella, dejando a Andreuccio dormir en su alcoba con un muchachito que le ayudase si necesitaba algo, con sus mujeres se fue a otra c&aacute;mara. Y era el calor grande; por lo cual Andreuccio, al ver que se quedaba solo, prontamente se qued&oacute; en justillo y se quit&oacute; las calzas y las puso en la cabecera de la cama; y si&eacute;ndole menester la natural costumbre de tener que disponer del superfluo peso del vientre, d&oacute;nde se hac&iacute;a aquello pregunt&oacute; al muchachito, quien en un rinc&oacute;n de la alcoba le mostr&oacute; una puerta, y dijo: -Id ah&iacute; adentro.</p><p align="justify">Andreuccio, que hab&iacute;a pasado dentro con seguridad, fue por acaso a poner el pie sobre una tabla la cual, de la parte opuesta desclavada de la viga sobre la que estaba, volc&aacute;ndose esta tabla, junto a &eacute;l se fue de all&iacute; para abajo: y tanto lo am&oacute; Dios que ning&uacute;n mal se hizo en la ca&iacute;da, aun cayendo de bastante altura; pero todo en la porquer&iacute;a de la cual estaba lleno el lugar se ensuci&oacute;. El cual lugar, para que mejor entend&aacute;is lo que se ha dicho y lo que sigue, c&oacute;mo era os lo dir&eacute;. Era un callej&oacute;n estrecho como muchas veces lo vemos entre dos casas: sobre dos peque&ntilde;os travesa&ntilde;os, tendidos de una a la otra casa, se hab&iacute;an clavado algunas tablas y puesto el sitio donde sentarse; de las cuales tablas, aquella con la que &eacute;l cay&oacute; era una. Encontr&aacute;ndose, pues, all&aacute; abajo en el callej&oacute;n Andreuccio, quej&aacute;ndose del caso comenz&oacute; a llamar al muchacho: pero el muchacho, al sentirlo caer corri&oacute; a decirlo a su se&ntilde;ora, la cual, corriendo a su alcoba, prontamente mir&oacute; si sus ropas estaban all&iacute; y encontradas las ropas y con ellas los dineros, los cuales, por desconfianza tontamente llevaba encima, teniendo ya aquello a lo que ella, de Palermo, haci&eacute;ndose la hermana de un perusino, hab&iacute;a tendido la trampa, no preocup&aacute;ndose de &eacute;l, prontamente fue a cerrar la puerta por la que &eacute;l hab&iacute;a salido cuando cay&oacute;.</p><p align="justify">Andreuccio, no respondi&eacute;ndole el muchacho, comenz&oacute; a llamar m&aacute;s fuerte, pero sin servir de nada; por lo que, ya sospechando y tarde empezando a darse cuenta del enga&ntilde;o, s&uacute;bito subi&eacute;ndose sobre una pared baja que aquel callej&oacute;n separaba de la calle y bajando a la calle, a la puerta de la casa, que muy bien reconoci&oacute;, se fue y all&iacute; en vano llam&oacute; largamente, y mucho la sacudi&oacute; y golpe&oacute;. Sobre lo que, llorando como quien clara ve&iacute;a su desventura, empez&oacute; a decir:</p><p align="justify">-&iexcl;Ay de m&iacute;, triste!, &iexcl;en qu&eacute; poco tiempo he perdido quinientos florines y una hermana! Y despu&eacute;s de muchas otras palabras, de nuevo comenz&oacute; a golpear la puerta y a gritar; y tanto lo hizo que muchos de los vecinos circundantes, habi&eacute;ndose despertado, no pudiendo sufrir la molestia, se levantaron, y una de las dom&eacute;sticas de la mujer, que parec&iacute;a medio dormida, asom&aacute;ndose a la ventana, reprobatoriamente dijo:</p><p align="justify">-&iquest;Qui&eacute;n da golpes abajo?</p><p align="justify">-&iexcl;Oh! -dijo Andreuccio-, &iquest;y no me conoces? Soy Andreuccio, hermano de la se&ntilde;ora Flordel&iacute;s. A lo que ella respondi&oacute;:</p><p align="justify">-Buen hombre, si has bebido de m&aacute;s ve a dormirte y vuelve por la ma&ntilde;ana; no s&eacute; qu&eacute; Andreuccio ni qu&eacute; burlas son esas que dices: vete en buena hora y d&eacute;jame dormir, si te place. -&iquest;C&oacute;mo? -dijo Andreuccio-, &iquest;no sabes lo que digo? S&iacute; lo sabes bien; pero si as&iacute; son los parentescos de Sicilia, que en tan poco tiempo se olvidan, devu&eacute;lveme al menos mis ropas que he dejado ah&iacute;, y me ir&eacute; con Dios de buena gana.</p><p align="justify">A lo que ella, casi ri&eacute;ndose, dijo:</p><p align="justify">-Buen hombre, me parece que est&aacute;s so&ntilde;ando.</p><p align="justify">Y el decir esto y el meterse dentro y cerrar la ventana fue todo uno. Por lo que la gran ira de Andreuccio, ya segur&iacute;simo de sus males, con la aflicci&oacute;n estuvo a punto de convertirse en furor, y con la fuerza se propuso reclamar aquello que con las palabras recuperar no pod&iacute;a, por lo que, para empezar, cogiendo una gran piedra, con mucho mayores golpes que antes, furiosamente comenz&oacute; a golpear la puerta. Por lo cual, muchos de los vecinos antes despertados y levantados, creyendo que fuese alg&uacute;n importuno que aquellas palabras fingiese para molestar a aquella buena mujer , fastidiados por el golpear que armaba, asomados a la ventana no de otra manera que a un perro forastero todos los del barrio le ladran detr&aacute;s, empezaron a decir:</p><p align="justify">-Es gran villan&iacute;a venir a estas horas a casa de las buenas mujeres a decir estas burlas; &iexcl;bah!, vete con Dios, buen hombre; d&eacute;janos dormir si te place; y si algo tienes que tratar con ella vuelve ma&ntilde;ana y no nos des este fastidio esta noche.</p><p align="justify">Con las cuales palabras tal vez tranquilizado uno que hab&iacute;a dentro de la casa, alcahuete de la buena mujer, y a quien &eacute;l no hab&iacute;a visto ni o&iacute;do, se asom&oacute; a la ventana y con una gran voz gruesa, horrible y fiera dijo:</p><p align="justify">-&iquest;Qui&eacute;n est&aacute; ah&iacute; abajo?</p><p align="justify">Andreuccio, levantando la cabeza a aquella voz, vio uno que, por lo poco que pudo comprender, parec&iacute;a tener que ser un pez gordo, con una barba negra y espesa en la cara, y como si de la cama o de un profundo sue&ntilde;o se levantase, bostezaba y refregaba los ojos. A lo que &eacute;l, no sin miedo, repuso: -Yo soy un hermano de la se&ntilde;ora de ah&iacute; dentro.</p><p align="justify">Pero aqu&eacute;l no esper&oacute; a que Andreuccio terminase la respuesta sino que, m&aacute;s recio que antes, dijo: -&iexcl;No s&eacute; qu&eacute; me detiene que no bajo y te doy de bastonazos mientras vea que te est&aacute;s moviendo, asno molesto y borracho que debes ser, que esta noche no nos vas a dejar dormir a nadie! Y volvi&eacute;ndose adentro, cerr&oacute; la ventana. Algunos de los vecinos, que mejor conoc&iacute;an la condici&oacute;n de aqu&eacute;l, en voz baja dec&iacute;an a Andreuccio:</p><p align="justify">-Por Dios, buen hombre, ve con Dios; no quieras que esta noche te mate &eacute;ste; vete por tu bien. Por lo que Andreuccio, espantado de la voz de aqu&eacute;l y de la vista, y empujado por los consejos de aqu&eacute;llos, que le parec&iacute;a que hablaban movidos por la caridad, afligido cuanto m&aacute;s pudo estarlo nadie y desesperando de recuperar sus dineros, hacia aquella parte por donde de d&iacute;a hab&iacute;a seguido a la criadita, sin saber d&oacute;nde ir, tom&oacute; el camino para volver a la posada.</p><p align="justify">Y disgust&aacute;ndose a s&iacute; mismo por el mal olor que de &eacute;l mismo le llegaba, deseoso de llegar hasta el mar para lavarse, torci&oacute; a mano izquierda y se puso a bajar por una calle llamada la Ruga Catalana; y andando hacia lo alto de la ciudad, vio que por acaso ven&iacute;an hacia &eacute;l dos con una linterna en la mano, los cuales, temiendo que fuesen de la guardia de la corte u otros hombres a hacer el mal dispuestos, por huirlos, en una casucha de la cual se vio cerca, cautamente se escondi&oacute;. Pero &eacute;stos, como si a aquel mismo lugar fuesen enviados, dejando en el suelo algunas herramientas que tra&iacute;a, con el otro empez&oacute; a mirarlas, hablando de varias cosas sobre ellas. Y mientras hablaban dijo uno:</p><p align="justify">-&iquest;Qu&eacute; quiere decir esto? Siento el mayor hedor que me parece haber sentido nunca. Y esto dicho, alzando un tanto la linterna, vieron al desdichado de Andreuccio y estupefactos preguntaron:</p><p align="justify">-&iquest;Qui&eacute;n est&aacute; ah&iacute;?</p><p align="justify">Andreuccio se callaba; pero ellos, acerc&aacute;ndose con la luz, le preguntaron que qu&eacute; cosa tan asquerosa estaba haciendo all&iacute;, a los que Andreuccio, lo que le hab&iacute;a sucedido les cont&oacute; por entero. Ellos, imagin&aacute;ndose d&oacute;nde le pod&iacute;a haber pasado aquello, dijeron entre s&iacute;: -Verdaderamente en casa del mat&oacute;n de Buottafuoco ha sido eso. Y volvi&eacute;ndose a &eacute;l, le dijo uno:</p><p align="justify">-Buen hombre, aunque hayas perdido tus dineros, tienes mucho que dar gracias a Dios de que te sucediera caerte y no poder volver a entrar en la casa; porque, si no te hubieras ca&iacute;do, est&aacute; seguro de que, al haberte dormido, te habr&iacute;an matado y habr&iacute;as perdido la vida con los dineros. &iquest;Pero de qu&eacute; sirve ya lamentarse? No podr&iacute;as recuperar un dinero como que hay estrellas en el cielo: y bien podr&iacute;an matarte si aqu&eacute;l oye que dices una palabra de todo esto.</p><p align="justify">Y dicho esto, hablando entre s&iacute; un momento, le dijeron:</p><p align="justify">-Mira, nos ha dado compasi&oacute;n de ti, y por ello, si quieres venir con nosotros a hacer una cosa que vamos a hacer, parece muy cierto que la parte que te toque ser&aacute; del valor de mucho m&aacute;s de lo que has perdido.</p><p align="justify">Andreuccio, como desesperado, repuso que estaba pronto. Hab&iacute;a sido sepultado aquel d&iacute;a un arzobispo de N&aacute;poles, llamado micer Filippo Min&uacute;tolo , y hab&iacute;a sido sepultado con riqu&iacute;simos ornamentos y con un rub&iacute; en el dedo que val&iacute;a m&aacute;s de quinientos florines de oro, y que &eacute;stos quer&iacute;an ir a robar; y as&iacute; se lo dijeron a Andreuccio, con lo que Andreuccio, m&aacute;s codicioso que bien aconsejado, con ellos se puso en camino. Y andando hacia la iglesia mayor, y Andreuccio hediendo much&iacute;simo, dijo uno: -&iquest;No podr&iacute;amos hallar el modo de que &eacute;ste se lavase un poco donde sea, para que no hediese tan fieramente?</p><p align="justify">Dijo el otro:</p><p align="justify">-S&iacute;, estamos cerca de un pozo en el que siempre suele estar la polea y un gran cubo; vamos all&aacute; y lo lavaremos en un momento.</p><p align="justify">Llegados a este pozo, encontraron que la soga estaba, pero que se hab&iacute;an llevado el cubo; por lo que juntos deliberaron atarlo a la cuerda y bajarlo al pozo, y que &eacute;l all&iacute; abajo se lavase, y cuando estuviese lavado tirase de la soga y ellos le subir&iacute;an; y as&iacute; lo hicieron. Sucedi&oacute; que, habi&eacute;ndolo bajado al pozo, algunos de los guardias de la se&ntilde;or&iacute;a (o por el calor o porque hab&iacute;an corrido detr&aacute;s de alguien) teniendo sed, a aquel pozo vinieron a beber; los que, al ver a aquellos dos incontinenti se dieron a la fuga, no habi&eacute;ndolos visto los guardias que ven&iacute;an a beber.</p><p align="justify">Y estando ya en el fondo del pozo Andreuccio lavado, mene&oacute; la soga. Ellos, con sed, dejando en el suelo sus escudos y sus armas y sus t&uacute;nicas, empezaron a tirar de la cuerda, creyendo que estaba colgado de ella el cubo lleno de agua. Cuando Andreuccio se vio del brocal del pozo cerca, soltando la soga, con las manos se ech&oacute; sobre aqu&eacute;l; lo cual, vi&eacute;ndolo aqu&eacute;llos, cogidos de miedo s&uacute;bito, sin m&aacute;s soltaron la soga y se dieron a huir lo m&aacute;s deprisa que pod&iacute;an. De lo que Andreuccio se maravill&oacute; mucho, y si no se hubiera sujetado bien, habr&iacute;a otra vez ca&iacute;do al fondo, tal vez no sin gran da&ntilde;o suyo o muerte: pero sali&oacute; de all&iacute; y, encontradas aquellas armas que sab&iacute;a que sus compa&ntilde;eros no hab&iacute;an llevado, todav&iacute;a m&aacute;s comenz&oacute; a maravillarse.</p><p align="justify">Pero temeroso y no sabiendo de qu&eacute;, lament&aacute;ndose de su fortuna, sin nada tocar, deliber&oacute; irse; y andaba sin saber ad&oacute;nde. Andando as&iacute;, vino a toparse con aquellos sus dos compa&ntilde;eros, que ven&iacute;an a sacarlo del pozo; y, al verle, maravill&aacute;ndose mucho, le preguntaron qui&eacute;n del pozo le hab&iacute;a sacado. Andreuccio respondi&oacute; que no lo sab&iacute;a y les cont&oacute; ordenadamente c&oacute;mo hab&iacute;a sucedido y lo que hab&iacute;a encontrado fuera del pozo. Por lo que ellos, d&aacute;ndose cuenta de lo que hab&iacute;a sido, riendo le contaron por qu&eacute; hab&iacute;an huido y qui&eacute;nes eran aquellos que le hab&iacute;an sacado. Y sin m&aacute;s palabras, siendo ya medianoche, se fueron a la iglesia mayor, y en ella muy f&aacute;cilmente entraron, y fueron al sepulcro, el cual era de m&aacute;rmol y muy grande; y con un hierro que llevaba la losa, que era pesad&iacute;sima, la levantaron tanto cuanto era necesario para que un hombre pudiese entrar dentro, y la apuntalaron. Y hecho esto, empez&oacute; uno a decir:</p><p align="justify">-&iquest;Qui&eacute;n entrar&aacute; dentro?</p><p align="justify">A lo que el otro respondi&oacute;:</p><p align="justify">-Yo no.</p><p align="justify">-Ni yo -dijo aqu&eacute;l-, pero que entre Andreuccio.</p><p align="justify">-Eso no lo har&eacute; yo -dijo Andreuccio.</p><p align="justify">Hacia el cual aqu&eacute;llos, ambos a dos vueltos, dijeron:</p><p align="justify">-&iquest;C&oacute;mo que no entrar&aacute;s? A fe de Dios, si no entras te daremos tantos golpes con uno de estos hierros en la cabeza que te haremos caer muerto.</p><p align="justify">Andreuccio, sintiendo miedo, entr&oacute;, y al entrar pens&oacute;:</p><p align="justify">&laquo;&Eacute;sos me hacen entrar para enga&ntilde;arme porque cuando les haya dado todo, mientras est&eacute; tratando de salir de la sepultura se ir&aacute;n a sus asuntos y me quedar&eacute; sin nada&raquo;. Y por ello pens&oacute; quedarse ya con su parte; y acord&aacute;ndose del precioso anillo del que les hab&iacute;a o&iacute;do hablar, cuando ya hubo bajado se lo sac&oacute; del dedo al arzobispo y se lo puso &eacute;l; y luego, d&aacute;ndoles el b&aacute;culo y la mitra y los guantes, y quit&aacute;ndole hasta la camisa, todo se lo dio, diciendo que no hab&iacute;a nada m&aacute;s. Ellos, afirmando que deb&iacute;a estar el anillo, le dijeron que buscase por todas partes; pero &eacute;l, respondiendo que no lo encontraba y fingiendo buscarlo, un rato les tuvo esperando. Ellos que, por otra parte, eran tan maliciosos como &eacute;l, dici&eacute;ndole que siguiera buscando bien, en el momento oportuno, quitaron el puntal que sosten&iacute;a la losa y, huyendo, a &eacute;l dentro del sepulcro lo dejaron encerrado. Oyendo lo cual lo que sinti&oacute; Andreuccio cualquiera puede imaginarlo. Trat&oacute; muchas veces con la cabeza y con los hombros de ver si pod&iacute;a alzar la losa, pero se cansaba en vano; por lo que, de gran valor vencido, perdiendo el conocimiento, cay&oacute; sobre el muerto cuerpo del arzobispo; y quien lo hubiese visto entonces malamente hubiera sabido qui&eacute;n estaba m&aacute;s muerto, el arzobispo o &eacute;l. Pero luego que hubo vuelto en s&iacute;, empez&oacute; a llorar sin tino, vi&eacute;ndose all&iacute; sin duda a uno de dos fines tener que llegar: o en aquel sepulcro, no viniendo nadie a abrirlo, de hambre y de hedores entre los gusanos del cuerpo muerto tener que morir, o viniendo alguien y encontr&aacute;ndolo dentro, tener que ser colgado como ladr&oacute;n. Y en tales pensamientos y muy acongojado estando, sinti&oacute; por la iglesia andar gentes y hablar muchas personas, las cuales, como pensaba, andaban a hacer lo que &eacute;l con sus compa&ntilde;eros hab&iacute;an ya hecho; por lo que mucho le aument&oacute; el miedo.</p><p align="justify">Pero luego de que aqu&eacute;llos tuvieron el sepulcro abierto y apuntalado, cayeron en la discusi&oacute;n de qui&eacute;n debiese entrar, y ninguno quer&iacute;a hacerlo; pero luego de larga disputa un cura dijo: -&iquest;Qu&eacute; miedo ten&eacute;is? &iquest;Cre&eacute;is que va a comeros? Los muertos no se comen a los hombres; yo entrar&eacute; dentro, yo.</p><p align="justify">Y as&iacute; dicho, puesto el pecho sobre el borde del sepulcro, volvi&oacute; la cabeza hacia afuera y ech&oacute; dentro las piernas para tirarse al fondo.</p><p align="justify">Andreuccio, viendo esto, poni&eacute;ndose en pie, cogi&oacute; al cura por una de las piernas y fingi&oacute; querer tirar de &eacute;l hacia abajo. Lo que sintiendo el cura, dio un grito grand&iacute;simo y r&aacute;pidamente del arca se tir&oacute; afuera: de lo cual, espantados todos los otros, dejando el sepulcro abierto, no de otra manera se dieron a la fuga que si fuesen perseguidos por cien mil diablos. Lo que viendo Andreuccio, alegre contra lo que esperaba, s&uacute;bitamente se arroj&oacute; fuera y por donde hab&iacute;a venido sali&oacute; de la iglesia. Y aproxim&aacute;ndose ya el d&iacute;a, con aquel anillo en el dedo andando a la aventura, lleg&oacute; al mar y de all&iacute; se enderez&oacute; a su posada, donde a sus compa&ntilde;eros y al posadero encontr&oacute;, que hab&iacute;an estado toda la noche preocupados por lo que podr&iacute;a haber sido de &eacute;l. A los cuales cont&aacute;ndoles lo que le hab&iacute;a sucedido, pareci&oacute; por el consejo de su posadero que &eacute;l incontinenti deb&iacute;a irse de N&aacute;poles; la cual cosa hizo prestamente y se volvi&oacute; a Perusa, habiendo invertido lo suyo en un anillo cuando a lo que hab&iacute;a ido era a comprar caballos. </p><p align="justify">NOVELA SEXTA</p><p align="justify">Madama Beritola, con dos cabritillos en una isla encontrada, habiendo perdido dos hijos, se va de all&iacute; a Lunigiana,, all&iacute;, uno de los hijos va a servir a su se&ntilde;or y con la hija de &eacute;ste se acuesta, y es puesto en prisi&oacute;n; Sicilia rebelada contra el rey Carlos, y reconocido el hijo por la madre, se casa con la hija de su se&ntilde;or y encuentra a su hermano, y vuelven a tener una alta posici&oacute;n . </p><p align="justify">Hab&iacute;an las se&ntilde;oras al igual que los j&oacute;venes re&iacute;do mucho de los casos de Andreuccio por Fiameta narrados, cuando Emilia, advirtiendo la historia terminada, por mandato de la reina as&iacute; comenz&oacute;: Graves cosas y dolorosas son los movimientos varios de la fortuna, sobre los cuales (porque cuantas veces alguna cosa se dice, tantas hay un despertar de nuestras mentes, que f&aacute;cilmente se adormecen con sus halagos) juzgo que no desagrade tener que o&iacute;r tanto a los felices como a los desgraciados, por cuanto a los primeros hace precavidos y a los segundos consuela. Y por ello, aunque grandes cosas hayan sido dichas antes, entiendo contaros una historia no menos verdadera que piadosa, la cual, aunque alegre fin tuviese, fue tanta y tan larga su amargura, que apenas puedo creer que alguna vez la dulcificase la alegr&iacute;a que la sigui&oacute;:</p><p align="justify">Car&iacute;simas se&ntilde;oras, deb&eacute;is saber que despu&eacute;s de la muerte de Federico II el emperador, fue coronado rey de Sicilia Manfredo , junto al cual en grand&iacute;sima privanza estuvo un hombre noble de N&aacute;poles llamado Arrighetto Capece, el cual ten&iacute;a por mujer a una hermosa y noble dama igualmente napolitana llamada madama Beritola Caracciola . El cual Arrighetto, teniendo el gobierno de la isla en las manos, oyendo que el rey Carlos primero hab&iacute;a vencido en Benevento y matado a Manfredo, y que todo el reino se volv&iacute;a a &eacute;l, teniendo poca confianza en la escasa lealtad de los sicilianos no queriendo convertirse en s&uacute;bdito del enemigo de su se&ntilde;or, se preparaba huir. Pero conocido esto por los sicilianos, s&uacute;bitamente &eacute;l y muchos otro amigos y servidores del rey Manfredo fueron entregados como prisionero al rey Carlos, y el dominio de la isla despu&eacute;s.</p><p align="justify">Madama Beritola, en tan gran mudanza de las cosas, no sabiendo que fuese de Arrighetto y siempre temiendo lo que hab&iacute;a sucedido, por temor a ser ultrajada, dejadas todas sus cosas, con un hijo suyo de edad de unos ocho a&ntilde;os llamado Giuffredi, y pre&ntilde;ada y pobre, montando en una barquichuela, huy&oacute; a L&iacute;pari, y all&iacute; pari&oacute; otro hijo var&oacute;n al que llam&oacute; el Expulsado; y tomada una nodriza, con todos en un barquichuelo mont&oacute; para volverse a N&aacute;poles con sus parientes. Pero de otra manera sucedi&oacute; que como pensaba; porque por la fuerza del viento el barco, que a N&aacute;poles ir deb&iacute;a, fue transportado a la isla de Ponza, donde, entrados en una peque&ntilde;a caleta, se pusieron a esperar oportunidad para su viaje. Madama Beritola, tomando tierra en la isla como los dem&aacute;s, y en ella un lugar solitario y remoto encontrado, all&iacute; a dolerse por su Arrighetto se retir&oacute; sola. Y haciendo lo mismo todos los d&iacute;as, sucedi&oacute; que, estando ella ocupada en su aflicci&oacute;n, sin que nadie, ni marinero ni otro, se diese cuenta, lleg&oacute; una galera de corsarios, quienes a todos capturaron a mansalva y se fueron.</p><p align="justify">Madama Beritola, terminado su diario lamento, volviendo a la playa para ver de nuevo a sus hijos, como acostumbraba hacer, a nadie encontr&oacute; all&iacute;, de lo que se maravill&oacute; primero, y luego, s&uacute;bitamente sospechando lo que hab&iacute;a sucedido, los ojos hacia el mar dirigi&oacute; y vio la galera, todav&iacute;a no muy alejada, que remolcaba al barquichuelo, por lo que &oacute;ptimamente conoci&oacute; que, al igual que al marido, hab&iacute;a perdido a los hijos; y pobre y sola y abandonada, sin saber d&oacute;nde a nadie pudiese encontrar jam&aacute;s, vi&eacute;ndose all&iacute;, desmayada, llamando al marido y a los hijos, cay&oacute; sobre la playa. No hab&iacute;a aqu&iacute; quien con agua fr&iacute;a o con otro medio a las desmayadas fuerzas llamase, por lo que a su albedr&iacute;o pudieron los esp&iacute;ritus andar vagando por donde quisieron ; pero despu&eacute;s de que en el m&iacute;sero cuerpo las partidas fuerzas junto con las l&aacute;grimas y el llanto volvieron, largamente llam&oacute; a los hijos y mucho por todas las cavernas los anduvo buscando. Pero luego que conoci&oacute; que se fatigaba in&uacute;tilmente y vio caer la noche, esperando y no sabiendo qu&eacute;, por s&iacute; misma se preocup&oacute; un tanto y, y&eacute;ndose de la playa, a aquella caverna donde acostumbraba a llorar y a dolerse volvi&oacute;. Y luego de que la noche con mucho miedo y con incalculable dolor fue pasada y el nuevo d&iacute;a venido, y ya pasada la hora de tercia, como la noche antes cenado no hab&iacute;a, obligada por el hambre, se dio a pacer la hierba; y paciendo como pudo, llorando, a diversos pensamientos sobre su futura vida se entreg&oacute;. Y mientras estaba en ellos, vio venir una cabrilla y entrar all&iacute; cerca en una caverna, y luego de un poco salir de ella e irse por el bosque; por lo que, levant&aacute;ndose, all&iacute; entr&oacute; donde hab&iacute;a salido la cabrilla, y vio dos cabritillos tal vez nacidos el mismo d&iacute;a, los cuales le parecieron la cosa m&aacute;s dulce del mundo y la m&aacute;s graciosa; y no habi&eacute;ndosele todav&iacute;a del reciente parto retirado la leche del pecho, los cogi&oacute; tiernamente y se los puso al pecho.</p><p align="justify">Los cuales, no rehusando el servicio, as&iacute; mamaban de ella como hubiesen hecho de su madre, y de entonces en adelante entre la madre y ella ninguna distinci&oacute;n hicieron; por lo que, pareci&eacute;ndole a la noble se&ntilde;ora haber en el desierto lugar alguna compa&ntilde;&iacute;a encontrado, pastando hierbas y bebiendo agua y tantas veces llorando cuantas del marido y de los hijos y de su pret&eacute;rita vida se acordaba, all&iacute; a vivir y a morir se hab&iacute;a dispuesto, no menos familiar con la cabrilla vuelta que con los hijos. Y, viviendo as&iacute;, la noble se&ntilde;ora en fiera convertida, sucedi&oacute; que, despu&eacute;s de algunos meses, por fortuna lleg&oacute; tambi&eacute;n un barquito de pisanos all&iacute; donde ella hab&iacute;a llegado antes, y se qued&oacute; varios d&iacute;as. Hab&iacute;a en aquel barco un hombre noble llamado Currado de los marqueses de Malaspina con una mujer suya valerosa y santa; y ven&iacute;an en peregrinaci&oacute;n de todos los santos lugares que hay en el reino de Apulia y a su casa volv&iacute;an. El cual, por entretener el aburrimiento, junto con su mujer y con algunos servidores y con sus perros, un d&iacute;a a bajar a la isla se puso; y no muy lejano del lugar donde estaba madama Beritola, empezaron los perros de Currado a seguir a los dos cabritillos, los cuales, ya grandecitos, andaban paciendo; los cuales cabritillos, perseguidos por los perros, a ninguna parte huyeron sino a la caverna donde estaba madama Beritola. La cual, viendo esto, poni&eacute;ndose en pie y cogiendo un bast&oacute;n, hizo retroceder a los perros; y all&iacute; Currado y su mujer, que a sus perros segu&iacute;an, llegando, vi&eacute;ndola morena y delgada y peluda como se hab&iacute;a puesto, se maravillaron, y ella mucho m&aacute;s que ellos. Pero luego de que a sus ruegos hubo Currado sujetado a sus perros, despu&eacute;s de muchas s&uacute;plicas le hicieron que dijese qui&eacute;n era y qu&eacute; hac&iacute;a aqu&iacute;, la cual enteramente toda su condici&oacute;n y todas sus desventuras y su rigurosa resoluci&oacute;n les comunic&oacute;. Lo que, oyendo Currado, que muy bien a Arrighetto Capece conocido hab&iacute;a, llor&oacute; de compasi&oacute;n y con muchas palabras se ingeni&oacute; en apartarla de decisi&oacute;n tan rigurosa, ofreci&eacute;ndola llevarla a su casa o tenerla consigo con el mismo honor que a su hermana, y que all&iacute; se quedase hasta que Dios m&aacute;s alegre fortuna le deparara. A cuyas ofertas no pleg&aacute;ndose la se&ntilde;ora, Currado dej&oacute; con ella a su mujer y le dijo que mandase traer aqu&iacute; de qu&eacute; comer, y a ella, que estaba en harapos, con alguno de sus vestidos vistiese, e hiciese todo para llevarla con ellos. Qued&aacute;ndose con ella la noble se&ntilde;ora, habiendo primero con madama Beritola llorado mucho de sus infortunios, hechos venir vestidos y viandas, con la mayor fatiga del mundo a tomarlos y a comer la indujo: y por fin, luego de muchos ruegos, afirmando ella nunca querer ir a donde conocida fuera, la indujo a irse con ellos a Lunigiana junto con los dos cabritillos y con la cabrilla, la que en aquel entretanto hab&iacute;a vuelto y no sin gran maravilla de la noble se&ntilde;ora le hab&iacute;a hecho grand&iacute;simas fiestas. Y as&iacute;, venido el buen tiempo, madama Beritola con Currado y con su mujer en su barco mont&oacute;, y junto con ellos la cabrilla y los dos cabritillos; por los cuales no sabiendo todos su nombre, fue Cabrilla llamada; y, con buen viento, pronto llegaron hasta la desembocadura del Magra, donde baj&aacute;ndose, a sus castillos subieron. All&iacute;, junto a la mujer de Currado, madama Beritola, en trajes de viuda, como una damisela suya, honesta y humilde y obediente estuvo, siempre a sus cabritillos teniendo amor y haci&eacute;ndoles alimentar. Los corsarios que hab&iacute;an en Ponza tomado el barco en que madama Beritola hab&iacute;a venido dej&aacute;ndola a ella como a quien no hab&iacute;an visto, con toda la dem&aacute;s gente se fueron a G&eacute;nova; y all&iacute; dividida la presa entre los amos de la galera, toc&oacute; por ventura, entre otras cosas, en suerte a un micer Guasparrino de Oria la nodriza de madama Beritola y los dos ni&ntilde;os con ella; el cual, a ella junto con los dos ni&ntilde;os mand&oacute; a su casa para tenerlos como siervos en los trabajos de la casa.</p><p align="justify">La nodriza, sobremanera afligida por la p&eacute;rdida de su ama y por la m&iacute;sera fortuna en la que ve&iacute;a haber ca&iacute;do a los dos ni&ntilde;os, llor&oacute; amargamente; pero despu&eacute;s que vio que las l&aacute;grimas de nada serv&iacute;an y que ella era sierva junto con ellos, aunque pobre mujer fuese, era sin embargo sabia y sagaz; por lo que, consol&aacute;ndose lo mejor que pudo, y mirando a donde hab&iacute;an llegado, pens&oacute; que si los dos ni&ntilde;os eran reconocidos, por acaso podr&iacute;an con facilidad recibir molestias , y adem&aacute;s de ello, esperando que, cuando fuese podr&iacute;a cambiar la fortuna y ellos podr&iacute;an, si vivos estuvieran, al perdido estado volver, pens&oacute; no descubrir a nadie qui&eacute;nes fueran, si no ve&iacute;a que fuese oportuno: y a todos dec&iacute;a (los que le hab&iacute;an preguntado por ello) que eran sus hijos. Y al mayor, no Giuffredi, sino Giannotto de Pr&oacute;cida llamaba; al menor no se preocup&oacute; de cambiarle el nombre; y con suma diligencia ense&ntilde;&oacute; a Giuffredi por qu&eacute; le hab&iacute;a cambiado el nombre y en qu&eacute; peligro pod&iacute;a estar si fuera reconocido, y esto no una vez sino muchas y con frecuencia le recordaba: lo que el muchacho, que era buen entendedor, seg&uacute;n la ense&ntilde;anza de la sabia nodriza &oacute;ptimamente hac&iacute;a.</p><p align="justify">Se quedaron, pues, mal vestidos y peor calzados, ocupados en todos los trabajos viles, junto con la nodriza, pacientemente muchos a&ntilde;os los dos muchachos en casa de micer Guasparrino. Pero Giannotto, ya de edad de diecis&eacute;is a&ntilde;os, teniendo mayor &aacute;nimo del que pertenec&iacute;a a un siervo, desde&ntilde;ando la vileza de la condici&oacute;n servil, subiendo a unas galeras que iban a Alejandr&iacute;a, del servicio de micer Guasparrino se fue y anduvo en muchos lugares, sin poder mejorar en nada. Al final despu&eacute;s de unos tres o cuatro a&ntilde;os de haberse ido de casa de micer Guasparrino, siendo un buen mozo y habi&eacute;ndose hecho grande de estatura, y habiendo o&iacute;do que su padre, al que cre&iacute;a muerto, estaba todav&iacute;a vivo aunque en cautividad tenido por el rey Carlos, casi desesperando de la fortuna, andando vagabundo, lleg&oacute; a Lunigiana, y all&iacute; entr&oacute; por acaso como criado de Currado Malaspina sirvi&eacute;ndole con diligencia y agrado. Y como raras veces a su madre, que con la se&ntilde;ora de Currado estaba, viese, ninguna la conoci&oacute;, ni ella a &eacute;l: tanto la edad al uno y al otro, de lo que sol&iacute;an ser cuando se vieron por &uacute;ltima vez, hab&iacute;a transformado. Estando, pues, Giannotto al servicio de Currado, sucedi&oacute; que una hija de Currado cuyo nombre era Spina, que hab&iacute;a enviudado de Niccolb de Grignano, volvi&oacute; a casa del padre; la cual, siendo muy bella y agradable y joven de poco m&aacute;s de diecis&eacute;is a&ntilde;os, por ventura le ech&oacute; los ojos encima a Giannotto y &eacute;l a ella, y ardent&iacute;simamente el uno del otro se enamoraron. El cual amor no estuvo largamente sin efecto, y muchos meses pasaron antes de que nadie se apercibiese; por lo cual, ellos, demasiado seguros, comenzaron a actuar de manera menos discreta que la que para tales hechos se requer&iacute;a. Y yendo un d&iacute;a por un hermoso bosque de muchos &aacute;rboles, la joven junto con Giannotto, dejando a toda la dem&aacute;s compa&ntilde;&iacute;a, se fueron delante, y pareci&eacute;ndoles que hab&iacute;an dejado muy lejos a los dem&aacute;s, en un lugar deleitoso y lleno de hierbas y flores, y rodeado de &aacute;rboles, descansando, a tomar el amoroso placer el uno del otro empezaron. Y cuando ya hab&iacute;an estado juntos largo tiempo, que el gran deleite les hizo encontrar muy breve, en esto por la madre de la joven primero, y luego por Currado, fueron alcanzados. El cual, afligido sobremanera al ver esto, sin nada decir del porqu&eacute;, a los dos hizo coger por tres de sus servidores y a un castillo suyo llevarlos atados; y de ira y de disgusto gimiendo andaba, dispuesto a hacerles vilmente morir.</p><p align="justify">La madre de la joven, aunque muy enojada estuviese y digna reputase a su hija por su falta de cualquier cruel penitencia, habiendo por algunas palabras de Currado comprendido cu&aacute;l era su intenci&oacute;n respecto a los culpables, no pudiendo soportar aquello, apresur&aacute;ndose alcanz&oacute; al airado marido y comenz&oacute; a rogarle que quisiese agradarla no corriendo furiosamente a convertirse en su vejez en homicida de su hija y a mancharse las manos con la sangre de un criado suyo, y que encontrase otra manera de satisfacer su ira, as&iacute; como hacerles encarcelar y en la prisi&oacute;n penar y llorar por el pecado cometido. Y tanto estas y otras palabras le estuvo diciendo la santa mujer que apart&oacute; de su &aacute;nimo el prop&oacute;sito de matarlos; y mand&oacute; que en distintos lugares cada uno de ellos fuese encarcelado, y all&iacute; guardado bien, y con poca comida y muchas incomodidades mantenidos hasta que decidiese hacer otra cosa de ellos; y as&iacute; se hizo. Y cu&aacute;l fuese su vida en cautiverio y en continuas l&aacute;grimas y en m&aacute;s largos ayunos de los que ser&iacute;an menester, cualquiera puede pensarlo. Llevando, pues, Giannotto y Spina una vida tan dolorosa, y habiendo ya un a&ntilde;o sin acordarse Currado de ellos pasado, sucedi&oacute; que el rey Pedro de Arag&oacute;n, por un acuerdo con micer Gian de Pr&oacute;cida, sublev&oacute; a la isla de Sicilia y la quit&oacute; al rey Carlos ; por lo que Currado, como gibelino, hizo una gran fiesta. De la que oyendo hablar Giannotto a alguno de aquellos que le custodiaban, dio un gran suspiro y dijo:</p><p align="justify">-&iexcl;Ay, triste de m&iacute;!, &iexcl;que hace hoy ya catorce a&ntilde;os que ando arrastr&aacute;ndome por el mundo, no esperando otra cosa que &eacute;sta, y ahora que es venida, y para que ya no espere tener ning&uacute;n bien, me ha encontrado en prisi&oacute;n, de la que nunca sino muerto espero salir!</p><p align="justify">-&iquest;Y qu&eacute;? -dijo el carcelero-. &iquest;Qu&eacute; te importa a ti lo que hagan los alt&iacute;simos reyes? &iquest;Qu&eacute; tienes t&uacute; que hacer en Sicilia?</p><p align="justify">A lo que Giannotto dijo:</p><p align="justify">-Parece que se me rompe el coraz&oacute;n acord&aacute;ndome de lo que mi padre tuvo que hacer all&iacute;, el cual, aunque yo ni&ntilde;o chico era cuando hu&iacute; de all&iacute;, a&uacute;n me acuerdo que lo vi se&ntilde;or en vida del rey Manfredo. Sigui&oacute; el carcelero:</p><p align="justify">-&iquest;Y qui&eacute;n fue tu padre?</p><p align="justify">-Mi padre -dijo Giannotto- puedo ya asaz seguramente manifestarlo pues que me veo a cubierto del peligro que tem&iacute;a descubri&eacute;ndolo, se llam&oacute; y se llama a&uacute;n, si vive, Arrighetto Capece, y yo no Giannotto sino Giuffredi me llamo; y nada dudo, si de aqu&iacute; saliera, que volviendo a Sicilia, no tuviese all&iacute; todav&iacute;a una alt&iacute;sima posici&oacute;n.</p><p align="justify">El buen hombre, sin m&aacute;s decir, en cuanto hubo lugar todo se lo cont&oacute; a Currado. Lo que oyendo Currado, aunque mostr&oacute; no preocuparse del prisionero, se fue a ver a madama Beritola y placenteramente le pregunt&oacute; si hab&iacute;a tenido alg&uacute;n hijo de Arrighetto que se llamase Giuffredi. La se&ntilde;ora, llorando, respondi&oacute; que, si el mayor de los dos suyos que hab&iacute;a tenido estuviera vivo, as&iacute; se llamar&iacute;a y ser&iacute;a de edad de veintid&oacute;s a&ntilde;os. Oyendo esto, Currado pens&oacute; que pod&iacute;a de una vez hacer una gran misericordia y borrar su verg&uuml;enza y la de su hija d&aacute;ndosela a aqu&eacute;l por mujer; y por ello, haciendo venir secretamente a Giannotto, le examin&oacute; detalladamente sobre toda su pasada vida. Y hallando abundancia de indicios manifiestos de que verdaderamente era Giuffredi, hijo de Arrighetto, le dijo: -Giannotto, sabes cu&aacute;n grande y cu&aacute;l ha sido la ofensa que me has hecho en mi propia hija cuando, habi&eacute;ndote yo tratado bien y amistosamente, como debe hacerse con los servidores, deb&iacute;as mi honor y el de mis cosas siempre buscar y servir; y muchos ser&iacute;an los que si t&uacute; les hubieras hecho lo que a m&iacute; me hiciste, con vituperio te habr&iacute;an hecho morir, lo que mi piedad no sufri&oacute;. Ahora, puesto que as&iacute; como me dices eres hijo de un hombre noble y de una noble se&ntilde;ora, quiero a tus angustias, si t&uacute; lo quieres, poner fin y quitarte de la miseria y del cautiverio en los que est&aacute;s, y al mismo tiempo tu honor y el m&iacute;o reintegrar a su debido sitio. Como sabes, Spina, a quien con amorosa (aunque poco conveniente para ti y para ella) amistad tomaste, es viuda, y su dote es grande y buena; cu&aacute;les sean las costumbres de su padre y de su madre las conoces, de tu presente estado nada digo. Por lo que, cuando quieras, estoy dispuesto a que, ya que deshonestamente fue tu amiga se convierta honestamente en tu mujer, y que a guisa de hijo m&iacute;o aqu&iacute; conmigo y con ella cuanto te plazca vivas.</p><p align="justify">Hab&iacute;a la prisi&oacute;n macerado las carnes de Giannotto, pero el generoso &aacute;nimo propio de su origen no hab&iacute;a disminuido nada en &eacute;l, ni tampoco el verdadero amor que ten&iacute;a a su mujer; y aunque fervientemente desease lo que Currado le ofrec&iacute;a y lo viese a su alcance, en nada atenu&oacute; lo que la grandeza de su &aacute;nimo le mostraba tener que decir, y repuso:</p><p align="justify">-Currado, ni avidez de se&ntilde;or&iacute;o ni deseo de dineros ni alguna otra raz&oacute;n me hizo nunca contra tu vida y tus cosas obrar como traidor. Am&eacute; a tu hija y la amo y la amar&eacute; siempre, porque la reputo digna de mi amor; y si yo con ella me conduje menos que honestamente seg&uacute;n la opini&oacute;n de los vulgares, aquel pecado comet&iacute; que siempre lleva aparejada la juventud, y que si se quisiera hacer desaparecer habr&iacute;a que hacer desaparecer a la juventud, y &eacute;ste, si los viejos se quisieran acordar de haber sido j&oacute;venes y los defectos de los dem&aacute;s midiesen con los suyos, no ser&iacute;a tenido por grave como lo es por ti y por otros muchos; y como amigo, no como enemigo, lo comet&iacute;. Lo que me ofreces hacer, siempre lo dese&eacute;, y si hubiera cre&iacute;do que me habr&iacute;a podido ser concedido, largo tiempo hace que lo habr&iacute;a pedido; y tanto m&aacute;s caro me ser&aacute; ahora cuando la esperanza de ello es menor. Si no tienes en el &aacute;nimo lo que tus palabras demuestran, no me alimentes con vanas esperanzas; hazme volver a la prisi&oacute;n, y hazme all&iacute; afligir cuanto te plazca, que mientras ame a Spina te amar&eacute; a ti por amor suyo, hagas lo que hagas, y te tendr&eacute; reverencia. Currado, habi&eacute;ndole o&iacute;do, se maravill&oacute; y le tuvo por de gran &aacute;nimo y reput&oacute; a su amor como ardiente, y m&aacute;s lo quiso: por ello, poni&eacute;ndose en pie, lo abraz&oacute; y lo bes&oacute;, y sin poner m&aacute;s dilaci&oacute;n a la cosa, mand&oacute; que aqu&iacute; fuese Spina tra&iacute;da secretamente. Ella en la prisi&oacute;n se hab&iacute;a puesto delgada y p&aacute;lida y d&eacute;bil, y otra mujer distinta de la que sol&iacute;a y parec&iacute;a ser, y del mismo modo Giannotto otro hombre; los cuales, en presencia de Currado, con consentimiento mutuo contrajeron los esponsales seg&uacute;n nuestra costumbre. Y luego que pasaron algunos d&iacute;as sin que nadie se enterase de lo que pasado hab&iacute;a y les hubo proporcionado todo aquello que necesitaban y les plac&iacute;a, pareci&eacute;ndole tiempo de hacer alegrarse a las dos madres, llamando a su mujer y a la Cabrilla as&iacute; les dijo:</p><p align="justify">-&iquest;Qu&eacute; dir&iacute;ais, se&ntilde;ora, si yo os devolviera a vuestro hijo mayor casado con una de mis hijas? A lo que la Cabrilla respondi&oacute;:</p><p align="justify">-No podr&iacute;a deciros sino que, si pudiese estaros m&aacute;s obligada de lo que os estoy, tanto m&aacute;s os estar&iacute;a cuanto vos una cosa que me es querida m&aacute;s que yo misma me devolver&iacute;ais; y devolvi&eacute;ndomela en la guisa que dec&iacute;s, algo har&iacute;ais de volver a m&iacute; mi perdida esperanza. Y llorando, se call&oacute;. Entonces dijo Currado a su mujer:</p><p align="justify">-&iquest;Y a ti qu&eacute; te parecer&iacute;a, mujer, si te diese un tal yerno? A lo que la se&ntilde;ora respondi&oacute;:</p><p align="justify">-No uno de ellos, que son nobles, sino cualquier miserable si a vos os pluguiese, me placer&iacute;a. Entonces dijo Currado:</p><p align="justify">-Espero dentro de pocos d&iacute;as haceros alegrar por ello.</p><p align="justify">Y viendo ya a los dos j&oacute;venes vueltos a su anterior aspecto, visti&eacute;ndolos honradamente, pregunt&oacute; a Giuffredi:</p><p align="justify">-&iquest;Qu&eacute; te gustar&iacute;a m&aacute;s, adem&aacute;s de la alegr&iacute;a que tienes, si vieses aqu&iacute; a tu madre? A lo que Giuffredi respondi&oacute;:</p><p align="justify">-No me es posible creer que los dolores de sus desventurados accidentes la hayan dejado viva: pero si as&iacute; fuese, sumamente me gustar&iacute;a, como a quien a&uacute;n, con su consejo, creer&iacute;a que podr&iacute;a recobrar en Sicilia gran parte de mis bienes.</p><p align="justify">Entonces Currado hizo venir all&iacute; a la una y la otra se&ntilde;ora. Las dos hicieron maravillosas fiestas a la reci&eacute;n casada, maravill&aacute;ndose no poco de la inspiraci&oacute;n a que pod&iacute;a deberse que Currado hubiese llegado a ser tan benigno que hubiese hecho su pariente a Giannotto; al cual, madama Beritola, por las palabras o&iacute;das a Currado, empez&oacute; a mirar, y, por oculta virtud, se despert&oacute; en ella alg&uacute;n recuerdo de las pueriles facciones del rostro de su hijo, sin esperar otra demostraci&oacute;n, con los brazos abiertos se le ech&oacute; al cuello, ni el desbordante amor y la alegr&iacute;a materna le permitieron poder decir palabra alguna, sino que la privaron de toda virtud sensitiva hasta tal punto que como muerta cay&oacute; en los brazos del hijo. El cual, aunque mucho se maravillase de haberla visto muchas veces antes en aquel mismo castillo sin nunca reconocerla, no dej&oacute; de conocer incontinenti el aroma materno y reproch&aacute;ndose su pret&eacute;rito descuido, recibi&eacute;ndola en sus brazos llorando, tiernamente la bes&oacute;. Pero luego de que madama Beritola, piadosamente ayudada por la mujer de Currado y por Spina y con agua fr&iacute;a y con otras artes suyas le devolvieron las desmayadas fuerzas empez&oacute; de nuevo a abrazar al hijo con muchas l&aacute;grimas y muchas dulces palabras; y llena de piedad materna mil veces m&aacute;s le bes&oacute;, y &eacute;l y a ella reverentemente mucho la mir&oacute; y la abraz&oacute;. Pero despu&eacute;s de que los honestos y alegres agasajos se repitieron tres o cuatro veces, no sin contento y placer de los circunstantes, y el uno hubo al otro narrado sus desventuras, habiendo ya Currado a sus amigos comunicado, con gran placer de todos, el nuevo parentesco por &eacute;l contra&iacute;do, y ordenando una hermosa y magn&iacute;fica fiesta le dijo Giuffredi: -Currado, me hab&eacute;is contentado con muchas cosas y largamente hab&eacute;is honrado a mi madre: ahora, para que nada, en lo que pod&aacute;is, quede por hacer, os ruego que a mi madre, a mis invitados y a m&iacute; alegr&eacute;is con la presencia de mi hermano, que como siervo tiene en su casa micer Guasparrino de Oria, quien, como ya os he dicho, de &eacute;l y de m&iacute; se apoder&oacute; pirateando y luego, que mand&eacute;is a Sicilia para que se informe plenamente de las condiciones y del estado del pa&iacute;s, y averig&uuml;e lo que ha sido de Arrighetto, mi padre, si est&aacute; vivo o muerto, y si est&aacute; vivo, en qu&eacute; estado; y plenamente informado de todo, vuelva a nosotros. Plugo a Currado la petici&oacute;n de Giuffredi, y sin tardanza alguna a discret&iacute;simas personas mand&oacute; a G&eacute;nova y a Sicilia. El que fue a G&eacute;nova, hallado micer Guasparrino, de parte de Currado le rog&oacute; vehementemente que al Expulsado y a su nodriza le enviase, cont&aacute;ndole lo que Currado hab&iacute;a hecho con Giuffredi y con su madre. A lo que Micer Guasparrino se maravill&oacute; mucho oy&eacute;ndolo, y dijo: -Es verdad que har&eacute; por Currado cualquier cosa que est&eacute; en mi poder que le agrade; y ciertamente he tenido en casa, desde hace catorce a&ntilde;os, al muchacho que me pides y a su madre, los cuales te enviar&eacute; de buena gana; pero le dir&aacute;s de mi parte que cuide de no haber cre&iacute;do demasiado o de no creer las f&aacute;bulas de Giannotto, que dices que hoy se hace llamar Giuffredi, porque es mucho m&aacute;s malo de lo que &eacute;l piensa. Y dicho esto, haciendo honrar al valiente hombre, hizo llamar a la nodriza en secreto, y cautamente la interrog&oacute; sobre aquel asunto. La cual, habiendo o&iacute;do la rebeli&oacute;n de Sicilia y oyendo que Arrighetto estaba vivo, desechando el miedo que hasta entonces hab&iacute;a tenido, ordenadamente le cont&oacute; todo y le mostr&oacute; las razones por las que aquella manera de conducirse hab&iacute;a seguido. Micer Guasparrino, viendo que las cosas dichas por la nodriza con las del embajador de Currado se conven&iacute;an &oacute;ptimamente, empez&oacute; a dar fe a las palabras; y de una manera y de otra, como hombre astut&iacute;simo que era, haciendo averiguaciones sobre este asunto y cada vez encontrando m&aacute;s cosas que m&aacute;s le hac&iacute;an creer en ello, avergonz&aacute;ndose del vil trato que le hab&iacute;a dado al muchacho, para enmendarlo, teniendo una bella hija de once a&ntilde;os de edad, sabiendo qui&eacute;n Arrighetto hab&iacute;a sido y era, con una gran dote se la dio por mujer, y luego de una gran fiesta, con el muchacho y con la hija y con el embajador de Currado y con la nodriza, subiendo a una galera bien armada, se vino a L&eacute;rici; donde recibido por Currado, con toda su compa&ntilde;&iacute;a se fue a un castillo de Currado no muy alejado de all&iacute;, donde estaba preparada una gran fiesta.</p><p align="justify">Qu&eacute; fiestas hizo la madre al volver a ver a su hijo, cu&aacute;les las de los dos hermanos, cu&aacute;l la de los tres a la fiel nodriza, cu&aacute;l la hecha por todos a micer Guasparrino y a su hija, y por &eacute;l a todos, y de todos juntos con Currado y su mujer y con sus hijos y sus amigos, no se podr&iacute;a explicar con palabras, ni con pluma escribir; por lo que a vosotras, se&ntilde;oras, os dejo que lo imagin&eacute;is. Para lo cual, para que fuese completa, quiso Dios, generos&iacute;simo donante cuando empieza, hacer llegar las alegres nuevas de la vida y el buen estado de Arrighetto Capece.</p><p align="justify">Por lo que, siendo grande la fiesta y los convidados, las mujeres y los hombres estando a la mesa todav&iacute;a al primer plato, lleg&oacute; aquel que hab&iacute;a sido enviado a Sicilia, y entre otras cosas cont&oacute; de Arrighetto, que, estando en Catania encarcelado por el rey Carlos, cuando se levant&oacute; contra el rey la revuelta en aquella tierra, el pueblo enfurecido corri&oacute; a la c&aacute;rcel y, matando a los guardias, le hab&iacute;an sacado de all&iacute;, y como a capital enemigo del rey Carlos lo hab&iacute;an hecho su capit&aacute;n y le hab&iacute;an seguido en expulsar y matar a los franceses; por la cual cosa, se hab&iacute;a hecho sumamente grato al rey Pedro, quien todos sus bienes y todo su honor le hab&iacute;a restituido, por lo que estaba en grande y buena posici&oacute;n; a&ntilde;adiendo que a &eacute;l le hab&iacute;a recibido con sumo honor y hab&iacute;a hecho indecibles fiestas por las noticias de su mujer y del hijo, de los cuales despu&eacute;s de su prisi&oacute;n nada hab&iacute;a sabido, y adem&aacute;s de ello, mandaba a por ellos una saet&iacute;a con algunos gentileshombres, que ven&iacute;an detr&aacute;s.</p><p align="justify">Fue con gran alegr&iacute;a y fiesta &eacute;ste recibido; y prontamente Currado con algunos de sus amigos salieron al encuentro de los gentileshombres que a por madama Beritola y por Giuffredi ven&iacute;an, y recibidos alegremente, a su banquete, que todav&iacute;a no estaba mediado, les introdujo. All&iacute; a la se&ntilde;ora y a Giuffredi y adem&aacute;s de a ellos a todos los otros con tanta alegr&iacute;a los vieron, que nunca mayor fue o&iacute;da; y ellos, antes de sentarse a comer, de parte de Arrighetto saludaron y agradecieron como mejor supieron y pudieron a Currado y a su mujer por el honor hecho a su mujer y a su hijo, y a Arrighetto y a cualquier cosa que por medio de &eacute;l se pudiese hacer pusieron a su disposici&oacute;n. Luego, volvi&eacute;ndose a micer Guasparrino, cuyos favores eran inesperados, dijeron que estaban cert&iacute;simos de que, en cuanto lo que hab&iacute;an hecho por el Expulsado supiese Arrighetto, gracias semejantes y mayores le dar&iacute;a. Despu&eacute;s de lo cual, muy contentos, en el banquete de las reci&eacute;n casadas y con los reci&eacute;n casados comieron. Y no s&oacute;lo aquel d&iacute;a festej&oacute; Currado al yerno y a sus otros parientes amigos, sino muchos otros; y despu&eacute;s que hubieron cesado los festejos, pareci&eacute;ndole a madama Beritola y a Giuffredi y a los dem&aacute;s que ten&iacute;an que irse, con muchas l&aacute;grimas de Currado y de su mujer y de micer Guasparrino subiendo a la saet&iacute;a, llev&aacute;ndose consigo a Spina, se fueron. Y teniendo pr&oacute;spero el viento, pronto llegaron a Sicilia, donde con tan gran fiesta por Arrighetto (todos por igual, los hijos y las mujeres) fueron en Palermo recibidos que decir no se podr&iacute;a; y all&iacute; se cree que mucho tiempo todos vivieron feliz mente, y reconocidos por el beneficio recibido, en amistad con Dios Nuestro Se&ntilde;or.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">NOVELA S&Eacute;PTIMA</p><p align="justify">El sult&aacute;n de Babilonia manda a una hija suya como mujer al rey del Algarbe, la cual, por diversas desventuras, en el espacio de cuatro a&ntilde;os llega a las manos de nueve hombres en diversos lugares, por &uacute;ltimo, restituida al padre como doncella, vuelve de su lado al rey del Algarbe como mujer, como primero iba .</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">Tal vez no se habr&iacute;a extendido mucho m&aacute;s la historia de Emilia sin que la compasi&oacute;n sentida por las j&oacute;venes por los casos de madama Beritola no les hubiera conducido a derramar l&aacute;grimas. Pero luego de que a aqu&eacute;lla se puso fin, plugo a la reina que P&aacute;nfilo siguiera, contando la suya; por lo cual &eacute;l, que obedient&iacute;simo era, comenz&oacute;:</p><p align="justify">Dif&iacute;cilmente, amables se&ntilde;oras, puede ser conocido por nosotros lo que nos conviene, por lo que, como muchas veces se ha podido ver, ha habido muchos que, estimando que si se hicieran ricos podr&iacute;an vivir sin preocupaci&oacute;n y seguros, lo pidieron a Dios no s&oacute;lo con oraciones sino con obras, no rehusando ning&uacute;n trabajo ni peligro para buscar conseguirlo: y cuando lo hubieron logrado, encontraron que por deseo de tan gran herencia fueron a matarles quienes antes de que se hubieran enriquecido deseaban su vida. Otros, de bajo estado subidos a las alturas de los reinos por medio de mil peligrosas batallas, por medio de la sangre de sus hermanos y de sus amigos, creyendo estar en ellas la suma felicidad, adem&aacute;s de los infinitos cuidados y temores de que llenas las vieron y sintieron, conocieron (no sin su muerte) que en el oro de las mesas reales se beb&iacute;a el veneno . Muchos hubo que la fuerza corporal y la belleza, y ciertos ornamentos con apetito ardent&iacute;simo desearon, y no se percataron de haber deseado mal hasta que aquellas cosas no les fueron ocasi&oacute;n de muerte o de dolorosa vida.</p><p align="justify">Y para no hablar por separado de todos los humanos deseos, afirmo que ninguno hay que con completa precauci&oacute;n, como por seguro de los azares de la fortuna pueda ser elegido por los vivos; por lo que, si queremos obrar rectamente, a tomar y poseer deber&iacute;amos disponernos lo que nos diese Aqu&eacute;l que s&oacute;lo lo que nos hace falta conoce y nos puede dar. Pero si los hombres pecan por desear varias cosas, vosotras, graciosas se&ntilde;oras, sobremanera pec&aacute;is por una, que es por desear ser hermosas, hasta el punto de que, no bast&aacute;ndoos los encantos que por la naturaleza os son concedidos, a&uacute;n con maravilloso arte busc&aacute;is acrecentarlos, y me place contaros cu&aacute;n desventuradamente fue hermosa una sarracena que, en unos cuatro a&ntilde;os, tuvo, por su hermosura, que contraer nuevas bodas nueve veces. Ya ha pasado mucho tiempo desde que hubo un sult&aacute;n en Babilonia que tuvo por nombre Beminedab, al que en sus d&iacute;as bastantes cosas de acuerdo con su gusto sucedieron. Ten&iacute;a &eacute;ste, entre sus muchos hijos varones y hembras, una hija llamada Alatiel que, por lo que todos los que la ve&iacute;an dec&iacute;an, era la mujer m&aacute;s hermosa que se viera en aquellos tiempos en el mundo; y porque en una gran derrota que hab&iacute;a causado a una gran multitud de &aacute;rabes que le hab&iacute;an ca&iacute;do encima, le hab&iacute;a maravillosamente ayudado el rey del Algarbe , a &eacute;ste, habi&eacute;ndosela pedido &eacute;l como gracia especial, la hab&iacute;a dado por mujer; y con honrada compa&ntilde;&iacute;a de hombres y de mujeres y con muchos nobles y ricos arneses la hizo montar en una nave bien armada y bien provista, y mand&aacute;ndosela, la encomend&oacute; a Dios. Los marineros, cuando vieron el tiempo propicio, dieron al viento las velas y del puerto de Alejandr&iacute;a partieron y muchos d&iacute;as navegaron felizmente; y ya habiendo pasado Cerde&ntilde;a, pareci&eacute;ndoles que estaban cerca del fin de su camino, se levantaron s&uacute;bitamente un d&iacute;a contrarios vientos, los cuales, siendo todos sobremanera impetuosos, tanto azotaron a la nave donde iba la se&ntilde;ora y los marineros que muchas veces se tuvieron por perdidos. Pero, como hombres valientes, poniendo en obra toda arte y toda fuerza, siendo combatidos por el infinito mar, resistieron durante dos d&iacute;as; y empezando ya la tercera noche desde que la tempestad hab&iacute;a comenzado, y no cesando &eacute;sta sino creciendo continuamente, no sabiendo d&oacute;nde estaban ni pudiendo por c&aacute;lculo marinesco comprenderlo ni por la vista, porque oscur&iacute;simo de nubes y de tenebrosa noche estaba el cielo, estando no mucho m&aacute;s all&aacute; de Mallorca, sintieron que se resquebrajaba la nave. Por lo cual, no viendo remedio para su salvaci&oacute;n, teniendo en el pensamiento cada cual a s&iacute; mismo y no a los dem&aacute;s, arrojaron a la mar una chalupa, y confiando m&aacute;s en ella que en la resquebrajada nave, all&iacute; se arrojaron los patrones, y despu&eacute;s de ellos unos y otros de cuantos hombres hab&iacute;a en la nave (aunque los que primero hab&iacute;an bajado a la chalupa con los cuchillos en la mano trataron de imped&iacute;rselo) se arrojaron, y creyendo huir de la muerte dieron con ella de cabeza: porque no pudiendo con aquel mal tiempo bastar para tantos, hundi&eacute;ndose la chalupa, todos perecieron.</p><p align="justify">Y la nave, que por impetuoso viento era empujada, aunque resquebrajada estuviese y ya casi llena de agua -no habi&eacute;ndose quedado en ella nadie m&aacute;s que la se&ntilde;ora y sus mujeres, y todas por la tempestad del mar y por el miedo vencidas, yac&iacute;an en ella como muertas- corriendo veloc&iacute;simamente, fue a vararse en una playa de la isla de Mallorca, con tanto y tan gran &iacute;mpetu que se hundi&oacute; casi entera en la arena, a un tiro de piedra de la orilla aproximadamente; y all&iacute;, batida por el mar, sin poder ser movida por el viento, se qued&oacute; durante la noche. Llegado el d&iacute;a claro y algo apaciguada la tempestad, la se&ntilde;ora, que estaba medio muerta, alz&oacute; la cabeza y, tan d&eacute;bilmente como estaba empez&oacute; a llamar ora a uno ora a otro de su servidumbre, pero en vano llamaba: los llamados estaban demasiado lejos.</p><p align="justify">Por lo que, no oy&eacute;ndose responder por nadie ni viendo a nadie, se maravill&oacute; mucho y empez&oacute; a tener grand&iacute;simo miedo; y como mejor pudo levant&aacute;ndose, a las damas que eran de su compa&ntilde;&iacute;a y a las otras mujeres vio yacer, y a una ahora y a otra despu&eacute;s sacudiendo, luego de mucho llamar a pocas encontr&oacute; que tuvieran vida, como que por graves angustias de est&oacute;mago y por miedo se hab&iacute;an muerto: por lo que el miedo de la se&ntilde;ora se hizo mayor. Pero no obstante, apret&aacute;ndole la necesidad de decidir algo, puesto que all&iacute; sola se ve&iacute;a (no conociendo ni sabiendo d&oacute;nde estuviera), tanto anim&oacute; a las que vivas estaban que las hizo levantarse; y encontrando que ellas no sab&iacute;an d&oacute;nde los hombres se hubiesen ido, y viendo la nave varada en tierra y llena de agua, junto con ellas dolorosamente comenz&oacute; a llorar. Y lleg&oacute; la hora de nona antes de que a nadie vieran, por la orilla o en otra parte, a quien pudiesen provocar piedad y les diese ayuda.</p><p align="justify">Llegada nona, por azar volviendo de una tierra suya pas&oacute; por all&iacute; un gentilhombre cuyo nombre era Peric&oacute;n de Visalgo, con muchos servidores a caballo; el cual, viendo la nave, s&uacute;bitamente se imagin&oacute; lo que era y mand&oacute; a uno de los sirvientes que sin tardanza procurase subir a ella y le contase lo que hubiera. El sirviente, aunque haci&eacute;ndolo con dificultad, all&iacute; subi&oacute; y encontr&oacute; a la noble joven, con aquella poca compa&ntilde;&iacute;a que ten&iacute;a, bajo el pico de la proa de la nave, toda t&iacute;mida escondida. Y ellas, al verlo, llorando pidieron misericordia muchas veces, pero apercibi&eacute;ndose de que no eran entendidas y de que ellas no le entend&iacute;an, por se&ntilde;as se ingeniaron en demostrarle su desgracia. El sirviente, como mejor pudo mirando todas las cosas, cont&oacute; a Peric&oacute;n lo que all&iacute; hab&iacute;a, el cual prontamente hizo traer a las mujeres y las m&aacute;s preciosas cosas que all&iacute; hab&iacute;a y que pudieron coger, y con ellas se fue a un castillo suyo; y all&iacute; con v&iacute;veres y con reposo reconfortadas las se&ntilde;oras, comprendi&oacute;, por los ricos arneses, que la mujer que hab&iacute;a encontrado deb&iacute;a ser una grande y noble se&ntilde;ora, y a ella la conoci&oacute; prestamente al ver los honores que ve&iacute;a a las otras hacerle a ella sola. Y aunque p&aacute;lida y asaz desarreglada en su persona por las fatigas del mar estuviese entonces la mujer, sin embargo sus facciones le parecieron bell&iacute;simas a Peric&oacute;n, por lo cual deliber&oacute; s&uacute;bitamente que si no tuviera marido la querr&iacute;a por mujer, y si por mujer no pudiese tenerla, la querr&iacute;a tener por amiga.</p><p align="justify">Era Peric&oacute;n hombre de fiero aspecto y muy robusto; y habiendo durante algunos d&iacute;as a la se&ntilde;ora hecho servir &oacute;ptimamente, y por ello estando &eacute;sta toda reconfortada, vi&eacute;ndola &eacute;l sobremanera hermos&iacute;sima, afligido desmedidamente por no poder entenderla ni ella a &eacute;l, y as&iacute; no poder saber qui&eacute;n fuera, pero no por ello menos desmesuradamente prendado de su belleza, con obras amables y amorosas se ingeni&oacute; en inducirla a cumplir su placer sin oponerse. Pero era en vano: ella rehusaba del todo sus familiaridades, y mientras tanto m&aacute;s se inflamaba el ardor de Peric&oacute;n. Lo que, vi&eacute;ndolo la mujer, y ya durante algunos d&iacute;as estando all&iacute; y d&aacute;ndose cuenta por las costumbres de que entre cristianos estaba, y en lugar donde, si hubiera sabido hacerlo, el darse a conocer de poca cosa le serv&iacute;a, pensando que a la larga o por la fuerza o por amor tendr&iacute;a que llegar a satisfacer los gustos de Peric&oacute;n, se propuso con grandeza de &aacute;nimo hollar la miseria de su fortuna, y a sus mujeres, que m&aacute;s de tres no le hab&iacute;an quedado, mand&oacute; que a nadie manifestasen qui&eacute;nes eran, salvo si en alg&uacute;n lugar se encontrasen donde conocieran que podr&iacute;an encontrar una ayuda manifiesta a su libertad; adem&aacute;s de esto, anim&aacute;ndolas sumamente a conservar su castidad, afirmando haberse ella propuesto que nunca nadie gozar&iacute;a de ella sino su marido. Sus mujeres la alabaron por ello, y le dijeron que observar&iacute;an en lo que pudieran su mandato.</p><p align="justify">Peric&oacute;n, inflam&aacute;ndose m&aacute;s de d&iacute;a en d&iacute;a, y tanto m&aacute;s cuanto m&aacute;s cerca ve&iacute;a la cosa deseada y muchas veces negada, y viendo que sus lisonjas no le val&iacute;an, prepar&oacute; el ingenio y el arte, reserv&aacute;ndose la fuerza para el final. Y habi&eacute;ndose dado cuenta alguna vez que a la se&ntilde;ora le gustaba el vino, como a quien no estaba acostumbrada a beber, porque su ley se lo vedaba, con &eacute;l, como ministro de Venus pens&oacute; que pod&iacute;a conseguirla, y, aparentando no preocuparse de que ella se mostrase esquiva, hizo una noche a modo de solemne fiesta una magn&iacute;fica cena, a la que vino la se&ntilde;ora; y en ella, siendo por muchas cosas alegrada la cena, orden&oacute; al que la serv&iacute;a que con varios vinos mezclados le diese de beber. Lo que &eacute;l hizo &oacute;ptimamente; y ella, que de aquello no se guardaba, atra&iacute;da por el agrado de la bebida, m&aacute;s tom&oacute; de lo que habr&iacute;a requerido su honestidad; por lo que, olvidando todas las advertencias pasadas, se puso alegre, y viendo a algunas mujeres bailar a la moda de Mallorca, ella a la manera alejandrina bail&oacute;. Lo que, viendo Peric&oacute;n, estar cerca le pareci&oacute; de lo que deseaba, y continuando la cena con m&aacute;s abundancia de comidas y de bebidas, por gran espacio durante la noche la prolong&oacute;. Por &uacute;ltimo, partiendo los convidados, solo con la se&ntilde;ora entr&oacute; en su alcoba; la cual, m&aacute;s caliente por el vino que templada por la honestidad, como si Peric&oacute;n hubiese sido una de sus mujeres, sin ninguna contenci&oacute;n de verg&uuml;enza desnud&aacute;ndose en presencia de &eacute;l, se meti&oacute; en la cama. Peric&oacute;n no dud&oacute; en seguirla sino que, apagando todas las luces, prestamente de la otra parte se ech&oacute; junto a ella, y cogi&eacute;ndola en brazos sin ninguna resistencia, con ella empez&oacute; amorosamente a solazarse. Lo que cuando ella lo hubo probado, no habiendo sabido nunca antes con qu&eacute; cuerpo embisten los hombres, casi arrepentida de no haber accedido antes a las lisonjas de Peric&oacute;n, sin esperar a ser invitada a tan dulces noches, muchas veces se invitaba ella misma, no con palabras, con las que no se sab&iacute;a hacer entender, sino con obras. A este gran placer de Peric&oacute;n y de ella, no estando la fortuna contenta con haberla hecho de mujer de un rey convertirse en amiga de un castellano, opuso una amistad m&aacute;s cruel.</p><p align="justify">Ten&iacute;a Peric&oacute;n un hermano de veinticinco a&ntilde;os de edad, bello y fresco como una rosa, cuyo nombre era Marato; el cual, habi&eacute;ndola visto y habi&eacute;ndole agradado sumamente, pareci&eacute;ndole, seg&uacute;n por sus actos pod&iacute;a comprender, que gozaba de su gracia, y estimando que lo que &eacute;l deseaba nada se lo vedaba sino la continua guardia que de ella hac&iacute;a Peric&oacute;n, dio en un cruel pensamiento: y al pensamiento sigui&oacute; sin tregua el criminal efecto. Estaba entonces, por acaso, en el puerto de la ciudad, una nave cargada de mercanc&iacute;a para ir a Clarentza, en Romania , de la que eran patrones dos j&oacute;venes genoveses, y ten&iacute;a ya la vela izada para irse en cuanto buen viento soplase; con los cuales concert&aacute;ndose Marato, arregl&oacute; c&oacute;mo la siguiente noche fuese recibido con la mujer. Y hecho esto, al hacerse de noche, a casa de Peric&oacute;n, quien de &eacute;l nada se guardaba, secretamente fue con algunos de sus fidel&iacute;simos compa&ntilde;eros, a los cuales hab&iacute;a pedido ayuda para lo que pensaba hacer, y en la casa, seg&uacute;n lo que hab&iacute;an acordado, se escondi&oacute;. Y luego que fue pasada parte de la noche, habiendo abierto a sus compa&ntilde;eros, all&aacute; donde Peric&oacute;n con la mujer dorm&iacute;a se fue, y abri&eacute;ndola, a Peric&oacute;n mataron mientras dorm&iacute;a y a la mujer, despierta y gimiente, amenaz&aacute;ndola con la muerte si hac&iacute;a alg&uacute;n ruido, se llevaron; y con gran cantidad de las cosas m&aacute;s preciosas de Peric&oacute;n, sin que nadie les hubiera o&iacute;do, prestamente se fueron al puerto, y all&iacute; sin tardanza subieron a la nave Marato y la mujer, y sus compa&ntilde;eros se dieron la vuelta.</p><p align="justify">Los marineros, teniendo viento favorable y fresco, se hicieron a la mar. La mujer, amargamente de su primera desgracia y de &eacute;sta se doli&oacute; mucho; pero Marato, con el San-Crescencio-en-mano que Dios le hab&iacute;a dado empez&oacute; a consolarla de tal manera que ella, ya familiariz&aacute;ndose con &eacute;l, olvid&oacute; a Peric&oacute;n; y ya le parec&iacute;a hallarse bien cuando la fortuna le aparej&oacute; nuevas tristezas, como si no estuviese contenta con las pasadas. Porque, siendo ella hermos&iacute;sima de aspecto, como ya hemos dicho muchas veces, y de maneras muy dignas de alabanza, tan ardientemente de ella los dos patrones de la nave se enamoraron que, olvid&aacute;ndose de cualquier otra cosa, solamente a servirla y a agradarla se aplicaban, teniendo cuidado siempre de que Marato no se apercibiese de su intenci&oacute;n. Y habi&eacute;ndose dado cuenta el uno de aquel amor del otro, sobre aquello tuvieron juntos una secreta conversaci&oacute;n y convinieron en adquirir aquel amor com&uacute;n, como si Amor debiese sufrir lo mismo que se hace con las mercanc&iacute;as y las ganancias. Y vi&eacute;ndola muy guardada por Marato, y por ello impedido su prop&oacute;sito, yendo un d&iacute;a la nave con vela veloc&iacute;sima, y Marato estando sobre la popa y mirando al mar, no sospechando nada de ellos, se fueron a &eacute;l de com&uacute;n acuerdo y, cogi&eacute;ndolo prestamente por detr&aacute;s lo arrojaron al mar; y estuvieron m&aacute;s de una milla alejados antes de que nadie se hubiera dado cuenta de que Marato hab&iacute;a ca&iacute;do al mar; lo que oyendo la mujer y no viendo manera de poderlo recobrar, nuevo duelo empez&oacute; a hacer en la nave. Y a su consuelo los dos amantes vinieron incontinenti, y con dulces palabras y grand&iacute;simas promesas, aunque ella poco los entendiese, a ella, que no tanto por el perdido Marato como por su desventura lloraba, se ingeniaban en tranquilizar. Y luego de largas consideraciones una y otra vez dirigidas a ella, pareci&eacute;ndoles que la hab&iacute;an consolado, vino la hora de discutir entre s&iacute; cu&aacute;l de ellos la fuera a llevar primero a la cama. Y queriendo cada uno ser el primero y no pudiendo en aquello llegar a ning&uacute;n acuerdo entre ambos, primero con palabras graves y duras empezaron un altercado y encendi&eacute;ndose en ira con ellas, echando mano a los cuchillos, furiosamente se echaron uno sobre el otro; y muchos golpes, no pudiendo los que en la nave estaban separarlos, se dieron uno al otro, de los que uno cay&oacute; muerto incontinenti, y el otro en muchas partes de su cuerpo gravemente herido, qued&oacute; con vida; lo que desagrad&oacute; mucho a la mujer, como a quien all&iacute; sola, sin ayuda ni consejo alguno se ve&iacute;a, y mucho tem&iacute;a que contra ella se volviese la ira de los parientes y de los amigos de los dos patrones; pero los ruegos del herido y la pronta llegada a Clarentza del peligro de muerte la libraron. Donde junto con el herido descendi&oacute; a tierra, y estando con &eacute;l en un albergue, s&uacute;bitamente corri&oacute; la fama de su gran belleza por la ciudad, y a los o&iacute;dos del pr&iacute;ncipe de Morea , que entonces estaba en Clarentza, lleg&oacute;: por lo que quiso verla, y vi&eacute;ndola, y m&aacute;s de lo que la fama dec&iacute;a pareci&eacute;ndole hermosa, tan ardientemente se enamor&oacute; de ella que en otra cosa no pod&iacute;a pensar. Y habiendo o&iacute;do en qu&eacute; guisa hab&iacute;a llegado all&iacute;, se propuso conseguirla para &eacute;l, y busc&aacute;ndole las vueltas y sabi&eacute;ndolo los parientes del herido, sin esperar m&aacute;s se la mandaron prestamente; lo que al pr&iacute;ncipe fue sumamente grato y otro tanto a la mujer, porque fuera de un gran peligro le pareci&oacute; estar. El pr&iacute;ncipe, vi&eacute;ndola adem&aacute;s de por la belleza adornada con trajes reales, no pudiendo de otra manera saber qui&eacute;n fuese ella, estim&oacute; que ser&iacute;a noble se&ntilde;ora, y por lo tanto su amor por ella se redobl&oacute;; y teni&eacute;ndola muy honradamente, no a guisa de amiga sino como a su propia mujer la trataba. Lo que, considerando la mujer los pasados males y pareci&eacute;ndole bastante bien estar, tan consolada y alegre estaba mientras sus encantos florec&iacute;an que de nada m&aacute;s parec&iacute;a que hubiera que hablar en Romania. Por lo cual, al duque de Atenas, joven y bello y arrogante en su persona, amigo y pariente del pr&iacute;ncipe, le dieron ganas de verla: y haciendo como que ven&iacute;a a visitarle, como acostumbraba a hacer de vez en cuando, con buena y honorable compa&ntilde;&iacute;a se vino a Clarentza, donde fue honradamente recibido con gran fiesta. Despu&eacute;s, luego de algunos d&iacute;as, venidos a hablar de los encantos de aquella mujer, pregunt&oacute; al duque si eran cosa tan admirable como se dec&iacute;a; a lo que el pr&iacute;ncipe respondi&oacute;: -Mucho m&aacute;s; pero de ello no mis palabras sino tus ojos quiero que den fe. A lo que, invitando al duque el pr&iacute;ncipe, juntos fueron all&aacute; donde ella estaba; la cual, muy cort&eacute;smente y con alegre rostro, habiendo antes sabido su venida, les recibi&oacute;. Y habi&eacute;ndola hecho sentar entre ellos, no se pudo de hablar con ella tomar ning&uacute;n agrado porque poco o nada de aquella lengua entend&iacute;a; por lo que cada uno la miraba como a cosa maravillosa, y mayormente el duque, el cual apenas pod&iacute;a creer que fuese cosa mortal, y sin darse cuenta, al mirarla, con el amoroso veneno que con los ojos beb&iacute;a, creyendo que su gusto satisfac&iacute;a mir&aacute;ndola, se envisc&oacute; a s&iacute; mismo, enamor&aacute;ndose de ella ardent&iacute;simamente. Y luego que de ella, junto con el pr&iacute;ncipe, se hubo partido y tuvo espacio de poder pensar por s&iacute; solo, juzgaba al pr&iacute;ncipe m&aacute;s feliz que a nadie teniendo una cosa tan bella a su disposici&oacute;n; y luego de muchos y diversos pensamientos, pesando m&aacute;s su fogoso amor que su honra, determin&oacute;, sucediera lo que fuese, privar al pr&iacute;ncipe de aquella felicidad y hacerse feliz con ella a s&iacute; mismo si pudiese. Y, teniendo en el &aacute;nimo apresurarse, dejando toda raz&oacute;n y toda justicia aparte, a los enga&ntilde;os dispuso todo su pensamiento; y un d&iacute;a, seg&uacute;n el malvado plan establecido por &eacute;l, junto con un secret&iacute;simo camarero del pr&iacute;ncipe que ten&iacute;a por nombre Ciuriaci, secret&iacute;simamente todos sus caballos y sus cosas hizo preparar para irse, y viniendo la noche, junto con un compa&ntilde;ero, todos armados, llevado fue por el dicho Ciuriaci a la alcoba del pr&iacute;ncipe silenciosamente. Al que vio que, por el gran calor que hac&iacute;a, mientras dorm&iacute;a la mujer, &eacute;l todo desnudo estaba a una ventana abierta al puerto, tomando un vientecillo que de aquella parte ven&iacute;a; por la cual cosa, habiendo a su compa&ntilde;ero antes informado de lo que ten&iacute;a que hacer, silenciosamente fue por la c&aacute;mara hasta la ventana, y all&iacute; con un cuchillo hiriendo al pr&iacute;ncipe en los ri&ntilde;ones, lo traspas&oacute; de una a otra parte, y cogi&eacute;ndolo prestamente, lo arroj&oacute; por la ventana abajo.</p><p align="justify">Estaba el palacio sobre el mar y muy alto, y aquella ventana a la que estaba entonces el pr&iacute;ncipe daba sobre algunas casas que hab&iacute;an sido derribadas por el &iacute;mpetu del mar, a las cuales raras veces o nunca alguien iba; por lo que sucedi&oacute;, tal como el duque lo hab&iacute;a previsto, que la ca&iacute;da del cuerpo del pr&iacute;ncipe ni fue ni pudo ser o&iacute;da por nadie. El compa&ntilde;ero del duque, viendo que aquello estaba hecho, r&aacute;pidamente un cabestro que llevaba para aquello, fingiendo hacer caricias a Ciuriaci, se lo ech&oacute; a la garganta y tir&oacute; de manera que Ciuriaci no pudo hacer ning&uacute;n ruido; y reuni&eacute;ndose con &eacute;l el duque, lo estrangularon, y adonde el pr&iacute;ncipe arrojado hab&iacute;a, lo arrojaron. Y hecho esto, manifiestamente conociendo que no hab&iacute;an sido o&iacute;dos ni por la mujer ni por nadie, tom&oacute; el duque una luz en la mano y la levant&oacute; sobre la cama, y silenciosamente a la mujer toda, que profundamente dorm&iacute;a, descubri&oacute;; y mir&aacute;ndola entera la apreci&oacute; sumamente, y si vestida le hab&iacute;a gustado sobre toda comparaci&oacute;n le gust&oacute; desnuda. Por lo que, inflam&aacute;ndose en mayor deseo, no espantado por el reciente pecado por &eacute;l cometido, con las manos todav&iacute;a sangrientas, junto a ella se acost&oacute; y con ella toda so&ntilde;olienta, y creyendo que el pr&iacute;ncipe fuese, yaci&oacute;. Pero luego de que alg&uacute;n tiempo con grand&iacute;simo placer estuvo con ella, levant&aacute;ndose y haciendo venir all&iacute; a algunos de sus compa&ntilde;eros, hizo coger a la mujer de manera que no pudiera hacer ruido, y por una puerta falsa, por donde entrado hab&iacute;a &eacute;l, llev&aacute;ndola y poni&eacute;ndola a caballo, lo m&aacute;s silenciosamente que pudo, con todos los suyos se puso en camino y se volvi&oacute; a Atenas. Pero como ten&iacute;a mujer, no en Atenas sino en un bell&iacute;simo lugar suyo que un poco a las afueras de la ciudad ten&iacute;a junto al mar, dej&oacute; a la m&aacute;s dolorosa de las mujeres, teni&eacute;ndola all&iacute; ocultamente y haci&eacute;ndola honradamente, de cuanto necesitaba, servir.</p><p align="justify">Hab&iacute;an a la ma&ntilde;ana siguiente los cortesanos del pr&iacute;ncipe esperado hasta la hora de nona a que el pr&iacute;ncipe se levantase; pero no oyendo nada, empujando las puertas de la c&aacute;mara que solamente estaban entornadas, y no encontrando all&iacute; a nadie, pensando que ocultamente se hubiera ido a alguna parte para estarse algunos d&iacute;as a su gusto con aquella su hermosa mujer, m&aacute;s no se preocuparon. Y as&iacute; las cosas, sucedi&oacute; que al d&iacute;a siguiente, un loco, entrando entre las ruinas donde estaban el cuerpo del pr&iacute;ncipe y el de Ciuriaci, por el cabestro arrastr&oacute; afuera a Ciuriaci, y lo iba arrastrando tras &eacute;l. El cual, no sin maravilla fue reconocido por muchos, que con lisonjas haci&eacute;ndose llevar por el loco all&iacute; de donde lo hab&iacute;a arrastrado, all&iacute;, con grand&iacute;simo dolor de toda la ciudad, encontraron el del pr&iacute;ncipe, y honrosamente lo sepultaron; e investigando sobre los autores de tan grande delito, y viendo que el duque de Atenas no estaba, sino que se hab&iacute;a ido furtivamente, estimaron, como era, que &eacute;l deb&iacute;a haber hecho aquello y llev&aacute;dose a la mujer. Por lo que prestamente sustituyendo a su pr&iacute;ncipe con un hermano del muerto, le incitaron con todo su poder a la venganza; el cual, por muchas otras cosas confirmado despu&eacute;s haber sido tal como lo hab&iacute;an imaginado, llamando en su ayuda a amigos y parientes y servidores de diversas partes, prontamente reuni&oacute; una grande y buena y poderosa hueste, y a hacer la guerra al duque de Atenas se enderez&oacute;. El duque, oyendo estas cosas, en su defensa semejantemente aparej&oacute; todo su ej&eacute;rcito, y vinieron en su ayuda muchos se&ntilde;ores, entre los cuales, enviados por el emperador de Constantinopla, estaban Costanzo su hijo y Manovello su sobrino con buenas y grandes gentes, los cuales fueron recibidos honradamente por el duque, y m&aacute;s por la duquesa, porque era su hermana. Aprest&aacute;ndose las cosas para la guerra m&aacute;s de d&iacute;a en d&iacute;a, la duquesa, en tiempo oportuno, a ambos a dos hizo venir a su c&aacute;mara, y all&iacute; con l&aacute;grimas bastantes y con muchas palabras toda la historia les cont&oacute;, mostr&aacute;ndoles las razones de la guerra y la ofensa hecha contra ella por el duque con la mujer a la que cre&iacute;a tener ocultamente; y doli&eacute;ndose mucho de aquello, les rog&oacute; que al honor del duque y al consuelo de ella ofreciesen la reparaci&oacute;n que pensasen mejor. Sab&iacute;an los j&oacute;venes c&oacute;mo hab&iacute;a sido todo aquel hecho y, por ello, sin preguntar demasiado, confortaron a la duquesa lo mejor que supieron y la llenaron de buena esperanza, e informados por ella de d&oacute;nde estaba la mujer, se fueron.</p><p align="justify">Y habiendo muchas veces o&iacute;do hablar de la mujer como maravillosa, desearon verla y al duque pidieron que se la ense&ntilde;ase; el cual, mal recordando lo que al pr&iacute;ncipe hab&iacute;a sucedido por hab&eacute;rsela ense&ntilde;ado a &eacute;l, prometi&oacute; hacerlo: y hecho aparejar en un bell&iacute;simo jard&iacute;n, en el lugar donde estaba la mujer, un magn&iacute;fico almuerzo, a la ma&ntilde;ana siguiente, a ellos con algunos otros compa&ntilde;eros a comer con ella los llev&oacute;. Y estando sentado Costanzo con ella, la comenz&oacute; a mirar lleno de maravilla, dici&eacute;ndose que nunca hab&iacute;a visto nada tan hermoso, y que ciertamente por excusado pod&iacute;a tenerse al duque y a cualquiera que para tener una cosa tan hermosa cometiese traici&oacute;n o cualquier otra acci&oacute;n deshonesta: y una vez y otra mir&aacute;ndola, y celebr&aacute;ndola cada vez m&aacute;s, no de otra manera le sucedi&oacute; a &eacute;l lo que le hab&iacute;a sucedido al duque. Por lo que, y&eacute;ndose enamorado de ella, abandonado todo el pensamiento de guerra, se dio a pensar c&oacute;mo se la podr&iacute;a quitar al duque, &oacute;ptimamente a todos celando su amor. Pero mientras &eacute;l se inflamaba en este fuego, lleg&oacute; el tiempo de salir contra el pr&iacute;ncipe que ya a las tierras del duque se acercaba; por lo que el duque y Costanzo y todos los otros, seg&uacute;n el plan hecho en Atenas saliendo, fueron a contender a ciertas fronteras, para que m&aacute;s adelante no pudiera venir el pr&iacute;ncipe. Y deteni&eacute;ndose all&iacute; muchos d&iacute;as, teniendo siempre Costanzo en el &aacute;nimo y en el pensamiento a aquella mujer, imaginando que, ahora que el duque no estaba junto a ella, muy bien podr&iacute;a venir a cabo de su placer, por tener una raz&oacute;n para volver a Atenas se fingi&oacute; muy indispuesto en su persona; por lo que, con permiso del duque, delegado todo su poder en Manovello, a Atenas se vino junto a la hermana, y all&iacute;, luego de algunos d&iacute;as, haci&eacute;ndola hablar sobre la ofensa que del duque le parec&iacute;a recibir por la mujer que ten&iacute;a, le dijo que, si ella quer&iacute;a, &eacute;l la ayudar&iacute;a bien en aquello, haciendo de all&iacute; donde estaba sacarla y llev&aacute;rsela. La duquesa, juzgando que Costanzo por su amor y no por el de la mujer lo hac&iacute;a, dijo que le plac&iacute;a mucho siempre que se hiciese de manera que el duque nunca supiese que ella hubiera consentido en esto. Lo que Costanzo plenamente le prometi&oacute;; por lo que la duquesa consinti&oacute; en que &eacute;l como mejor le pareciese hiciera.</p><p align="justify">Costanzo, ocultamente, hizo armar una barca ligera, y aquella noche la mand&oacute; cerca del jard&iacute;n donde viv&iacute;a la mujer, informados los suyos que en ella estaban de lo que hab&iacute;an de hacer, y junto con otros fue al palacio donde estaba la mujer, donde por aquellos que all&iacute; al servicio de ella estaban fue alegremente recibido, y tambi&eacute;n por la mujer; y con &eacute;sta, acompa&ntilde;ada por sus servidores y por los compa&ntilde;eros de Costanzo, como quisieron, fueron al jard&iacute;n. Y como si a la mujer de parte del duque quisiera hablarle, con ella, hacia una puerta que sal&iacute;a al mar, solo se fue; a la cual, estando ya abierta por uno de sus compa&ntilde;eros, y all&iacute; con la se&ntilde;al convenida llamada la barca, haci&eacute;ndola coger prestamente y poner en la barca, volvi&eacute;ndose a sus criados, les dijo:</p><p align="justify">-Nadie se mueva ni diga palabra, si no quiere morir, porque entiendo no robar al duque su mujer sino llevarme la verg&uuml;enza que le hace a mi hermana.</p><p align="justify">A esto nadie se atrevi&oacute; a responder; por lo que Costanzo, con los suyos en la barca montado y acerc&aacute;ndose a la mujer que lloraba, mand&oacute; que diesen los remos al agua y se fueran; los cuales, no bogando sino volando, casi al alba del d&iacute;a siguiente llegaron a Egina. Bajando aqu&iacute; a tierra y descansando Costanzo con la mujer, que su desventurada hermosura lloraba, se solaz&oacute;; y luego, volvi&eacute;ndose a subir a la barca, en pocos d&iacute;as llegaron a Qu&iacute;os, y all&iacute;, por temor a la reprensi&oacute;n de su padre y para que la mujer robada no le fuese quitada, plugo a Costanzo como en seguro lugar quedarse; donde muchos d&iacute;as la mujer llor&oacute; su desventura, pero luego, consolada por Costanzo, como las otras veces hab&iacute;a hecho, empez&oacute; a tomar el gusto a lo que la fortuna le deparaba.</p><p align="justify">Mientras estas cosas andaban de tal guisa, Osbech, entonces rey de los turcos, que estaba en continua guerra con el emperador, en aquel tiempo vino por acaso a Esmirna, y oyendo all&iacute; c&oacute;mo Costanzo en lasciva vida, con una mujer suya a quien robado hab&iacute;a, sin ninguna precauci&oacute;n estaba en Qu&iacute;os, yendo all&iacute; con unos barquichuelos armados una noche y ocultamente con su gente entrando en la ciudad, a muchos cogi&oacute; en sus camas antes de que se diesen cuenta de que los enemigos hab&iacute;an llegado; y por &uacute;ltimo a algunos que, despert&aacute;ndose, hab&iacute;an corrido a las armas, los mataron, y, prendiendo fuego a toda la ciudad, el bot&iacute;n y los prisioneros puestos en las naves, hacia Esmirna se volvieron. Llegados all&iacute;, encontrando Osbech, que era hombre joven, al revisar el bot&iacute;n, a la hermosa mujer, y conociendo que aqu&eacute;lla era la que con Costanzo hab&iacute;a sido cogida durmiendo en la cama, se puso sumamente contento al verla; y sin tardanza la hizo su mujer y celebr&oacute; las bodas, y con ella se acost&oacute; contento muchos meses.</p><p align="justify">El emperador, que antes de que estas cosas sucedieran hab&iacute;a tenido tratos con Basano, rey de Capadocia, para que contra Osbech bajase por una parte con sus fuerzas y &eacute;l con las suyas le asaltara por la otra, y no hab&iacute;a podido cumplirlo a&uacute;n plenamente porque algunas cosas que Basano ped&iacute;a, como menos convenientes no hab&iacute;a podido hacerlas, oyendo lo que a su hijo hab&iacute;a sucedido, triste se puso sobremanera y sin tardanza lo que el rey de Capadocia le ped&iacute;a hizo, y &eacute;l cuanto m&aacute;s pudo solicit&oacute; que descendiese contra Osbech, aparej&aacute;ndose &eacute;l de la otra parte a irle encima. Osbech, al saber esto, reunido su ej&eacute;rcito, antes de ser cogido en medio por los dos poderos&iacute;simos se&ntilde;ores, fue contra el rey de Capadocia, dejando en Esmirna al cuidado de un fiel familiar y amigo a su bella mujer; y con el rey de Capadocia enfrent&aacute;ndose despu&eacute;s de alg&uacute;n tiempo combati&oacute; y fue muerto en la batalla y su ej&eacute;rcito vencido y dispersado. Por lo que Basano, victorioso, se puso libremente a venir hacia Esmirna; y al venir, toda la gente como a vencedor le obedec&iacute;a. El familiar de Osbech, cuyo nombre era Ant&iacute;oco, a cargo de quien hab&iacute;a quedado la hermosa mujer, por templado que fuese, vi&eacute;ndola tan bella, sin observar a su amigo y se&ntilde;or lealtad, de ella se enamor&oacute;; y sabiendo su lengua (lo que mucho le agradaba, como a quien varios a&ntilde;os a guisa de sorda y de muda hab&iacute;a tenido que vivir, por no haberla entendido nadie y ella no haber entendido a nadie), incitado por el amor, comenz&oacute; a tomar tanta familiaridad con ella en pocos d&iacute;as que, no despu&eacute;s de mucho, no teniendo consideraci&oacute;n a su se&ntilde;or que en armas y en guerra estaba, hicieron su trato no solamente en amistoso sino en amoroso transformarse, tomando el uno del otro bajo las s&aacute;banas maravilloso placer. Pero oyendo que Osbech estaba vencido y muerto, y que Basano ven&iacute;a pillando todo, tomaron juntos por partido no esperarlo all&iacute; sino que cogiendo grand&iacute;sima parte de las cosas m&aacute;s preciosas que all&iacute; ten&iacute;a Osbech, juntos y escondidamente, se fueron a Rodas; y no hab&iacute;an vivido all&iacute; mucho tiempo cuando Ant&iacute;oco enferm&oacute; de muerte. Estando con el cual por acaso un mercader chipriota muy amado por &eacute;l y sumamente su amigo, sinti&eacute;ndose llegar a su fin, pens&oacute; que le dejar&iacute;a a &eacute;l sus cosas y su querida mujer. Y ya pr&oacute;ximo a la muerte, a ambos llam&oacute;, dici&eacute;ndoles as&iacute;:</p><p align="justify">-Veo que desfallezco sin remedio; lo que me duele, porque nunca tanto me gust&oacute; vivir como ahora me gustaba. Y cierto es que de una cosa muero content&iacute;simo, porque, teniendo que morir, me veo morir en los brazos de las dos personas a quienes amo m&aacute;s que a ninguna otra que haya en el mundo, esto es en los tuyos, car&iacute;simo amigo, y en los de esta mujer a quien m&aacute;s que a m&iacute; mismo he amado desde que la conoc&iacute;. Es verdad que doloroso me es saber que se queda forastera y sin ayuda ni consejo, al morirme yo; y m&aacute;s doloroso me ser&iacute;a todav&iacute;a si no te viese a ti que creo que cuidado de ella tendr&aacute;s por mi amor como lo tendr&iacute;as de mi mismo; y por ello, cuanto m&aacute;s puedo te ruego que, si me muero, que mis cosas y ella queden a tu cuidado, y de las unas y de la otra haz lo que creas que sirva de consuelo a mi alma. Y a ti, querid&iacute;sima mujer, te ruego que despu&eacute;s de mi muerte no me olvides, para que yo all&aacute; pueda envanecerme de que soy amado aqu&iacute; por la m&aacute;s hermosa mujer que nunca fue formada por la naturaleza. Si de estas dos cosas me dieseis segura esperanza, sin ninguna duda me ir&eacute; consolado. El amigo mercader y semejantemente la mujer, al o&iacute;r estas palabras, lloraban; y habiendo callado &eacute;l, le confortaron y le prometieron por su honor hacer lo que les ped&iacute;a, si sucediera que &eacute;l muriese; y poco despu&eacute;s muri&oacute; y por ellos fue hecho sepultar honorablemente. Despu&eacute;s, luego de pocos d&iacute;as, habiendo el mercader chipriota todos sus negocios en Rodas despachado y queriendo volverse a Chipre en una coca de catalanes que all&iacute; hab&iacute;a, pregunt&oacute; a la hermosa mujer que qu&eacute; quer&iacute;a hacer, como fuera que a &eacute;l le conven&iacute;a volverse a Chipre.</p><p align="justify">La mujer repuso que con &eacute;l, si le pluguiera, ir&iacute;a de buena gana, esperando que por el amor de Ant&iacute;oco ser&iacute;a tratada y mirada por &eacute;l como una hermana. El mercader repuso que de lo que a ella gustase estar&iacute;a contento: y, para de cualquier ofensa que pudiese sobrevenirle antes de que a Chipre llegasen, defenderla, dijo que era su mujer. Y subido a la nave, habi&eacute;ndoles dado un camarote en la popa, para que las obras no pareciesen contrarias a las palabras, con ella en una litera bastante peque&ntilde;a dorm&iacute;a. Por lo que sucedi&oacute; lo que ni por el uno ni por el otro hab&iacute;a sido acordado al partir de Rodas; es decir que, incit&aacute;ndoles la oscuridad y la comodidad y el calor de la cama, cuyas fuerzas no son peque&ntilde;as, olvidada la amistad y el amor por Ant&iacute;oco muerto, atra&iacute;dos por igual apetito, empezando a hurgonearse el uno al otro, antes de que a Pafos llegasen, de donde era el chipriota, se hab&iacute;an hecho parientes; y llegados a Pafos, mucho tiempo estuvo con el mercader.</p><p align="justify">Sucedi&oacute; por acaso que a Pafos lleg&oacute; por alg&uacute;n asunto suyo un gentilhombre cuyo nombre era Ant&iacute;gono, cuyos a&ntilde;os eran muchos pero cuyo juicio era mayor, y pocas las riquezas, porque habi&eacute;ndose en muchas cosas mezclado al servicio del rey de Chipre, la fortuna le hab&iacute;a sido contraria. El cual, pasando un d&iacute;a por delante de la casa donde la hermosa mujer viv&iacute;a, habiendo el mercader chipriota ido con su mercanc&iacute;a a Armenia, le sucedi&oacute; por ventura ver a una ventana de su casa a esta mujer; a quien, como era hermos&iacute;sima, empez&oacute; a mirar fijamente, y empez&oacute; a querer acordarse de haberla visto otras veces, pero d&oacute;nde de ninguna manera acordarse pod&iacute;a.</p><p align="justify">La hermosa mujer, que mucho tiempo habla sido juguete de la fortuna, acerc&aacute;ndose al t&eacute;rmino en que sus males deb&iacute;an hallar fin, al ver a Ant&iacute;gono se acord&oacute; de haberlo visto en Alejandr&iacute;a al servicio de su padre, en no baja condici&oacute;n; por lo cual, concibiendo s&uacute;bita esperanza de poder a&uacute;n volver al estado real con sus consejos, no sintiendo a su mercader, lo antes que pudo hizo llamar a Ant&iacute;gono. Al cual, venido a ella, t&iacute;midamente pregunt&oacute; si &eacute;l fuese Ant&iacute;gono de Famagusta, como cre&iacute;a. Ant&iacute;gono repuso que s&iacute;, y adem&aacute;s de ello dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora, a m&iacute; me parece conoceros, pero por nada puedo acordarme de d&oacute;nde; por lo que os ruego, si no os es enojoso, que a la memoria me traig&aacute;is qui&eacute;n sois. La mujer, oyendo que era &eacute;l, llorando fuertemente le ech&oacute; los brazos al cuello, y, luego de un poco, a &eacute;l, que mucho se maravillaba, le pregunt&oacute; si nunca en Alejandr&iacute;a la hab&iacute;a visto. Cuya pregunta oyendo Ant&iacute;gono reconoci&oacute; incontinenti que era aqu&eacute;lla Alatiel la hija del sult&aacute;n que muerta en el mar se cre&iacute;a que hab&iacute;a sido, y quiso hacerle la reverencia debida; pero ella no lo sufri&oacute;, y le rog&oacute; que con ella se sentase un poco. Lo que, hecho por Ant&iacute;gono, le pregunt&oacute; reverentemente c&oacute;mo y cu&aacute;ndo y de d&oacute;nde hab&iacute;a venido aqu&iacute;, como fuera que en toda la tierra de Egipto se tuviese por cierto que se hab&iacute;a ahogado en el mar, hac&iacute;a ya algunos a&ntilde;os. A lo que dijo la mujer:</p><p align="justify">-Bien querr&iacute;a que hubiera sido as&iacute; m&aacute;s que haber tenido la vida que he tenido, y creo que mi padre querr&iacute;a lo mismo, si alguna vez lo supiera.</p><p align="justify">Y dicho as&iacute;, volvi&oacute; a llorar maravillosamente; por lo que Ant&iacute;gono le dijo: -Se&ntilde;ora, no os desconsol&eacute;is antes que sea necesario; si os place, contadme vuestras desventuras y qu&eacute; vida hab&eacute;is tenido; por ventura vuestros asuntos podr&aacute;n encaminarse de manera que les encontremos, con ayuda de Dios, buena soluci&oacute;n.</p><p align="justify">-Ant&iacute;gono -dijo la hermosa mujer-, me pareci&oacute; al verte ver a mi padre, y movida por el amor y la ternura que a &eacute;l le he tenido, pudi&eacute;ndome ocultar me manifest&eacute; a ti, y a pocas personas me habr&iacute;a podido suceder haber visto de que tan contenta fuese cuanto estoy de haberte, antes que a ning&uacute;n otro, visto y reconocido; y por ello, lo que en mi mala fortuna siempre he tenido escondido, a ti como a padre te lo descubrir&eacute;. Si ves, despu&eacute;s de que o&iacute;do lo hayas, que puedas de alg&uacute;n modo a mi debida condici&oacute;n hacerme volver, te ruego que lo pongas en obra; si no lo ves, te ruego que jam&aacute;s a nadie digas que me has visto o que nada has o&iacute;do de m&iacute;.</p><p align="justify">Y dicho esto, siempre llorando, lo que sucedido le hab&iacute;a desde que naufrag&oacute; en Mallorca hasta aquel punto le cont&oacute;; de lo que Ant&iacute;gono, movido a piedad, empez&oacute; a llorar, y luego de que por un rato hubo pensado, dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora, puesto que oculto ha estado en vuestros infortunios qui&eacute;n se&aacute;is, sin falta os devolver&eacute; m&aacute;s querida que nunca a vuestro padre, y luego como mujer al rey del Algarbe. Y preguntado por ella que c&oacute;mo, ordenadamente lo que hab&iacute;a de hacer le ense&ntilde;&oacute;; y para que ninguna otra fuese a sobrevenir si se demoraba, en el mismo momento volvi&oacute; Ant&iacute;gono a Famagusta y se fue al rey, al que dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or m&iacute;o, si os place, pod&eacute;is al mismo tiempo haceros grand&iacute;simo honor a vos, y a m&iacute; (que soy pobre por vos) gran provecho sin que os cueste mucho.</p><p align="justify">El rey le pregunt&oacute; c&oacute;mo. Ant&iacute;gono entonces dijo:</p><p align="justify">-A Pafos ha llegado la hermosa joven hija del sult&aacute;n, de la que ha corrido tanto la fama de que se hab&iacute;a ahogado; y, por preservar su honestidad, grand&iacute;simas privaciones ha sufrido largamente, y al presente se encuentra en pobre estado y desea volver a su padre. Si a vos os pluguiera mand&aacute;rsela bajo mi custodia, ser&iacute;a un gran honor para vos, y un gran bien para m&iacute;; y no creo que nunca tal servicio se le olvidase al sult&aacute;n.</p><p align="justify">El rey, movido por real magnanimidad, s&uacute;bitamente repuso que le plac&iacute;a: y honrosamente enviando a por ella, a Fainagusta la hizo venir, donde por &eacute;l y por la reina con indecible fiesta y con magn&iacute;fico honor fue recibida; a la cual, despu&eacute;s, por el rey y la reina si&eacute;ndole preguntadas sus desventuras, seg&uacute;n los consejos dados por Ant&iacute;gono repuso y cont&oacute; todo. Y pocos d&iacute;as despu&eacute;s, pidi&eacute;ndolo ella, el rey, con buena y honorable compa&ntilde;&iacute;a de hombres y de mujeres, bajo la custodia de Ant&iacute;gono la devolvi&oacute; al sult&aacute;n; por el cual si fue celebrada su vuelta nadie lo pregunte, y lo mismo la de Ant&iacute;gono con toda su compa&ntilde;&iacute;a. La que, luego de que repos&oacute; algo, quiso el sult&aacute;n saber c&oacute;mo estaba viva, y d&oacute;nde se hab&iacute;a detenido tanto tiempo sin nunca haberle hecho nada saber sobre su condici&oacute;n.</p><p align="justify">La joven, que &oacute;ptimamente las ense&ntilde;anzas de Ant&iacute;gono hab&iacute;a aprendido, a su padre as&iacute; comenz&oacute; a hablar:</p><p align="justify">-Padre m&iacute;o, ser&iacute;a el vig&eacute;simo d&iacute;a despu&eacute;s que part&iacute; de vuestro lado cuando, por fiera tempestad nuestra nave resquebrajada, encall&oacute; en ciertas playas all&aacute; en Occidente, cerca de un lugar llamado Aguasmuertas, una noche, y lo que de los hombres que en nuestra nave iban sucediese no lo s&eacute; ni lo supe nunca; de cuanto me acuerdo es de que, llegado el d&iacute;a y yo casi de la muerte a la vida volviendo, habiendo sido ya la rota nave vista por los campesinos, corrieron a robarla de toda la comarca, y yo con dos de mis mujeres primero sobre la orilla puestas fuimos, e incontinenti cogidas por los j&oacute;venes que, qui&eacute;n por aqu&iacute; con una y qui&eacute;n por ah&iacute; con otra, empezaron a huir. Qu&eacute; fue de ellas no lo supe nunca; pero habi&eacute;ndome a m&iacute;, que me resist&iacute;a, cogido entre dos j&oacute;venes y arrastr&aacute;ndome por los cabellos, llorando yo fuertemente, sucedi&oacute; que, pasando los que me arrastraban un camino para entrar en un grand&iacute;simo bosque, cuatro hombres en aquel momento pasaban por all&iacute; a caballo, a los cuales, como vieron los que me arrastraban, solt&aacute;ndome, prestamente se dieron a la fuga. Los cuatro hombres, que por su semblante me parec&iacute;an de autoridad, visto aquello, corrieron a donde yo estaba y mucho me preguntaron, y yo mucho dije, pero ni por ellos fui entendida ni a ellos los entend&iacute;. Ellos, luego de larga consulta, subi&eacute;ndome a uno de sus caballos, me llevaron a un monasterio de mujeres seg&uacute;n su ley religiosa, y yo, por lo que les dijeran, fui all&iacute; benign&iacute;simamente recibida y siempre honrada, y con gran devoci&oacute;n junto con ellas he servido desde entonces a san Crescencio-en-la-cueva, a quien las mujeres de aquel pa&iacute;s mucho aman. Pero luego de que alg&uacute;n tiempo estuve con ellas, y ya habiendo algo aprendido de su lengua, pregunt&aacute;ndome qui&eacute;n yo fuese y de d&oacute;nde, y sabiendo yo d&oacute;nde estaba y temiendo, si dijese la verdad, ser perseguida como enemiga de su ley, repuse que era hija de un gran gentilhombre de Chipre, el cual habi&eacute;ndome mandado a Creta para casarme, por azar all&iacute; hab&iacute;amos sido llevados y naufragamos. Y muchas veces en muchas cosas, por miedo a lo peor, observ&eacute; sus costumbres; y pregunt&aacute;ndome la mayor de aquellas se&ntilde;oras, a la que llamaban &laquo;abadesa&raquo;, si a Chipre me gustar&iacute;a volver, contest&eacute; que nada deseaba tanto; pero ella, sol&iacute;cita de mi honor, nunca me quiso confiar a nadie que hacia Chipre viniera sino, hace unos dos meses, cuando llegados all&iacute; ciertos hombres buenos de Francia con sus mujeres, entre los cuales alg&uacute;n pariente ten&iacute;a la abadesa, y oyendo ella que a Jerusal&eacute;n iban a visitar el sepulcro donde aquel a quien tienen por Dios fue enterrado despu&eacute;s de que fue matado por los jud&iacute;os, a ellos me encomend&oacute;, y les rog&oacute; que en Chipre quisieran entregarme a mi padre. Cu&aacute;nto estos gentileshombres me honraron y alegremente me recibieron junto con sus mujeres, larga historia ser&iacute;a de contar. Subidos, pues, en una nave, luego de muchos d&iacute;as llegamos a Pafos; y all&iacute; vi&eacute;ndome llegar, sin conocerme nadie ni sabiendo qu&eacute; deb&iacute;a decir a los gentileshombres que a mi padre me quer&iacute;an entregar, seg&uacute;n les hab&iacute;a sido impuesto por la venerable se&ntilde;ora, me aparej&oacute; Dios, a quien tal vez daba l&aacute;stima de m&iacute;, sobre la orilla a Ant&iacute;gono en la misma hora que nosotros en Pafos baj&aacute;bamos; al que llam&eacute; prestamente y en nuestra lengua, para no ser entendida por los gentileshombres ni las se&ntilde;oras, le dije que como hija me recibiera. &Eacute;l me entendi&oacute; enseguida; y haci&eacute;ndome gran fiesta, a aquellos gentileshombres y a aquellas se&ntilde;oras seg&uacute;n sus pobres posibilidades honr&oacute;, y me llev&oacute; al rey de Chipre, el cual con qu&eacute; honor me recibi&oacute; y aqu&iacute; a vos me ha enviado nunca podr&iacute;a yo contar. Si algo por decir queda, Ant&iacute;gono, que muchas veces me ha o&iacute;do esta mi peripecia, lo cuente. Ant&iacute;gono, entonces, volvi&eacute;ndose al sult&aacute;n, dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or m&iacute;o, ordenad&iacute;simamente, tal como me lo ha contado muchas veces y como aquellos gentileshombres con los que vino me contaron, os lo ha contado; solamente una parte ha dejado por deciros, que estimo que, porque bien no le est&aacute; decirlo a ella, lo haya hecho: y ello es cu&aacute;nto aquellos gentileshombres y se&ntilde;oras con quienes vino hablaron de la honesta vida que con las se&ntilde;oras religiosas hab&iacute;a llevado y de su virtud y de sus loables costumbres, y de las l&aacute;grimas y del llanto que hicieron las se&ntilde;oras y los gentileshombres cuando, restituy&eacute;ndola a m&iacute;, se separaron de ella. De las cuales cosas si yo quisiera enteramente decir lo que ellos me dijeron, no el presente d&iacute;a sino la noche siguiente no nos bastar&iacute;a; tanto solamente creo que basta que, seg&uacute;n sus palabras mostraban y aun aquello que yo he podido ver, os pod&eacute;is gloriar de tener la m&aacute;s hermosa hija y la m&aacute;s honrada y la m&aacute;s valerosa que ning&uacute;n otro se&ntilde;or que hoy lleve corona.</p><p align="justify">Estas cosas celebr&oacute; el sult&aacute;n maravillosamente y muchas veces rog&oacute; a Dios que le concediese gracia para poder dignas recompensas conceder a cualquiera que hubiera honrado a su hija, y m&aacute;ximamente al rey de Chipre por quien honradamente le hab&iacute;a sido devuelta; y luego de algunos d&iacute;as, habiendo hecho preparar grand&iacute;simos dones para Ant&iacute;gono, le dio licencia de volverse a Chipre, d&aacute;ndole al rey con cartas y con embajadores especiales grand&iacute;simas gracias por lo que hab&iacute;a hecho a la hija. Y despu&eacute;s de esto, queriendo que lo que comenzado hab&iacute;a sido tuviese lugar, es decir, que ella fuese la mujer del rey del Algarbe, a &eacute;ste todo hizo saber enteramente, escribi&eacute;ndole adem&aacute;s de ello que, si le pluguiera tenerla, a por ella mandase. Mucho celebr&oacute; esto el rey del Algarbe y, mandando honorablemente a por ella, alegremente la recibi&oacute;. Y ella, que con otros ocho hombres unas diez mil veces se hab&iacute;a acostado, a su lado se acost&oacute; como doncella, y le hizo creer que lo era, y, reina, con &eacute;l alegremente mucho tiempo vivi&oacute; despu&eacute;s. Y por ello se dice: &laquo;Boca besada no pierde fortuna, que se renueva como la luna&raquo;. </p><p align="justify">NOVELA OCTAVA</p><p align="justify">El conde de Amberes, acusado en falso, va al exilio; deja a dos hijos suyos en diversos lugares de Inglaterra y &eacute;l, al volver de Escocia , sin ser conocido, los encuentra en buen estado; entra como palafrenero en el ej&eacute;rcito del rey de Francia y, reconocida su inocencia, es restablecido en su primer estado.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">Mucho suspiraron las se&ntilde;oras por las diversas desventuras de la hermosa mujer: pero &iquest;qui&eacute;n sabe qu&eacute; raz&oacute;n mov&iacute;a los suspiros? Tal vez las hab&iacute;a que no menos por anhelo de tan frecuentes nupcias que por l&aacute;stima de ella suspiraban. Pero dejando esto por el momento presente, habi&eacute;ndose alguna re&iacute;do por las &uacute;ltimas palabras dichas por P&aacute;nfilo, y viendo por ellas la reina que su novela hab&iacute;a terminado, vuelta hacia Elisa, le impuso que continuara el orden con una de las suyas; la cual, alegremente haci&eacute;ndolo, comenz&oacute; Ampl&iacute;simo campo es este por el cual hoy nos estamos paseando, y no hay nadie que, no una justa sino diez pudiese contender en &eacute;l asaz f&aacute;cilmente pues tan abundante lo ha hecho la fortuna en sus extra&ntilde;os y dolorosos casos; y por ello, viniendo de ellos, que infinitos son, a contar alguno, digo que: Al ser el imperio de Roma de los franceses a los tudescos transportado , naci&oacute; entre una naci&oacute;n y la otra grand&iacute;sima enemistad y acerba y continua guerra, por la cual, tanto para defender su pa&iacute;s como para atacar a los otros, el rey de Francia y un hijo suyo, con toda la fuerza de su reino y junto con los amigos y parientes con quienes hacer lo pudieron, organizaron un grand&iacute;simo ej&eacute;rcito para ir contra los enemigos; y antes de que a ello procedieran, para no dejar el reino sin gobierno, sabiendo que Gualterio, conde de Amberes, era un hombre noble y sabio y muy fiel amigo y servidor suyo, y que aunque tambi&eacute;n era conocedor del arte de la guerra les parec&iacute;a a ellos m&aacute;s apto para las cosas delicadas que para las fatigosas, a &eacute;l en el lugar de ellos dejaron como vicario general sobre todo el gobierno del reino de Francia, y se fueron a sus campa&ntilde;as.</p><p align="justify">Comenz&oacute;, pues, Gualterio con juicio y con orden el oficio encomendado, siempre en todas las cosas con la reina y con su nuera consultando; y aunque bajo su custodia y jurisdicci&oacute;n hubiesen sido dejadas, no menos como a sus se&ntilde;oras y principales en lo que pod&iacute;a las honraba. Era el dicho Gualterio hermos&iacute;simo de cuerpo y de edad de unos cuarenta a&ntilde;os, y tan amable y cort&eacute;s cuanto m&aacute;s pudiese serlo hombre noble, y adem&aacute;s de todo esto, era el m&aacute;s galante y el m&aacute;s delicado caballero que en aquel tiempo se conociese, y el que m&aacute;s adornado iba.</p><p align="justify">Ahora, sucedi&oacute; que, estando el rey de Francia y su hijo en la guerra ya dicha, habiendo muerto la mujer de Gualterio y habi&eacute;ndole dejado con un hijo var&oacute;n y una hija, ni&ntilde;os peque&ntilde;os, y sin nadie m&aacute;s, frecuentando &eacute;l la corte de las dichas se&ntilde;oras y hablando con ellas frecuentemente de las necesidades del reino, la mujer del hijo del rey puso en &eacute;l sus ojos y con grand&iacute;simo afecto considerando su persona y sus costumbres, con oculto amor fervientemente se inflam&oacute; por &eacute;l; y vi&eacute;ndose joven y fresca y a &eacute;l sin mujer, pens&oacute; que ser&iacute;a f&aacute;cil realizar su deseo. Y pensando que ninguna cosa se opon&iacute;a a aquello sino la verg&uuml;enza de manifest&aacute;rselo, se dispuso del todo a desecharla de s&iacute;, y estando un d&iacute;a sola y pareci&eacute;ndole oportuno, como si otras cosas con &eacute;l hablar quisiese, mand&oacute; a por &eacute;l. El conde, cuyo pensamiento estaba muy lejos del de la se&ntilde;ora, sin ninguna dilaci&oacute;n se fue a donde ella; y sent&aacute;ndose, como ella quiso, con ella sobre una cama, en una c&aacute;mara los dos solos, habi&eacute;ndola ya el conde preguntado sobre la raz&oacute;n por la que le hubiese hecho venir, y ella callando, finalmente, empujada por el amor, toda roja de verg&uuml;enza, casi llorando y temblando toda, con palabras entrecortadas, as&iacute; comenz&oacute; a decir: -Car&iacute;simo y dulce amigo y se&ntilde;or m&iacute;o, vos pod&eacute;is, como hombre sabio, f&aacute;cilmente conocer cu&aacute;nta sea la fragilidad de los hombres y de las mujeres, y por diversas razones m&aacute;s en una que en otra; por lo que debidamente, ante un justo juez, un mismo pecado en diversa cualidad de personas no debe recibir la misma pena. &iquest;Y qui&eacute;n ser&iacute;a quien dijese que no debiese ser mucho m&aacute;s reprensible un pobre hombre o una pobre mujer que con su trabajo tuviesen que ganar lo que necesitasen para vivir, si fuesen por el amor estimulados y lo siguiesen, que una se&ntilde;ora rica y ociosa y a quien nada que agradase a sus deseos faltara? Creo ciertamente que nadie. Por la raz&oacute;n que juzgo que grand&iacute;sima parte de excusa deban prestar las dichas cosas de aquella que las posee, si por ventura se deja llevar a amar; y lo restante debe tenerlo el haber elegido a un sabio y valeroso amador, si lo ha hecho as&iacute; aquella que ama. Las cuales cosas, como quiera que ambas seg&uacute;n mi parecer, se dan en m&iacute;, y adem&aacute;s de ellas otras m&aacute;s que a amar deben inducirme, como es mi juventud y el alejamiento de mi marido, deben ahora venir en mi ayuda a la defensa de mi fogoso amor ante vuestra consideraci&oacute;n; y si pueden lo que en la presencia de los sabios deben poder, os ruego que consejo y ayuda en lo que os pida me prest&eacute;is. Es verdad que, por el alejamiento de mi marido no pudiendo yo a los est&iacute;mulos de la carne ni a la fuerza del amor oponerme (los cuales son de tanto poder, que a los fort&iacute;simos hombres, no ya a las tiernas mujeres, han vencido muchas veces y vencen todos los d&iacute;as), estando yo en las comodidades y los ocios en que me veis, a secundar los placeres de amor y a enamorarme me he dejado llevar: y como tal cosa, si sabida fuese, yo sepa que no es honesta, no menos, siendo y estando escondida en nada la juzgo ser deshonesta, pues me ha sido Amor tan complaciente que no solamente no me ha quitado el debido juicio al elegir el amante sino que mucho me ha dado, mostr&aacute;ndome que sois digno vos de ser amado por una mujer tal como yo; que, si no me enga&ntilde;o, os reputo por el m&aacute;s hermoso, el m&aacute;s amable y m&aacute;s galante y el m&aacute;s sabio caballero que en el reino de Francia pueda encontrarse; y tal como yo puedo decir que sin marido me veo, vos tambi&eacute;n sin mujer. Por lo que yo os ruego, por tan grande amor como es el que os tengo, que no me negu&eacute;is el vuestro y que se acreciente con mi juventud, la cual verdaderamente, como el hielo al fuego, se consume por vos. Al llegar a estas palabras le acometieron tan abundantemente las l&aacute;grimas que ella, que todav&iacute;a m&aacute;s ruegos intentaba interponer, no tuvo m&aacute;s poder para hablar, sino que bajado el rostro y abatida, llorando, en el seno del conde dej&oacute; caer la cabeza. El conde, que leal&iacute;simo caballero era, con grav&iacute;sima reprimenda empez&oacute; a reprender un tan loco amor y a rechazarla porque ya al cuello quer&iacute;a ech&aacute;rsele, y con juramentos a afirmar que primero sufrir&iacute;a &eacute;l ser descuartizado que tal cosa contra el honor de su se&ntilde;or ni en s&iacute; mismo ni en otro consintiera. Lo que oyendo la se&ntilde;ora, s&uacute;bitamente olvidado el amor y en fiero furor encendida dijo: -&iquest;Ser&aacute;, pues, ruin caballero, de esta guisa escarnecido por vos mi deseo? No plazca a Dios, puesto que quer&eacute;is hacerme morir, que yo morir arrojar del mundo no os haga. Y diciendo as&iacute;, al punto se ech&oacute; las manos a los cabellos, enmara&ntilde;&aacute;ndoselos y descomponi&eacute;ndoselos todos, y despu&eacute;s de haberse desgarrado las vestiduras en el pecho, comenz&oacute; a gritar fuerte: -&iexcl;Ayuda, ayuda, que el conde de Amberes quiere forzarme!</p><p align="justify">El conde, viendo esto, y temiendo mucho m&aacute;s la envidia de los cortesanos que a su conciencia, y temiendo que aqu&eacute;lla fuese a dar m&aacute;s fe a la maldad de la se&ntilde;ora que a su inocencia, se levant&oacute; y lo m&aacute;s aprisa que pudo, de la c&aacute;mara y del palacio sali&oacute; y escap&oacute; a su casa, donde, sin tomar otro consejo, puso a sus hijos a caballo y mont&aacute;ndose &eacute;l tambi&eacute;n, lo m&aacute;s aprisa que pudo se fue hacia Calais. Al ruido de la se&ntilde;ora corrieron muchos, los cuales, vi&eacute;ndola y oyendo la raz&oacute;n de sus gritos, no solamente por aquello dieron fe a sus palabras, sino que a&ntilde;adieron que la galanura y la adornada manera del conde hab&iacute;a sido por &eacute;l largamente buscada para poder llegar a aquello. Se corri&oacute;, pues, con furia a los palacios del conde para arrestarlo; pero no encontr&aacute;ndole a &eacute;l, primero los saquearon todos y luego hasta los cimientos los hicieron derribar.</p><p align="justify">La noticia, tan torpe como se contaba, lleg&oacute; en las huestes al rey y al hijo, los cuales, muy airados, a perpetuo exilio a &eacute;l y a sus descendientes condenaron, grand&iacute;simos dones prometiendo a quien vivo o muerto se lo llevase. El conde, pesaroso de que, de inocente, al huir, se hab&iacute;a hecho culpable, llegado sin darse a conocer o ser conocido, con sus hijos a Calais, prestamente pas&oacute; a Inglaterra y en pobres vestidos fue hacia Londres, donde antes de entrar, con muchas palabras adoctrin&oacute; a los dos peque&ntilde;os hijos suyos, y m&aacute;ximamente en dos cosas: primera, que pacientemente soportasen el estado pobre al que sin culpa de ellos la fortuna, junto con &eacute;l, les hab&iacute;a llevado, y luego que con toda prudencia se guardasen de manifestar a nadie de d&oacute;nde eran ni hijos de qui&eacute;n, si amaban la vida.</p><p align="justify">Era el hijo, llamado Luigi, de unos nueve a&ntilde;os, y la hija, que ten&iacute;a por nombre Violante , ten&iacute;a unos siete, los cuales, seg&uacute;n lo que permit&iacute;a su tierna edad, muy bien comprendieron la lecci&oacute;n del padre, y en las obras lo mostraron despu&eacute;s. Y para que aquello mejor pudiese hacerse le pareci&oacute; deber cambiarles los nombres; y lo hizo as&iacute;, y llam&oacute; al var&oacute;n Perotto y Giannetta a la ni&ntilde;a; y llegados a Londres con pobres vestidos, del modo que vemos hacer a los pordioseros franceses, se dieron a andar pidiendo limosna. Y estando por acaso en tal ocupaci&oacute;n una ma&ntilde;ana en una iglesia, sucedi&oacute; que una gran dama, que era mujer de uno de los mariscales del rey de Inglaterra, al salir de la iglesia, vio al conde y a sus dos hijitos que limosna ped&iacute;an, al que pregunt&oacute; de d&oacute;nde era y si suyos eran aquellos dos ni&ntilde;os. A quien repuso que &eacute;l era de Picard&iacute;a y que, por un delito de un hijo mayor, hab&iacute;a tenido que hacerse vagabundo con aquellos dos, que suyos eran. La dama, que era piadosa, puso los ojos en la muchacha y le gust&oacute; mucho porque hermosa y gentil y agraciada era, y dijo:</p><p align="justify">-Buen hombre, si te contentase dejar aqu&iacute; conmigo a esta hijita tuya, porque buen aspecto tiene, la ense&ntilde;ar&eacute; de buena gana, y si se hace mujer virtuosa la casar&eacute; en el tiempo que sea conveniente de manera que estar&aacute; bien.</p><p align="justify">Al conde mucho le plugo esta petici&oacute;n, y prestamente repuso que s&iacute;, y con l&aacute;grimas se la dio y recomend&oacute; mucho. Y habiendo as&iacute; colocado a la hija y sabiendo bien a qui&eacute;n, deliber&oacute; no quedarse all&iacute;, y pidiendo limosna atraves&oacute; la isla y con Perotto lleg&oacute; a Gales no sin gran fatiga, como quien a andar a pie no est&aacute; acostumbrado. All&iacute; hab&iacute;a otro de los mariscales del rey, que gran estado y muchos servidores ten&iacute;a, en cuya corte el conde alguna vez, &eacute;l y el hijo, para tener de qu&eacute; comer, mucho se deten&iacute;an. Y estando en ella alg&uacute;n hijo del dicho mariscal y otros muchachos de gente noble, y jugando a algunos juegos de muchachos como de correr y de saltar, Perotto comenz&oacute; a mezclarse con ellos y a hacerlo tan diestramente, o m&aacute;s, que cualquiera de los otros hiciese alguna de las pruebas que entre ellos se hac&iacute;an. Lo que viendo alguna vez el mariscal, y gust&aacute;ndole mucho la manera y los modos del muchacho, pregunt&oacute; que qui&eacute;n fuese. Le fue dicho que era hijo de un pobre hombre que alguna vez por limosna venia all&aacute; adentro. Al cual el mariscal se lo hizo pedir y el conde, como quien a Dios otra cosa no rogaba, libremente se lo concedi&oacute;, por mucho disgusto que le causase separarse de &eacute;l. Teniendo, pues, el conde el hijo y la hija colocados, pens&oacute; que m&aacute;s no quer&iacute;a quedarse en Inglaterra sino que como mejor pudo se pas&oacute; a Irlanda, y llegado a Stanford, con un caballero de un conde campesino se coloc&oacute; como criado, todas aquellas cosas haciendo que a un criado o a un palafrenero pueden convenir; y all&iacute; sin ser nunca por nadie conocido, con asaz disgusto y fatiga se qued&oacute; largo tiempo.</p><p align="justify">Violante, llamada Giannetta, con la noble se&ntilde;ora en Londres fue creciendo en a&ntilde;os y en persona y en belleza, y en tanto favor de la se&ntilde;ora y de su marido y de cualquiera otro de la casa y de quienquiera que la conociese, que era cosa maravillosa de ver; y no hab&iacute;a nadie que sus costumbres y sus maneras mirase que no dijese que deb&iacute;a ser digna de todo grand&iacute;simo bien y honor. Por la cual cosa, la noble se&ntilde;ora que la hab&iacute;a recibido de su padre, sin haber podido nunca saber qui&eacute;n era &eacute;l de otra manera que por lo que &eacute;l dec&iacute;a, se hab&iacute;a propuesto casarla honradamente seg&uacute;n la condici&oacute;n de que estimaba que era. Pero Dios, justo protector de los m&eacute;ritos de los dem&aacute;s, sabiendo que era mujer noble, y llevaba sin culpa la penitencia del pecado ajeno, lo dispuso de otra manera: y para que a manos de un hombre vil no viniese la noble joven, debe creerse que, lo que sucedi&oacute;, &Eacute;l por su misericordia lo permiti&oacute;. Ten&iacute;a la noble se&ntilde;ora con la que Giannetta viv&iacute;a un &uacute;nico hijo de su marido a quien ella y el padre sumamente amaban, tanto porque era su hijo como porque por virtud y m&eacute;ritos lo val&iacute;a, como quien m&aacute;s que nadie cort&eacute;s y valeroso y arrogante y hermoso de cuerpo era. El cual, teniendo unos seis a&ntilde;os m&aacute;s que Giannetta y vi&eacute;ndola hermos&iacute;sima y graciosa, tanto se enamor&oacute; de ella que m&aacute;s all&aacute; de ella nada ve&iacute;a. Y porque imaginaba que deb&iacute;a ser de baja condici&oacute;n, no solamente no osaba pedirla a su padre y a su madre por mujer, sino que temiendo ser reprendido por haberse puesto a amar bajamente, cuanto pod&iacute;a su amor ten&iacute;a escondido. Por la cual cosa, mucho m&aacute;s que si descubierto lo hubiera, lo estimulaba; y ocurri&oacute; que por exceso de angustia enferm&oacute;, y gravemente. Habiendo sido llamados varios m&eacute;dicos a su cuidado, y habiendo un signo y otro observado en &eacute;l y no pudiendo su enfermedad conocer, todos juntos desesperaban de su salvaci&oacute;n; por lo que el padre y la madre del joven ten&iacute;an tanto dolor y melancol&iacute;a que mayor no habr&iacute;a podido tenerse; y muchas veces con piadosos ruegos le preguntaban la raz&oacute;n de su mal, a los que o suspiros por respuesta daba o que todo se sent&iacute;a desfallecer. Sucedi&oacute; un d&iacute;a que, estando sentado junto a &eacute;l un m&eacute;dico asaz joven, pero en ciencia muy profundo, y teni&eacute;ndole cogido por el brazo en aquella parte donde buscan el pulso, Giannetta, que, por respeto por la madre, sol&iacute;citamente le serv&iacute;a, por alguna raz&oacute;n entr&oacute; en la c&aacute;mara en la que el joven estaba echado. A la cual, cuando el joven vio, sin ninguna palabra o adem&aacute;n hacer, sinti&oacute; con m&aacute;s fuerza en el coraz&oacute;n el amoroso ardor, por lo que el pulso m&aacute;s fuerte comenz&oacute; a latirle de lo acostumbrado; lo que el m&eacute;dico sinti&oacute; incontinenti y maravill&oacute;se, y estuvo quedo por ver cu&aacute;nto aquel latir durase . Al salir Giannetta de la c&aacute;mara el latir se calm&oacute;: por lo que le pareci&oacute; al m&eacute;dico haber entendido algo de la raz&oacute;n de la enfermedad del joven; y poco despu&eacute;s, como si algo quisiera preguntar a Giannetta, siempre teniendo al enfermo por el brazo, la hizo llamar. A lo que ella vino incontinenti; no hab&iacute;a entrado en la c&aacute;mara cuando el latir del pulso volvi&oacute; al joven, y partida ella, ces&oacute;. Con lo que, pareciendo al m&eacute;dico tener plena certeza, levant&oacute;se y llevando aparte al padre y a la madre del joven, les dijo: -La salud de vuestro hijo no en los remedios de los m&eacute;dicos sino en las manos de Giannetta est&aacute;, a la cual, tal como he conocido manifiestamente por ciertos signos, el joven ama ardientemente aunque ella no se haya dado cuenta por lo que yo veo. Sab&eacute;is ya lo que ten&eacute;is que hacer si su vida os es querida. El noble se&ntilde;or y su mujer, oyendo esto, se pusieron contentos en cuanto alg&uacute;n modo se encontraba para su salvaci&oacute;n, aunque mucho les pesase que lo que tem&iacute;an fuera aquello, esto es, tener que dar a Giannetta a su hijo por esposa. Ellos, pues, partido el m&eacute;dico, se fueron al enfermo, y d&iacute;jole la se&ntilde;ora as&iacute;: -Hijo m&iacute;o, no habr&iacute;a yo cre&iacute;do nunca que me escondieses alg&uacute;n deseo tuyo, y especialmente vi&eacute;ndote, por no tenerlo, desfallecer, por lo que deb&iacute;as estar cierto, y debes, que nada hay que por contentarte hacer pudiese, aunque menos que honesto fuera, que como por m&iacute; misma no lo hiciese; pero pues que lo has hecho as&iacute; ha sucedido que Nuestro Se&ntilde;or se ha compadecido de ti m&aacute;s que t&uacute; mismo, y para que de esta enfermedad no te mueras me ha mostrado la raz&oacute;n de tu mal, que no es otra cosa que un excesivo amor que sientes por alguna joven, sea quien sea ella. Y en verdad, de manifestar esto no deber&iacute;as avergonzarte porque tu edad lo pide, y si no estuvieras enamorado yo te tendr&iacute;a en bastante poco. Por lo que, hijo m&iacute;o, no te escondas de m&iacute; sino que con confianza desc&uacute;breme todo tu deseo, y la melancol&iacute;a y el pensamiento que tienes y del que esta enfermedad procede, arr&oacute;jalos fuera, y consu&eacute;late y persu&aacute;dete de que nada habr&aacute; por satisfacci&oacute;n tuya, que t&uacute; me impongas, que yo no haga si est&aacute; en mi poder, como quien m&aacute;s te ama que a la vida m&iacute;a. Desecha la verg&uuml;enza y el temor, y dime si puedo por tu amor hacer algo; y si no encuentras que sea sol&iacute;cita en ello y logre tal efecto tenme por la m&aacute;s cruel madre que ha parido un hijo. El joven, oyendo las palabras de la madre, primero se avergonz&oacute;; luego, pensando que nadie mejor que ella podr&iacute;a satisfacer su placer, desechada la verg&uuml;enza, le dijo as&iacute;: -Madama, nada me ha hecho teneros escondido mi amor sino haberme apercibido de que la mayor&iacute;a de las personas, despu&eacute;s de que entran en a&ntilde;os, de haber sido j&oacute;venes no quieren acordarse. Pero pues que en esto os veo discreta, no solamente no negar&eacute; que es verdad aquello de que os hab&eacute;is apercibido, sino que os har&eacute; manifiesto de qui&eacute;n; con tal condici&oacute;n de que el efecto siga a vuestra promesa en todo cuanto est&eacute; en vuestro poder y as&iacute; podr&eacute;is sanarme.</p><p align="justify">A lo que la se&ntilde;ora, confiando demasiado en que deb&iacute;a suceder en la forma en que ella misma pensaba, libremente repuso que con confianza su pecho le abriese, que ella sin tardanza alguna se pondr&iacute;a a actuar para que &eacute;l su placer tuviera.</p><p align="justify">-Madama -dijo entonces el joven-, la alta hermosura y las loables maneras de nuestra Giannetta y el no poder manifest&aacute;rselo ni hacerla apiadarse de mi amor y el no haber osado jam&aacute;s manifestarlo a nadie me han conducido donde me veis: y si lo que me hab&eacute;is prometido de un modo u otro no se sigue, estaos por segura de que mi vida ser&aacute; breve.</p><p align="justify">La se&ntilde;ora, a quien m&aacute;s parec&iacute;a momento aquel de consuelo que de reprensiones, sonriendo dijo: -&iexcl;Ay, hijo m&iacute;o!, &iquest;as&iacute; que por esto te has dejado enfermar? Consu&eacute;late y d&eacute;jame a m&iacute; hacer, pues curado ser&aacute;s.</p><p align="justify">El joven, lleno de esperanza, en brev&iacute;simo tiempo mostr&oacute; signos de grand&iacute;sima mejor&iacute;a, por lo que la se&ntilde;ora, muy contenta, se dispuso a intentar el modo en que pudiera cumplirse lo que prometido le hab&iacute;a; y llamando un d&iacute;a a Giannetta, con bromas y asaz discretamente le pregunt&oacute; si ten&iacute;a alg&uacute;n amador. Giannetta, toda colorada, repuso:</p><p align="justify">-Madama, a una doncella pobre y echada de su casa, como soy yo, y que est&aacute; al servicio ajeno, como hago yo, no se le pide ni le est&aacute; bien servir a Amor.</p><p align="justify">A lo que la se&ntilde;ora dijo:</p><p align="justify">-Pues si no lo ten&eacute;is, queremos daros uno, con el que contenta viv&aacute;is y m&aacute;s os deleit&eacute;is con vuestra beldad, porque no es conveniente que tan hermosa damisela como vos sois est&eacute; sin amante. A lo que Giannetta repuso:</p><p align="justify">-Madama, vos sac&aacute;ndome de la pobreza de mi padre, me hab&eacute;is criado como hija, y por ello debo hacer todo vuestro gusto; pero no os complacer&eacute; en esto, creyendo que me hago bien. Si os place darme marido, a &eacute;l entiendo amar pero no a otro; porque si de la herencia de mis abuelos nada me ha quedado sino la honra, entiendo guardarla y observarla cuanto mi vida dure. Estas palabras parecieron a la se&ntilde;ora muy contrarias a lo que quer&iacute;a conseguir para cumplir la promesa hecha a su hijo, aunque, como mujer discreta, mucho estimase en su interior a la doncella; y dijo: -C&oacute;mo, Giannetta, si monse&ntilde;or el rey, que es joven caballero, y t&uacute; eres hermos&iacute;sima doncella, buscase en tu amor alg&uacute;n placer, &iquest;se lo negar&iacute;as?</p><p align="justify">Y ella s&uacute;bitamente le respondi&oacute;:</p><p align="justify">-Forzarme podr&iacute;a el rey, pero nunca con mi consentimiento, sino lo que fuera honesto, podr&iacute;a tener. La dama, comprendiendo cu&aacute;l fuese su &aacute;nimo, dej&oacute; de hablar y pens&oacute; ponerla a prueba; y le dijo a su hijo que, en cuanto estuviera curado, la har&iacute;a ir con &eacute;l a una c&aacute;mara y que &eacute;l se ingeniase en conseguir de ella su placer, diciendo que le parec&iacute;a deshonesto, a guisa de alcahueta, hablar por el hijo y rogar a su doncella. Con lo que el joven no estuvo contento en ninguna guisa y de s&uacute;bito empeor&oacute; gravemente; lo que viendo la se&ntilde;ora, manifest&oacute; su intenci&oacute;n a Giannetta pero, encontr&aacute;ndola m&aacute;s constante que nunca, contando a su marido lo que hab&iacute;a hecho, aunque duro les pareciese, de mutuo consentimiento deliberaron d&aacute;rsela por esposa, queriendo mejor a su hijo vivo con mujer que no le correspond&iacute;a que muerto sin ninguna; y as&iacute;, luego de muchas historias, lo hicieron. Con lo que Giannetta estuvo muy contenta y con piadoso coraz&oacute;n agradeci&oacute; a Dios que no la hab&iacute;a olvidado; pero, con todo, no dijo nunca que era sino hija de un picardo. El joven cur&oacute; y celebr&oacute; las nupcias m&aacute;s contento que ning&uacute;n otro hombre, y empez&oacute; a darse buena vida con ella.</p><p align="justify">Perotto, que se hab&iacute;a quedado en Gales con el mariscal del rey de Inglaterra, igualmente creciendo hall&oacute; la gracia de su se&ntilde;or y se hizo hermos&iacute;simo de persona y gallardo cuanto cualquiera otro que hubiese en la isla, tanto que ni en los torneos ni en las justas ni en cualquier otro hecho de armas hab&iacute;a nadie en el pa&iacute;s que valiese lo que &eacute;l; por lo que por todos, que le llamaban Perotto el picardo, era conocido y famoso. Y as&iacute; como Dios no hab&iacute;a olvidado a su hermana, as&iacute; demostr&oacute; igualmente tenerlo a &eacute;l en el pensamiento; porque, sobrevenida en aquella comarca una pestilente mortandad, a la mitad de la gente se llev&oacute; consigo, sin contar que grand&iacute;sima parte de los que quedaron huyeron, por miedo, a otras comarcas, por lo que el pa&iacute;s todo parec&iacute;a abandonado.</p><p align="justify">En la cual mortandad el mariscal su se&ntilde;or y su mujer y un hijo suyo y otros muchos hermanos y sobrinos y parientes todos murieron, y no qued&oacute; sino una doncella ya en edad de casarse, y con algunos otros servidores Perotto. Al cual, cesada un tanto la pestilencia, la doncella, porque era hombre honrado y valeroso, con placer y con el consejo de algunos campesinos que hab&iacute;an quedado vivos, por marido lo tom&oacute;, y de todo aquello que a ella por herencia le hab&iacute;a correspondido, le hizo se&ntilde;or; y poco tiempo pas&oacute; hasta que, enter&aacute;ndose el rey de Inglaterra de que el mariscal hab&iacute;a muerto, y conociendo el valor de Perotto el picardo, en el lugar del que muerto hab&iacute;a lo puso y lo hizo mariscal suyo. Y as&iacute;, en breve, fue de los dos hijos del conde de Amberes, dejados por &eacute;l como perdidos. Ya hab&iacute;a pasado el a&ntilde;o decimoctavo desde que el conde de Amberes, huyendo, se hab&iacute;a ido de Par&iacute;s cuando, habitante de Irlanda &eacute;l, habiendo, en una vida asaz m&iacute;sera, sufrido muchas cosas, vi&eacute;ndose ya viejo, le vino el deseo de saber, si pudiese, lo que hubiera sucedido con sus hijos. Por lo que, por completo en el aspecto que soler ten&iacute;a vi&eacute;ndose cambiado, y sinti&eacute;ndose por el mucho ejercicio m&aacute;s fuerte de cuerpo de lo que era cuando joven viviendo en el ocio, parti&oacute;, asaz pobre y mal vestido, de donde largamente hab&iacute;a estado y se fue a Inglaterra y all&aacute; donde a Perotto hab&iacute;a dejado se fue, y encontr&oacute; que &eacute;ste era mariscal y gran se&ntilde;or, y lo vio sano y fuerte y hermoso en su aspecto; lo que le agrad&oacute; mucho, pero no quiso darse a conocer hasta que hubiera sabido qu&eacute; hab&iacute;a sido de Giannetta. Por lo que, poni&eacute;ndose en camino, no descans&oacute; hasta llegar a Londres; y all&iacute; preguntando cautamente por la se&ntilde;ora a quien hab&iacute;a dejado su hija por su estado, encontr&oacute; a Giannetta mujer del hijo, lo que mucho le plugo; y todas sus adversidades pret&eacute;ritas reput&oacute; por peque&ntilde;as puesto que vivos hab&iacute;a encontrado a sus hijos y en buen estado. Y deseoso de poderla ver empez&oacute;, como pobre, a acercarse junto a su casa, donde, vi&eacute;ndole un d&iacute;a Giachetto Lamiens, que as&iacute; se llamaba el marido de Giannetta, teniendo compasi&oacute;n de &eacute;l porque pobre y viejo lo vio, mand&oacute; a uno de los sirvientes que a su casa lo llevase y le hiciera dar de comer por Dios; lo que el sirviente hizo de buena gana.</p><p align="justify">Hab&iacute;a Giannetta tenido ya de Giachetto varios hijos, de los que el mayor no ten&iacute;a m&aacute;s de ocho a&ntilde;os, y eran los m&aacute;s hermosos y los m&aacute;s graciosos ni&ntilde;os del mundo; los cuales, como vieron comer al conde, todos juntos se le pusieron en derredor y empezaron a hacerle fiestas, como si por oculta virtud hubiesen conocido que aqu&eacute;l era su abuelo. El cual, sabiendo que eran sus nietos, empez&oacute; a demostrarles amor y a hacerles caricias; por lo que los ni&ntilde;os de &eacute;l no quer&iacute;an separarse, por mucho que quien atienda a su vigilancia les llamase. Por lo que Giannetta, oy&eacute;ndolo, sali&oacute; de una c&aacute;mara y vino all&iacute; donde el conde, amenaz&aacute;ndoles con pegarlos si lo que su maestro quer&iacute;a no hiciesen. Los ni&ntilde;os empezaron a llorar y a decir que quer&iacute;an quedarse con aquel hombre honrado, que les quer&iacute;a m&aacute;s que su maestro; de lo que la se&ntilde;ora y el conde se rieron. Se hab&iacute;a levantado el conde, no a guisa de padre sino de mendigo, para saludar a la hija como a se&ntilde;ora y un maravilloso placer al verla hab&iacute;a sentido en el alma. Pero ella ni entonces ni despu&eacute;s le conoci&oacute; en nada, porque sobremanera estaba cambiado de lo que ser sol&iacute;a, como quien viejo y canoso y barbudo estaba, y magro y moreno vuelto, y m&aacute;s otra persona parec&iacute;a que el conde. Y viendo la se&ntilde;ora que los ni&ntilde;os no quer&iacute;an separarse de &eacute;l, sino que al quererlos separar lloraban, dijo al maestro que un rato los dejase quedarse. Estando, pues, los ni&ntilde;os con el hombre honrado, sucedi&oacute; que el padre de Giachetto volvi&oacute;, y por el maestro se enter&oacute; de aquello; por lo que, como despreciaba a Giannetta, dijo:</p><p align="justify">-Dejadlos con la mala ventura que Dios les d&eacute;, que son imagen de donde han nacido: por su madre descienden de vagabundos y no hay que maravillarse si con los vagabundos les gusta estar. Estas palabras escuch&oacute; el conde, y mucho le dolieron; pero encogi&eacute;ndose de hombros sufri&oacute; aquella injuria como muchas otras hab&iacute;a sufrido. Giachetto, que o&iacute;do hab&iacute;a las fiestas que los hijos hac&iacute;an al hombre honrado, es decir al conde, aunque le desagrad&oacute;, tanto les amaba que, antes de verlos llorar mand&oacute; que si el hombre honrado quisiera quedarse para hacer alg&uacute;n servicio, que fuese recibido. El cual respondi&oacute; que se quedaba de buena gana pero que otra cosa no sab&iacute;a hacer sino cuidar caballos, a lo que toda su vida estaba acostumbrado. D&aacute;ndole, pues, un caballo, cuando lo hab&iacute;a atendido, se pon&iacute;a a jugar con los ni&ntilde;os. Mientras la fortuna de esta guisa que se ha contado conduc&iacute;a al conde de Amberes y a sus hijos, sucedi&oacute; que el rey de Francia, concertadas muchas treguas con los alemanes, muri&oacute;, y en su lugar fue coronado el hijo de quien era mujer aqu&eacute;lla por quien el conde hab&iacute;a sido perseguido. &Eacute;ste, habiendo expirado la &uacute;ltima tregua con los tudescos, comenz&oacute; de nuevo muy cruda guerra; en cuya ayuda, como de nuevo pariente, el rey de Inglaterra mand&oacute; mucha gente bajo las &oacute;rdenes de Perotto su mariscal y de Giachetto Lamiens, hijo del otro mariscal: con el cual, el hombre honrado, es decir el conde, fue, y sin ser reconocido por nadie se qued&oacute; en el ej&eacute;rcito por largo espacio como palafrenero, y all&iacute;, como hombre de pro, con consejos y obras, m&aacute;s de lo que le correspond&iacute;a prest&oacute; ayuda. Sucedi&oacute; durante la guerra que la reina de Francia enferm&oacute; gravemente; y conociendo ella misma que iba a morir, arrepentida de todos sus pecados se confes&oacute; devotamente con el arzobispo de Rouen, que por todos era tenido por hombre bueno y sant&iacute;simo, y entre los dem&aacute;s pecados le cont&oacute; el gran da&ntilde;o que por su culpa hab&iacute;a sufrido el conde de Amberes. Y no solamente se content&oacute; con decirlo, sino que delante de muchos otros hombres de pro cont&oacute; todo como hab&iacute;a sucedido, rog&aacute;ndoles que con el rey intercediesen para que al conde, si estaba vivo, y si no a alguno de sus hijos se les restituyese en su estado; y mucho despu&eacute;s, ya finada su vida, honrosamente fue sepultada.</p><p align="justify">Y cont&aacute;ndole al rey su confesi&oacute;n, despu&eacute;s de algunos dolorosos suspiros por las injurias hechas sin raz&oacute;n al valeroso hombre, le movi&oacute; a hacer publicar por todo el ej&eacute;rcito, y adem&aacute;s en otras muchas partes, el bando de que a quien sobre el conde de Amberes o alguno de sus hijos le diese noticias, maravillosamente por cada uno ser&iacute;a recompensado, porque &eacute;l lo ten&iacute;a por inocente de aquello que le hab&iacute;a hecho expatriarse por la confesi&oacute;n hecha por la reina y entend&iacute;a restituirle en el estado que ten&iacute;a y a&uacute;n en mayor. Las cuales cosas oyendo el conde transformado en palafrenero y comprendiendo que eran verdad, s&uacute;bitamente fue a Giachetto y le rog&oacute; que con &eacute;l y con Perotto fuese porque quer&iacute;a mostrarles lo que el rey andaba buscando. Reunidos, pues, los tres, dijo el conde a Perotto, que ya ten&iacute;a el pensamiento en descubrirse:</p><p align="justify">-Perotto, Giachetto que aqu&iacute; est&aacute; tiene a tu hermana por mujer; y nunca tuvo ninguna dote; y por ello, para que tu hermana no est&eacute; sin dote, entiendo que sea &eacute;l y no otro quien obtenga el beneficio que el rey promete que es tan grande, por ti, y te declare como hijo del conde de Amberes, y por Violante, tu hermana y su mujer, y por mi, que el conde de Amberes y vuestro padre soy. Perotto, oyendo esto y mir&aacute;ndole fijamente, enseguida lo reconoci&oacute;, y llorando se arroj&oacute; a sus pies y lo abraz&oacute; diciendo:</p><p align="justify">-&iexcl;Padre m&iacute;o, se&aacute;is muy bien venido!</p><p align="justify">Giachetto, oyendo primero lo que hab&iacute;a dicho el conde y viendo luego lo que Perotto hac&iacute;a, fue acometido en un punto por tanta maravilla y tanta alegr&iacute;a que apenas sab&iacute;a qu&eacute; se deb&iacute;a hacer; pero dando fe a las palabras y avergonz&aacute;ndose mucho de las palabras injuriosas que hab&iacute;a usado con el conde palafrenero, llorando se dej&oacute; caer a sus pies y humildemente de todas las ofensas pasadas le pidi&oacute; perd&oacute;n; lo que el conde, muy benignamente, levant&aacute;ndolo en pie, le concedi&oacute;. Y luego de que los varios casos de cada uno se hubieron contado los tres, y habiendo llorado y habi&eacute;ndose regocijado mucho juntos, queriendo Perotto y Giachetto vestir al conde, de ninguna manera lo sufri&oacute;, sino que quiso que, teniendo primero Giachetto la seguridad de obtener la recompensa prometida, tal como estaba y en aquel h&aacute;bito de palafrenero, para hacerlo m&aacute;s avergonzarse, se lo llevase. Giachetto, pues, con el conde y con Perotto se present&oacute; al rey y ofreci&oacute; llevarle al conde y a su hijo si, seg&uacute;n el bando publicado, quisiera recompensarle. El rey prestamente hizo traer una maravillosa recompensa ante los ojos de Giachetto y mand&oacute; que se la llevase si con verdad le mostraba, como promet&iacute;a, al conde y a sus hijos. Giachetto entonces, retrocediendo y haciendo poner delante de &eacute;l al conde su palafrenero y a Perotto dijo:</p><p align="justify">-Monse&ntilde;or, he aqu&iacute; al padre y al hijo; la hija, que es mi mujer y no est&aacute; aqu&iacute;, pronto vendr&aacute; con la ayuda de Dios.</p><p align="justify">El rey, oyendo aquello, mir&oacute; al conde, y por muy cambiado que estuviera de lo que ser sol&iacute;a, sin embargo luego de haberlo mirado un tanto lo reconoci&oacute;, y con l&aacute;grimas en los ojos a &eacute;l, que arrodillado estaba, le hizo poner en pie y lo abraz&oacute; y lo bes&oacute;, y amigablemente recibi&oacute; a Perotto; y mand&oacute; que incontinenti el conde con vestidos, servidores y caballos y arneses fuese convenientemente provisto, seg&uacute;n requer&iacute;a su nobleza; la cual cosa inmediatamente fue hecha. Adem&aacute;s de esto, mucho honr&oacute; el rey a Giachetto y quiso saber todo sobre sus aventuras pret&eacute;ritas. Y cuando Giachetto tom&oacute; las altas recompensas por haber mostrado al conde y a sus hijos, le dijo el conde: -Toma estos dones de la magnificencia de monse&ntilde;or el rey, y acu&eacute;rdate de decir a tu padre que tus hijos, nietos suyos y m&iacute;os, no son por su madre nacidos de vagabundo. Giachetto tom&oacute; los dones e hizo venir a Par&iacute;s a su mujer y a su suegra; vino la mujer de Perotto; y all&iacute; en grand&iacute;sima fiesta estuvieron con el conde, al cual el rey hab&iacute;a restituido todos sus bienes y le hab&iacute;a hecho m&aacute;s de lo que antes fuese; despu&eacute;s, cada uno con su venia se volvi&oacute; a su casa, y &eacute;l hasta la muerte vivi&oacute; en Par&iacute;s con m&aacute;s honor que nunca.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">NOVELA NOVENA</p><p align="justify">Bernab&oacute; de G&eacute;nova, enga&ntilde;ado por Ambruogiuolo, pierde lo suyo y manda matar a su mujer, inocente; &eacute;sta se salva y, en h&aacute;bito de hombre, sirve al sult&aacute;n; encuentra al enga&ntilde;ador y conduce a Bernab&oacute; a Alejandr&iacute;a donde, castigado el enga&ntilde;ador, volviendo a tomar h&aacute;bito de mujer, con el marido y ricos vuelven a G&eacute;nova .</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">Habiendo Elisa con su last&iacute;mera historia cumplido su deber, la reina Filomena, que hermosa y alta de estatura era, m&aacute;s que ninguna otra amable y sonriente de rostro, recogi&eacute;ndose en s&iacute; misma dijo: -El pacto hecho con Dioneo debe ser respetado y, as&iacute;, no quedando m&aacute;s que &eacute;l y que yo por novelar, dir&eacute; yo mi historia primero y &eacute;l, como lo pidi&oacute; por merced, ser&aacute; el &uacute;ltimo que la diga. Y dicho esto, as&iacute; comenz&oacute;:</p><p align="justify">Se suele decir frecuentemente entre la gente com&uacute;n el proverbio de que el burlador es a su vez burlado; lo que no parece que pueda demostrarse que es verdad mediante ninguna explicaci&oacute;n sino por los casos que suceden. Y por ello, sin abandonar el asunto propuesto, me ha venido el deseo de demostraros al mismo tiempo que esto es tal como se dice; y no os ser&aacute; desagradable haberlo o&iacute;do, para que de los enga&ntilde;adores os sep&aacute;is guardar.</p><p align="justify">Hab&iacute;a en Par&iacute;s, en un albergue, unos cuantos important&iacute;simos mercaderes italianos, cu&aacute;l por un asunto cu&aacute;l por otro, seg&uacute;n lo que es su costumbre; y habiendo cenado una noche todos alegremente, empezaron a hablar de distintas cosas, y pasando de una conversaci&oacute;n en otra, llegaron a hablar de sus mujeres, a quienes en sus casas hab&iacute;an dejado; y bromeando comenz&oacute; a decir uno: -Yo no s&eacute; lo que har&aacute; la m&iacute;a, pero s&iacute; s&eacute; bien que, cuando aqu&iacute; se me pone por delante alguna jovencilla que me plazca, dejo a un lado el amor que tengo a mi mujer y gozo de ella el placer que puedo. Otro repuso:</p><p align="justify">-Y yo lo mismo hago, porque si creo que mi mujer alguna aventura tiene, la tiene, y si no lo creo, tambi&eacute;n la tiene; y por ello, lo que se hace que se haga: lo que el burro da contra la pared, eso recibe. El tercero lleg&oacute;, hablando, a la mism&iacute;sima opini&oacute;n: y, en breve, todos parec&iacute;a que estuviesen de acuerdo en que las mujeres por ellos dejadas no perd&iacute;an el tiempo. Uno solamente, que ten&iacute;a por nombre Bernab&oacute; Lomellin de G&eacute;nova, dijo lo contrario, afirmando que &eacute;l, por especial gracia de Dios, ten&iacute;a por esposa a la mujer m&aacute;s cumplida en todas aquellas virtudes que mujer o aun caballero, en gran parte, o doncella puede tener, que tal vez en Italia no hubiera otra igual: porque era hermosa de cuerpo y todav&iacute;a bastante joven, y diestra y fuerte, y nada hab&iacute;a que fuese propio de mujer, como bordar labores de seda y cosas semejantes, que no hiciese mejor que ninguna. Adem&aacute;s de esto no hab&iacute;a escudero, o servidor si queremos llamarlo as&iacute;, que pudiera encontrarse que mejor o m&aacute;s diestramente sirviese a la mesa de un se&ntilde;or de lo que ella serv&iacute;a, como que era muy cort&eacute;s, muy sab&iacute;a y discreta. Junto a esto, alab&oacute; que sab&iacute;a montar a caballo, gobernar un halc&oacute;n, leer y escribir y contar una historia mejor que si fuese un mercader; y de esto, luego de otras muchas alabanzas, lleg&oacute; a lo que se hablaba all&iacute;, afirmando con juramento que ninguna m&aacute;s honesta ni m&aacute;s casta se pod&iacute;a encontrar que ella; por lo cual cre&iacute;a &eacute;l que, si diez a&ntilde;os o siempre estuviese fuera de casa, ella no se entender&iacute;a con otro hombre en tales asuntos. Hab&iacute;a entre estos mercaderes que as&iacute; hablaban un joven mercader llamado Ambruogiuolo de Piacenza, el cual a esta &uacute;ltima alabanza que Bernab&oacute; hab&iacute;a hecho de su mujer empez&oacute; a dar las mayores risotadas del mundo, y jact&aacute;ndose le pregunt&oacute; si el emperador le hab&iacute;a concedido aquel privilegio sobre todos los dem&aacute;s hombres. Bernab&oacute;, un tanto airadillo, dijo que no el emperador sino Dios, quien ten&iacute;a algo m&aacute;s de poder que el emperador, le hab&iacute;a concedido aquella gracia. Entonces dijo Ambruogiuolo: -Bernab&oacute;, yo no dudo que no creas decir verdad, pero a lo que me parece, has mirado poco la naturaleza de las cosas, porque si la hubieses mirado, no te creo de tan torpe ingenio que no hubieses conocido en ella cosas que te har&iacute;an hablar m&aacute;s cautamente sobre este asunto. Y para que no creas que nosotros, que muy libremente hemos hablado de nuestras mujeres, creamos tener otra mujer o hecha de otra manera que t&uacute;, sino que hemos hablado as&iacute; movidos por una natural sagacidad, quiero hablar un poco contigo sobre esta materia. Siempre he entendido que el hombre es el animal m&aacute;s noble que fue creado por Dios entre los mortales, y luego la mujer; pero el hombre, tal como generalmente se cree y ve en las obras, es m&aacute;s perfecto y teniendo m&aacute;s perfecci&oacute;n, sin falta debe tener mayor firmeza, y la tiene por lo que universalmente las mujeres son m&aacute;s volubles, y el porqu&eacute; se podr&iacute;a por muchas razones naturales demostrar; que al presente entiendo dejar a un lado. Si el hombre, que es de mayor firmeza, no puede ser que no condescienda, no digamos a una que se lo ruegue, sino a no desear a alguna que a &eacute;l le plazca, y adem&aacute;s de desearla a hacer todo lo que pueda para poder estar con ella, y ello no una vez al mes sino mil al d&iacute;a le sucede, &iquest;qu&eacute; esperas que una mujer, naturalmente voluble, pueda hacer ante los ruegos, las adulaciones y mil otras maneras que use un hombre entendido que la ame? &iquest;Crees que pueda contenerse? Ciertamente, aunque lo afirmes no creo que lo creas; y t&uacute; mismo dices que tu esposa es mujer y que es de carne y hueso como son las otras. Por lo que, si es as&iacute;, aquellos mismos deseos deben ser los suyos y las mismas fuerzas que tienen las otras para resistir a los naturales apetitos; por lo que es posible, aunque sea honest&iacute;sima, que haga lo que hacen las dem&aacute;s: y no es posible negar nada tan absolutamente ni afirmar su contrario como t&uacute; lo haces.</p><p align="justify">A lo que Bernab&oacute; repuso y dijo:</p><p align="justify">-Yo soy mercader y no fil&oacute;sofo, y como mercader responder&eacute;; y digo que s&eacute; que lo que dices les puede suceder a las necias, en las que no hay ning&uacute;n pudor; pero que aquellas que sabias son tienen tanta solicitud por su honor que se hacen m&aacute;s fuertes que los hombres, que no se preocupan de &eacute;l, para guardarlo, y de &eacute;stas es la m&iacute;a.</p><p align="justify">Dijo entonces Ambruogiuolo:</p><p align="justify">-Verdaderamente si por cada vez que cediesen en tales asuntos les creciese un cuerno en la frente, que diese testimonio de lo que hab&iacute;an hecho creo yo que pocas habr&iacute;a que cediesen, pero como el cuerno no nace, no se les nota a las que son discretas ni pisada ni huella y la verg&uuml;enza y en deshonor no est&aacute;n sino en las cosas manifiestas; por lo que, cuando pueden ocultamente las hacen, o las dejan por necedad. Y ten esto por cierto; que s&oacute;lo es casta la que no fue por nadie rogada, o si rog&oacute; ella, la que no fue escuchada. Y aunque yo conozca por naturales y diversas razones que las cosas son as&iacute;, no hablar&iacute;a tan cumplidamente como lo hago si no hubiese muchas veces y a muchas puesto a prueba; y te digo que si yo estuviese junto a esa tu sant&iacute;sima esposa, creo que en poco espacio de tiempo la llevar&iacute;a a lo que ya he llevado a otras. Bernab&oacute;, airado, repuso:</p><p align="justify">-El contender con palabras podr&iacute;a extenderse demasiado: t&uacute; dir&iacute;as y yo dir&iacute;a, y al final no servir&iacute;a de nada. Pero puesto que dices que todas son tan plegables y que tu ingenio es tanto, para que te asegures de la honestidad de mi mujer estoy dispuesto a que me corten la cabeza si jam&aacute;s a algo que te plazca en tal asunto puedas conducirla; y si no puedes no quiero sino que pierdas mil florines de oro. Ambruogiuolo, ya calentado sobre el asunto, repuso:</p><p align="justify">-Bernab&oacute;, no s&eacute; qu&eacute; iba a hacer con tu sangre si te ganase; pero si quieres tener una prueba de lo que te he explicado, apuesta cinco mil florines de oro de los tuyos, que deben serte menos queridos que la cabeza, contra mil de los m&iacute;os, y aunque no pongas ning&uacute;n l&iacute;mite, quiero obligarme a ir a G&eacute;nova y antes de tres meses luego de que me haya ido, haber hecho mi voluntad con tu mujer, y en se&ntilde;al de ello traer conmigo algunas de sus cosas m&aacute;s queridas, y tales y tantos indicios que t&uacute; mismo confieses que es verdad, a condici&oacute;n de que me des tu palabra de no venir a G&eacute;nova antes de este l&iacute;mite ni escribirle nada sobre este asunto.</p><p align="justify">Bernab&oacute; dijo que le plac&iacute;a mucho; y aunque los otros mercaderes que all&iacute; estaban se ingeniasen en estorbar aquel hecho, conociendo que gran mal pod&iacute;a nacer de &eacute;l, estaban sin embargo tan encendidos los &aacute;nimos de los dos mercaderes que, contra la voluntad de los otros, por buenos escritos con sus propias manos se comprometieron el uno con el otro. Y hecho el compromiso, Bernab&oacute; se qued&oacute; y Ambruogiuolo lo antes que pudo se vino a G&eacute;nova.</p><p align="justify">Y qued&aacute;ndose all&iacute; algunos d&iacute;as y con mucha cautela inform&aacute;ndose del nombre del barrio y de las costumbres de la se&ntilde;ora, aquello y m&aacute;s oy&oacute; que le hab&iacute;a o&iacute;do a Bernab&oacute;; por lo que le pareci&oacute; haber emprendido necia empresa. Pero sin embargo, habiendo conocido a una pobre mujer que mucho iba a su casa y a la que la se&ntilde;ora quer&iacute;a mucho, no pudi&eacute;ndola inducir a otra cosa, la corrompi&oacute; con dineros y por ella, dentro de un arca construida para su prop&oacute;sito, se hizo llevar no solamente a la casa sino tambi&eacute;n a la alcoba de la noble se&ntilde;ora: y all&iacute;, como si a alguna parte quisiese irse la buena mujer, seg&uacute;n las &oacute;rdenes dadas por Ambruogiuolo, le pidi&oacute; que la guardase algunos d&iacute;as. Qued&aacute;ndose, pues, el arca en la c&aacute;mara y llegada la noche, cuando Ambruogiuolo pens&oacute; que la se&ntilde;ora dorm&iacute;a, abri&eacute;ndola con ciertos instrumentos que llevaba, sali&oacute; a la alcoba silenciosamente, en la que hab&iacute;a una luz encendida; por lo cual la situaci&oacute;n de la c&aacute;mara, las pinturas y todas las dem&aacute;s cosas notables que en ella hab&iacute;a empez&oacute; a mirar y a guardar en su memoria. Luego, aproxim&aacute;ndose a la cama y viendo que la se&ntilde;ora y una muchachita que con ella estaba dorm&iacute;an profundamente, despacio la descubri&oacute; toda y vio que era tan hermosa desnuda como vestida, y ninguna se&ntilde;al para poder contarla le vio fuera de una que ten&iacute;a en la teta izquierda, que era un lunar alrededor del cual hab&iacute;a algunos pelillos rubios como el oro; y visto esto, calladamente la volvi&oacute; a tapar, aunque, vi&eacute;ndola tan hermosa, las ganas le dieron de aventurar su vida y acost&aacute;rsele al lado.</p><p align="justify">Pero como hab&iacute;a o&iacute;do que era tan rigurosa y agreste en aquellos asuntos no se arriesg&oacute; y, qued&aacute;ndose la mayor parte de la noche por la alcoba a su gusto, una bolsa y una saya sac&oacute; de un cofre suyo, y unos anillos y un cintur&oacute;n, y poniendo todo aquello en su arca, &eacute;l tambi&eacute;n se meti&oacute; en ella, y la cerr&oacute; como estaba antes: y lo mismo hizo dos noches sin que la se&ntilde;ora se diera cuenta de nada. Llegado el tercer d&iacute;a, seg&uacute;n la orden dada, la buena mujer volvi&oacute; a por su arca, y se la llev&oacute; all&iacute; de donde la hab&iacute;a tra&iacute;do; saliendo de la cual Ambruogiuolo y contentando a la mujer seg&uacute;n le hab&iacute;a prometido, lo antes que pudo con aquellas cosas se volvi&oacute; a Par&iacute;s antes del t&eacute;rmino que se hab&iacute;a puesto. All&iacute;, llamando a los mercaderes que hab&iacute;an estado presentes a las palabras y a las apuestas, estando presente Bernab&oacute; dijo que hab&iacute;a ganado la apuesta que hab&iacute;a hecho, puesto que hab&iacute;a logrado aquello de lo que se hab&iacute;a gloriado: y de que ello era verdad, primeramente dibuj&oacute; la forma de la alcoba y las pinturas que en ella hab&iacute;a, y luego mostr&oacute; las cosas de ella que se hab&iacute;a llevado consigo, afirmando que se las hab&iacute;a dado. Confes&oacute; Bernab&oacute; que tal era la c&aacute;mara como dec&iacute;a y que, adem&aacute;s, reconoc&iacute;a que aquellas cosas verdaderamente hab&iacute;an sido de su mujer; pero dijo que hab&iacute;a podido por algunos de los criados de la casa saber las caracter&iacute;sticas de la alcoba y del mismo modo haber conseguido las cosas; por lo que, si no dec&iacute;a nada m&aacute;s, no le parec&iacute;a que aquello bastase para darse por ganador. Por lo que Ambruogiuolo dijo: -En verdad que esto deb&iacute;a bastar; pero como quieres que diga algo m&aacute;s, lo dir&eacute;. Te digo que la se&ntilde;ora Zinevra, tu mujer, tiene debajo de la teta izquierda un lunar grandecillo, alrededor del cual hay unos pelillos rubios como el oro.</p><p align="justify">Cuando Bernab&oacute; oy&oacute; esto, le pareci&oacute; que le hab&iacute;an hundido un cuchillo en el coraz&oacute;n, tal dolor sinti&oacute;, y con el rostro demudado, a&uacute;n sin decir palabra, dio se&ntilde;ales asaz manifiestas de ser verdad lo que Ambruogiuolo dec&iacute;a; y despu&eacute;s de un poco dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ores, lo que dice Ambruogiuolo es verdad, y por ello, habiendo ganado, que venga cuando le plazca y ser&aacute; pagado.</p><p align="justify">Y as&iacute; fue al d&iacute;a siguiente Ambruogiuolo enteramente pagado: y Bernab&oacute;, saliendo de Par&iacute;s, con crueles designios contra su mujer, hacia G&eacute;nova se vino. Y acerc&aacute;ndose all&iacute;, no quiso entrar en ella sino que se qued&oacute; a unas veinte millas en una de sus posesiones; y a un servidor suyo, de quien mucho se fiaba, con dos caballos y con sus cartas mand&oacute; a G&eacute;nova, escribi&eacute;ndole a la se&ntilde;ora que hab&iacute;a vuelto y que viniera a su encuentro: al cual servidor secretamente le orden&oacute; que, cuando estuviese con la se&ntilde;ora en el lugar que mejor le pareciese, sin falta la matase y volviese a donde estaba &eacute;l. Llegado, pues, el servidor a G&eacute;nova y entregadas las cartas y hecha su embajada, fue por la se&ntilde;ora con gran fiesta recibido; y ella a la ma&ntilde;ana siguiente, montando con el servidor a caballo, hacia su posesi&oacute;n se puso en camino; y caminando juntos y hablando de diversas cosas, llegaron a un valle muy profundo y solitario y rodeado por altas rocas y &aacute;rboles; el cual, pareci&eacute;ndole al servidor un lugar donde pod&iacute;a con seguridad cumplir el mandato de su se&ntilde;or, sacando fuera el cuchillo y cogiendo a la se&ntilde;ora por el brazo dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora, encomendad vuestra alma a Dios, que, sin proseguir adelante, es necesario que mur&aacute;is. La se&ntilde;ora, viendo el cuchillo y oyendo las palabras, toda espantada, dijo: -&iexcl;Merced, por Dios! Antes de que me mates dime en qu&eacute; te he ofendido para que debas matarme. -Se&ntilde;ora -dijo el servidor-, a m&iacute; no me hab&eacute;is ofendido en nada: pero en qu&eacute; hay&aacute;is ofendido a vuestro marido yo no lo s&eacute;, sino que &eacute;l me mand&oacute; que, sin teneros ninguna misericordia, en este camino os matase: y si no lo hiciera me amenaz&oacute; con hacerme colgar. Sab&eacute;is bien qu&eacute; obligado le estoy y que a cualquier cosa que &eacute;l me ordene no puedo decirle que no: sabe Dios que por vos siento compasi&oacute;n, pero no puedo hacer otra cosa.</p><p align="justify">A lo que la se&ntilde;ora, llorando, dijo:</p><p align="justify">-&iexcl;Ay, merced por Dios!, no quieras convertirte en homicida de quien no te ofendi&oacute; por servir a otro. Dios, que todo lo sabe, sabe que no hice nunca nada por lo cual deba recibir tal pago de mi marido. Pero dejemos ahora esto; puedes, si quieres, a la vez agradar a Dios, a tu se&ntilde;or y a m&iacute; de esta manera: que cojas estas ropas m&iacute;as, y dame solamente tu jub&oacute;n y una capa, y con ellas vuelve a tu se&ntilde;or y el m&iacute;o y dile que me has matado; y te juro por la salvaci&oacute;n que me hayas dado que me alejar&eacute; y me ir&eacute; a alg&uacute;n lugar donde nunca ni a ti ni a &eacute;l en estas comarcas llegar&aacute; noticia de m&iacute;. El servidor, que contra su gusto la mataba, f&aacute;cilmente se compadeci&oacute;; por lo que, tomando sus pa&ntilde;os y d&aacute;ndole un juboncillo suyo y una capa con capuch&oacute;n, y dej&aacute;ndole algunos dineros que ella ten&iacute;a, rog&aacute;ndole que de aquellas comarcas se alejase, la dej&oacute; en el valle a pie y se fue a donde su se&ntilde;or, al que dijo que no solamente su orden hab&iacute;a sido cumplida sino que el cuerpo de ella muerto hab&iacute;a arrojado a algunos lobos. Bernab&oacute;, luego de alg&uacute;n tiempo, se volvi&oacute; a G&eacute;nova y, cuando se supo lo que hab&iacute;a hecho, muy recriminado fue.</p><p align="justify">La se&ntilde;ora, qued&aacute;ndose sola y desconsolada, al venir la noche, disimul&aacute;ndose lo mejor que pudo fue a una aldehuela vecina de all&iacute;, y all&iacute;, compr&aacute;ndole a una vieja lo que necesitaba, arregl&oacute; el jub&oacute;n a su medida, y lo acort&oacute;, y se hizo con su camisa un par de calzas y cort&aacute;ndose los cabellos y disfraz&aacute;ndose toda de marinero, hacia el mar se fue, donde por ventura encontr&oacute; a un noble catal&aacute;n cuyo nombre era se&ntilde;er en Cararh, que de una nave suya, que estaba algo alejada de all&iacute;, hab&iacute;a bajado a Alba a refrescarse en una fuente; con el cual, entrando en conversaci&oacute;n, se contrat&oacute; por servidor, y subi&oacute; con &eacute;l a la nave, haci&eacute;ndose llamar Sicur&aacute;n de Finale. All&iacute;, con mejores pa&ntilde;os vestido con atav&iacute;o de gentilhombre, lo empez&oacute; a servir tan bien y tan capazmente que sobremanera le agrad&oacute;.</p><p align="justify">Sucedi&oacute; a no mucho tiempo de entonces que este catal&aacute;n con su carga naveg&oacute; a Alejandr&iacute;a y llev&oacute; al sult&aacute;n ciertos halcones peregrinos, y se los regal&oacute;; y habi&eacute;ndole el sult&aacute;n invitado a comer alguna vez y vistas las maneras de Sicur&aacute;n que siempre a atenderle iba, y agrad&aacute;ndole, se lo pidi&oacute; al catal&aacute;n, y &eacute;ste, aunque duro le pareci&oacute;, se lo dej&oacute;. Sicur&aacute;n en poco tiempo no menos la gracia y el amor del sult&aacute;n conquist&oacute;, con su esmero, que lo hab&iacute;a hecho los del catal&aacute;n; por lo que con el paso del tiempo sucedi&oacute; que, debi&eacute;ndose hacer en cierta &eacute;poca del a&ntilde;o una gran reuni&oacute;n de mercaderes cristianos y sarracenos, a manera de feria, en Acre , que estaba bajo la se&ntilde;or&iacute;a del sult&aacute;n, y para que los mercaderes y las mercanc&iacute;as seguras estuvieran, siempre hab&iacute;a acostumbrado el sult&aacute;n a mandar all&iacute;, adem&aacute;s de sus otros oficiales, algunos de sus dignatarios con gente que atendiese a la guardia; para cuya necesidad, llegado el tiempo, deliber&oacute; mandar a Sicur&aacute;n, el cual ya sab&iacute;a la lengua &oacute;ptimamente, y as&iacute; lo hizo. Venido, pues, Sicur&aacute;n a Acre como se&ntilde;or y capit&aacute;n de la guardia de los mercaderes y las mercanc&iacute;as, y desempe&ntilde;ando all&iacute; bien y sol&iacute;citamente lo que pertenec&iacute;a a su oficio, y andando dando vueltas vigilando, y viendo a muchos mercaderes sicilianos y pisanos y genoveses y venecianos y otros italianos, con ellos de buen grado se entreten&iacute;a, recordando su tierra. Ahora, sucedi&oacute; una vez que, habiendo &eacute;l un d&iacute;a descabalgado en un dep&oacute;sito de mercaderes venecianos, vio entre otras joyas una bolsa y un cintur&oacute;n que enseguida reconoci&oacute; como que hab&iacute;an sido suyos, y se maravill&oacute;; pero sin hacer ning&uacute;n gesto, amablemente pregunt&oacute; de qui&eacute;n eran y si se vend&iacute;an. Hab&iacute;a venido all&iacute; Ambruogiuolo de Piacenza con muchas mercanc&iacute;as en una nave de venecianos; el cual, al o&iacute;r que el capit&aacute;n de la guardia preguntaba de qui&eacute;n eran, dio unos pasos adelante y, riendo, dijo:</p><p align="justify">-Micer, las cosas son m&iacute;as, y no las vendo, pero si os agradan os las dar&eacute; con gusto. Sicur&aacute;n, vi&eacute;ndole re&iacute;r, sospech&oacute; que le hubiese reconocido en alg&uacute;n gesto; pero, poniendo serio rostro, dijo:</p><p align="justify">-Te r&iacute;es tal vez porque me ves a m&iacute;, hombre de armas, andar preguntando sobre estas cosas femeninas. Dijo Ambruogiuolo:</p><p align="justify">-Micer, no me r&iacute;o de eso sino que me r&iacute;o del modo en que las consegu&iacute;. A lo que Sicur&aacute;n dijo:</p><p align="justify">-&iexcl;Ah, as&iacute; Dios te d&eacute; buena ventura, si no te desagrada, di c&oacute;mo las conseguiste! -Micer -dijo Ambruogiuolo-, me las dio con alguna otra cosa una noble se&ntilde;ora de G&eacute;nova llamada se&ntilde;ora Zinevra, mujer de Bernab&oacute; Lomellin, una noche que me acost&eacute; con ella, y me rog&oacute; que por su amor las guardase. Ahora, me r&iacute;o porque me he acordado de la necedad de Bernab&oacute;, que fue de tanta locura que apost&oacute; cinco mil florines de oro contra mil a que su mujer no se rend&iacute;a a mi voluntad; lo que hice yo y venc&iacute; la apuesta; y &eacute;l, a quien m&aacute;s por su brutalidad deb&iacute;a castigarse que a ella por haber hecho lo que todas las mujeres hacen, volviendo de Par&iacute;s a G&eacute;nova, seg&uacute;n lo he o&iacute;do, la hizo matar. Sicur&aacute;n, al o&iacute;r esto, pronto comprendi&oacute; cu&aacute;l hab&iacute;a sido la raz&oacute;n de la ira de Bernab&oacute; contra ella y claramente conoci&oacute; que &eacute;ste era el causante de todo su mal; y determin&oacute; en su interior no dejarlo seguir impune. Hizo ver, pues, Sicur&aacute;n haber gustado mucho de esta historia y arteramente trab&oacute; con &eacute;l una estrecha familiaridad, tanto que, por sus consejos, Ambruogiuolo, terminada la feria, con &eacute;l y con todas sus cosas se fue a Alejandr&iacute;a, donde Sicur&aacute;n le hizo hacer un dep&oacute;sito y le entreg&oacute; bastantes de sus dineros; por lo que &eacute;l, vi&eacute;ndose sacar gran provecho, se quedaba de buena gana. Sicur&aacute;n, preocupado por demostrar su inocencia a Bernab&oacute;, no descans&oacute; hasta que, con ayuda de algunos grandes mercaderes genoveses que en Alejandr&iacute;a estaban, encontrando raras razones, le hizo venir; y estando &eacute;ste en asaz pobre estado, por alg&uacute;n amigo suyo le hizo recibir ocultamente hasta el momento que le pareciese oportuno para hacer lo que hacer entend&iacute;a. Hab&iacute;a ya Sicur&aacute;n hecho contar a Ambruogiuolo la historia delante del sult&aacute;n, y hecho que el sult&aacute;n gustase de ella; pero luego que vio aqu&iacute; a Bernab&oacute;, pensando que no hab&iacute;a que dar largas a la tarea, buscando el momento oportuno, pidi&oacute; al sult&aacute;n que llamase a Ambruogiuolo y a Bernab&oacute;, y que en presencia de Bernab&oacute;, si no pod&iacute;a hacerse f&aacute;cilmente, con severidad se arrancase a Ambruogiuolo la verdad de c&oacute;mo hab&iacute;a sido aquello de lo que &eacute;l se jactaba de la mujer de Bernab&oacute;.</p><p align="justify">Por la cual cosa, Ambruogiuolo y Bernab&oacute; venidos, el sult&aacute;n en presencia de muchos, con severo rostro, a Ambruogiuolo mand&oacute; que dijese la verdad de c&oacute;mo hab&iacute;a ganado a Bernab&oacute; cinco mil florines de oro; y estaba presente all&iacute; Sicur&aacute;n, en el que Ambruogiuolo m&aacute;s confiaba, y &eacute;l con rostro mucho m&aacute;s airado le amenazaba con grav&iacute;simos tormentos si no la dec&iacute;a. Por lo que Ambruogiuolo, espantado por una parte y otra, y obligado, en presencia de Bernab&oacute; y de muchos otros, no esperando m&aacute;s castigo que 1a devoluci&oacute;n de los cinco mil florines de oro y de las cosas, claramente c&oacute;mo hab&iacute;a sido el asunto todo lo cont&oacute;. Y habi&eacute;ndolo contado Ambruogiuolo, Sicur&aacute;n, como delegado del sult&aacute;n en aquello, volvi&eacute;ndose a Bernab&oacute; dijo:</p><p align="justify">-&iquest;Y t&uacute;, qu&eacute; le hiciste por esta mentira a tu mujer?</p><p align="justify">A lo que Bernab&oacute; repuso:</p><p align="justify">-Yo, llevado de la ira por la p&eacute;rdida de mis dineros y de la verg&uuml;enza por el deshonor que me parec&iacute;a haber recibido de mi mujer, hice que un servidor m&iacute;o la matara, y seg&uacute;n lo que &eacute;l me cont&oacute;, pronto fue devorada por muchos lobos.</p><p align="justify">Dichas todas estas cosas en presencia del sult&aacute;n y por &eacute;l o&iacute;das y entendidas todas, no sabiendo &eacute;l todav&iacute;a a d&oacute;nde Sicur&aacute;n (que esto le hab&iacute;a pedido y ordenado) quisiese llegar, le dijo Sicur&aacute;n: -Se&ntilde;or m&iacute;o, asaz claramente pod&eacute;is conocer cu&aacute;nto aquella buena se&ntilde;ora pueda gloriarse del amante y del marido; porque el amante en un punto la priva del honor manchando con mentiras su fama y aparta de ella al marido; y el marido, m&aacute;s cr&eacute;dulo de las falsedades ajenas que de la verdad que &eacute;l por larga experiencia pod&iacute;a conocer, la hace matar y comer por los lobos y adem&aacute;s de esto, es tanto el cari&ntilde;o y el amor que el amigo y el marido 1e tienen que, estando largo tiempo con ella, ninguno la conoce. Pero porque vos &oacute;ptimamente conoc&eacute;is lo que cada uno de &eacute;stos ha merecido, si quer&eacute;is por una especial gracia, concederme que castigu&eacute;is al enga&ntilde;ador y perdon&eacute;is al enga&ntilde;ado, la har&eacute; que venga ante vuestra presencia. El sult&aacute;n, dispuesto en este asunto a complacer a Sicur&aacute;n en todo, dijo que le plac&iacute;a y que hiciese venir a la mujer. Se maravillaba mucho Bernab&oacute;, que firmemente la cre&iacute;a muerta; y Ambruogiuolo, ya adivino de su mal, de m&aacute;s ten&iacute;a miedo que de pagar dineros y no sab&iacute;a si esperar o si temer m&aacute;s que la se&ntilde;ora viniese, pero con gran maravilla su venida esperaba. Hecha, pues, la concesi&oacute;n por el sult&aacute;n a Sicur&aacute;n, &eacute;ste, llorando y arroj&aacute;ndose de rodillas ante el sult&aacute;n, en un punto abandon&oacute; la masculina voz y el querer parecer var&oacute;n, y dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or m&iacute;o, yo soy la m&iacute;sera y desventurada Zinevra, que seis a&ntilde;os llevo rodando disfrazada de hombre por el mundo, por este traidor Ambruogiuolo falsamente y criminalmente infamada, y por este cruel e inicuo hombre entregada a la muerte a manos de su criado y a ser comida por los lobos. Y rasg&aacute;ndose los vestidos y mostrando el pecho, que era mujer al sult&aacute;n y a todos los dem&aacute;s hizo evidente; volvi&eacute;ndose luego a Ambruogiuolo, pregunt&aacute;ndole con injurias cu&aacute;ndo, seg&uacute;n se jactaba, se hab&iacute;a acostado con ella. El cual, ya reconoci&eacute;ndola y mudo de verg&uuml;enza, no dec&iacute;a nada. El sult&aacute;n, que siempre por hombre la hab&iacute;a tenido, viendo y oyendo esto, tanto se maravill&oacute; que m&aacute;s cre&iacute;a ser sue&ntilde;o que verdad aquello que o&iacute;a y ve&iacute;a. Pero despu&eacute;s que el asombro pas&oacute;, conociendo la verdad, con suma alabanza la vida y la constancia y las costumbres y la virtud de Zinevra, hasta entonces llamada Sicur&aacute;n, lo&oacute;. Y haci&eacute;ndole traer riqu&iacute;simas vestiduras femeninas y damas que le hicieran compa&ntilde;&iacute;a seg&uacute;n la petici&oacute;n hecha por ella, a Bernab&oacute; perdon&oacute; la merecida muerte; el cual, reconoci&eacute;ndola, a los pies se le arroj&oacute; llorando y le pidi&oacute; perd&oacute;n, lo que ella, aunque mal fuese digno de &eacute;l, benignamente le concedi&oacute;, y le hizo levantarse tiernamente abraz&aacute;ndolo como a su marido.</p><p align="justify">El sult&aacute;n despu&eacute;s mand&oacute; que incontinenti Ambruogiuolo en alg&uacute;n lugar de la ciudad fuese atado al sol a un palo y untado de miel, y que de all&iacute; nunca, hasta que por s&iacute; mismo cayese, fuese quitado; y as&iacute; se hizo. Despu&eacute;s de esto, mand&oacute; que lo que hab&iacute;a sido de Ambruogiuolo fuese dado a la se&ntilde;ora, que no era tan poco que no valiera m&aacute;s de diez mil doblas : y &eacute;l, haciendo preparar una hermos&iacute;sima fiesta, en ella a Bernab&oacute; como a marido de la se&ntilde;ora Zinevra, y a la se&ntilde;ora Zinevra como valeros&iacute;sima mujer honr&oacute;, y le dio, tanto en joyas como en vajilla de oro y de plata como en dineros, tanto que vali&oacute; m&aacute;s de otras diez mil doblas.</p><p align="justify">Y haciendo preparar un barco para ellos, luego que termin&oacute; la fiesta que les hac&iacute;a, les dio licencia para poder volver a G&eacute;nova si quisieran; adonde riqu&iacute;simos y con gran alegr&iacute;a volvieron, y con sumo honor fueron recibidos y especialmente la se&ntilde;ora Zinevra, a quien todos cre&iacute;an muerta; y siempre de gran virtud y en mucho, mientras vivi&oacute;, fue reputada. Ambruogiuolo, el mismo d&iacute;a que fue atado al palo y untado de miel, con grand&iacute;sima angustia suya por las moscas y por las avispas y por los t&aacute;banos, en los que aquel pa&iacute;s es muy abundante, fue no solamente muerto sino devorado hasta los huesos; los que, blancos y colgando de sus tendones, por mucho tiempo despu&eacute;s, sin ser movidos de all&iacute;, de su maldad fueron testimonio a cualquiera que los ve&iacute;a. Y as&iacute; el burlador fue burlado.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">NOVELA D&Eacute;CIMA</p><p align="justify">Pagan&iacute;n de M&oacute;naco roba la mujer a micer Ricciardo de Ch&iacute;nzica, el cual, sabiendo d&oacute;nde est&aacute; ella, va y se hace amigo de Pagan&iacute;n; le pide que se la devuelva y &eacute;l, si ella quiere, se lo concede, ella no quiere volver con &eacute;l, y muerto micer Ricciardo, se casa con Pagan&iacute;n.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">Todos los de la honrada compa&ntilde;&iacute;a alabaron por buena la historia contada por su reina, y mayormente Dioneo, el &uacute;nico a quien faltaba novelar por la presente jornada; el cual, luego de hacer muchas alabanzas de ella, dijo:</p><p align="justify">Hermosas se&ntilde;oras, una parte de la historia de la reina me ha hecho mudar la opini&oacute;n de contar una que ten&iacute;a en el &aacute;nimo a decir otra: y es la bestialidad de Bernab&oacute; (aunque terminase bien) y de todos los dem&aacute;s que se dan a creer lo que &eacute;l mostraba que cre&iacute;a: es decir, que ellos, yendo por el mundo con &eacute;sta y con aqu&eacute;lla ahora una vez y ahora otra solaz&aacute;ndose, se imaginan que las mujeres dejadas en casa se est&eacute;n de brazos cruzados, como si no supi&eacute;semos, quienes entre ellas nacemos y crecemos y estamos, qu&eacute; es lo que les gusta. Y cont&aacute;ndola os mostrar&eacute; cu&aacute;l sea la estupidez de estos tales, y cu&aacute;nto mayor sea la de quienes, estim&aacute;ndose m&aacute;s poderosos que la naturaleza, se persuaden (con fant&aacute;sticos razonamientos) de poder hacer lo que no pueden y se esfuerzan por traer a otro a lo que ellos son, no sufri&eacute;ndolo la naturaleza de quien es arrastrado.</p><p align="justify">Hubo, pues, un juez en Pisa, m&aacute;s que de fuerza corporal dotado de ingenio, cuyo nombre fue micer Ricciardo de Ch&iacute;nzica, el cual, creyendo tal vez satisfacer a su mujer con las mismas obras que hac&iacute;a para sus estudios, siendo muy rico, con no poca solicitud busc&oacute; a una mujer hermosa y joven por esposa, cuando de lo uno y lo otro, si hubiese sabido aconsejarse &eacute;l mismo como hac&iacute;a a los dem&aacute;s, deb&iacute;a huir. Y lo consigui&oacute;, porque micer Lotto Gualandi le dio por mujer a una hija suya cuyo nombre era Bartolomea, una de las m&aacute;s hermosas y vanidosas j&oacute;venes de Pisa, aun cuando all&iacute; haya pocas que no parezcan lagartijas gusaneras . A la cual, el juez, llev&aacute;ndola con grand&iacute;sima fiesta a su casa, y celebrando unas bodas hermosas y magn&iacute;ficas, acert&oacute; la primera noche a tocarla una vez para consumar el matrimonio, y poco falt&oacute; para que hiciera tablas; el cual, luego por la ma&ntilde;ana, como quien era magro y seco y de poco esp&iacute;ritu, tuvo que confortarse con garnacha y con dulces, y con otros remedios volverse a la vida.</p><p align="justify">Pues este se&ntilde;or juez, habiendo aprendido a estimar mejor sus fuerzas que antes, empez&oacute; a ense&ntilde;arle a ella un calendario bueno para los ni&ntilde;os que aprenden a leer, y quiz&aacute;s hecho en R&aacute;vena ; porque, seg&uacute;n le ense&ntilde;aba, no hab&iacute;a d&iacute;a en que no tan s&oacute;lo una fiesta sino muchas se celebrasen; en reverencia de las cuales, por diversas razones le ense&ntilde;aba que el hombre y la mujer deb&iacute;an abstenerse de tales ayuntamientos, a&ntilde;adiendo a ellos los ayunos y las cuatro t&eacute;mporas y vigilias de los ap&oacute;stoles y de mil otros santos, y viernes y s&aacute;bados, y el domingo del Se&ntilde;or, y toda la Cuaresma, y ciertas fases de la luna y otras muchas excepciones, pensando tal vez que tanto conven&iacute;a descansar de las mujeres en la cama como descansos &eacute;l se tomaba al pleitear sus causas. Y esta costumbre, no sin gran melancol&iacute;a de la mujer, a quien tal vez tocaba una vez al mes, y apenas, por mucho tiempo mantuvo; siempre guard&aacute;ndola mucho, para que ning&uacute;n otro fuera a ense&ntilde;arle los d&iacute;as laborables tan bien como &eacute;l le hab&iacute;a ense&ntilde;ado las fiestas. Sucedi&oacute; que, haciendo mucho calor, a micer Ricciardo le dieron ganas de ir a recrearse a una posesi&oacute;n suya muy hermosa cercana a Montenero, y all&iacute;, para tomar el aire, quedarse algunos d&iacute;as. Y llev&oacute; consigo a su hermosa mujer, y estando all&iacute;, por entretenerla un poco, mand&oacute; un d&iacute;a salir de pesca; y en dos barquillas, &eacute;l en una con los pescadores y ella en otra con las otras mujeres, fueron a mirar y, sinti&eacute;ndose a gusto, se adentraron en el mar unas cuantas millas casi sin darse cuenta. Y mientras estaban atentos mirando, de improviso una galera de Pagan&iacute;n de M&oacute;naco, entonces muy famoso corsario, apareci&oacute;, y vistas las barcas, se enderez&oacute; a ellas; y no pudieron tan pronto huir que Pagan&iacute;n no llegase a aquella en que iban las mujeres, en la cual viendo a la hermosa se&ntilde;ora, sin querer otra cosa, vi&eacute;ndolo micer Ricciardo que estaba ya en tierra, subi&eacute;ndola a ella a su galera, se fue. Viendo lo cual micer el juez, que era tan celoso que tem&iacute;a al aire mismo, no hay que preguntar si le pes&oacute;. Sin provecho se quej&oacute;, en Pisa y en otras partes, de la maldad de los corsarios, sin saber qui&eacute;n le hab&iacute;a quitado a la mujer o d&oacute;nde la hab&iacute;a llevado. A Pagan&iacute;n, al verla tan hermosa, le pareci&oacute; que hab&iacute;a hecho un buen negocio; y no teniendo mujer pens&oacute; quedarse con ella siempre, y como lloraba mucho empez&oacute; a consolarla dulcemente. Y, venida la noche, habi&eacute;ndosele a &eacute;l el calendario ca&iacute;do de las manos y salido de la memoria cualquier fiesta o feria, empez&oacute; a consolarla con los hechos, pareci&eacute;ndole que de poco hab&iacute;an servido las palabras durante el d&iacute;a; y de tal modo la consol&oacute; que, antes de que llegasen a M&oacute;naco, el juez y sus leyes se le hab&iacute;an ido de la memoria y empez&oacute; a vivir con Pagan&iacute;n lo m&aacute;s alegremente del mundo; el cual, llev&aacute;ndola a M&oacute;naco, adem&aacute;s de los consuelos que de d&iacute;a y de noche le daba, honradamente como a su mujer la ten&iacute;a. Despu&eacute;s de cierto tiempo, llegando a los o&iacute;dos de micer Ricciardo d&oacute;nde estaba su mujer, con ardent&iacute;simo deseo, pensando que nadie sab&iacute;a verdaderamente hacer lo que se necesitaba para aquello, se dispuso a ir &eacute;l mismo, dispuesto a gastar en el rescate cualquier cantidad de dineros; y haci&eacute;ndose a la mar, se fue a M&oacute;naco, y all&iacute; la vio y ella a &eacute;l, la cual por la tarde se lo dijo a Pagan&iacute;n e inform&oacute; de sus intenciones. A la ma&ntilde;ana siguiente, micer Ricciardo, viendo a Pagan&iacute;n, se acerc&oacute; a &eacute;l y estableci&oacute; con &eacute;l en un momento gran familiaridad y amistad, fingiendo Pagan&iacute;n no reconocerlo y esperando a ver a d&oacute;nde quer&iacute;a llegar. Por lo que, cuando pareci&oacute; oportuno a micer Ricciardo, como mejor supo y del modo m&aacute;s amable, descubri&oacute; la raz&oacute;n por la que hab&iacute;a venido, rog&aacute;ndole que tomase lo que pluguiera y le devolviese a la mujer. A quien Pagan&iacute;n, con alegre rostro, repuso:</p><p align="justify">-Micer, sois bien venido; y respondi&eacute;ndoos brevemente, os digo: es verdad que tengo en casa a una joven que no s&eacute; si es vuestra mujer o de alg&uacute;n otro, porque a vos no os conozco, ni a ella tampoco sino en tanto en cuanto, conmigo ha estado alg&uacute;n tiempo. Si sois vos su marido, como dec&iacute;s, yo, como parec&eacute;is gentilhombre amable, os llevar&eacute; donde ella, y estoy seguro de que os reconocer&aacute;. Si ella dice que es como dec&iacute;s, y quiere irse con vos, por amor de vuestra amabilidad, me dar&eacute;is de rescate por ella lo que vos mismo quer&aacute;is; si no fuera as&iacute;, har&iacute;ais una villan&iacute;a en quer&eacute;rmela quitar porque yo soy joven y puedo tanto como otro tener una mujer, y especialmente ella que es la m&aacute;s agradable que he visto nunca. Dijo entonces micer Ricciardo:</p><p align="justify">-Por cierto que es mi mujer, y si me llevas donde ella est&eacute;, lo ver&aacute;s pronto: se me echar&aacute; al cuello incontinenti; y por ello te pido que no sea de otra manera que como t&uacute; has pensado. -Pues entonces -dijo Pagan&iacute;n- vamos.</p><p align="justify">Fueron, pues, a la casa de Pagan&iacute;n y, estando ella en una c&aacute;mara suya, Pagan&iacute;n la hizo llamar; y ella, vestida y dispuesta, sali&oacute; de una c&aacute;mara y vino a donde micer Ricciardo con Pagan&iacute;n estaba, e hizo tanto caso a micer Ricciardo como lo hubiera hecho a cualquier otro forastero que con Pagan&iacute;n hubiera venido a su casa. Lo que viendo el juez, que esperaba ser recibido por ella con grand&iacute;sima fiesta, se maravill&oacute; fuertemente, y empez&oacute; a decirse:</p><p align="justify">&laquo;Tal vez la melancol&iacute;a y el largo dolor que he pasado desde que la perd&iacute; me ha desfigurado tanto que no me reconoce&raquo;.</p><p align="justify">Por lo que le dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora, caro me cuesta haberte llevado a pescar, porque un dolor semejante no sent&iacute; nunca al que he tenido desde que te perd&iacute;, y t&uacute; no pareces reconocerme, pues tan hura&ntilde;amente me diriges la palabra. &iquest;No ves que soy tu micer Ricciardo, venido aqu&iacute; a pagarle lo que quiera a este gentilhombre en cuya casa estamos, para recuperarte y llevarte conmigo; y &eacute;l, su merced, por lo que quiera darle te devuelve a m&iacute;? La mujer, volvi&eacute;ndose a &eacute;l, sonri&eacute;ndose una pizquita, dijo: -Micer, &iquest;me lo dec&iacute;s a m&iacute;? Mirad que no me hay&aacute;is tomado por otra porque yo no me acuerdo de haberos visto nunca.</p><p align="justify">Dijo micer Ricciardo:</p><p align="justify">-Mira lo que dices: m&iacute;rame bien; si bien te acuerdas bien ver&aacute;s que soy tu micer Ricciardo de Ch&iacute;nzica. La se&ntilde;ora dijo:</p><p align="justify">-Micer, perdonadme: puede que no sea a m&iacute; tan honesto miraros mucho como os imagin&aacute;is, pero os he mirado lo bastante para saber que nunca jam&aacute;s os he visto. Imagin&oacute;se micer Ricciardo que hac&iacute;a esto de no querer confesar en su presencia reconocerlo por temor a Pagan&iacute;n por lo que, luego de alg&uacute;n tanto, pidi&oacute; por merced a Pagan&iacute;n que le dejase hablar en una c&aacute;mara a solas con ella. Pagan&iacute;n dijo que le plac&iacute;a a cambio de que no la besase contra su voluntad, y mand&oacute; a la mujer que fuese con &eacute;l a la alcoba y escuchase lo que quisiera decirle, y le respondiera como quisiese. Y&eacute;ndose, pues, a la alcoba solos la se&ntilde;ora y micer Ricciardo, en cuanto se sentaron, empez&oacute; micer Ricciardo a decir:</p><p align="justify">-&iexcl;Ah!, coraz&oacute;n de mi cuerpo, dulce alma m&iacute;a, esperanza m&iacute;a, &iquest;no reconoces a tu Ricciardo que te ama m&aacute;s que a s&iacute; mismo? &iquest;C&oacute;mo puede ser? &iquest;Estoy tan desfigurado? &iexcl;Ah!, bellos ojos m&iacute;os, m&iacute;rame un poco. La mujer se ech&oacute; a re&iacute;r y sin dejarlo seguir, dijo:</p><p align="justify">-Bien sab&eacute;is que no soy tan desmemoriada que no sepa que sois micer Ricciardo de Ch&iacute;nzica, mi marido; pero mientras estuve con vos mostrasteis conocerme muy mal, porque si erais sabio o lo sois, como quer&eacute;is que de vos se piense, deb&iacute;ais haber tenido el conocimiento de ver que yo era joven y fresca y gallarda, y saber por consiguiente lo que las mujeres j&oacute;venes piden (aunque no lo digan por verg&uuml;enza) adem&aacute;s de vestir y comer; y lo que hac&iacute;ais en eso bien lo sab&eacute;is. Y si os gustaba m&aacute;s el estudio de las leyes que la mujer, no deb&iacute;ais haberla tomado; aunque a m&iacute; me parezca que nunca fuisteis juez sino un pregonero de ferias y fiestas, tan bien os las sab&iacute;ais, y de ayunos y de vigilias. Y os digo que si tantas fiestas hubierais hecho guardar a los labradores que labraban vuestras tierras como hac&iacute;ais guardar al que ten&iacute;a que labrar mi peque&ntilde;o huertecillo, nunca hubieseis recogido un grano de trigo. Me he doblegado a quien Dios ha querido, como piadoso defensor de mi juventud, con quien me quedo en esta alcoba, donde no se sabe lo que son las fiestas, digo aquellas que vos, m&aacute;s devoto de Dios que de servir a las damas, tantas celebrabais; y nunca por esta puerta entraron s&aacute;bados ni domingos ni vigilia ni cuatro t&eacute;mporas ni cuaresma, que es tan larga, sino que de d&iacute;a y de noche se trabaja y se bate la lana; y desde que esta noche tocaron maitines, bien s&eacute; c&oacute;mo anduvo el asunto m&aacute;s de una vez. Y, as&iacute;, entiendo quedarme con &eacute;l y trabajar mientras sea joven, y las fiestas y las peregrinaciones y los ayunos esperar a hacerlos cuando sea vieja; y vos idos con buena ventura lo m&aacute;s pronto que pod&aacute;is y, sin m&iacute;, guardad cuantas fiestas gust&eacute;is. Micer Ricciardo, oyendo estas palabras, sufr&iacute;a un dolor insoportable, dijo, luego que vio que callaba: -&iexcl;Ah, dulce alma m&iacute;a!, &iquest;qu&eacute; palabras son las que me has dicho? &iquest;Pues no miras el honor de tus parientes y el tuyo? &iquest;Quieres de ahora en adelante quedarte aqu&iacute; de barragana con &eacute;ste, y en pecado mortal, en lugar de en Pisa ser mi mujer? &Eacute;ste, cuando le hayas hartado, con gran vituperio tuyo te echar&aacute; a la calle; yo te tendr&eacute; siempre amor y siempre, aunque yo no lo quisiera, ser&iacute;as el ama de mi casa. &iquest;Debes por este apetito desordenado y deshonesto abandonar tu honor y a m&iacute; que te amo m&aacute;s que a mi vida? &iexcl;Ah, esperanza m&iacute;a!, no dig&aacute;is eso, dignaos venir conmigo: yo de aqu&iacute; en adelante, puesto que conozco tu deseo, me esforzar&eacute;; pero, dulce bien m&iacute;o, cambia de opini&oacute;n y vente conmigo, que no he tenido ning&uacute;n bien desde que me fuiste arrebatada.</p><p align="justify">Y la mujer le respondi&oacute;:</p><p align="justify">-Por mi honor no creo que nadie, ahora que ya nada puede hacerse, se preocupe m&aacute;s que yo: &iexcl;ojal&aacute; se hubieran preocupado mis parientes cuando me entregaron a vos! Y si ellos no lo hicieron por el m&iacute;o, no entiendo yo hacerlo ahora por el de ellos; y si ahora estoy en pecado mortero, alguna vez estar&eacute; en pecado macero: no os preocup&eacute;is m&aacute;s por m&iacute;. Y os digo m&aacute;s, que aqu&iacute; me parece ser la mujer de Pagan&iacute;n y en Pisa me parec&iacute;a ser vuestra barragana, pensando que seg&uacute;n las fases de la luna y las escuadras geom&eacute;tricas deb&iacute;amos vos y yo ayuntar los planetas, mientras que Pagan&iacute;n toda la noche me tiene en brazos y me aprieta y me muerde, &iexcl;y c&oacute;mo me cuida d&iacute;galo Dios por m&iacute;! Dec&iacute;s a&uacute;n que os esforzar&eacute;is: &iquest;y en qu&eacute;?, &iquest;en empatar en tres bazas y levantarla a palos ? &iexcl;Ya veo que os hab&eacute;is hecho un caballero de pro desde que no os he visto! Andad y esforzaos por vivir: que me parece que est&aacute;is a pensi&oacute;n, tan flacucho y delgado me parec&eacute;is. Y a&uacute;n os digo m&aacute;s: que cuando &eacute;ste me deje, a lo que no me parece dispuesto, sea donde sea donde tenga que estar, no entiendo volver nunca con vos que, exprimi&eacute;ndoos todo no podr&iacute;a hacerse con vos ni una escudilla de salsa, porque con grand&iacute;simo da&ntilde;o m&iacute;o e inter&eacute;s y r&eacute;ditos all&iacute; estuve una vez; por lo que en otra parte buscar&eacute; mi pitanza. Lo que os digo es que no habr&aacute; fiesta ni vigilia donde entiendo quedarme; y por ello, lo antes que pod&aacute;is, andaos con Dios, si no, gritar&eacute; que quer&eacute;is forzarme. Micer Ricciardo, vi&eacute;ndose en mal trance y aun conociendo entonces su locura al elegir mujer joven estando desmadejado, doliente y triste, sali&oacute; de la alcoba y dijo a Pagan&iacute;n muchas palabras que de nada le valieron. Y por &uacute;ltimo, sin haber conseguido nada, dejada la mujer, se volvi&oacute; a Pisa, y en tal locura dio por el dolor que, yendo por Pisa, a quien le saludaba o le preguntaba algo, no respond&iacute;a nada m&aacute;s que: -&iexcl;El mal foro no quiere fiestas !</p><p align="justify">Y luego de no mucho tiempo muri&oacute;; de lo que enter&aacute;ndose Pagan&iacute;n, y sabiendo el amor que la mujer le ten&iacute;a, la despos&oacute; como su leg&iacute;tima esposa, y sin nunca guardar fiestas ni vigilias o hacer ayunos, trabajaron mientras las piernas les sostuvieron y bien se divirtieron. Por lo cual, queridas se&ntilde;oras m&iacute;as, me parece que el se&ntilde;or Bernab&oacute; disputando con Ambruogiuolo quisiese apartar la cabra del monte. Esta historia hizo re&iacute;r tanto a toda la compa&ntilde;&iacute;a que no hab&iacute;a nadie a quien no le doliesen las mand&iacute;bulas; y de com&uacute;n consentimiento todas las mujeres dijeron que Dioneo llevaba raz&oacute;n y que Bernab&oacute; hab&iacute;a sido un animal. Pero luego que termin&oacute; la historia y las risas callaron, habiendo mirado la reina que la hora era ya tard&iacute;a y que todos hab&iacute;an novelado, y el fin de su se&ntilde;or&iacute;o hab&iacute;a llegado, seg&uacute;n el orden comenzado, quit&aacute;ndose la guirnalda de la cabeza, sobre la cabeza la puso de Neifile, diciendo con alegre gesto:</p><p align="justify">-Ya, cara compa&ntilde;era, sea tuyo el gobierno de este peque&ntilde;o pueblo -y volvi&oacute; a sentarse. Neifile se ruboriz&oacute; un poco con el recibido honor, y su rostro parec&iacute;a una fresca rosa de abril o de mayo tal como se muestra al clarear el d&iacute;a, con los ojos anhelantes y chispeantes (no de otro modo que una matutina estrella) un poco bajos. Pero luego que el cort&eacute;s murmullo de los circunstantes (en el que su disposici&oacute;n favorable a la reina mostraban alegremente) se repos&oacute; y que ella recuper&oacute; el &aacute;nimo, sent&aacute;ndose un poco m&aacute;s alto de lo que acostumbraba, dijo:</p><p align="justify">-Puesto que as&iacute; es que vuestra reina soy, no alej&aacute;ndome de la costumbre seguida por aquellas que antes de m&iacute; lo han sido, cuyo gobierno hab&eacute;is alabado obedeci&eacute;ndolo, os har&eacute; manifiesto en pocas palabras mi parecer; que si por vuestra opini&oacute;n es estimado, seguiremos. Como sab&eacute;is, ma&ntilde;ana es viernes y el d&iacute;a siguiente s&aacute;bado, d&iacute;as que, por las comidas que se acostumbran en ellos, son un tanto enojosos a la mayor&iacute;a de la gente; sin decir que, el viernes, atendiendo a que en &eacute;l Aquel que por nuestra vida muri&oacute;, sufri&oacute; pasi&oacute;n, es digno de reverencia; por lo que justa cosa y muy honesta reputar&iacute;a que, en honor de Dios, m&aacute;s con oraciones que con historias nos entretuvi&eacute;semos. Y el s&aacute;bado es costumbre de las mujeres lavarse la cabeza y quitarse todo el polvo, toda la suciedad que por el trabajo de la semana anterior se hubiese cogido; y tambi&eacute;n muchos acostumbran a ayunar en reverencia a la Virgen madre del Hijo de Dios, y de ah&iacute; en adelante, en honor del domingo siguiente, descansar de cualquier trabajo; por lo que, no pudiendo tan plenamente en esos d&iacute;as seguir el orden en el vivir que hemos adoptado, tambi&eacute;n estimo que estar&iacute;a bien que esos d&iacute;as depongamos las historias. Luego, como habremos estado aqu&iacute; cuatro d&iacute;as, si queremos evitar que llegue la gente nueva, juzgo oportuno mudarnos de aqu&iacute; e irnos a otra parte; y d&oacute;nde ya lo he pensado y provisto. All&iacute;, cuando estemos reunidos el domingo despu&eacute;s de dormir, como hemos tenido hoy mucho tiempo para razonar conversando, tanto porque tendr&eacute;is m&aacute;s tiempo para pensar como porque ser&aacute; mejor que se limite un poco la libertad en novelar y que se hable de uno de los muchos casos de la fortuna, he pensado que sea sobre quien alguna cosa muy deseada haya conseguido con industria o una p&eacute;rdida recuperado. Sobre lo cual, piense cada uno en decir algo que a la compa&ntilde;&iacute;a pueda ser &uacute;til o al menos deleitable, siempre con la salvedad del privilegio de Dioneo. Todo el mundo alab&oacute; lo dicho y lo imaginado por la reina, y as&iacute; establecieron que fuese. La cual, despu&eacute;s de esto, haciendo llamar a su senescal, d&oacute;nde deb&iacute;a poner la mesa por la tarde le dijo, y todo lo que luego deb&iacute;a hacer en todo el tiempo de su se&ntilde;or&iacute;o plenamente le expuso; y hecho as&iacute;, poni&eacute;ndose en pie con su compa&ntilde;&iacute;a, les dio licencia para hacer lo que a cada uno m&aacute;s gustase. Tomaron, pues, las se&ntilde;oras y los hombres el camino de un jardincillo, y all&iacute;, luego de que un tanto se hubieron entretenido, venida la hora de la cena, con fiesta y con placer cenaron; y levant&aacute;ndose de all&iacute;, seg&uacute;n plugo a la reina, conduciendo Emilia la carola, la siguiente canci&oacute;n de Pamp&iacute;nea, que los dem&aacute;s coreaban, se cant&oacute;:</p><div align="justify"><br /><br />&iquest;Qui&eacute;n podr&iacute;a cantar en lugar m&iacute;o </div><div align="justify">que tengo y gozo todo cuanto ans&iacute;o? </div><div align="justify">Ven, pues, Amor, raz&oacute;n de mi ventura, </div><div align="justify">de la esperanza y de toda alegr&iacute;a, </div><div align="justify">ven conmigo a cantar </div><div align="justify">no de suspiros, penas y amargura, </div><div align="justify">que ahora me es dulce lo que fue agon&iacute;a, </div><div align="justify">sino de este brillar </div><div align="justify">del fuego en cuyas llamas quiero estar </div><div align="justify">ador&aacute;ndote a ti como a dios m&iacute;o. </div><div align="justify">T&uacute; ante los ojos me trajiste, Amor, </div><div align="justify">cuando en tu fuego ard&iacute; por vez primera, </div><div align="justify">a uno de tal talante </div><div align="justify">que en beldad y osad&iacute;a, y en valor, </div><div align="justify">otro mejor jam&aacute;s se encontrar&iacute;a, </div><div align="justify">ni a&uacute;n otro semejante; </div><div align="justify">y tanto me inflam&oacute; que en este instante </div><div align="justify">feliz te estoy cantando, se&ntilde;or m&iacute;o. </div><div align="justify">Y este que es para m&iacute; sumo placer </div><div align="justify">y que me quiere cuanto yo le quiero </div><div align="justify">Amor, por tu merced, </div><div align="justify">por lo que en este mundo mi querer </div><div align="justify">tengo y gozar de paz en otro espero; </div><div align="justify">y pues le guardo fe </div><div align="justify">que aun a su reino Dios, que esto lo ve, </div><div align="justify">por su bondad nos llevar&aacute; conf&iacute;o . </div><p align="justify">Despu&eacute;s de &eacute;sta, otras muchas se cantaron y se bailaron muchas danzas y se tocaron distintas m&uacute;sicas; pero juzgando la reina que era tiempo de tener que irse a descansar, con las antorchas por delante cada uno a su c&aacute;mara se fueron, y durante los dos d&iacute;as siguientes atendiendo a aquellas cosa que la reina hab&iacute;a hablado, esperando con deseo la llegada del domingo.</p><p align="justify">TERMINA LA SEGUNDA JORNADA</p>]]></description><pubDate>Sun, 03 Sep 2006 23:00:00 +0000</pubDate></item><item><title>Decameron</title><link>https://carolus-magnus.blogia.com/2006/070902-decameron.php</link><guid isPermaLink="true">https://carolus-magnus.blogia.com/2006/070902-decameron.php</guid><description><![CDATA[<p align="justify">Por Giovanni Bocaccio</p><p align="justify">Primera Jornada<br />PROEMIO </p><p align="justify">COMIENZA EL LIBRO LLAMADO DECAMER&Oacute;N, APELLIDADO PR&Iacute;NCIPE GALEOTO, EN EL QUE SE CONTIENEN CIEN NOVELAS CONTADAS EN DIEZ D&Iacute;AS POR SIETE MUJERES Y POR TRES HOMBRES J&Oacute;VENES.</p><p align="justify"></p><p align="justify">HUMANA cosa es tener compasi&oacute;n de los afligidos, y aunque a todos conviene sentirla, m&aacute;s propio es que la sientan aquellos que ya han tenido menester de consuelo y lo han encontrado en otros: entre los cuales, si hubo alguien de &eacute;l necesitado o le fue querido o ya de &eacute;l recibi&oacute; el contento, me cuento yo. Porque desde mi primera juventud hasta este tiempo habiendo estado sobremanera inflamado por alt&iacute;simo y noble amor (tal vez, por yo narrarlo, bastante m&aacute;s de lo que parecer&iacute;a conveniente a mi baja condici&oacute;n aunque por los discretos a cuya noticia lleg&oacute; fuese alabado y reputado en mucho ), no menos me fue grand&iacute;sima fatiga sufrirlo: ciertamente no por crueldad de la mujer amada sino por el excesivo fuego concebido en la mente por el poco dominado apetito, el cual porque con ning&uacute;n razonable l&iacute;mite me dejaba estar contento, me hac&iacute;a muchas veces sentir m&aacute;s dolor del que hab&iacute;a necesidad. Y en aquella angustia tanto alivio me procuraron las afables razones de alg&uacute;n amigo y sus loables consuelos, que tengo la opini&oacute;n firm&iacute;sima de que por haberme sucedido as&iacute; no estoy muerto. Pero cuando plugo a Aqu&eacute;l que, siendo infinito, dio por ley inconmovible a todas las cosas mundanas el tener fin, mi amor, m&aacute;s que cualquiera otro ardiente y al cual no hab&iacute;a podido ni romper ni doblar ninguna fuerza de voluntad ni de consejo ni de verg&uuml;enza evidente ni ning&uacute;n peligro que pudiera seguirse de ello, disminuy&oacute; con el tiempo, de tal guisa que s&oacute;lo me ha dejado de s&iacute; mismo en la memoria aquel placer que acostumbra ofrecer a quien no se pone a navegar en sus m&aacute;s hondos pi&eacute;lagos, por lo que, habiendo desaparecido todos sus afanes, siento que ha permanecido deleitoso donde en m&iacute; sol&iacute;a doloroso estar. Pero, aunque haya cesado la pena, no por eso ha huido el recuerdo de los beneficios recibidos entonces de aqu&eacute;llos a quienes, por benevolencia hacia m&iacute;, les eran graves mis fatigas; ni nunca se ir&aacute;, tal como creo, sino con la muerte. Y porque la gratitud, seg&uacute;n lo creo, es entre las dem&aacute;s virtudes sumamente de alabar y su contraria de maldecir, por no parecer ingrato me he propuesto prestar alg&uacute;n alivio, en lo que puedo y a cambio de los que he recibido (ahora que puedo llamarme libre), si no a quienes me ayudaron, que por ventura no tienen necesidad de &eacute;l por su cordura y por su buena suerte, al menos a quienes lo hayan menester. Y aunque mi apoyo, o consuelo si queremos llamarlo as&iacute;, pueda ser y sea bastante poco para los necesitados, no deja de parecerme que deba ofrecerse primero all&iacute; donde la necesidad parezca mayor, tanto porque ser&aacute; m&aacute;s &uacute;til como porque ser&aacute; recibido con mayor deseo. &iquest;Y qui&eacute;n podr&aacute; negar que, por peque&ntilde;o que sea, no convenga darlo mucho m&aacute;s a las amables mujeres que a los hombres? Ellas, dentro de los delicados pechos, temiendo y avergonz&aacute;ndose, tienen ocultas las amorosas llamas (que cu&aacute;n mayor fuerza tienen que las manifiestas saben quienes lo han probado y lo prueban); y adem&aacute;s, obligadas por los deseos, los gustos, los mandatos de los padres, de las madres, los hermanos y los maridos, pasan la mayor parte del tiempo confinadas en el peque&ntilde;o circuito de sus alcobas, sentadas y ociosas, y queriendo y no queriendo en un punto, revuelven en sus cabezas diversos pensamientos que no es posible que todos sean alegres. Y si a causa de ellos, tra&iacute;da por alg&uacute;n fogoso deseo, les invade alguna tristeza, les es fuerza detenerse en ella con grave dolor si nuevas razones no la remueven, sin contar con ellas son mucho menos fuertes que los hombres; lo que no sucede a los hombres enamorados, tal como podemos ver abiertamente nosotros. Ellos, si les aflige alguna tristeza o pensamiento grave, tienen muchos medios de aliviarse o de olvidarlo porque, si lo quieren, nada les impide pasear, o&iacute;r y ver muchas cosas, darse a la cetrer&iacute;a, cazar o pescar, jugar y mercadear, por los cuales modos todos encuentran la fuerza de recobrar el &aacute;nimo, o en parte o en todo, y removerlo del doloroso pensamiento al menos por alg&uacute;n espacio de tiempo; despu&eacute;s del cual, de un modo o de otro, o sobreviene el consuelo o el dolor disminuye. Por consiguiente, para que al menos por mi parte se enmiende el pecado de la fortuna que, donde menos obligado era, tal como vemos en las delicadas mujeres, fue m&aacute;s avara de ayuda, en socorro y refugio de las que aman (porque a las otras les es bastante la aguja, el huso y la devanadera) entiendo contar cien novelas, o f&aacute;bulas o par&aacute;bolas o historias, como las queramos llamar, narradas en diez d&iacute;as, como manifiestamente aparecer&aacute;, por una honrada compa&ntilde;&iacute;a de siete mujeres y tres j&oacute;venes, en los pestilentes tiempos de la pasada mortandad, y algunas canciones cantadas a su gusto por las dichas se&ntilde;oras. En las cuales novelas se ver&aacute;n casos de amor placenteros y &aacute;speros, as&iacute; como otros azarosos acontecimientos sucedidos tanto en los modernos tiempos como en los antiguos; de los cuales, las ya dichas mujeres que los lean, a la par podr&aacute;n tomar solaz en las cosas deleitosas mostradas y &uacute;til consejo, por lo que podr&aacute;n conocer qu&eacute; ha de ser huido e igualmente qu&eacute; ha de ser seguido: cosas que sin que se les pase el dolor no creo que puedan suceder. Y si ello sucede, que quiera Dios que as&iacute; sea, den gracias a Amor que, libr&aacute;ndome de sus ligaduras, me ha concedido poder atender a sus placeres.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">PRIMERA JORNADA</p><p align="justify">COMIENZA LA PRIMERA JORNADA DEL DECAMER&Oacute;N, EN QUE, LUEGO DE LA EXPLICACI&Oacute;N DADA POR EL AUTOR SOBRE LA RAZ&Oacute;N POR QUE ACAECI&Oacute; QUE SE REUNIESEN LAS PERSONAS QUE SE MUESTRAN RAZONANDO ENTRE S&Iacute;, SE RAZONA BAJO EL GOBIERNO DE PAMP&Iacute;NEA SOBRE LO QUE M&Aacute;S AGRADA A CADA UNO. </p><p align="justify">Cuando m&aacute;s gracios&iacute;simas damas, pienso cu&aacute;n piadosas sois por naturaleza, tanto m&aacute;s conozco que la presente obra tendr&aacute; a vuestro juicio un principio penoso y triste, tal como es el doloroso recuerdo de aquella pest&iacute;fera mortandad pasada , universalmente funesta y digna de llanto para todos aquellos que la vivieron o de otro modo supieron de ella, con el que comienza. Pero no quiero que por ello os asuste seguir leyendo como si entre suspiros y l&aacute;grimas debieseis pasar la lectura. Este horroroso comienzo os sea no otra cosa que a los caminantes una monta&ntilde;a &aacute;spera y empinada despu&eacute;s de la cual se halla escondida una llanura hermos&iacute;sima y deleitosa que les es m&aacute;s placentera cuanto mayor ha sido la dureza de la subida y la bajada. Y as&iacute; como el final de la alegr&iacute;a suele ser el dolor, las miserias se terminan con el gozo que las sigue. A este breve disgusto (y digo breve porque se contiene en pocas palabras) seguir&aacute; prontamente la dulzura y el placer que os he prometido y que tal vez no ser&iacute;a esperado de tal comienzo si no lo hubiera hecho. Y en verdad si yo hubiera podido decorosamente llevaros por otra parte a donde deseo en lugar de por un sendero tan &aacute;spero como es &eacute;ste, lo habr&iacute;a hecho de buena gana; pero ya que la raz&oacute;n por la que sucedieron las cosas que despu&eacute;s se leer&aacute;n no se pod&iacute;a manifestar sin este recuerdo, como empujado por la necesidad me dispongo a escribirlo.</p><p align="justify">Digo, pues, que ya hab&iacute;an los a&ntilde;os de la fruct&iacute;fera Encarnaci&oacute;n del Hijo de Dios llegado al n&uacute;mero de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobil&iacute;sima entre todas las otras ciudades de Italia, lleg&oacute; la mort&iacute;fera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra correcci&oacute;n que hab&iacute;a comenzado algunos a&ntilde;os antes en las partes orientales priv&aacute;ndolas de gran cantidad de vivientes, y, continu&aacute;ndose sin descanso de un lugar en otro, se hab&iacute;a extendido miserablemente a Occidente. Y no valiendo contra ella ning&uacute;n saber ni providencia humana (como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello y la prohibici&oacute;n de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las humildes s&uacute;plicas dirigidas a Dios por las personas devotas no una vez sino muchas ordenadas en procesiones o de otras maneras, casi al principio de la primavera del a&ntilde;o antes dicho empez&oacute; horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos efectos. Y no era como en Oriente, donde a quien sal&iacute;a sangre de la nariz le era manifiesto signo de muerte inevitable, sino que en su comienzo nac&iacute;an a los varones y a las hembras semejantemente en las ingles o bajo las axilas, ciertas hinchazones que algunas crec&iacute;an hasta el tama&ntilde;o de una manzana y otras de un huevo, y algunas m&aacute;s y algunas menos, que eran llamadas bubas por el pueblo. Y de las dos dichas partes del cuerpo, en poco espacio de tiempo empez&oacute; la pest&iacute;fera buba a extenderse a cualquiera de sus partes indiferentemente, e inmediatamente comenz&oacute; la calidad de la dicha enfermedad a cambiarse en manchas negras o l&iacute;vidas que aparec&iacute;an a muchos en los brazos y por los muslos y en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y raras y a otros menudas y abundantes. Y as&iacute; como la buba hab&iacute;a sido y segu&iacute;a siendo indicio cert&iacute;simo de muerte futura, lo mismo eran &eacute;stas a quienes les sobreven&iacute;an. Y para curar tal enfermedad no parec&iacute;a que valiese ni aprovechase consejo de m&eacute;dico o virtud de medicina alguna; as&iacute;, o porque la naturaleza del mal no lo sufriese o porque la ignorancia de quienes lo medicaban (de los cuales, m&aacute;s all&aacute; de los entendidos hab&iacute;a proliferado grand&iacute;simamente el n&uacute;mero tanto de hombres como de mujeres que nunca hab&iacute;an tenido ning&uacute;n conocimiento de medicina) no supiese por qu&eacute; era movido y por consiguiente no tomase el debido remedio, no solamente eran pocos los que curaban sino que casi todos antes del tercer d&iacute;a de la aparici&oacute;n de las se&ntilde;ales antes dichas, qui&eacute;n antes, qui&eacute;n despu&eacute;s, y la mayor&iacute;a sin alguna fiebre u otro accidente, mor&iacute;an. Y esta pestilencia tuvo mayor fuerza porque de los que estaban enfermos de ella se abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no de otro modo que como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando se le avecinan mucho. Y m&aacute;s all&aacute; lleg&oacute; el mal: que no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte com&uacute;n, sino tambi&eacute;n el tocar los pa&ntilde;os o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por aquellos enfermos, que parec&iacute;a llevar consigo aquella tal enfermedad hasta el que tocaba. Y asombroso es escuchar lo que debo decir, que si por los ojos de muchos y por los m&iacute;os propios no hubiese sido visto, apenas me atrever&iacute;a a creerlo, y mucho menos a escribirlo por muy digna de fe que fuera la persona a quien lo hubiese o&iacute;do. Digo que de tanta virulencia era la calidad de la pestilencia narrada que no solamente pasaba del hombre al hombre, sino lo que es mucho m&aacute;s (e hizo visiblemente otras muchas veces): que las cosas que hab&iacute;an sido del hombre, no solamente lo contaminaban con la enfermedad sino que en brev&iacute;simo espacio lo mataban. De lo cual mis ojos, como he dicho hace poco, fueron entre otras cosas testigos un d&iacute;a porque, estando los despojos de un pobre hombre muerto de tal enfermedad arrojados en la v&iacute;a p&uacute;blica, y tropezando con ellos dos puercos, y como seg&uacute;n su costumbre se agarrasen y le tirasen de las mejillas primero con el hocico y luego con los dientes, un momento m&aacute;s tarde, tras algunas contorsiones y como si hubieran tomado veneno, ambos a dos cayeron muertos en tierra sobre los maltratados despojos. De tales cosas, y de bastantes m&aacute;s semejantes a &eacute;stas y mayores, nacieron miedos diversos e imaginaciones en los que quedaban vivos, y casi todos se inclinaban a un remedio muy cruel como era esquivar y huir a los enfermos y a sus cosas; y, haci&eacute;ndolo, cada uno cre&iacute;a que consegu&iacute;a la salud para s&iacute; mismo. Y hab&iacute;a algunos que pensaban que vivir moderadamente y guardarse de todo lo superfluo deb&iacute;a ofrecer gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compa&ntilde;&iacute;a, viv&iacute;an separados de todos los dem&aacute;s recogi&eacute;ndose y encerr&aacute;ndose en aquellas casas donde no hubiera ning&uacute;n enfermo y pudiera vivirse mejor, usando con gran templanza de comidas delicad&iacute;simas y de &oacute;ptimos vinos y huyendo de todo exceso, sin dejarse hablar de ninguno ni querer o&iacute;r noticia de fuera, ni de muertos ni de enfermos, con el ta&ntilde;er de los instrumentos y con los placeres que pod&iacute;an tener se entreten&iacute;an. Otros, inclinados a la opini&oacute;n contraria, afirmaban que la medicina cert&iacute;sima para tanto mal era el beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y divirti&eacute;ndose y satisfacer el apetito con todo aquello que se pudiese, y re&iacute;rse y burlarse de todo lo que sucediese; y tal como lo dec&iacute;an, lo pon&iacute;an en obra como pod&iacute;an yendo de d&iacute;a y de noche ora a esta taberna ora a la otra, bebiendo inmoderadamente y sin medida y mucho m&aacute;s haciendo en los dem&aacute;s casos solamente las cosas que entend&iacute;an que les serv&iacute;an de gusto o placer. Todo lo cual pod&iacute;an hacer f&aacute;cilmente porque todo el mundo, como quien no va a seguir viviendo, hab&iacute;a abandonado sus cosas tanto como a s&iacute; mismo, por lo que las m&aacute;s de las casas se hab&iacute;an hecho comunes y as&iacute; las usaba el extra&ntilde;o, si se le ocurr&iacute;a, como las habr&iacute;a usado el propio due&ntilde;o. Y con todo este comportamiento de fieras, hu&iacute;an de los enfermos cuanto pod&iacute;an. Y en tan gran aflicci&oacute;n y miseria de nuestra ciudad, estaba la reverenda autoridad de las leyes, de las divinas como de las humanas, toda ca&iacute;da y deshecha por sus ministros y ejecutores que, como los otros hombres, estaban enfermos o muertos o se hab&iacute;an quedado tan carentes de servidores que no pod&iacute;an hacer oficio alguno; por lo cual le era l&iacute;cito a todo el mundo hacer lo que le pluguiese. Muchos otros observaban, entre las dos dichas m&aacute;s arriba, una v&iacute;a intermedia: ni restringi&eacute;ndose en las viandas como los primeros ni alarg&aacute;ndose en el beber y en los otros libertinajes tanto como los segundos, sino suficientemente, seg&uacute;n su apetito, usando de las cosas y sin encerrarse, saliendo a pasear llevando en las manos flores, hierbas odor&iacute;feras o diversas clases de especias, que se llevaban a la nariz con frecuencia por estimar que era &oacute;ptima cosa confortar el cerebro con tales olores contra el aire impregnado todo del hedor de los cuerpos muertos y cargado y hediondo por la enfermedad y las medicinas. Algunos eran de sentimientos m&aacute;s crueles (como si por ventura fuese m&aacute;s seguro) diciendo que ninguna medicina era mejor ni tan buena contra la peste que huir de ella; y movidos por este argumento, no cuidando de nada sino de s&iacute; mismos, muchos hombres y mujeres abandonaron la propia ciudad, las propias casas, sus posesiones y sus parientes y sus cosas, y buscaron las ajenas, o al menos el campo, como si la ira de Dios no fuese a seguirles para castigar la iniquidad de los hombres con aquella peste y solamente fuese a oprimir a aquellos que se encontrasen dentro de los muros de su ciudad como avisando de que ninguna persona deb&iacute;a quedar en ella y ser llegada su &uacute;ltima hora. Y aunque estos que opinaban de diversas maneras no murieron todos, no por ello todos se salvaban, sino que, enferm&aacute;ndose muchos en cada una de ellas y en distintos lugares (habiendo dado ellos mismos ejemplo cuando estaban sanos a los que sanos quedaban) abandonados por todos, languidec&iacute;an ahora. Y no digamos ya que un ciudadano esquivase al otro y que casi ning&uacute;n vecino tuviese cuidado del otro, y que los parientes raras veces o nunca se visitasen, y de lejos: con tanto espanto hab&iacute;a entrado esta tribulaci&oacute;n en el pecho de los hombres y de las mujeres, que un hermano abandonaba al otro y el t&iacute;o al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi incre&iacute;ble, los padres y las madres a los hijos, como si no fuesen suyos, evitaban visitar y atender. Por lo que a quienes enfermaban, que eran una multitud inestimable, tanto hombres como mujeres, ning&uacute;n otro auxilio les quedaba que o la caridad de los amigos, de los que hab&iacute;a pocos, o la avaricia de los criados que por gruesos salarios y abusivos contratos serv&iacute;an, aunque con todo ello no se encontrasen muchos y los que se encontraban fuesen hombres y mujeres de tosco ingenio, y adem&aacute;s no acostumbrados a tal servicio, que casi no serv&iacute;an para otra cosa que para llevar a los enfermos algunas cosas que pidiesen o mirarlos cuando mor&iacute;an; y sirviendo en tal servicio, se perd&iacute;an ellos muchas veces con lo ganado. Y de este ser abandonados los enfermos por los vecinos, los parientes y los amigos, y de haber escasez de sirvientes se sigui&oacute; una costumbre no o&iacute;da antes: que a ninguna mujer por bella o gallarda o noble que fuese, si enfermaba, le importaba tener a su servicio a un hombre, como fuese, joven o no, ni mostrarle sin ninguna verg&uuml;enza todas las partes de su cuerpo no de otra manera que hubiese hecho a otra mujer, si se lo ped&iacute;a la necesidad de su enfermedad; lo que en aquellas que se curaron fue raz&oacute;n de honestidad menor en el tiempo que sucedi&oacute;. Y adem&aacute;s, se sigui&oacute; de ello la muerte de muchos que, por ventura, si hubieran sido ayudados se habr&iacute;an salvado; de los que, entre el defecto de los necesarios servicios que los enfermos no pod&iacute;an tener y por la fuerza de la peste, era tanta en la ciudad la multitud de los que de d&iacute;a y de noche mor&iacute;an, que causaba estupor o&iacute;rlo decir, cuanto m&aacute;s mirarlo. Por lo cual, casi por necesidad, cosas contrarias a las primeras costumbres de los ciudadanos nacieron entre quienes quedaban vivos. Era costumbre, as&iacute; como ahora vemos hacer, que las mujeres parientes y vecinas se reuniesen en la casa del muerto, y all&iacute;, con aquellas que m&aacute;s le tocaban, lloraban; y por otra parte delante de la casa del muerto con sus parientes se reun&iacute;an sus vecinos y muchos otros ciudadanos, y seg&uacute;n la calidad del muerto all&iacute; ven&iacute;a el clero, y &eacute;l en hombros de sus iguales, con funeral pompa de cera y cantos, a la iglesia elegida por &eacute;l antes de la muerte era llevado. Las cuales cosas, luego que empez&oacute; a subir la ferocidad de la peste, o en todo o en su mayor parte cesaron casi y otras nuevas sobrevivieron en su lugar. Por lo que no solamente sin tener muchas mujeres alrededor se mor&iacute;an las gentes sino que eran muchos los que de esta vida pasaban a la otra sin testigos; y poqu&iacute;simos eran aquellos a quienes los piadosos llantos y las amargas l&aacute;grimas de sus parientes fuesen concedidas, sino que en lugar de ellas eran por los m&aacute;s acostumbradas las risas y las agudezas y el festejar en compa&ntilde;&iacute;a; la cual costumbre las mujeres, en gran parte pospuesta la femenina piedad a su salud, hab&iacute;an aprendido &oacute;ptimamente. Y eran raros aquellos cuerpos que fuesen por m&aacute;s de diez o doce de sus vecinos acompa&ntilde;ados a la iglesia; a los cuales no llevaban sobre los hombros los honrados y amados ciudadanos, sino una especie de sepultureros salidos de la gente baja que se hac&iacute;an llamar faquines y hac&iacute;an este servicio a sueldo poni&eacute;ndose debajo del ata&uacute;d y, llev&aacute;ndolo con presurosos pasos, no a aquella iglesia que hubiese antes de la muerte dispuesto, sino a la m&aacute;s cercana la mayor&iacute;a de las veces lo llevaban, detr&aacute;s de cuatro o seis cl&eacute;rigos con pocas luces y a veces sin ninguna; los que, con la ayuda de los dichos faquines, sin cansarse en un oficio demasiado largo o solemne, en cualquier sepultura desocupada encontrada primero lo met&iacute;an. De la gente baja, y tal vez de la mediana, el espect&aacute;culo estaba lleno de mucha mayor miseria, porque &eacute;stos, o por la esperanza o la pobreza retenidos la mayor&iacute;a en sus casas, qued&aacute;ndose en sus barrios, enfermaban a millares por d&iacute;a, y no siendo ni servidos ni ayudados por nadie, sin redenci&oacute;n alguna mor&iacute;an todos. Y bastantes acababan en la v&iacute;a p&uacute;blica, de d&iacute;a o de noche; y muchos, si mor&iacute;an en sus casas, antes con el hedor corrompido de sus cuerpos que de otra manera, hac&iacute;an sentir a los vecinos que estaban muertos; y entre &eacute;stos y los otros que por toda parte mor&iacute;an, una muchedumbre. Era sobre todo observada una costumbre por los vecinos, movidos no menos por el temor de que la corrupci&oacute;n de los muertos no los ofendiese que por el amor que tuvieran a los finados. Ellos, o por s&iacute; mismos o con ayuda de algunos acarreadores cuando pod&iacute;an tenerla, sacaban de sus casas los cuerpos de los ya finados y los pon&iacute;an delante de sus puertas (donde, especialmente por la ma&ntilde;ana, hubiera podido ver un sinn&uacute;mero de ellos quien se hubiese paseado por all&iacute;) y all&iacute; hac&iacute;an venir los ata&uacute;des, y hubo tales a quienes por defecto de ellos pusieron sobre alguna tabla. Tampoco fue un solo ata&uacute;d el que se llev&oacute; juntas a dos o tres personas; ni sucedi&oacute; una vez sola sino que se habr&iacute;an podido contar bastantes de los que la mujer y el marido, los dos o tres hermanos, o el padre y el hijo, o as&iacute; sucesivamente, contuvieron. Y muchas veces sucedi&oacute; que, andando dos curas con una cruz a por alguno, se pusieron tres o cuatro ata&uacute;des, llevados por acarreadores, detr&aacute;s de ella; y donde los curas cre&iacute;an tener un muerto para sepultar, ten&iacute;an seis u ocho, o tal vez m&aacute;s. Tampoco eran &eacute;stos con l&aacute;grimas o luces o compa&ntilde;&iacute;a honrados, sino que la cosa hab&iacute;a llegado a tanto que no de otra manera se cuidaba de los hombres que mor&iacute;an que se cuidar&iacute;a ahora de las cabras; por lo que apareci&oacute; asaz manifiestamente que aquello que el curso natural de las cosas no hab&iacute;a podido con sus peque&ntilde;os y raros da&ntilde;os mostrar a los sabios que se deb&iacute;a soportar con paciencia, lo hac&iacute;a la grandeza de los males a&uacute;n con los simples, desaprensivos y despreocupados. A la gran multitud de muertos mostrada que a todas las iglesias, todos los d&iacute;as y casi todas las horas, era conducida, no bastando la tierra sagrada a las sepulturas (y m&aacute;xime queriendo dar a cada uno un lugar propio seg&uacute;n la antigua costumbre), se hac&iacute;an por los cementerios de las iglesias, despu&eacute;s que todas las partes estaban llenas, fosas grand&iacute;simas en las que se pon&iacute;an a centenares los que llegaban, y en aquellas estibas, como se ponen las mercanc&iacute;as en las naves en capas apretadas, con poca tierra se recubr&iacute;an hasta que se llegaba a ras de suelo. Y por no ir buscando por la ciudad todos los detalles de nuestras pasadas miserias en ella sucedidas, digo que con un tiempo tan enemigo que corri&oacute; &eacute;sta, no por ello se ahorr&oacute; algo al campo circundante; en el cual, dejando los burgos, que eran semejantes, en su peque&ntilde;ez, a la ciudad, por las aldeas esparcidas por &eacute;l y los campos, los labradores m&iacute;seros y pobres y sus familias, sin trabajo de m&eacute;dico ni ayuda de servidores, por las calles y por los collados y por las casas, de d&iacute;a o de noche indiferentemente, no como hombres sino como bestias mor&iacute;an. Por lo cual, &eacute;stos, disolutas sus costumbres como las de los ciudadanos, no se ocupaban de ninguna de sus cosas o haciendas; y todos, como si esperasen ver venir la muerte en el mismo d&iacute;a, se esforzaban con todo su ingenio no en ayudar a los futuros frutos de los animales y de la tierra y de sus pasados trabajos, sino en consumir los que ten&iacute;an a mano. Por lo que los bueyes, los asnos, las ovejas, las cabras, los cerdos, los pollos y hasta los mismos perros fidel&iacute;simos al hombre, sucedi&oacute; que fueron expulsados de las propias casas y por los campos, donde las cosechas estaban abandonadas, sin ser no ya recogidas sino ni siquiera segadas, iban como m&aacute;s les plac&iacute;a; y muchos, como racionales, despu&eacute;s que hab&iacute;an pastado bien durante el d&iacute;a, por la noche se volv&iacute;an saciados a sus casas sin ninguna gu&iacute;a de pastor. &iquest;Qu&eacute; m&aacute;s puede decirse, dejando el campo y volviendo a la ciudad, sino que tanta y tal fue la crueldad del cielo, y tal vez en parte la de los hombres, que entre la fuerza de la pest&iacute;fera enfermedad y por ser muchos enfermos mal servidos o abandonados en su necesidad por el miedo que ten&iacute;an los sanos, a m&aacute;s de cien mil criaturas humanas, entre marzo y el julio siguiente, se tiene por cierto que dentro de los muros de Florencia les fue arrebatada la vida, que tal vez antes del accidente mort&iacute;fero no se habr&iacute;a estimado haber dentro tantas? &iexcl;Oh cu&aacute;ntos grandes palacios, cu&aacute;ntas bellas casas, cu&aacute;ntas nobles moradas llenas por dentro de gentes, de se&ntilde;ores y de damas, quedaron vac&iacute;as hasta del menor infante! &iexcl;Oh cu&aacute;ntos memorables linajes, cu&aacute;ntas ampl&iacute;simas herencias, cu&aacute;ntas famosas riquezas se vieron quedar sin sucesor leg&iacute;timo! &iexcl;Cu&aacute;ntos valerosos hombres, cu&aacute;ntas hermosas mujeres, cu&aacute;ntos j&oacute;venes gallardos a quienes no otros que Galeno, Hip&oacute;crates o Esculapio hubiesen juzgado san&iacute;simos, desayunaron con sus parientes, compa&ntilde;eros y amigos, y llegada la tarde cenaron con sus antepasados en el otro mundo!</p><p align="justify">A m&iacute; mismo me disgusta andar revolvi&eacute;ndome tanto entre tantas miserias; por lo que, queriendo dejar aquella parte de las que convenientemente puedo evitar, digo que, estando en estos t&eacute;rminos nuestra ciudad de habitantes casi vac&iacute;a, sucedi&oacute;, as&iacute; como yo despu&eacute;s o&iacute; a una persona digna de fe, que en la venerable iglesia de Santa Mar&iacute;a la Nueva, un martes de ma&ntilde;ana, no habiendo casi ninguna otra persona, o&iacute;dos los divinos oficios en h&aacute;bitos de duelo, como ped&iacute;an semejantes tiempos, se encontraron siete mujeres j&oacute;venes, todas entre s&iacute; unidas o por amistad o por vecindad o por parentesco, de las cuales ninguna hab&iacute;a pasado el vig&eacute;simo a&ntilde;o ni era menor de dieciocho, discretas todas y de sangre noble y hermosas de figura y adornadas con ropas y honestidad gallarda. Sus nombres dir&iacute;a yo debidamente si una justa raz&oacute;n no me impidiese hacerlo, que es que no quiero que por las cosas contadas de ellas que se siguen, y por lo escuchado, ninguna pueda avergonzarse en el tiempo por venir, estando hoy un tanto restringidas las leyes del placer que entonces, por las razones antes dichas, eran no ya para su edad sino para otra mucho m&aacute;s madura ampl&iacute;simas; ni tampoco dar materia a los envidiosos (prestos a mancillar toda vida loable), de disminuir en ning&uacute;n modo la honestidad de las valerosas mujeres en conversaciones desconsideradas. Pero, sin embargo, para que aquello que cada una dijese se pueda comprender pronto sin confusi&oacute;n, con nombres convenientes a la calidad de cada una, o en todo o en parte, entiendo llamarlas; de las cuales a la primera, y la que era de m&aacute;s edad, llamaremos Pamp&iacute;nea y a la segunda Fiameta, Filomena a la tercera y a la cuarta Emilia, y despu&eacute;s Laureta diremos a la quinta, y a la sexta Neifile, y a la &uacute;ltima, no sin raz&oacute;n, llamaremos Elisa . Las cuales, no ya movidas por alg&uacute;n prop&oacute;sito sino por el acaso, se reunieron en una de las partes de la iglesia como dispuestas a sentarse en corro, y luego de muchos suspiros, dejando de rezar padrenuestros, comenzaron a discurrir sobre la condici&oacute;n de los tiempos muchas y variadas cosas; y luego de alg&uacute;n espacio, callando las dem&aacute;s, as&iacute; empez&oacute; a hablar Pamp&iacute;nea: -Vosotras pod&eacute;is, queridas se&ntilde;oras, tanto como yo haber o&iacute;do muchas veces que a nadie ofende quien honestamente hace uso de su derecho. Natural derecho es de todos los que nacen ayudar a conservar y defender su propia vida tanto cuanto pueden, y concededme esto, puesto que alguna vez ya ha sucedido que, por conservarla, se hayan matado hombres sin ninguna culpa. Y si esto conceden las leyes, a cuya solicitud est&aacute; el buen vivir de todos los mortales, &iexcl;cu&aacute;n mayormente es honesto que, sin ofender a nadie, nosotras y cualquiera otro, tomemos los remedios que podamos para la conservaci&oacute;n de nuestra vida! Siempre que me pongo a considerar nuestras acciones de esta ma&ntilde;ana y de las ya pasadas y pienso cu&aacute;ntos y cu&aacute;les son nuestros pensamientos, comprendo, y vosotras de igual modo lo pod&eacute;is comprender, que cada una de nosotras tema por s&iacute; misma; y no me maravillo por ello, sino que me maravillo de que sucedi&eacute;ndonos a todas tener sentimiento de mujer, no tomemos alguna compensaci&oacute;n de aquello que fundadamente tememos. Estamos viviendo aqu&iacute;, a mi parecer, no de otro modo que si quisi&eacute;semos y debi&eacute;semos ser testigos de cuantos cuerpos muertos se llevan a la sepultura, o escuchar si los frailes de aqu&iacute; dentro (el n&uacute;mero de los cuales casi ha llegado a cero) cantan sus oficios a las horas debidas, o mostrar a cualquiera que aparezca, por nuestros h&aacute;bitos, la calidad y la cantidad de nuestras miserias. Y, si salimos de aqu&iacute;, o vemos cuerpos muertos o enfermos llevados por las calles, o vemos aquellos a quienes por sus delitos la autoridad de las p&uacute;blicas leyes conden&oacute; al exilio, escarneci&eacute;ndolas porque oyeron que sus ejecutores estaban muertos o enfermos, y con descompensado &iacute;mpetu recorriendo la ciudad, o a las heces de nuestra ciudad, enardecidas con nuestra sangre, llamarse faquines y en ultraje nuestro andar cabalgando y discurriendo por todas partes, acus&aacute;ndonos de nuestros males con deshonestas canciones. Y no otra cosa o&iacute;mos sino &laquo;los tales son muertos&raquo;, y &laquo;los otros tales est&aacute;n muri&eacute;ndose&raquo;; y si hubiera quien pudiese hacerlo, por todas partes oir&iacute;amos dolorosos llantos. Y si a nuestras casas volvemos, no s&eacute; si a vosotras como a m&iacute; os sucede: yo, de mucha familia, no encontrando otra persona en ella que a mi criada, empavorezco y siento que se me erizan los cabellos, y me parece, dondequiera que voy o me quedo, ver la sombra de los que han fallecido, y no con aquellos rostros que sol&iacute;an sino con un aspecto horrible, no s&eacute; en d&oacute;nde extra&ntilde;amente adquirido, espantarme. Por todo lo cual, aqu&iacute; y fuera de aqu&iacute;, y en casa, me siento mal, y tanto m&aacute;s ahora cuando me parece que no hay persona que a&uacute;n tenga pulso y lugar donde ir, como tenemos nosotras, que se haya quedado aqu&iacute; salvo nosotras. Y he o&iacute;do y visto muchas veces que si algunos quedan, aqu&eacute;llos, sin hacer distinci&oacute;n alguna entre las cosas honestas y las que no lo son, s&oacute;lo con que el apetito se lo pida, y solos y acompa&ntilde;ados, de d&iacute;a o de noche, hacen lo que mejor se les ofrece; y no s&oacute;lo las personas libres sino tambi&eacute;n las encerradas en monasterios, persuadi&eacute;ndose de que les conviene aquello que en los otros no desdice, rotas las leyes de la obediencia, se dan a deleites carnales, de tal guisa pensando salvarse, y se han hecho lascivas y disolutas. Y si as&iacute; es, como manifiestamente se ve, &iquest;qu&eacute; hacemos aqu&iacute; nosotras?, &iquest;qu&eacute; esperamos?, &iquest;qu&eacute; so&ntilde;amos? &iquest;Por qu&eacute; somos m&aacute;s perezosas y lentas en nuestra salvaci&oacute;n que todos los dem&aacute;s ciudadanos? &iquest;Nos reputamos de menor valor que todos los dem&aacute;s?, &iquest;o creemos que nuestra vida est&aacute; atada con cadenas m&aacute;s fuertes a nuestro cuerpo que la de los otros, y as&iacute; no debemos pensar que nada tenga fuerza para ofenderla? Estamos equivocadas, nos enga&ntilde;amos, qu&eacute; brutalidad es la nuestra si lo creemos as&iacute;, cuantas veces queramos recordar cu&aacute;ntos y cu&aacute;les han sido los j&oacute;venes y las mujeres vencidos por esta cruel pestilencia, tendremos una demostraci&oacute;n clar&iacute;sima. Y por ello, a fin de que por repugnancia o presunci&oacute;n no caigamos en aquello de lo que por ventura, queri&eacute;ndolo, podremos escapar de alg&uacute;n modo, no s&eacute; si os parecer&aacute; a vosotras lo que a m&iacute; me parece: yo juzgar&iacute;a &oacute;ptimamente que, tal como estamos, y as&iacute; como muchos han hecho antes que nosotras y hacen, sali&eacute;semos de esta tierra, y huyendo como de la muerte los deshonestos ejemplos ajenos, honestamente fu&eacute;semos a estar en nuestras villas campestres (en que todas abundamos) y all&iacute; aquella fiesta, aquella alegr&iacute;a y aquel placer que pudi&eacute;semos sin traspasar en ning&uacute;n punto el l&iacute;mite de lo razonable, lo tom&aacute;semos . All&iacute; se oye cantar los pajarillos, se ve verdear los collados y las llanuras, y a los campos llenos de mieses ondear no de otro modo que el mar y muchas clases de &aacute;rboles, y el cielo m&aacute;s abiertamente; el cual, por muy enojado que est&eacute;, no por ello nos niega sus bellezas eternas, que mucho m&aacute;s bellas son de admirar que los muros vac&iacute;os de nuestra ciudad. Y es all&iacute;, a m&aacute;s de esto, el aire asaz m&aacute;s fresco, y de las cosas que son necesarias a la vida en estos tiempos hay all&iacute; m&aacute;s abundancia, y es menor el n&uacute;mero de las enojosas: porque all&iacute;, aunque tambi&eacute;n mueran los labradores como aqu&iacute; los ciudadanos, el disgusto es tanto menor cuanto m&aacute;s raras son las casas y los habitantes que en la ciudad. Y aqu&iacute;, por otra parte, si veo bien, no abandonamos a nadie, antes podemos con verdad decir que fuimos abandonadas: porque los nuestros, o muriendo o huyendo de la muerte, como si no fu&eacute;semos suyas nos han dejado en tanta aflicci&oacute;n. Ning&uacute;n reproche puede hacerse, por consiguiente, a seguir tal consejo, mientras que el dolor y el disgusto, y tal vez la muerte, podr&iacute;an acaecernos si no lo seguimos. Y por ello, si os parece, tomando nuestras criadas y haci&eacute;ndonos seguir de las cosas oportunas, hoy en este sitio y ma&ntilde;ana en aqu&eacute;l, la alegr&iacute;a y la fiesta que en estos tiempos se pueda creo que estar&aacute; bien que gocemos; y que permanezcamos de esta guisa hasta que veamos (si primero la muerte no nos alcanza) qu&eacute; fin reserva el cielo a estas cosas. Y recordad que no desdice de nosotras irnos honestamente cuando gran parte de los otros deshonestamente se quedan. Habiendo escuchado a Pamp&iacute;nea las otras mujeres, no solamente alabaron su razonamiento sino que, deseosas de seguirlo, hab&iacute;an ya entre s&iacute; empezado a considerar el modo de llevarlo a cabo, como si al levantarse de donde estaban sentadas inmediatamente debieran ponerse en camino. Pero Filomena, que era discret&iacute;sima, dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;oras, por muy &oacute;ptimamente dicho que haya estado el razonamiento de Pamp&iacute;nea, no por ello es cosa de correr a hacerlo as&iacute; como parece que quer&eacute;is. Os recuerdo que somos todas mujeres y no hay ninguna tan moza que no pueda conocer bien c&oacute;mo se saben gobernar las mujeres juntas y sin la providencia de alg&uacute;n hombre. Somos volubles, alborotadoras, suspicaces, pusil&aacute;nimes y miedosas , cosas por las que mucho dudo que, si no tomamos otra gu&iacute;a m&aacute;s que la nuestra, no se disuelva esta compa&ntilde;&iacute;a mucho antes y con menos honor para nosotras de lo que ser&iacute;a menester: y por ello bueno es tomar providencias antes de empezar.</p><p align="justify">Dijo entonces Elisa:</p><p align="justify">-En verdad los hombres son cabeza de la mujer y sin su direcci&oacute;n raras veces llega alguna de nuestras obras a un fin loable: pero &iquest;c&oacute;mo podemos encontrar esos hombres? Todas sabemos que de los nuestros est&aacute;n la mayor&iacute;a muertos, y los otros que viven se han quedado uno aqu&iacute; otro all&aacute; en distinta compa&ntilde;&iacute;a, sin que sepamos d&oacute;nde, huy&eacute;ndole a aquello de que nosotras queremos huir, y el admitir a extra&ntilde;os no ser&iacute;a conveniente; por lo que, si queremos correr tras la salud, nos conviene encontrar el modo de organizarnos de tal manera que de aquello en lo que queremos encontrar deleite y reposo no se siga disgusto y esc&aacute;ndalo. Mientras entre las mujeres andaban estos razonamientos, he aqu&iacute; que entran en la iglesia tres j&oacute;venes, que no lo eran tanto que no fuese de menos de veinticinco a&ntilde;os la edad del m&aacute;s joven: ni la calidad y perversidad de los tiempos, ni la p&eacute;rdida de amigos y de parientes, ni el temor por s&iacute; mismos hab&iacute;a podido no s&oacute;lo extinguir el amor en ellos sino ni aun enfriarlos. De los cuales uno era llamado P&aacute;nfilo y Filostrato el segundo y el &uacute;ltimo Dioneo , todos afables y corteses; y andaban buscando, como su mayor consuelo en tanta perturbaci&oacute;n de las cosas, ver a sus damas, las cuales estaban las tres por ventura entre las ya dichas siete, y de las dem&aacute;s eran parientes de alguno de ellos. Pero primero llegaron ellos a los ojos de &eacute;stas que &eacute;stas fueron vistas por ellos; por lo que Pamp&iacute;nea, entonces, sonri&eacute;ndose comenz&oacute;: -He aqu&iacute; que la fortuna es favorable a nuestros comienzos y nos ha puesto delante a estos j&oacute;venes discretos y valerosos que nos har&aacute;n con gusto de gu&iacute;as y servidores si no dejamos de tomarles para este oficio.</p><p align="justify">Neifile, entonces, que toda se hab&iacute;a sonrojado de verg&uuml;enza porque era una de las amadas por los j&oacute;venes, dijo:</p><p align="justify">-Pamp&iacute;nea, por Dios, mira lo que dices. Reconozco abiertamente que nada m&aacute;s que cosas todas buenas pueden decirse de cualquiera de ellos, y los creo capaces de muchas mayores cosas de las que son necesarias para &eacute;stas, y semejantemente creo que pueden ofrecer buena y honesta compa&ntilde;&iacute;a no solamente a nosotras sino a otras mucho m&aacute;s hermosas y estimadas de lo que nosotras somos; pero como es cosa manifiesta que est&aacute;n enamorados de algunas de las que aqu&iacute; est&aacute;n, temo que se siga difamaci&oacute;n y reproches, sin nuestra culpa o la suya, si los llevamos con nosotras. Dijo entonces Filomena:</p><p align="justify">-Eso poca monta; all&aacute; donde yo honestamente viva y no me remuerda de nada la conciencia, hable quien quiera en contra: Dios y la verdad tomar&aacute;n por m&iacute; las armas. Pues, si estuviesen dispuestos a venir podr&iacute;amos decir en verdad, como Pamp&iacute;nea dijo, que la fortuna es favorable a nuestra partida. Las dem&aacute;s, oyendo a &eacute;stas hablar as&iacute;, no solamente se callaron sino que con sentimiento concorde dijeron todas que fuesen llamados y se les dijese su intenci&oacute;n; y se les rogase que quisieran tenerlas compa&ntilde;&iacute;a en el dicho viaje. Por lo que, sin m&aacute;s palabras, poni&eacute;ndose en pie Pamp&iacute;nea, que por consanguinidad era pariente de uno de ellos, se dirigi&oacute; hacia ellos, que estaban parados mir&aacute;ndolas y, salud&aacute;ndolos con alegre gesto, les hizo manifiesta su intenci&oacute;n y les rog&oacute; en nombre de todas que con puro y fraternal &aacute;nimo se quisiesen disponer a tenerlas compa&ntilde;&iacute;a. Los j&oacute;venes creyeron primero que se burlaba, pero despu&eacute;s que vieron que la dama hablaba en serio declararon alegremente que estaban prontos, y sin poner dilaci&oacute;n al asunto, a fin de que partiesen, dieron &oacute;rdenes de lo que hab&iacute;a que hacer para disponer la partida. Y ordenadamente haciendo aparejar todas las cosas oportunas y mandadas ya a donde ellos quer&iacute;an ir, la ma&ntilde;ana siguiente, esto es, el mi&eacute;rcoles, al clarear el d&iacute;a, las mujeres con algunas de sus criadas y los tres j&oacute;venes con tres de sus sirvientes, saliendo de la ciudad, se pusieron en camino, y no m&aacute;s de dos peque&ntilde;as millas se hab&iacute;an alejado de ella cuando llegaron al lugar primeramente decidido. Estaba tal lugar sobre una peque&ntilde;a monta&ntilde;a, por todas partes alejado algo de nuestros caminos, con diversos arbustos y plantas todas pobladas de verdes frondas agradable de mirar; en su cima hab&iacute;a una villa con un grande y hermoso patio en medio, y con galer&iacute;as y con salas y con alcobas todas ellas bell&iacute;simas y adornadas con alegres pinturas dignas de ser miradas, con pradecillos en torno y con jardines maravillosos y con pozos de agua fresqu&iacute;sima y con bodegas llenas de preciosos vinos: cosas m&aacute;s apropiadas para los bebedores consumados que para las sobrias y honradas mujeres. La cual, bien barrida y con las alcobas y las camas hechas, y llena de cuantas flores se pod&iacute;an tener en la estaci&oacute;n, y alfombrada con esparcidas ramas de juncos, hall&oacute; la compa&ntilde;&iacute;a que llegaba, con no poco placer por su parte. Y al reunirse por primera vez, dijo Dioneo, que m&aacute;s que ning&uacute;n otro joven era agradable y lleno de agudeza: -Se&ntilde;oras, vuestra discreci&oacute;n m&aacute;s que nuestra previsi&oacute;n nos ha guiado aqu&iacute;; yo no s&eacute; qu&eacute; es lo que intent&aacute;is hacer de vuestros pensamientos: los m&iacute;os los dej&eacute; yo dentro de las puertas de la ciudad cuando con vosotras hace poco me sal&iacute; de ella, y por ello o vosotras os dispon&eacute;is a solazaros y a re&iacute;r y a cantar conmigo (tanto, digo, como conviene a vuestra dignidad) o me dais licencia para que a por mis pensamientos retorne y me quede en aquella ciudad atribulada.</p><p align="justify">A lo que Pamp&iacute;nea, no de otro modo que si semejantemente hubiese arrojado de s&iacute; todos los suyos, contest&oacute; alegre:</p><p align="justify">-Dioneo, &oacute;ptimamente hablas: hemos de vivir festivamente pues no otra cosa que las tristezas nos han hecho huir. Pero como las cosas que no tienen orden no pueden durar largamente, yo que fui la iniciadora de los rozamientos por los que se ha formado esta buena compa&ntilde;&iacute;a, pensando en la continuaci&oacute;n de nuestra alegr&iacute;a, estimo que es de necesidad elegir entre nosotros a alguno como m&aacute;s principal a quien honremos y obedezcamos como a mayor, todos cuyos pensamientos se dirijan por el cuidado de hacernos vivir alegremente. Y para que todos prueben el peso de las preocupaciones junto con el placer de la autoridad, y por consiguiente, llevado de una parte a la otra, no pueda quien no lo prueba sentir envidia alguna, digo que a cada uno por un d&iacute;a se atribuya el peso y con &eacute;l el honor, y quien sea el primero de nosotros se deba a la elecci&oacute;n de todos; los que le sucedan, al acercarse la hora del crep&uacute;sculo, sean aquel o aquella que plazca a quien aquel d&iacute;a haya tenido tal se&ntilde;or&iacute;o, y este tal, seg&uacute;n su arbitrio, durante el tiempo de su se&ntilde;or&iacute;o, del lugar y el modo en el que hayamos de vivir, ordene y disponga. Estas palabras agradaron grandemente y a una voz la eligieron por reina del primer d&iacute;a, y Filomena, corriendo prestamente hacia un laurel, porque muchas veces hab&iacute;a o&iacute;do hablar de cu&aacute;n grande honor sus frondas eran dignas y cu&aacute;n digno honor hac&iacute;an a quien era con ellas meritoriamente coronado, cogiendo algunas ramas, hizo una guirnalda honrosa y bien arreglada que, poni&eacute;ndosela en la cabeza, fue, mientras dur&oacute; aquella compa&ntilde;&iacute;a, manifiesto signo a todos los dem&aacute;s del real se&ntilde;or&iacute;o y preeminencia. Pamp&iacute;nea, hecha reina, mand&oacute; que todos callasen, habiendo hecho ya llamar all&iacute; a los servidores de los tres j&oacute;venes y a sus criadas; y callando todos, dijo:</p><p align="justify">-Para dar primero ejemplo a todos vosotros para que, procediendo de bien en mejor, nuestra compa&ntilde;&iacute;a con orden y con placer y sin ning&uacute;n deshonor viva y dure cuanto lo deseemos, nombro primeramente a P&aacute;rmeno , criado de Dioneo, mi senescal, y a &eacute;l encomiendo el cuidado y la solicitud por toda nuestra familia y lo que pertenece al servicio de la sala. Sirisco, criado de P&aacute;nfilo, quiero que sea administrador y tesorero y que siga las &oacute;rdenes de P&aacute;rmeno. T&iacute;ndaro, al servicio de Filostrato y de los otros dos, que se ocupe de sus alcobas cuando los otros, ocupados en sus oficios, no puedan ocuparse. Misia, mi criada, y Licisca, de Filomena, estar&aacute;n continuamente en la cocina y aparejar&aacute;n diligentemente las viandas que por P&aacute;rmeno le sean ordenadas. Quimera, de Laureta, y Estratilia, de Fiameta, queremos que est&eacute;n pendientes del gobierno de las alcobas de las damas y de la limpieza de los lugares donde estemos. Y a todos en general, por cuanto estimen nuestra gracia, queremos y les ordenamos que se guarden, dondequiera que vayan, de dondequiera que vuelvan, cualquier cosa que sea lo que oigan o vean, de traer de fuera ninguna noticia que no sea alegre. -Y dadas sumariamente estas &oacute;rdenes, que fueron de todos encomiadas, enderez&aacute;ndose, alegres en pie, dijo-: Aqu&iacute; hay jardines, aqu&iacute; hay prados, aqu&iacute; hay otros lugares muy deleitosos, por los cuales vaya cada uno a su gusto solaz&aacute;ndose; y al o&iacute;r el toque de tercia, todos est&eacute;n aqu&iacute; para comer con la fresca.</p><p align="justify">Despedida, pues, por la reciente reina, la alegre compa&ntilde;&iacute;a, los j&oacute;venes junto con las bellas mujeres, hablando de cosas agradables, con lento paso, se fueron por un jard&iacute;n haci&eacute;ndose bellas guirnaldas de varias frondas y cantando amorosamente. Y luego de haberse demorado as&iacute; cuanto espacio les hab&iacute;a sido concedido por la reina, vueltos a casa, encontraron que P&aacute;rmeno hab&iacute;a dado diligentemente principio a su oficio, por lo que, al entrar en una sala de la planta baja, all&iacute; vieron las mesas puestas con manteles blanqu&iacute;simos y con vasos que parec&iacute;an de plata, y todas las cosas cubiertas de flores y de ramas de hiniesta; por lo que, dada el agua a las manos, como gust&oacute; a la reina, seg&uacute;n el juicio de P&aacute;rmeno, todos fueron a sentarse. Las viandas delicadamente hechas llegaron y fueron aprestados vinos fin&iacute;simos, y sin m&aacute;s, en silencio los tres servidores sirvieron las mesas. Alegrados todos por estas cosas, que eran bellas y ordenadas, con placentero ingenio y con fiesta comieron; y levantadas las mesas, como suced&iacute;a que todas las damas sab&iacute;an bailar las danzas de carola, y tambi&eacute;n los j&oacute;venes, y parte de ellos tocar y cantar &oacute;ptimamente, mand&oacute; la reina que viniesen los instrumentos: y por su mandato, Dioneo tom&oacute; un la&uacute;d y Fiameta una viola, comenzando a tocar suavemente una danza. Por lo que la reina, con las otras damas, cogi&eacute;ndose de la mano en corro con los j&oacute;venes, con lento paso, mandados a comer los sirvientes, empezaron una carola: y cuando la terminaron, a cantar canciones amables y alegres. Y de este modo estuvieron tanto tiempo que a la reina le pareci&oacute; que deb&iacute;an ir a dormir; por lo que, dando a todos licencia, los tres j&oacute;venes a sus alcobas, separadas de las de las mujeres, se fueron; las cuales con las camas bien hechas y tan llenas de flores como la sala encontraron; y semejantemente las suyas las damas, por lo que, desnud&aacute;ndose se fueron a reposar.</p><p align="justify">No hac&iacute;a mucho que hab&iacute;a sonado nona cuando la reina, levant&aacute;ndose, hizo levantar a las dem&aacute;s y de igual modo a los j&oacute;venes, afirmando que era nocivo dormir demasiado de d&iacute;a; y as&iacute; se fueron a un pradecillo en que la hierba era verde y alta y el sol no pod&iacute;a entrar por ninguna parte; y all&iacute;, donde se sent&iacute;a un suave vientecillo, todos se sentaron en corro sobre la verde hierba as&iacute; como la reina quiso. Y ella les dijo:</p><p align="justify">-Como veis, el sol est&aacute; alto y el calor es grande, y nada se oye sino las cigarras arriba en los olivos, por lo que ir ahora a cualquier lugar ser&iacute;a sin duda necedad. Aqu&iacute; es bueno y fresco estar y hay, como veis, tableros y piezas de ajedrez, y cada uno puede, seg&uacute;n lo que a su &aacute;nimo le d&eacute; m&aacute;s placer, encontrar deleite. Pero si en esto se siguiera mi parecer, no jugando, en lo que el &aacute;nimo de una de las partes ha de turbarse sin demasiado placer de la otra o de quien est&aacute; mirando, sino novelando (con lo que, hablando uno, toda la compa&ntilde;&iacute;a que le escucha toma deleite) pasar&iacute;amos esta caliente parte del d&iacute;a. Cuando terminaseis cada uno de contar una historia, el sol habr&iacute;a declinado y disminuido el calor, y podr&iacute;amos a donde m&aacute;s gusto nos diera ir a entretenernos; y por ello, si esto que he dicho os place (ya que estoy dispuesta a seguir vuestro gusto), hag&aacute;moslo; y si no os pluguiese, haga cada uno lo que m&aacute;s le guste hasta la hora de v&iacute;speras. Las mujeres por igual y todos los hombres alabaron el novelar. -Entonces -dijo la reina-, si ello os place, por esta primera jornada quiero que cada uno hable de lo que m&aacute;s le guste.</p><p align="justify">Y vuelta a P&aacute;nfilo, que se sentaba a su derecha, amablemente le dijo que con una de sus historias diese principio a las dem&aacute;s; y P&aacute;nfilo, o&iacute;do el mandato, prestamente, y siendo escuchado por todos, empez&oacute; as&iacute;: </p><p align="justify">NOVELA PRIMERA</p><p align="justify">El seor Cepparello enga&ntilde;a a un santo fraile con una falsa confesi&oacute;n y muere despu&eacute;s, y habiendo sido un hombre malvado en vida, es, muerto, reputado por santo y llamado San Ciapelletto. </p><p align="justify">Conviene, car&iacute;simas se&ntilde;oras, que a todo lo que el hombre hace le d&eacute; principio con el nombre de Aqu&eacute;l que fue de todos hacedor; por lo que, debiendo yo el primero dar comienzo a nuestro novelar, entiendo comenzar con uno de sus maravillosos hechos para que, oy&eacute;ndolo, nuestra esperanza en &eacute;l como en cosa inmutable se afirme, y siempre sea por nosotros alabado su nombre. Manifiesta cosa es que, como las cosas temporales son todas transitorias y mortales, est&aacute;n en s&iacute; y por fuera de s&iacute; llenas de dolor, de angustia y de fatiga, y sujetas a infinitos peligros; a los cuales no podremos nosotros sin alg&uacute;n error, los que vivimos mezclados con ellas y somos parte de ellas, resistir ni hacerles frente, si la especial gracia de Dios no nos presta fuerza y prudencia. La cual, a nosotros y en nosotros no es de creer que descienda por m&eacute;rito alguno nuestro, sino por su propia benignidad movida y por las plegarias impetradas de aquellos que, como lo somos nosotros, fueron mortales y, habiendo seguido bien sus gustos mientras tuvieron vida, ahora se han transformado con &eacute;l en eternos y bienaventurados; a los cuales nosotros mismos, como a procuradores informados por experiencia de nuestra fragilidad, y tal vez no atrevi&eacute;ndonos a mostrar nuestras plegarias ante la vista de tan grande juez, les rogamos por las cosas que juzgamos oportunas. Y a&uacute;n m&aacute;s en &Eacute;l, lleno de piadosa liberalidad hacia nosotros, se&ntilde;alemos que, no pudiendo la agudeza de los ojos mortales traspasar en modo alguno el secreto de la divina mente, a veces sucede que, enga&ntilde;ados por la opini&oacute;n, hacemos procuradores ante su majestad a gentes que han sido arrojadas por Ella al eterno exilio; y no por ello Aqu&eacute;l a quien ninguna cosa es oculta (mirando m&aacute;s a la pureza del orante que a su ignorancia o al exilio de aqu&eacute;l a quien le ruega) como si fuese bienaventurado ante sus ojos, deja de escuchar a quienes le ruegan. Lo que podr&aacute; aparecer manifiestamente en la novela que entiendo contar: manifiestamente, digo, no el juicio de Dios sino el seguido por los hombres. Se dice, pues, que habi&eacute;ndose Musciatto Franzesi convertido, de riqu&iacute;simo y gran mercader en Francia, en caballero, y debiendo venir a Toscana con micer Carlos Sin Tierra, hermano del rey de Francia, que fue llamado y solicitado por el papa Bonifacio, d&aacute;ndose cuenta de que sus negocios estaban, como muchas veces lo est&aacute;n los de los mercaderes, muy intrincados ac&aacute; y all&aacute;, y que no se pod&iacute;an de ligero ni s&uacute;bitamente desintrincar, pens&oacute; encomendarlos a varias personas, y para todos encontr&oacute; c&oacute;mo; fuera de que le qued&oacute; la duda de a qui&eacute;n dejar pudiese capaz de rescatar los cr&eacute;ditos hechos a varios borgo&ntilde;ones. Y la raz&oacute;n de la duda era saber que los borgo&ntilde;ones son litigiosos y de mala condici&oacute;n y desleales, y a &eacute;l no le ven&iacute;a a la cabeza qui&eacute;n pudiese haber tan malvado en quien pudiera tener alguna confianza para que pudiese oponerse a su perversidad. Y despu&eacute;s de haber estado pensando largamente en este asunto, le vino a la memoria un seor Cepparello de Prato que muchas veces se hospedaba en su casa de Par&iacute;s, que porque era peque&ntilde;o de persona y muy acicalado, no sabiendo los franceses qu&eacute; quer&iacute;a decir Cepparello, y creyendo que vendr&iacute;a a decir capelo, es decir, guirnalda, como en su romance, porque era peque&ntilde;o como decimos, no Chapelo, sino Ciappelletto le llamaban: y por Ciappelletto era conocido en todas partes, donde pocos como Cepparello le conoc&iacute;an. Era este Ciappelletto de esta vida: siendo notario, sent&iacute;a grand&iacute;sima verg&uuml;enza si alguno de sus instrumentos (aunque fuesen pocos) no fuera falso; de los cuales hubiera hecho tantos como le hubiesen pedido gratuitamente, y con mejor gana que alguno de otra clase muy bien pagado. Declaraba en falso con sumo gusto, tanto si se le ped&iacute;a como si no; y d&aacute;ndose en aquellos tiempos en Francia grand&iacute;sima fe a los juramentos, no preocup&aacute;ndose por hacerlos falsos, venc&iacute;a malvadamente en tantas causas cuantas le pidiesen que jurara decir verdad por su fe. Ten&iacute;a otra clase de placeres (y mucho se empe&ntilde;aba en ello) en suscitar entre amigos y parientes y cualesquiera otras personas, males y enemistades y esc&aacute;ndalos, de los cuales cuantos mayores males ve&iacute;a seguirse, tanta mayor alegr&iacute;a sent&iacute;a. Si se le invitaba a alg&uacute;n homicidio o a cualquier otro acto criminal, sin negarse nunca, de buena gana iba y muchas veces se encontr&oacute; gustosamente hiriendo y matando hombres con las propias manos. Gran blasfemador era contra Dios y los santos, y por cualquier cosa peque&ntilde;a, como que era iracundo m&aacute;s que ning&uacute;n otro. A la iglesia no iba jam&aacute;s, y a todos sus sacramentos como a cosa vil escarnec&iacute;a con abominables palabras; y por el contrario las tabernas y los otros lugares deshonestos visitaba de buena gana y los frecuentaba. A las mujeres era tan aficionado como lo son los perros al bast&oacute;n, con su contrario m&aacute;s que ning&uacute;n otro hombre flaco se deleitaba. Habr&iacute;a hurtado y robado con la misma conciencia con que orar&iacute;a un santo var&oacute;n. Golos&iacute;simo y gran bebedor hasta a veces sentir repugnantes n&aacute;useas; era solemne jugador con dados trucados.</p><p align="justify">Mas &iquest;por qu&eacute; me alargo en tantas palabras? Era el peor hombre, tal vez, que nunca hubiese nacido. Y su maldad largo tiempo la sostuvo el poder y la autoridad de micer Musciatto, por quien muchas veces no s&oacute;lo de las personas privadas a quienes con frecuencia injuriaba sino tambi&eacute;n de la justicia, a la que siempre lo hac&iacute;a, fue protegido.</p><p align="justify">Venido, pues, este seor Cepparello a la memoria de micer Musciatto, que conoc&iacute;a &oacute;ptimamente su vida, pens&oacute; el dicho micer Musciatto que &eacute;ste era el que necesitaba la maldad de los borgo&ntilde;ones; por lo que, llam&aacute;ndole, le dijo as&iacute;:</p><p align="justify">-Seor Ciappelletto, como sabes, estoy por retirarme del todo de aqu&iacute; y, teniendo entre otros que entenderme con los borgo&ntilde;ones, hombres llenos de enga&ntilde;o, no s&eacute; qui&eacute;n pueda dejar m&aacute;s apropiado que t&uacute; para rescatar de ellos mis bienes; y por ello, como t&uacute; al presente nada est&aacute;s haciendo, si quieres ocuparte de esto entiendo conseguirte el favor de la corte y darte aquella parte de lo que rescates que sea conveniente.</p><p align="justify">Seor Cepparello, que se ve&iacute;a desocupado y mal provisto de bienes mundanos y ve&iacute;a que se iba quien su sost&eacute;n y auxilio hab&iacute;a sido durante mucho tiempo, sin ning&uacute;n titubeo y como empujado por la necesidad se decidi&oacute; sin dilaci&oacute;n alguna, como obligado por la necesidad y dijo que quer&iacute;a hacerlo de buena gana. Por lo que, puestos de acuerdo, recibidos por seor Ciappelletto los poderes y las cartas credenciales del rey, partido micer Musciatto, se fue a Borgo&ntilde;a donde casi nadie le conoc&iacute;a: y all&iacute; de modo extra&ntilde;o a su naturaleza, benigna y mansamente empez&oacute; a rescatar y hacer aquello a lo que hab&iacute;a ido, como si reservase la ira para el final. Y haci&eacute;ndolo as&iacute;, hosped&aacute;ndose en la casa de dos hermanos florentinos que prestaban con usura y por amor de micer Musciatto le honraban mucho, sucedi&oacute; que enferm&oacute;, con lo que los dos hermanos hicieron prestamente venir m&eacute;dicos y criados para que le sirviesen en cualquier cosa necesaria para recuperar la salud.</p><p align="justify">Pero toda ayuda era vana porque el buen hombre, que era ya viejo y hab&iacute;a vivido desordenadamente, seg&uacute;n dec&iacute;an los m&eacute;dicos iba de d&iacute;a en d&iacute;a de mal en peor como quien tiene un mal de muerte; de lo que los dos hermanos mucho se dol&iacute;an y un d&iacute;a, muy cerca de la alcoba en que seor Ciappelletto yac&iacute;a enfermo, comenzaron a razonar entre ellos.</p><p align="justify">-&iquest;Qu&eacute; haremos de &eacute;ste? -dec&iacute;a el uno al otro-. Estamos por su causa en una situaci&oacute;n p&eacute;sima porque echarlo fuera de nuestra casa tan enfermo nos traer&iacute;a gran tacha y ser&iacute;a signo manifiesto de poco juicio al ver la gente que primero lo hab&iacute;amos recibido y despu&eacute;s hecho servir y medicar tan sol&iacute;citamente para ahora, sin que haya podido hacer nada que pudiera ofendernos, echarlo fuera de nuestra casa tan s&uacute;bitamente, y enfermo de muerte. Por otra parte, ha sido un hombre tan malvado que no querr&aacute; confesarse ni recibir ning&uacute;n sacramento de la Iglesia y, muriendo sin confesi&oacute;n, ninguna iglesia querr&aacute; recibir su cuerpo y ser&aacute; arrojado a los fosos como un perro. Y si por el contrario se confiesa, sus pecados son tantos y tan horribles que no los habr&aacute; semejantes y ning&uacute;n fraile o cura querr&aacute; ni podr&aacute; absolverle; por lo que, no absuelto, ser&aacute; tambi&eacute;n arrojado a los fosos como un perro. Y si esto sucede, el pueblo de esta tierra, tanto por nuestro oficio (que les parece inicuo y al que todo el tiempo pasan maldiciendo) como por el deseo que tiene de robarnos, vi&eacute;ndolo, se amotinar&aacute; y gritar&aacute;: &laquo;Estos perros lombardos a los que la iglesia no quiere recibir no pueden sufrirse m&aacute;s&raquo;, y correr&aacute;n en busca de nuestras arcas y tal vez no solamente nos roben los haberes sino que pueden quitarnos tambi&eacute;n la vida; por lo que de cualquiera guisa estamos mal si &eacute;ste se muere.</p><p align="justify">Seor Ciappelletto, que, decimos, yac&iacute;a all&iacute; cerca de donde &eacute;stos estaban hablando, teniendo el o&iacute;do fino, como la mayor&iacute;a de las veces pasa a los enfermos, oy&oacute; lo que estaban diciendo y los hizo llamar y les dijo:</p><p align="justify">-No quiero que tem&aacute;is por m&iacute; ni teng&aacute;is miedo de recibir por mi causa alg&uacute;n da&ntilde;o; he o&iacute;do lo que hab&eacute;is estado hablando de m&iacute; y estoy cert&iacute;simo de que suceder&iacute;a como dec&iacute;s si as&iacute; como pens&aacute;is anduvieran las cosas; pero andar&aacute;n de otra manera. He hecho, viviendo, tantas injurias al Se&ntilde;or Dios que por hacerle una m&aacute;s a la hora de la muerte poco se dar&aacute;. Y por ello, procurad hacer venir un fraile santo y valioso lo m&aacute;s que pod&aacute;is, si hay alguno que lo sea, y dejadme hacer, que yo concertar&eacute; firmemente vuestros asuntos y los m&iacute;os de tal manera que resulten bien y est&eacute;is contentos.</p><p align="justify">Los dos hermanos, aunque no sintieron por esto mucha esperanza, no dejaron de ir a un convento de frailes y pidieron que alg&uacute;n hombre santo y sabio escuchase la confesi&oacute;n de un lombardo que estaba enfermo en su casa; y les fue dado un fraile anciano de santa y de buena vida, y gran maestro de la Escritura y hombre muy venerable, a quien todos los ciudadanos ten&iacute;an en grand&iacute;sima y especial devoci&oacute;n, y lo llevaron con ellos. El cual, llegado a la c&aacute;mara donde el seor Ciappelletto yac&iacute;a, y sent&aacute;ndose a su lado, empez&oacute; primero a confortarle benignamente y le pregunt&oacute; luego que cu&aacute;nto tiempo hac&iacute;a que no se hab&iacute;a confesado. A lo que el seor Ciappelletto, que nunca se hab&iacute;a confesado, respondi&oacute;:</p><p align="justify">-Padre m&iacute;o, mi costumbre es de confesarme todas las semanas al menos una vez; sin lo que son bastantes las que me confieso m&aacute;s; y la verdad es que, desde que he enfermado, que son casi ocho d&iacute;as, no me he confesado, tanto es el malestar que con la enfermedad he tenido.</p><p align="justify">Dijo entonces el fraile:</p><p align="justify">-Hijo m&iacute;o, bien has hecho, y as&iacute; debes hacer de ahora en adelante; y veo que si tan frecuentemente te confiesas, poco trabajo tendr&eacute; en escucharte y preguntarte.</p><p align="justify">Dijo seor Ciappelletto:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or fraile, no dig&aacute;is eso; yo no me he confesado nunca tantas veces ni con tanta frecuencia que no quisiera hacer siempre confesi&oacute;n general de todos los pecados que pudiera recordar desde el d&iacute;a en que nac&iacute; hasta el que me haya confesado; y por ello os ruego, mi buen padre, que me pregunt&eacute;is tan menudamente de todas las cosas como si nunca me hubiera confesado, y no teng&aacute;is compasi&oacute;n porque est&eacute; enfermo, que m&aacute;s quiero disgustar a estas carnes m&iacute;as que, excus&aacute;ndolas, hacer cosa que pudiese resultar en perdici&oacute;n de mi alma, que mi Salvador rescat&oacute; con su preciosa sangre.</p><p align="justify">Estas palabras gustaron mucho al santo var&oacute;n y le parecieron se&ntilde;al de una mente bien dispuesta; y luego que al seor Ciappelletto hubo alabado mucho esta pr&aacute;ctica, empez&oacute; a preguntarle si hab&iacute;a alguna vez pecado lujuriosamente con alguna mujer. A lo que seor Ciappelletto respondi&oacute; suspirando:</p><p align="justify">-Padre, en esto me averg&uuml;enzo de decir la verdad temiendo pecar de vanagloria. </p><p align="justify">A lo que el santo fraile dijo:</p><p align="justify">-Dila con tranquilidad, que por decir la verdad ni en la confesi&oacute;n ni en otro caso nunca se ha pecado.</p><p align="justify">Dijo entonces seor Ciappelletto:</p><p align="justify">-Ya que lo quer&eacute;is as&iacute;, os lo dir&eacute;: soy tan virgen como sal&iacute; del cuerpo de mi madre.</p><p align="justify">-&iexcl;Oh, bendito seas de Dios! -dijo el fraile-, &iexcl;qu&eacute; bien has hecho! Y al hacerlo has tenido tanto m&aacute;s m&eacute;rito cuando, si hubieras querido, ten&iacute;as m&aacute;s libertad de hacer lo contrario que tenemos nosotros y todos los otros que est&aacute;n constre&ntilde;idos por alguna regla.</p><p align="justify">Y luego de esto, le pregunt&oacute; si hab&iacute;a desagradado a Dios con el pecado de la gula. A lo que, suspirando mucho, seor Ciappelletto contest&oacute; que s&iacute; y muchas veces; porque, como fuese que &eacute;l, adem&aacute;s de los ayunos de la cuaresma que las personas devotas hacen durante el a&ntilde;o, todas las semanas tuviera la costumbre de ayunar a pan y agua al menos tres d&iacute;as, se hab&iacute;a bebido el agua con tanto deleite y tanto gusto y especialmente cuando hab&iacute;a sufrido alguna fatiga por rezar o ir en peregrinaci&oacute;n, como los grandes bebedores hacen con el vino. Y muchas veces hab&iacute;a deseado comer aquellas ensaladas de hierbas que hacen las mujeres cuando van al campo, y algunas veces le hab&iacute;a parecido mejor comer que le parec&iacute;a que debiese parecerle a quien ayuna por devoci&oacute;n como &eacute;l ayunaba. A lo que el fraile dijo: </p><p align="justify">-Hijo m&iacute;o, estos pecados son naturales y son asaz leves, y por ello no quiero que te apesadumbres la conciencia m&aacute;s de lo necesario. A todos los hombres sucede que les parezca bueno comer despu&eacute;s de largo ayuno, y, despu&eacute;s del cansancio, beber.</p><p align="justify">-&iexcl;Oh! -dijo seor Ciappelletto-, padre m&iacute;o, no me dig&aacute;is esto por confortarme; bien sab&eacute;is que yo s&eacute; que las cosas que se hacen en servicio de Dios deben hacerse limpiamente y sin ninguna mancha en el &aacute;nimo: y quien lo hace de otra manera, peca.</p><p align="justify">El fraile, content&iacute;simo, dijo:</p><p align="justify">-Y yo estoy contento de que as&iacute; lo entiendas en tu &aacute;nimo, y mucho me place tu pura y buena conciencia. Pero dime, &iquest;has pecado de avaricia deseando m&aacute;s de lo conveniente y teniendo lo que no debieras tener?</p><p align="justify">A lo que seor Ciappelletto dijo:</p><p align="justify">-Padre m&iacute;o, no querr&iacute;a que sospechaseis de m&iacute; porque estoy en casa de estos usureros: yo no tengo parte aqu&iacute; sino que hab&iacute;a venido con la intenci&oacute;n de amonestarles y reprenderles y arrancarles a este abominable oficio; y creo que habr&iacute;a podido hacerlo si Dios no me hubiese visitado de esta manera. Pero deb&eacute;is de saber que mi padre me dej&oacute; rico, y de sus haberes, cuando muri&oacute;, di la mayor parte por Dios; y luego, por sustentar mi vida y poder ayudar a los pobres de Cristo, he hecho mis peque&ntilde;os mercadeos y he deseado tener ganancias de ellos, y siempre con los pobres de Dios lo que he ganado lo he partido por medio, dedicando mi mitad a mis necesidades, d&aacute;ndole a ellos la otra mitad; y en ello me ha ayudado tan bien mi Creador que siempre de bien en mejor han ido mis negocios.</p><p align="justify">-Has hecho bien -dijo el fraile-, pero &iquest;con cu&aacute;nta frecuencia te has dejado llevar por la ira? </p><p align="justify">-&iexcl;Oh! -dijo seor Ciappelletto-, eso os digo que muchas veces lo he hecho. &iquest;Y qui&eacute;n podr&iacute;a contenerse viendo todo el d&iacute;a a los hombres haciendo cosas sucias, no observar los mandamientos de Dios, no temer sus juicios? Han sido muchas veces al d&iacute;a las que he querido estar mejor muerto que vivo al ver a los j&oacute;venes ir tras vanidades y oy&eacute;ndolos jurar y perjurar, ir a las tabernas, no visitar las iglesias y seguir m&aacute;s las v&iacute;as del mundo que las de Dios.</p><p align="justify">Dijo entonces el fraile:</p><p align="justify">-Hijo m&iacute;o, &eacute;sta es una ira buena y yo en cuanto a m&iacute; no sabr&iacute;a imponerte por ella penitencia. Pero &iquest;por acaso no te habr&aacute; podido inducir la ira a cometer alg&uacute;n homicidio o a decir villan&iacute;as de alguien o a hacer alguna otra injuria?</p><p align="justify">A lo que el seor Ciappelletto respondi&oacute;:</p><p align="justify">-&iexcl;Ay de m&iacute;, se&ntilde;or!, vos que me parec&eacute;is hombre de Dios, &iquest;c&oacute;mo dec&iacute;s estas palabras? Si yo hubiera podido tener a&uacute;n un peque&ntilde;o pensamiento de hacer alguna de estas cosas, &iquest;cre&eacute;is que crea que Dios me hubiese sostenido tanto? Eso son cosas que hacen los asesinos y los criminales, de los que, siempre que alguno he visto, he dicho siempre: &laquo;Ve con Dios que te convierta&raquo;.</p><p align="justify">Entonces dijo el fraile:</p><p align="justify">-Ahora dime, hijo m&iacute;o, que bendito seas de Dios, &iquest;alguna vez has dicho alg&uacute;n falso testimonio contra alguien, o dicho mal de alguien o quitado a alguien cosas sin consentimiento de su due&ntilde;o? </p><p align="justify">-Ya, se&ntilde;or, s&iacute; -repuso seor Ciappelletto- que he dicho mal de otro, porque tuve un vecino que con la mayor sinraz&oacute;n del mundo no hac&iacute;a m&aacute;s que golpear a su mujer tanto que una vez habl&eacute; mal de &eacute;l a los parientes de la mujer, tan gran piedad sent&iacute; por aquella pobrecilla que &eacute;l, cada vez que hab&iacute;a bebido de m&aacute;s, zurraba como Dios os diga.</p><p align="justify">Dijo entonces el fraile:</p><p align="justify">-Ahora bien, t&uacute; me has dicho que has sido mercader: &iquest;has enga&ntilde;ado alguna vez a alguien como hacen los mercaderes?</p><p align="justify">-Por mi fe -dijo seor Ciappelletto-, se&ntilde;or, s&iacute;, pero no s&eacute; qui&eacute;nes eran: sino que habi&eacute;ndome dado uno dineros que me deb&iacute;a por un pa&ntilde;o que le hab&iacute;a vendido, y yo pu&eacute;stolos en un cofre sin contarlos, vine a ver despu&eacute;s de un mes que eran cuatro reales m&aacute;s de lo que deb&iacute;a ser por lo que, no habi&eacute;ndolo vuelto a ver y habi&eacute;ndolos conservado un a&ntilde;o para devolv&eacute;rselos, los di por amor de Dios.</p><p align="justify">Dijo el fraile:</p><p align="justify">-Eso fue poca cosa e hiciste bien en hacer lo que hiciste.</p><p align="justify">Y despu&eacute;s de esto preguntole el santo fraile sobre muchas otras cosas, sobre las cuales dio respuesta en la misma manera. Y queriendo &eacute;l proceder ya a la absoluci&oacute;n, dijo seor Ciappelletto: </p><p align="justify">-Se&ntilde;or m&iacute;o, tengo todav&iacute;a alg&uacute;n pecado que a&uacute;n no os he dicho.</p><p align="justify">El fraile le pregunt&oacute; cu&aacute;l, y dijo:</p><p align="justify">-Me acuerdo que hice a mi criado, un s&aacute;bado despu&eacute;s de nona, barrer la casa y no tuve al santo d&iacute;a del domingo la reverencia que deb&iacute;a.</p><p align="justify">-&iexcl;Oh! -dijo el fraile-, hijo m&iacute;o, &eacute;sa es cosa leve.</p><p align="justify">-No -dijo seor Ciappelletto-, no he dicho nada leve, que el domingo mucho hay que honrar porque en un d&iacute;a as&iacute; resucit&oacute; de la muerte a la vida Nuestro Se&ntilde;or.</p><p align="justify">Dijo entonces el fraile:</p><p align="justify">-&iquest;Alguna cosa m&aacute;s has hecho?</p><p align="justify">-Se&ntilde;or m&iacute;o, s&iacute; -respondi&oacute; seor Ciappelletto-, que yo, no d&aacute;ndome cuenta, escup&iacute; una vez en la iglesia de Dios.</p><p align="justify">El fraile se ech&oacute; a re&iacute;r, y dijo:</p><p align="justify">-Hijo m&iacute;o, &eacute;sa no es cosa de preocupaci&oacute;n: nosotros, que somos religiosos, todo el d&iacute;a escupimos en ella.</p><p align="justify">Dijo entonces seor Ciappelletto:</p><p align="justify">-Y hac&eacute;is gran villan&iacute;a, porque nada conviene tener tan limpio como el santo templo, en el que se rinde sacrificio a Dios.</p><p align="justify">Y en breve, de tales hechos le dijo muchos, y por &uacute;ltimo empez&oacute; a suspirar y a llorar mucho, como quien lo sab&iacute;a hacer demasiado bien cuando quer&iacute;a. Dijo el santo fraile: </p><p align="justify">-Hijo m&iacute;o, &iquest;qu&eacute; te pasa?</p><p align="justify">Repuso seor Ciappelletto:</p><p align="justify">-&iexcl;Ay de m&iacute;, se&ntilde;or! Que me ha quedado un pecado del que nunca me he confesado, tan grande verg&uuml;enza me da decirlo, y cada vez que lo recuerdo lloro como veis, y me parece muy cierto que Dios nunca tendr&aacute; misericordia de m&iacute; por este pecado.</p><p align="justify">Entonces el santo fraile dijo:</p><p align="justify">-&iexcl;Bah, hijo! &iquest;Qu&eacute; est&aacute;s diciendo? Si todos los pecados que han hecho todos los hombres del mundo, y que deban hacer todos los hombres mientras el mundo dure, fuesen todos en un hombre solo, y &eacute;ste estuviese arrepentido y contrito como te veo, tanta es la benignidad y la misericordia de Dios que, confes&aacute;ndose &eacute;ste, se los perdonar&iacute;a liberalmente; as&iacute;, dilo con confianza. </p><p align="justify">Dijo entonces seor Ciappelletto, todav&iacute;a llorando mucho:</p><p align="justify">-&iexcl;Ay de m&iacute;, padre m&iacute;o! El m&iacute;o es demasiado grande pecado, y apenas puedo creer, si vuestras plegarias no me ayudan, que me pueda ser por Dios perdonado.</p><p align="justify">A lo que le dijo el fraile:</p><p align="justify">-Dilo con confianza, que yo te prometo pedir a Dios por ti. </p><p align="justify">Pero seor Ciappelletto lloraba y no lo dec&iacute;a y el fraile le animaba a decirlo. Pero luego de que seor Ciappelletto llorando un buen rato hubo tenido as&iacute; suspenso al fraile, lanz&oacute; un gran suspiro y dijo: </p><p align="justify">-Padre m&iacute;o, pues que me promet&eacute;is rogar a Dios por m&iacute;, os lo dir&eacute;: sabed que, cuando era peque&ntilde;ito, maldije una vez a mi madre.</p><p align="justify">Y dicho esto, empez&oacute; de nuevo a llorar fuertemente. Dijo el fraile: </p><p align="justify">-&iexcl;Ah, hijo m&iacute;o! &iquest;Y eso te parece tan gran pecado? Oh, los hombres blasfemamos contra Dios todo el d&iacute;a y si &Eacute;l perdona de buen grado a quien se arrepiente de haber blasfemado, &iquest;no crees que vaya a perdonarte esto? No llores, consu&eacute;late, que por seguro si hubieses sido uno de aquellos que le pusieron en la cruz, teniendo la contrici&oacute;n que te veo, te perdonar&iacute;a &Eacute;l. </p><p align="justify">Dijo entonces seor Ciappelletto:</p><p align="justify">-&iexcl;Ay de m&iacute;, padre m&iacute;o! &iquest;Qu&eacute; dec&iacute;s? La dulce madre m&iacute;a que me llev&oacute; en su cuerpo nueve meses d&iacute;a y noche, y me llev&oacute; en brazos m&aacute;s de cien veces. &iexcl;Mucho mal hice al maldecirla, y pecado muy grande es; y si no rog&aacute;is a Dios por m&iacute;, no me ser&aacute; perdonado!</p><p align="justify">Viendo el fraile que nada le quedaba por decir al seor Ciappelletto, le dio la absoluci&oacute;n y su bendici&oacute;n teni&eacute;ndolo por hombre sant&iacute;simo, como quien totalmente cre&iacute;a ser cierto lo que seor Ciappelletto hab&iacute;a dicho: &iquest;y qui&eacute;n no lo hubiera cre&iacute;do viendo a un hombre en peligro de muerte confes&aacute;ndose decir tales cosas? Y despu&eacute;s, luego de todo esto, le dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or Ciappelletto, con la ayuda de Dios estar&eacute;is pronto sano; pero si sucediese que Dios a vuestra bendita y bien dispuesta alma llamase a s&iacute;, &iquest;os placer&iacute;a que vuestro cuerpo fuese sepultado en nuestro convento?</p><p align="justify">A lo que seor Ciappelletto repuso:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or, s&iacute;, que no querr&iacute;a estar en otro sitio, puesto que vos me hab&eacute;is prometido rogar a Dios por m&iacute;, adem&aacute;s de que yo he tenido siempre una especial devoci&oacute;n por vuestra orden; y por ello os ruego que, en cuanto est&eacute;is en vuestro convento, haced que venga a m&iacute; aquel verac&iacute;simo cuerpo de Cristo que vos por la ma&ntilde;ana consagr&aacute;is en el altar, porque aunque no sea digno, entiendo comulgarlo con vuestra licencia, y despu&eacute;s la santa y &uacute;ltima unci&oacute;n para que, si he vivido como pecador, al menos muera como cristiano. </p><p align="justify">El santo hombre dijo que mucho le agradaba y &eacute;l dec&iacute;a bien, y que har&iacute;a que de inmediato le fuese llevado; y as&iacute; fue.</p><p align="justify">Los dos hermanos, que tem&iacute;an mucho que seor Ciappelletto les enga&ntilde;ase, se hab&iacute;an puesto junto a un tabique que divid&iacute;a la alcoba donde seor Ciappelletto yac&iacute;a de otra y, escuchando, f&aacute;cilmente o&iacute;an y entend&iacute;an lo que seor Ciappelletto al fraile dec&iacute;a; y sent&iacute;an algunas veces tales ganas de re&iacute;r, al o&iacute;r las cosas que le confesaba haber hecho, que casi estallaban, y se dec&iacute;an uno al otro: &iquest;qu&eacute; hombre es &eacute;ste, al que ni vejez ni enfermedad ni temor de la muerte a que se ve tan vecino, ni a&uacute;n de Dios, ante cuyo juicio espera tener que estar de aqu&iacute; a poco, han podido apartarle de su maldad, ni hacer que quiera dejar de morir como ha vivido? Pero viendo que hab&iacute;a dicho que s&iacute;, que recibir&iacute;a la sepultura en la iglesia, de nada de lo otro se preocuparon. Seor Ciappelletto comulg&oacute; poco despu&eacute;s y, empeorando sin remedio, recibi&oacute; la &uacute;ltima unci&oacute;n; y poco despu&eacute;s del crep&uacute;sculo, el mismo d&iacute;a que hab&iacute;a hecho su buena confesi&oacute;n, muri&oacute;. Por lo que los dos hermanos, disponiendo de lo que era de &eacute;l para que fuese honradamente sepultado y mand&aacute;ndolo decir al convento, y que viniesen por la noche a velarle seg&uacute;n era costumbre y por la ma&ntilde;ana a por el cuerpo, dispusieron todas las cosas oportunas para el caso. El santo fraile que lo hab&iacute;a confesado, al o&iacute;r que hab&iacute;a finado, fue a buscar al prior del convento, y habiendo hecho tocar a cap&iacute;tulo, a los frailes reunidos mostr&oacute; que seor Ciappelletto hab&iacute;a sido un hombre santo seg&uacute;n &eacute;l lo hab&iacute;a podido entender de su confesi&oacute;n; y esperando que por &eacute;l el Se&ntilde;or Dios mostrase muchos milagros, les persuadi&oacute; a que con grand&iacute;sima reverencia y devoci&oacute;n recibiesen aquel cuerpo. Con las cuales cosas el prior y los frailes, cr&eacute;dulos, estuvieron de acuerdo: y por la noche, yendo todos all&iacute; donde yac&iacute;a el cuerpo de seor Ciappelletto, le hicieron una grande y solemne vigilia, y por la ma&ntilde;ana, vestidos todos con albas y capas pluviales, con los libros en la mano y las cruces delante, cantando, fueron a por este cuerpo y con grand&iacute;sima fiesta y solemnidad se lo llevaron a su iglesia, sigui&eacute;ndoles el pueblo todo de la ciudad, hombres y mujeres; y, habi&eacute;ndolo puesto en la iglesia, subiendo al p&uacute;lpito, el santo fraile que lo hab&iacute;a confesado empez&oacute; sobre &eacute;l y su vida, sobre sus ayunos, su virginidad, su simplicidad e inocencia y santidad, a predicar maravillosas cosas, entre otras contando lo que seor Ciappelletto como su mayor pecado, llorando, le hab&iacute;a confesado, y c&oacute;mo &eacute;l apenas le hab&iacute;a podido meter en la cabeza que Dios quisiera perdon&aacute;rselo, tras de lo que se volvi&oacute; a reprender al pueblo que le escuchaba, diciendo: </p><p align="justify">-Y vosotros, malditos de Dios, por cualquier brizna de paja en que tropez&aacute;is, blasfem&aacute;is de Dios y de su Madre y de toda la corte celestial.</p><p align="justify">Y adem&aacute;s de &eacute;stas, muchas otras cosas dijo sobre su lealtad y su pureza, y, en breve, con sus palabras, a las que la gente de la comarca daba completa fe, hasta tal punto lo meti&oacute; en la cabeza y en la devoci&oacute;n de todos los que all&iacute; estaban que, despu&eacute;s de terminado el oficio, entre los mayores apretujones del mundo todos fueron a besarle los pies y las manos, y le desgarraron todos los pa&ntilde;os que llevaba encima, teni&eacute;ndose por bienaventurado quien al menos un poco de ellos pudiera tener: y convino que todo el d&iacute;a fuese conservado as&iacute;, para que por todos pudiese ser visto y visitado. Luego, la noche siguiente, en una urna de m&aacute;rmol fue honrosamente sepultado en una capilla, y enseguida al d&iacute;a siguiente empezaron las gentes a ir all&iacute; y a encender candelas y a venerarlo, y seguidamente a hacer promesas y a colgar exvotos de cera seg&uacute;n la promesa hecha. Y tanto creci&oacute; la fama de su santidad y la devoci&oacute;n en que se le ten&iacute;a que no hab&iacute;a nadie que estuviera en alguna adversidad que hiciese promesas a otro santo que a &eacute;l, y lo llamaron y lo llaman San Ciappelletto, y afirman que Dios ha mostrado muchos milagros por &eacute;l y los muestra todav&iacute;a a quien devotamente se lo implora. As&iacute; pues, vivi&oacute; y muri&oacute; el seor Cepparello de Prato y lleg&oacute; a ser santo, como hab&eacute;is o&iacute;do; y no quiero negar que sea posible que sea un bienaventurado en la presencia de Dios porque, aunque su vida fue criminal y malvada, pudo en su &uacute;ltimo extremo haber hecho un acto de contrici&oacute;n de manera que Dios tuviera misericordia de &eacute;l y lo recibiese en su reino; pero como esto es cosa oculta, razono sobre lo que es aparente y digo que m&aacute;s debe encontrarse condenado entre las manos del diablo que en el para&iacute;so. Y si as&iacute; es, grand&iacute;sima hemos de reconocer que es la benignidad de Dios para con nosotros, que no mira nuestro error sino la pureza de la fe, y al tomar nosotros de mediador a un enemigo suyo, crey&eacute;ndolo amigo, nos escucha, como si a alguien verdaderamente santo recurri&eacute;semos como a mediador de su gracia. Y por ello, para que por su gracia en la adversidad presente y en esta compa&ntilde;&iacute;a tan alegre seamos conservados sanos y salvos, alabando su nombre en el que la hemos comenzado, teni&eacute;ndole reverencia, a &eacute;l acudiremos en nuestras necesidades, segur&iacute;simos de ser escuchados.</p><p align="justify">Y aqu&iacute;, call&oacute;.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">NOVELA SEGUNDA</p><p align="justify">El jud&iacute;o Abraham, animado por Giannotto de Civign&iacute; , va a la corte de Roma y, vista la maldad de los cl&eacute;rigos, vuelve a Par&iacute;s y se hace cristiano.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">La novela de P&aacute;nfilo fue en parte re&iacute;da y en todo celebrada por las mujeres, y habiendo sido atentamente escuchada y llegado a su fin, como estaba sentada junto a &eacute;l Neifile, le mand&oacute; la reina que, contando una, siguiese el orden del comenzado entretenimiento. Y ella, como quien no menos de corteses maneras que de belleza estaba adornada, alegremente repuso que de buena gana, y comenz&oacute; de esta guisa: Mostrado nos ha P&aacute;nfilo con su novelar la benignidad de Dios que no mira nuestros errores cuando proceden de algo que no nos es posible ver; y yo, con el m&iacute;o, entiendo mostraros cu&aacute;nto esta misma benignidad, soportando pacientemente los defectos de quienes deben dar de ella verdadero testimonio con obras y palabras y hacen lo contrario, es por ello mismo argumento de infalible verdad para que los que creemos sigamos con m&aacute;s firmeza de &aacute;nimo.</p><p align="justify">Tal como yo, graciosas se&ntilde;oras, he o&iacute;do decir, hubo en Par&iacute;s un gran mercader y hombre bueno que fue llamado Giannotto de Civign&iacute;, leal&iacute;simo y recto y gran negociante en el rango de la pa&ntilde;er&iacute;a; y ten&iacute;a &iacute;ntima amistad con un riqu&iacute;simo hombre jud&iacute;o llamado Abraham, que era tambi&eacute;n mercader y hombre harto recto y leal. Cuya rectitud y lealtad viendo Giannotto, empez&oacute; a tener gran l&aacute;stima de que el alma de un hombre tan valioso y sabio y bueno fuese a su perdici&oacute;n por falta de fe, y por ello amistosamente le empez&oacute; a rogar que dejase los errores de la fe judaica y se volviese a la verdad cristiana, a la que como santa y buena pod&iacute;a ver siempre aumentar y prosperar, mientras la suya, por el contrario, pod&iacute;a distinguir c&oacute;mo disminu&iacute;a y se reduc&iacute;a a la nada. El jud&iacute;o contestaba que ninguna cre&iacute;a ni santa ni buena fuera de la judaica, y que en ella hab&iacute;a nacido y en ella entend&iacute;a vivir y morir; ni habr&iacute;a nada que nunca de aquello le hiciese moverse. Giannotto no ces&oacute; por esto de, pasados algunos d&iacute;as, repetirle semejantes palabras, mostr&aacute;ndole, tan burdamente como la mayor&iacute;a de los mercaderes pueden hacerlo, por qu&eacute; razones nuestra religi&oacute;n era mejor que la judaica.</p><p align="justify">Y aunque el jud&iacute;o fuese en la ley judaica gran maestro, no obstante, ya que la amistad grande que ten&iacute;a con Giannotto le moviese, o tal vez que las palabras que el Esp&iacute;ritu Santo pon&iacute;a en la lengua del hombre simple lo hiciesen, al jud&iacute;o empezaron a agradarle mucho los argumentos de Giannotto; pero obstinado en sus creencias, no se dejaba cambiar. Y cuanto &eacute;l segu&iacute;a pertinaz, tanto no dejaba Giannotto de solicitarlo, hasta que el jud&iacute;o, vencido por tan continuas instancias, dijo: -Ya, Giannotto, a ti te gusta que me haga cristiano; y yo estoy dispuesto a hacerlo, tan ciertamente que quiero primero ir a Roma y ver all&iacute; al que t&uacute; dices que es el vicario de Dios en la tierra, y considerar sus modos y sus costumbres, y lo mismo los de sus hermanos los cardenales; y si me parecen tales que pueda por tus palabras y por las de ellos comprender que vuestra fe sea mejor que la m&iacute;a, como te has ingeniado en demostrarme, har&eacute; aquello que te he dicho: y si no fuese as&iacute;, me quedar&eacute; siendo jud&iacute;o como soy. Cuando Giannotto oy&oacute; esto, se puso en su interior desmedidamente triste, diciendo para s&iacute; mismo: &laquo;Perdido he los esfuerzos que me parec&iacute;a haber empleado &oacute;ptimamente, crey&eacute;ndome haber convertido a &eacute;ste; porque si va a la corte de Roma y ve la vida criminal y sucia de los cl&eacute;rigos, no es que de jud&iacute;o vaya a hacerse cristiano, sino que si se hubiese hecho cristiano, sin falta volver&iacute;a jud&iacute;o&raquo;. Y volvi&eacute;ndose a Abraham dijo:</p><p align="justify">-Ah, amigo m&iacute;o, &iquest;por qu&eacute; quieres pasar ese trabajo y tan grandes gastos como ser&aacute;n ir de aqu&iacute; a Roma? Sin contar con que, tanto por mar como por tierra, para un hombre rico como eres t&uacute; todo est&aacute; lleno de peligros. &iquest;No crees que encontrar&aacute;s aqu&iacute; quien te bautice? Y si por ventura tienes algunas dudas sobre la fe que te muestro, &iquest;hay mayores maestros y hombres m&aacute;s sabios all&iacute; que aqu&iacute; para poderte esclarecer todo lo que quieras o preguntes? Por todo lo cual, en mi parecer esta idea tuya est&aacute; de sobra. Piensa que tales son all&iacute; los prelados como aqu&iacute; los has podido ver y los ves; y tanto mejores cuanto que aqu&eacute;llos est&aacute;n m&aacute;s cerca del pastor principal. Y por ello esa fatiga, seg&uacute;n mi consejo, te servir&aacute; en otra ocasi&oacute;n para obtener alg&uacute;n perd&oacute;n, en lo que yo por ventura te har&eacute; compa&ntilde;&iacute;a.</p><p align="justify">A lo que respondi&oacute; el jud&iacute;o:</p><p align="justify">-Yo creo, Giannotto, que ser&aacute; como me cuentas, pero por resumirte en una muchas palabras, estoy del todo dispuesto, si quieres que haga lo que me has rogado tanto, a irme, y de otro modo no har&eacute; nada nunca. Giannotto, viendo su voluntad, dijo:</p><p align="justify">-&iexcl;Vete con buena ventura! -y pens&oacute; para s&iacute; que nunca se har&iacute;a cristiano cuando hubiese visto la corte de Roma; pero como nada se perd&iacute;a, se call&oacute;.</p><p align="justify">El jud&iacute;o mont&oacute; a caballo y lo antes que pudo se fue a la corte de Roma, donde al llegar fue por sus jud&iacute;os honradamente recibido; y viviendo all&iacute;, sin decir a ninguno por qu&eacute; hubiese ido, cautamente empez&oacute; a fijarse en las maneras del papa y de los cardenales y de los otros prelados y de todos los cortesanos; y entre lo que &eacute;l mismo observ&oacute;, como hombre muy sagaz que era, y lo que tambi&eacute;n algunos le informaron, encontr&oacute; que todos, del mayor al menor, generalmente pecaban deshonest&iacute;simamente de lujuria, y no s&oacute;lo en la natural sino tambi&eacute;n en la sodom&iacute;tica, sin ning&uacute;n freno de remordimiento o de verg&uuml;enza, tanto que el poder de las meretrices y de los garzones al impetrar cualquier cosa grande no era poder peque&ntilde;o. Adem&aacute;s de esto, universalmente golosos, bebedores, borrachos y m&aacute;s servidores del vientre (a guisa de animales brutos, adem&aacute;s de la lujuria) que otros conoci&oacute; abiertamente que eran; y mirando m&aacute;s all&aacute;, los vio tan avaros y deseosos de dinero que por igual la sangre humana (tambi&eacute;n la del cristiano) y las cosas divinas que perteneciesen a sacrificios o a beneficios, con dinero vend&iacute;an y compraban haciendo con ellas m&aacute;s comercio y empleando a m&aacute;s corredores de mercanc&iacute;as que hab&iacute;a en Par&iacute;s en la pa&ntilde;er&iacute;a o ning&uacute;n otro negocio, y habiendo a la simon&iacute;a manifiesta puesto el nombre de &laquo;mediaci&oacute;n&raquo; y a la gula el de &laquo;manutenci&oacute;n&raquo;, corno si Dios, no ya el significado de los vocablos, sino la intenci&oacute;n de los p&eacute;simos &aacute;nimos no conociese y a guisa de los hombres se dejase enga&ntilde;ar por el nombre de las cosas. Las cuales, junto con otras muchas que deben callarse, desagradaron sumamente al jud&iacute;o, como a hombre que era sobrio y modesto, y pareci&eacute;ndole haber visto bastante, se propuso retornar a Par&iacute;s; y as&iacute; lo hizo. Adonde, al saber Giannotto que hab&iacute;a venido, esperando cualquier cosa menos que se hiciese cristiano, vino a verle y se hicieron mutuamente grandes fiestas; y despu&eacute;s que hubo reposado algunos d&iacute;as, Giannotto le pregunt&oacute; lo que pensaba del santo padre y de los cardenales y de los otros cortesanos. A lo que el jud&iacute;o respondi&oacute; prestamente:</p><p align="justify">-Me parecen mal, que Dios maldiga a todos; y te digo que, si yo s&eacute; bien entender, ninguna santidad, ninguna devoci&oacute;n, ninguna buena obra o ejemplo de vida o de alguna otra cosa me pareci&oacute; ver en ning&uacute;n cl&eacute;rigo, sino lujuria, avaricia y gula, fraude, envidia y soberbia y cosas semejantes y peores, si peores puede haberlas; me pareci&oacute; ver en tanto favor de todos, que tengo aqu&eacute;lla por fragua m&aacute;s de operaciones diab&oacute;licas que divinas. Y seg&uacute;n yo estimo, con toda solicitud y con todo ingenio y con todo arte me parece que vuestro pastor, y despu&eacute;s todos los otros, se esfuerzan en reducir a la nada y expulsar del mundo a la religi&oacute;n cristiana, all&iacute; donde deber&iacute;an ser su fundamento y sost&eacute;n. Y porque veo que no sucede aquello en lo que se esfuerzan sino que vuestra religi&oacute;n aumenta y m&aacute;s luciente y clara se vuelve, me parece discernir justamente que el Esp&iacute;ritu Santo es su fundamento y sost&eacute;n, como de m&aacute;s verdadera y m&aacute;s santa que ninguna otra; por lo que, tan r&iacute;gido y duro como era yo a tus consejos y no quer&iacute;a hacerme cristiano, ahora te digo con toda franqueza que por nada dejar&eacute; de hacerme cristiano. Vamos, pues, a la iglesia; y all&iacute; seg&uacute;n las costumbres debidas en vuestra santa fe me har&eacute; bautizar. Giannotto, que esperaba una conclusi&oacute;n exactamente contraria a &eacute;sta, al o&iacute;rle decir esto fue el hombre m&aacute;s contento que ha habido jam&aacute;s: y a Nuestra Se&ntilde;ora de Par&iacute;s yendo con &eacute;l, pidi&oacute; a los cl&eacute;rigos de all&iacute; dentro que diesen a Abraham el bautismo. Y ellos, oyendo que &eacute;l lo demandaba, lo hicieron prontamente; y Giannotto lo llev&oacute; a la pila sacra y lo llam&oacute; Giovanni, y por hombres de valer lo hizo adoctrinar cumplidamente en nuestra fe, la que aprendi&oacute; prontamente; y fue luego hombre bueno y valioso y de santa vida.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">NOVELA TERCERA</p><p align="justify">El jud&iacute;o Melquisidech con una historia sobre tres anillos se salva de una peligrosa trampa que le hab&iacute;a tendido Saladino .</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">Despu&eacute;s de que, alabada por todos la historia de Neifile, call&oacute; &eacute;sta, como gust&oacute; a la reina, Filomena empez&oacute; a hablar as&iacute;:</p><p align="justify">La historia contada por Neifile me trae a la memoria un peligroso caso sucedido a un jud&iacute;o; y porque ya se ha hablado tan bien de Dios y de la verdad de nuestra fe, descender ahora a los sucesos y los actos de los hombres no se deber&aacute; hallar mal, y vendr&eacute; a narr&aacute;rosla para que, o&iacute;da, tal vez m&aacute;s cautas os volv&aacute;is en las respuestas a las preguntas que puedan haceros.</p><p align="justify">Deb&eacute;is saber, amorosas compa&ntilde;eras, que as&iacute; como la necedad muchas veces aparta a alguien de un feliz estado y lo pone en grand&iacute;sima miseria, as&iacute; aparta la prudencia al sabio de peligros grav&iacute;simos y lo pone en grande y seguro reposo. Y cu&aacute;n verdad sea que la necedad conduce del buen estado a la miseria, se ve en muchos ejemplos que no est&aacute; ahora en nuestro &aacute;nimo contar, considerando que todo el d&iacute;a aparecen mil ejemplos manifiestos; pero que la prudencia sea ocasi&oacute;n de consuelo, como he dicho, os mostrar&eacute; brevemente con un cuentecillo.</p><p align="justify">Saladino, cuyo valer fue tanto que no solamente le hizo llegar de hombre humilde a sult&aacute;n de Babilonia , sino tambi&eacute;n lograr muchas victorias sobre los reyes sarracenos y cristianos, habiendo en diversas guerras y en grand&iacute;simas magnificencias suyas gastado todo su tesoro, y necesitando, por alg&uacute;n accidente que le sobrevino, una buena cantidad de dineros, no viendo c&oacute;mo tan prestamente como los necesitaba pudiese tenerlos, le vino a la memoria un rico jud&iacute;o cuyo nombre era Melquisidech, que prestaba con usura en Alejandr&iacute;a; y pens&oacute; que &eacute;ste ten&iacute;a con qu&eacute; poderlo servir, si quer&iacute;a, pero era tan avaro que por voluntad propia no lo hubiera hecho nunca, y no quer&iacute;a obligarlo por la fuerza; por lo que, apret&aacute;ndole la necesidad se dedic&oacute; por completo a encontrar el modo como el jud&iacute;o le sirviese, y se le ocurri&oacute; obligarle con alg&uacute;n argumento veros&iacute;mil. Y haci&eacute;ndolo llamar y recibi&eacute;ndole familiarmente, le hizo sentar con &eacute;l y despu&eacute;s le dijo:</p><p align="justify">-Hombre honrado, he o&iacute;do a muchas personas que eras sapient&iacute;simo y muy avezado en las cosas de Dios; y por ello querr&iacute;a saber cu&aacute;l de las tres leyes reputas por verdadera: la judaica, la sarracena o la cristiana.</p><p align="justify">El jud&iacute;o, que verdaderamente era un hombre sabio, advirti&oacute; demasiado bien que Saladino buscaba cogerlo en sus palabras para moverle alguna cuesti&oacute;n, y pens&oacute; que no pod&iacute;a alabar a una de las tres m&aacute;s que a las otras sin que Saladino saliese con su empe&ntilde;o; por lo que, como a quien le parec&iacute;a tener necesidad de una respuesta por la que no pudiesen llevarle preso, aguzado el ingenio, le vino pronto a la mente lo que deb&iacute;a decir; y dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or m&iacute;o, la cuesti&oacute;n que me propon&eacute;is es fina, y para poder deciros lo que pienso de ella querr&iacute;a contaros el cuentecillo que vais a o&iacute;r. Si no me equivoco, me acuerdo de haber o&iacute;do decir muchas veces que hubo una vez un hombre grande y rico que, entre las otras joyas m&aacute;s caras que ten&iacute;a en su tesoro, ten&iacute;a un anillo bell&iacute;simo y precioso al que, queriendo hace honor por su valor y su belleza y dejarlo perpetuamente a sus descendientes orden&oacute; que aquel de sus hijos a quien, habi&eacute;ndoselo dejado &eacute;l, le fuese encontrado aquel anillo, que se entendiese que &eacute;l era su heredero y debiese ser por todos los dem&aacute;s honrado y reverenciado como a mayorazgo, ya que a quien fue dejado por &eacute;ste guard&oacute; el mismo orden con sus descendiente e hizo tal como hab&iacute;a hecho su predecesor. Y, en resumen, este anillo anduvo de mano en mano de muchos sucesores y &uacute;ltimamente lleg&oacute; a las mano de uno que ten&iacute;a tres hijos hermosos y virtuosos y muy obedientes al padre por lo que amaba a los tres por igual. Y los j&oacute;venes, que conoc&iacute;an la costumbre del anillo, deseoso cada uno de ser el m&aacute;s honrado entre los suyos, cada uno por s&iacute;, como mejor sab&iacute;an, rogaban al padre, que era ya viejo, que cuando sintiese llegar la muerte, a &eacute;l le dejase el anillo. El honrado hombre, que por igual amaba a todos, no sab&iacute;a &eacute;l mismo elegir a cu&aacute;l debiese dej&aacute;rselo y pens&oacute;, habi&eacute;ndoselo prometido a todos, en satisfacer a los tres: y secretamente a un buen orfebre le encarg&oacute; otros dos, los cuales fueron tan semejantes al primero que el mismo que los hab&iacute;a hecho hacer apenas distingu&iacute;a cu&aacute;l fuese el verdadero; y sintiendo llegar la muerte, secretamente dio el suyo a cada uno de sus hijos. Los cuales, despu&eacute;s de la muerte del padre, queriendo cada uno posesionarse de la herencia y el honor, y neg&aacute;ndoselo el uno al otro, como testimonio de hacerlo con todo derecho, cada uno mostr&oacute; su anillo; y encontrados los anillos tan iguales el uno al otro que cu&aacute;l fuese el verdadero no sab&iacute;a distinguirse, se qued&oacute; pendiente la cuesti&oacute;n de qui&eacute;n fuese el verdadero heredero del padre, y sigue pendiente todav&iacute;a. Y lo mismo os digo, se&ntilde;or m&iacute;o, de las tres leyes dadas a los tres pueblos por Dios padre sobre las que me propusisteis una cuesti&oacute;n: cada uno su herencia, su verdadera ley y sus mandamientos cree rectamente tener y cumplir, pero de qui&eacute;n la tenga, como de los anillos, todav&iacute;a est&aacute; pendiente la cuesti&oacute;n. Conoci&oacute; Saladino que &eacute;ste hab&iacute;a sabido salir &oacute;ptimamente del lazo que le hab&iacute;a tendido y por ello se dispuso a manifestarle sus necesidades y ver si quer&iacute;a servirle; y as&iacute; lo hizo, manifest&aacute;ndole lo que hab&iacute;a tenido en el &aacute;nimo hacerle si &eacute;l tan discretamente como lo hab&iacute;a hecho no le hubiera respondido. El jud&iacute;o le sirvi&oacute; libremente con toda la cantidad que Saladino le pidi&oacute; y luego Saladino se la restituy&oacute; enteramente, y adem&aacute;s de ello le dio grand&iacute;simos dones y siempre por amigo suyo lo tuvo y en grande y honrado estado lo conserv&oacute; junto a &eacute;l.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">NOVELA CUARTA</p><p align="justify">Un monje, ca&iacute;do en pecado digno de castigo grav&iacute;simo, se libra de la pena reprendiendo discretamente a su abad de aquella misma culpa .</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">Ya se calla Filomena, liberada de su historia, cuando Dioneo, que junto a ella estaba sentado, sin esperar de la reina otro mandato, conociendo ya por el orden comenzado que a &eacute;l le tocaba tener que hablar, de tal guisa comenz&oacute; a decir:</p><p align="justify">Amorosas se&ntilde;oras, si he entendido bien la intenci&oacute;n de todas, estamos aqu&iacute; para complacernos a nosotros mismos novelando, y por ello, tan s&oacute;lo porque contra esto no se vaya, estimo que a cada uno debe serle l&iacute;cito (y as&iacute; dijo nuestra reina, hace poco, que era) contar aquella historia que m&aacute;s crea que pueda divertir; por lo que, habiendo escuchado c&oacute;mo por los buenos consejos de Giannotto de Civign&iacute; salv&oacute; su alma el jud&iacute;o Abraham y c&oacute;mo por su prudencia defendi&oacute; Melquisidech sus riquezas de las asechanzas de Saladino, sin esperar que me reprend&aacute;is, entiendo contar brevemente con qu&eacute; destreza libr&oacute; su cuerpo un monje de grav&iacute;simo castigo.</p><p align="justify">Hubo en Lunigiana, pueblo no muy lejano de &eacute;ste, un monasterio m&aacute;s copioso en santidad y en monjes de lo que lo es hoy, en el que, entre otros, hab&iacute;a un monje joven cuyo vigor y vivacidad ni los ayunos ni las vigilias pod&iacute;an macerar. El cual, por acaso, un d&iacute;a hacia el mediod&iacute;a, cuando los otros monjes dorm&iacute;an todos, habiendo salido solo por los alrededores de su iglesia, que estaba en un lugar asaz solitario, alcanz&oacute; a ver a una jovencita harto hermosa, hija tal vez de alguno de los labradores de la comarca, que andaba por los campos cogiendo ciertas hierbas: no bien la hab&iacute;a visto cuando fue fieramente asaltado por la concupiscencia carnal.</p><p align="justify">Por lo que, avecin&aacute;ndose, con ella trab&oacute; conversaci&oacute;n y tanto anduvo de una palabra en otra que se puso de acuerdo con ella y se la llev&oacute; a su celda sin que nadie se apercibiese. Y mientras &eacute;l, transportado por el excesivo deseo, menos cautamente jugueteaba con ella, sucedi&oacute; que el abad, levant&aacute;ndose de dormir y pasando silenciosamente por delante de su celda, oy&oacute; el alboroto que hac&iacute;an los dos juntos; y para conocer mejor las voces se acerc&oacute; quedamente a la puerta de la celda a escuchar y claramente conoci&oacute; que dentro hab&iacute;a una mujer, y estuvo tentado a hacerse abrir; luego pens&oacute; que convendr&iacute;a tratar aquello de otra manera y, vuelto a su alcoba, esper&oacute; a que el monje saliera fuera. El monje, aunque con grand&iacute;simo placer y deleite estuviera ocupado con aquella joven, no dejaba sin embargo de estar temeroso y, pareci&eacute;ndole haber o&iacute;do alg&uacute;n arrastrar de pies por el dormitorio, acerc&oacute; el ojo a un peque&ntilde;o agujero y vio clar&iacute;simamente al abad escuch&aacute;ndole y comprendi&oacute; muy bien que el abad hab&iacute;a podido o&iacute;r que la joven estaba en su celda. De lo que, sabiendo que de ello deb&iacute;a seguirle un gran castigo, se sinti&oacute; desmesuradamente pesaroso; pero sin querer mostrar a la joven nada de su desaz&oacute;n, r&aacute;pidamente imagin&oacute; muchas cosas buscando hallar alguna que le fuera salut&iacute;fera. Y se le ocurri&oacute; una nueva malicia (que el fin imaginado por &eacute;l consigui&oacute; certeramente) y fingiendo que le parec&iacute;a haber estado bastante con aquella joven le dijo:</p><p align="justify">-Voy a salir a buscar la manera en que salgas de aqu&iacute; dentro sin ser vista, y para ello qu&eacute;date en silencio hasta que vuelva.</p><p align="justify">Y saliendo y cerrando la celda con llave, se fue directamente a la c&aacute;mara del abad, y d&aacute;ndosela, tal como todos los monjes hac&iacute;an cuando sal&iacute;an, le dijo con rostro tranquilo: -Se&ntilde;or, yo no pude esta ma&ntilde;ana traer toda la le&ntilde;a que hab&iacute;a cortado, y por ello, con vuestra licencia, quiero ir al bosque y traerla.</p><p align="justify">El abad, para poder informarse m&aacute;s plenamente de la falta cometida por &eacute;l, pensando que no se hab&iacute;a dado cuenta de que hab&iacute;a sido visto, se alegr&oacute; con tal ocasi&oacute;n y de buena gana tom&oacute; la llave y semejantemente le dio licencia. Y despu&eacute;s de verlo irse empez&oacute; a pensar qu&eacute; era mejor hacer: o en presencia de todos los monjes abrir la celda de aqu&eacute;l y hacerles ver su falta para que no hubiese ocasi&oacute;n de que murmurasen contra &eacute;l cuando castigase al monje, o primero o&iacute;r de &eacute;l c&oacute;mo hab&iacute;a sido aquel asunto. Y pensando para s&iacute; que aqu&eacute;lla podr&iacute;a ser tal mujer o hija de tal hombre a quien &eacute;l no quisiera hacer pasar la verg&uuml;enza de mostrarla a todos los monjes, pens&oacute; que primero ver&iacute;a qui&eacute;n era y tomar&iacute;a despu&eacute;s partido; y quedamente yendo a la celda, la abri&oacute;, entr&oacute; dentro, y volvi&oacute; a cerrar la puerta. La joven, viendo venir al abad, palideci&oacute; toda, y temblando empez&oacute; a llorar de verg&uuml;enza. El se&ntilde;or abad, que le hab&iacute;a echado la vista encima y la ve&iacute;a hermosa y fresca, aunque &eacute;l fuese viejo, sinti&oacute; s&uacute;bitamente no menos abrasadores los est&iacute;mulos de la carne que los hab&iacute;a sentido su joven monje, y para s&iacute; empez&oacute; a decir:</p><p align="justify">&laquo;Bah, &iquest;por qu&eacute; no tomar yo del placer cuanto pueda, si el desagrado y el dolor aunque no los quiera, me est&aacute;n esperando? &Eacute;sta es una hermosa joven, y est&aacute; aqu&iacute; donde nadie en el mundo lo sabe; si la puedo traer a hacer mi gusto no s&eacute; por qu&eacute; no habr&iacute;a de hacerlo. &iquest;Qui&eacute;n va a saberlo? Nadie lo sabr&aacute; nunca, y el pecado tapado est&aacute; medio perdonado. Un caso as&iacute; no me suceder&aacute; tal vez nunca m&aacute;s. Pienso que es de sabios tomar el bien que Dios nos manda&raquo;.</p><p align="justify">Y as&iacute; diciendo, y habiendo del todo cambiado el prop&oacute;sito que all&iacute; le hab&iacute;a llevado, acerc&aacute;ndose m&aacute;s a la joven, suavemente comenz&oacute; a consolarla y a rogarle que no llorase; y de una palabra en otra yendo, lleg&oacute; a manifestarle su deseo. La joven, que no era de hierro ni de diamante, con bastante facilidad se pleg&oacute; a los gustos del abad: el cual, despu&eacute;s de abrazarla y besarla muchas veces, subi&eacute;ndose a la cama del monje, y en consideraci&oacute;n tal vez del grave peso de su dignidad y la tierna edad de la joven, temiendo tal vez ofenderla con demasiada gravedad, no se puso sobre el pecho de ella sino que la puso a ella sobre su pecho y por largo espacio se solaz&oacute; con ella.</p><p align="justify">El monje, que hab&iacute;a fingido irse al bosque, habi&eacute;ndose ocultado en el dormitorio, como vio al abad solo entrar en su celda, casi por completo tranquilizado, juzg&oacute; que su estratagema deb&iacute;a surtir efecto; y, vi&eacute;ndole encerrarse dentro, lo tuvo por cert&iacute;simo. Y saliendo de donde estaba, calladamente fue hasta un agujero por donde lo que el abad hizo o dijo lo oy&oacute; y lo vio. Pareci&eacute;ndole al abad que se hab&iacute;a demorado bastante con la jovencita, encerr&aacute;ndola en la celda, se volvi&oacute; a su alcoba; y luego de alg&uacute;n tiempo, oyendo al monje y creyendo que volv&iacute;a del bosque, pens&oacute; en reprenderlo duramente y hacerlo encarcelar para poseer &eacute;l solo la ganada presa; y haci&eacute;ndolo llamar, duramente y con mala cara le reprendi&oacute;, y mand&oacute; que lo llevaran a la c&aacute;rcel. El monje prest&iacute;simamente respondi&oacute;:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or, yo no he estado todav&iacute;a tanto en la orden de San Benito que pueda haber aprendido todas sus reglas; y vos a&uacute;n no me hab&iacute;ais mostrado que los monjes deben acordar tanta preeminencia a las mujeres como a los ayunos y las vigilias; pero ahora que me lo hab&eacute;is mostrado, os prometo, si me perdon&aacute;is esta vez, no pecar m&aacute;s por esto y hacer siempre como os he visto a vos. El abad, que era hombre avisado, entendi&oacute; prestamente que aqu&eacute;l no s&oacute;lo sab&iacute;a su hecho sino que lo hab&iacute;a visto, por lo que, sintiendo remordimientos de su misma culpa, se avergonz&oacute; de hacerle al monje lo que &eacute;l tambi&eacute;n hab&iacute;a merecido; y perdon&aacute;ndole e imponi&eacute;ndole silencio sobre lo que hab&iacute;a visto, con toda discreci&oacute;n sacaron a la jovencita de all&iacute;, y a&uacute;n debe creerse que m&aacute;s veces la hicieron volver. </p><p align="justify">NOVELA QUINTA</p><p align="justify">La marquesa de Monferrato con una invitaci&oacute;n a comer gallinas y con unas discretas palabras reprime el loco amor del rey de Francia.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">La historia contada por Dioneo hiri&oacute; primero de alguna verg&uuml;enza el coraz&oacute;n de las damas que la escuchaban y dio de ello se&ntilde;al el honesto rubor que apareci&oacute; en sus rostros; mas luego, mir&aacute;ndose unas a otras, pudiendo apenas contener la risa, la escucharon sonriendo. Y llegado el final, despu&eacute;s de haberle reprendido con algunas dulces palabras, queriendo mostrar que historias semejantes no deb&iacute;an contarse delante de mujeres, la reina, vuelta hacia Fiameta (que junto a &eacute;l estaba sentada en la hierba), le mand&oacute; que continuase el orden establecido, y ella galanamente y con alegre rostro, mir&aacute;ndola, comenz&oacute;: Tanto porque me complace que hayamos entrado a demostrar con las historias cu&aacute;nta es la fuerza de las respuestas agudas y prontas, como porque tan gran cordura es en el hombre amar siempre a mujeres de linaje m&aacute;s alto que el suyo como es en las mujeres grand&iacute;sima precauci&oacute;n saber guardarse de caer en el amor de un hombre de mayor posici&oacute;n que la suya, me ha venido al &aacute;nimo, hermosas se&ntilde;oras, mostraros, en la historia que me toca contar, c&oacute;mo una noble due&ntilde;a supo con palabras y obras guardarse de esto y evitar otras cosas.</p><p align="justify">Hab&iacute;a el marqu&eacute;s de Monferrato, hombre de alto valor, gonfalonero de la Iglesia, pasado a ultramar en una expedici&oacute;n general hecha por los cristianos a mano armada ; y habl&aacute;ndose de su valor en la corte de Felipe el Tuerto , que se preparaba a ir desde Francia en aquella misma expedici&oacute;n, fue dicho por un caballero que no hab&iacute;a bajo las estrellas otra pareja semejante a la del marqu&eacute;s y su mujer: porque cuanto destacaba en todas las virtudes el marqu&eacute;s entre los caballeros, tanto era la mujer entre las dem&aacute;s mujeres hermos&iacute;sima y valerosa. Las cuales palabras entraron de tal modo en el &aacute;nimo del rey de Francia que, sin haberla visto nunca, comenz&oacute; a amarla ardientemente, y se propuso no hacerse a la mar, en la expedici&oacute;n en que iba, sino en G&eacute;nova para que, yendo por tierra, pudiese tener un motivo razonable para ir a ver a la marquesa, pensando que, no estando el marqu&eacute;s, podr&iacute;a suceder que viniese a tener efecto su deseo. Y seg&uacute;n lo hab&iacute;a pensado mand&oacute; que fuese puesto en ejecuci&oacute;n; por lo que, enviando delante a todos los hombres, &eacute;l con poca compa&ntilde;&iacute;a y de hombres nobles, se puso en camino, y acerc&aacute;ndose a la tierra del marqu&eacute;s, mand&oacute; decir a la se&ntilde;ora con anticipaci&oacute;n de un d&iacute;a que a la ma&ntilde;ana siguiente le esperase a almorzar. La se&ntilde;ora, sabia y precavida, repuso alegremente que aqu&eacute;l era un favor superior a cualquier otro y que fuese bien venido.</p><p align="justify">Y enseguida se puso a pensar qu&eacute; querr&iacute;a decir que un tal rey, no estando su marido, viniese a visitarla; y no la enga&ntilde;&oacute; en esto la sospecha de que la fama de su hermosura lo atrajese. Pero no menos como mujer de pro se dispuso a honrarlo, y haciendo llamar a todos los hombres buenos que all&iacute; hab&iacute;an quedado, dio con su consejo las &oacute;rdenes oportunas para todos los preparativos: pero la comida y los manjares quiso prepararlos ella misma. Y sin demora hizo reunir cuantas gallinas hab&iacute;a en la comarca, y tan s&oacute;lo con ellas indic&oacute; a sus cocineros que preparasen varios platos para el convite real. Vino, pues, el rey el d&iacute;a dicho y fue recibido por la se&ntilde;ora con gran fiesta y honor; y a &eacute;l, m&aacute;s de lo que hab&iacute;a imaginado por las palabras del caballero, al mirarla le pareci&oacute; hermosa y valerosa y cort&eacute;s, y se maravill&oacute; grandemente y mucho la estim&oacute;, encendi&eacute;ndose tanto m&aacute;s en su deseo cuanto m&aacute;s sobrepasaba la se&ntilde;ora la estima que &eacute;l hab&iacute;a tenido de ella. Y luego de alg&uacute;n reposo tomado en c&aacute;maras adornad&iacute;simas con todo lo que es necesario para recibir a tal rey, venida la hora del almuerzo, el rey y la marquesa se sentaron a una mesa, y los dem&aacute;s seg&uacute;n su condici&oacute;n fueron en otras mesas honrados. Aqu&iacute;, siendo el rey servido sucesivamente con muchos platos y vinos &oacute;ptimos y preciosos, y adem&aacute;s de ello mirando de vez en cuando con deleite a la hermos&iacute;sima marquesa, gran placer ten&iacute;a. Pero llegando un plato tras el otro, comenz&oacute; el rey a maravillarse un tanto advirtiendo que, por muy diversos que fueran los guisos, no lo eran tanto que no fuesen todos hechos de gallina. Y como supiese el rey que el lugar donde estaba era tal que deb&iacute;a haber abundancia de variados animales salvajes, y que con haberle avisado de su venida hab&iacute;a dado a la se&ntilde;ora espacio suficiente para poder mandar a cazarlos, como mucho de esto se maravillase, no quiso tomar ocasi&oacute;n de hacerla hablar de otra cosa sino de sus gallinas; y con alegre rostro se volvi&oacute; hacia ella y le dijo:</p><p align="justify">-Dama, &iquest;nacen en este pa&iacute;s solamente gallinas sin ning&uacute;n gallo? La marquesa, que entendi&oacute; &oacute;ptimamente la pregunta, pareci&eacute;ndole que seg&uacute;n su deseo Nuestro Se&ntilde;or la hab&iacute;a mandado momento oportuno para poder mostrar su intenci&oacute;n, hacia el rey que le preguntaba resueltamente vuelta, repuso:</p><p align="justify">-No, monse&ntilde;or; pero las mujeres, aunque en vestidos y en honores algo var&iacute;en de las otras, todas sin embargo son igual aqu&iacute; que en cualquier parte.</p><p align="justify">El rey, o&iacute;das estas palabras, bien entendi&oacute; la raz&oacute;n de la invitaci&oacute;n a gallinas y la virtud que escond&iacute;an aquellas palabras y comprendi&oacute; que en vano se gastar&iacute;an las palabras con tal mujer y que no era el caso de usar la fuerza; por lo que, as&iacute; como imprudentemente se hab&iacute;a encendido en su amor, as&iacute; era sabio apagar por su honor el mal concebido fuego. Y sin bromear m&aacute;s, temeroso de sus respuestas, almorz&oacute; fuera de toda esperanza, y terminado el almuerzo, le pareci&oacute; que con el pronto partir disimular&iacute;a su deshonesta venida, y agradeci&eacute;ndole por haberle honrado, encomend&aacute;ndolo ella a Dios, se fue a G&eacute;nova. </p><p align="justify">NOVELA SEXTA</p><p align="justify">Confunde un buen hombre con un dicho ingenioso la malvada hipocres&iacute;a de los religiosos. </p><p align="justify">Emilia, que estaba sentada junto a Fiameta, habiendo sido ya alabado por todas el valor y la cort&eacute;s reprensi&oacute;n hecha por la marquesa al rey de Francia, como agrad&oacute; a su reina, comenz&oacute; a decir con animosa franqueza:</p><p align="justify">Yo tampoco callar&eacute; una lecci&oacute;n que dio un buen hombre laico a un religioso avaro con una agudeza no menos divertida que digna de loa.</p><p align="justify">Hubo, pues, queridos j&oacute;venes, no hace mucho tiempo, en nuestra ciudad, un fraile menor, inquisidor de la depravaci&oacute;n her&eacute;tica que, por mucho que se ingeniase en parecer santo y tierno amante de la fe cristiana (como todos hacen), no era menos buen investigador de quien ten&iacute;a la bolsa llena que de quien sintiera tibieza en la fe. Y llevado por su solicitud encontr&oacute; por acaso un buen hombre, bastante m&aacute;s rico en dineros que en juicio, el cual no ya por falta de fe sino hablando simplemente, tal vez con el vino o por la alegr&iacute;a de la abundancia calentado, hab&iacute;a llegado a decir un d&iacute;a a la compa&ntilde;&iacute;a con quien estaba que ten&iacute;a un vino tan bueno que de &eacute;l beber&iacute;a Cristo. Lo que, si&eacute;ndole contado al inquisidor y entendiendo &eacute;ste que sus haberes eran grandes y que ten&iacute;a bien abultada la bolsa, cum gladiis et fustibus corri&oacute; impetuos&iacute;simamente a echarle encima una grav&iacute;sima acusaci&oacute;n, entendiendo no que de ella debiese resultar un alivio a la incredulidad del procesado sino una afluencia de florines a su mano, como sucedi&oacute;. Y, haci&eacute;ndolo llamar, le pregunt&oacute; si era verdad lo que le hab&iacute;a dicho contra &eacute;l. El buen hombre contest&oacute; que s&iacute;, y le dijo el modo. A lo que el inquisidor sant&iacute;simo y devoto de San Ju&aacute;n Barba de Oro dijo: -&iquest;De modo que has hecho a Cristo bebedor y aficionado a los buenos vinos, como si fuese Cinciglione o alg&uacute;n otro de vosotros, bebedores borrachos y tabernarios, y ahora, hablando humildemente, &iquest;quieres hacer ver que es una cosa sin importancia? No es como te parece; has merecido el fuego por ello, si es que queremos comportarnos contigo como debemos. Y con &eacute;stas y con otras bastantes palabras, con rostro amenazador, como si aqu&eacute;l hubiese sido un epic&uacute;reo negando la eternidad del alma, le hablaba; y, en resumen, tanto lo asust&oacute;, que el buen hombre, por algunos intermediarios, le hizo con una buena cantidad de la grasa de San Juan Barba de Oro ungir las manos (lo que mucho mejora la enfermedad de la pestilente avaricia de los cl&eacute;rigos, y especialmente de los frailes menores que no osan tocar el dinero) para que se condujese con &eacute;l misericordiosamente. La cual unci&oacute;n, aunque Galeno no habla de ella como muy eficaz en ninguna parte de sus libros, tanto le aprovech&oacute;, que el fuego que le amenazaba se permut&oacute; en una cruz: y como si hubiera de ir a la expedici&oacute;n de ultramar, para hacer una bella bandera, se la puso amarilla sobre lo negro. Y adem&aacute;s de esto, recibidos ya los dineros, le retuvo junto a s&iacute; unos d&iacute;as m&aacute;s, poni&eacute;ndole por penitencia que todas las ma&ntilde;anas oyese una misa en Santa Cruz y que a la hora de comer se presentase delante de &eacute;l, y que lo restante del d&iacute;a pod&iacute;a hacer lo que m&aacute;s le gustase.</p><p align="justify">Y, haciendo el dicho hombre estas cosas diligentemente, sucedi&oacute; que una de las ma&ntilde;anas oy&oacute; en misa un evangelio en el que se cantaban estas palabras: &laquo;Recibir&eacute;is ciento por uno y recibir&eacute;is la vida eterna&raquo;, que retuvo firmemente en la memoria; y seg&uacute;n la obligaci&oacute;n impuesta, viniendo a la hora de comer ante el inquisidor, lo encontr&oacute; almorzando. El inquisidor le pregunt&oacute; si hab&iacute;a o&iacute;do misa aquella ma&ntilde;ana y &eacute;l, prontamente, le respondi&oacute;:</p><p align="justify">-S&iacute;, se&ntilde;or m&iacute;o.</p><p align="justify">A lo que el inquisidor dijo:</p><p align="justify">-&iquest;Has o&iacute;do, en ella, alguna cosa de la que dudes o quieras preguntarme? -En verdad -repuso el buen hombre- de nada de lo que he o&iacute;do dudo, y todo firmemente lo creo verdadero; y algo he o&iacute;do que me ha hecho y me hace tener de vos y de los otros frailes grand&iacute;sima compasi&oacute;n, pensando en el mal estado en que vais a estar all&aacute; en la otra vida. Dijo entonces el inquisidor:</p><p align="justify">-&iquest;Y qu&eacute; es lo que te ha movido a tener esta compasi&oacute;n de nosotros? El buen hombre respondi&oacute;:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or m&iacute;o, fueron aquellas palabras del Evangelio que dicen: &laquo;Recibir&eacute;is el ciento por uno&raquo;. A lo que el inquisidor dijo:</p><p align="justify">-As&iacute; es; pero &iquest;por qu&eacute; te han conmovido estas palabras?</p><p align="justify">-Se&ntilde;or m&iacute;o -dijo el buen hombre-, yo os lo dir&eacute;. Desde que vengo aqu&iacute;, he visto todos los d&iacute;as dar aqu&iacute; afuera a muchos pobres a veces uno y otras dos calderos de sopa, que se os quita a vos y a los frailes de vuestro convento como superflua; por lo que si por cada uno os van a dar ciento en el m&aacute;s all&aacute; tanta tendr&eacute;is que all&iacute; dentro todos vais a ahogaros.</p><p align="justify">Y como todos los que estaban sentados a la mesa del inquisidor se echaran a re&iacute;r, el inquisidor, sintiendo que se transparentaba la hipocres&iacute;a de sus sopicaldos, se enoj&oacute; todo, y si no fuese porque ya se le reprochaba lo que le hab&iacute;a hecho, otra acusaci&oacute;n le habr&iacute;a echado encima por lo que con aquel chiste hab&iacute;a reprobado a &eacute;l y a sus holgazanes invitados; y, con ira, le orden&oacute; que hiciese lo que m&aacute;s le gustara sin pon&eacute;rsele m&aacute;s delante.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">NOVELA S&Eacute;PTIMA</p><p align="justify">Bergamino, con una historia sobre Primasso y el abad de Cligny, reprende donosamente la rara avaricia en que cay&oacute; el se&ntilde;or Cane della Scala .</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">Movi&oacute; la donosura de Emilia y su novela a la reina y a todos los dem&aacute;s a re&iacute;r y encomiar la ins&oacute;lita amonestaci&oacute;n hecha al cruzado, pero despu&eacute;s de que las risas se apaciguaron y se tranquilizaron todos, Filostrato, a quien tocaba novelar, empez&oacute; a hablar de esta guisa: Buena cosa es, valerosas se&ntilde;oras, acertar en un blanco que nunca se mueve; pero raya en lo maravilloso cuando un arquero da s&uacute;bitamente en alguna cosa no usada que aparece de pronto. La viciosa y sucia vida de los cl&eacute;rigos, en muchas cosas firme blanco de maldad, sin demasiada dificultad da que hablar, que amonestar y que reprender a quienquiera que desee hacerlo: y por ello, aunque bien hizo el hombre valiente que la hip&oacute;crita caridad de los frailes que dan a los pobres lo que convendr&iacute;a dar a los puercos o tirarlo, ech&oacute; en cara al inquisidor, bastante m&aacute;s estimo que ha de alabarse aquel del cual debo hablar (llev&aacute;ndome a ello la precedente historia), quien al se&ntilde;or Cane della Scala, magn&iacute;fico se&ntilde;or, de una s&uacute;bita y desusada avaricia aparecida en &eacute;l, reprendi&oacute; con una ingeniosa historia, representando en otros lo que sobre &eacute;l y sobre s&iacute; mismo quer&iacute;a decir; la cual es &eacute;sta:</p><p align="justify">As&iacute; como lo extiende su fama por todo el mundo, el se&ntilde;or Cane della Scala, a quien en hartas cosas fue favorable la fortuna, fue uno de los m&aacute;s notables y magn&iacute;ficos se&ntilde;ores del emperador Federico II de los que se tuviese noticia en Italia. El cual, habiendo dispuesto hacer una notable y maravillosa fiesta en Verona, a la que muchas gentes y de diversas partes hab&iacute;an venido, y sobre todo hombres de corte de toda clase, de s&uacute;bito, fuese cual fuese la raz&oacute;n, se retrajo de ello y recompens&oacute; con algo a los que hab&iacute;an venido y les dio licencia. S&oacute;lo uno llamado Bergamino , hablador agudo y florido m&aacute;s de lo que puede creer quien no lo ha o&iacute;do, como no se le hab&iacute;a dado nada ni se le hab&iacute;a despedido, se qued&oacute;, esperando que no sin alguna utilidad futura para &eacute;l se hab&iacute;a hecho aquello. Pero se le hab&iacute;a puesto en el pensamiento al se&ntilde;or Cane que cualquier cosa que diese a &eacute;ste era peor que perderla o que arrojarla al fuego: y no por ello le dec&iacute;a o hac&iacute;a decir cosa alguna. Bergamino, despu&eacute;s de algunos d&iacute;as, viendo que no le llamaban ni le solicitaban para nada que fuese propio de su oficio, y adem&aacute;s de ello que se estaba arruinando en el albergue con sus caballos y sus criados, empez&oacute; a desazonarse; pero sin embargo esperaba, no pareci&eacute;ndole bien irse.</p><p align="justify">Y habiendo llevado consigo tres trajes buenos y ricos que le hab&iacute;an sido dados por otros se&ntilde;ores, para comparecer honradamente en la fiesta, queriendo pagar a su hu&eacute;sped, primeramente le dio uno y luego, demor&aacute;ndose todav&iacute;a mucho m&aacute;s, se vio en necesidad, si quer&iacute;a estar m&aacute;s con su hu&eacute;sped, de darle el segundo; y empez&oacute; a comer del tercero, dispuesto a quedarse a ver qu&eacute; pasaba cuanto le durase aqu&eacute;l, e irse luego. Ahora, mientras com&iacute;a del tercer traje sucedi&oacute; que, estando almorzando el se&ntilde;or Cane , lleg&oacute; un d&iacute;a ante &eacute;l con aspecto muy entristecido; lo que al ver el se&ntilde;or Cane, m&aacute;s por escarnecerlo que por tomar deleite de alg&uacute;n dicho suyo, dijo:</p><p align="justify">-Bergamino, &iquest;qu&eacute; te pasa? &iexcl;Est&aacute;s tan triste! Cu&eacute;ntanos alguna cosa. Bergamino, entonces, sin pararse un punto a pensar, como si mucho tiempo pensado lo hubiera, s&uacute;bitamente acomod&aacute;ndola a su caso, cont&oacute; esta historia:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or m&iacute;o, deb&eacute;is saber que Primasso fue un gran entendido en gram&aacute;tica, y fue, m&aacute;s que cualquier otro, grande e improvisado versificador; las cuales cosas le hicieron tan notable y tan famoso que, aunque en persona no fuese conocido en todas partes, por nombre y por fama no hab&iacute;a casi nadie que no supiese qui&eacute;n era Primasso. Ahora bien, sucedi&oacute; que encontr&aacute;ndose &eacute;l una vez en Par&iacute;s en pobre estado, como lo estaba la mayor parte del tiempo, porque su m&eacute;rito poco era estimado por los que son poderosos, oy&oacute; hablar de un abad de Cligny, que se cree que sea el prelado m&aacute;s rico en riquezas propias que tenga la Iglesia de Dios, del papa para abajo; y oy&oacute; decir de &eacute;l maravillosas y magn&iacute;ficas cosas de que siempre ten&iacute;a reunida su corte y nunca hab&iacute;a negado, a cualquiera que anduviese all&aacute; donde &eacute;l estaba ni de comer ni de beber, si llegaba a pedirlo cuando el abad estaba comiendo. Lo que, oyendo Primasso, como hombre que se complac&iacute;a en ver a los hombres y se&ntilde;ores valiosos, deliber&oacute; ir a ver la magnificencia de este abad y pregunt&oacute; cu&aacute;n cerca de Par&iacute;s viv&iacute;a. A lo que le fue contestado que a unas seis millas en una de sus posesiones; adonde Primasso pens&oacute; poder llegar, poni&eacute;ndose en camino de ma&ntilde;ana a buena hora, a la hora de comer.</p><p align="justify">Haci&eacute;ndose, pues, ense&ntilde;ar el camino, no encontrando a nadie que fuese all&iacute;, temi&oacute; que por desgracia pudiera extraviarse e ir a parar en parte donde no encontrar&iacute;a de comer tan pronto; por lo que, por si ello ocurriera, para no padecer penuria de comida, pens&oacute; en llevar tres panes, considerando que agua, que le gustaba poco, encontrar&iacute;a de beber en cualquier parte. Y meti&eacute;ndoselos en el seno, tom&oacute; el camino y tuvo tanta suerte que antes de la hora de comer lleg&oacute; a donde estaba el abad. Y, entrado dentro, estuvo mirando por todas partes y vista la gran multitud de las mesas puestas y el gran aparato de la cocina y las dem&aacute;s cosas preparadas para almorzar, se dijo a s&iacute; mismo: &laquo;Verdaderamente &eacute;ste es tan magn&iacute;fico como se dice&raquo;. Y estando a todas estas cosas atento, el senescal del abad, porque era hora de comer mand&oacute; que se diese agua a las manos; Y, dada el agua, sent&oacute; a todos a la mesa. Y sucedi&oacute; por ventura que Primasso fue puesto precisamente enfrente de la puerta de la c&aacute;mara por donde el abad deb&iacute;a salir para venir al comedor. Era costumbre en aquella corte que sobre las mesas ni vino, ni pan, ni nada de comer o de beber se pon&iacute;a nunca si primero no hab&iacute;a venido el abad a sentarse a la mesa. Habiendo, pues, el senescal puesto las mesas, hizo decir al abad que, cuando le pluguiese, la comida estaba presta. El abad hizo abrir la c&aacute;mara para venir a la sala, y al venir mir&oacute; hacia adelante, y por ventura el primer hombre en quien puso los ojos fue Primasso, que bastante pobre estaba de arreos y a quien &eacute;l no conoc&iacute;a en persona; y al verlo, incontinenti le vino al &aacute;nimo un pensamiento mezquino y que nunca hab&iacute;a tenido, y se dijo: &laquo;&iexcl;Mira a qui&eacute;n doy a comer lo m&iacute;o!&raquo;.</p><p align="justify">Y, volvi&eacute;ndose dentro, mand&oacute; que cerrasen la c&aacute;mara y pregunt&oacute; a los que estaban con &eacute;l si alguno de ellos conoc&iacute;a a aquel bellaco que frente a la puerta de su c&aacute;mara se sentaba a la mesa. Todos contestaron que no. Primasso, que ten&iacute;a ganas de comer como quien hab&iacute;a caminado y no estaba acostumbrado a ayunar, habiendo ya esperado un rato y viendo que el abad no ven&iacute;a, se sac&oacute; del seno uno de los tres panes que hab&iacute;a llevado y empez&oacute; a com&eacute;rselo. El abad, despu&eacute;s que pas&oacute; alg&uacute;n tanto, mand&oacute; a uno de sus familiares que mirase si se hab&iacute;a ido este Primasso. El familiar respondi&oacute;: -No, mi se&ntilde;or, sino que come pan, lo que muestra que lo ha tra&iacute;do consigo. Dijo entonces el abad:</p><p align="justify">-Pues que coma de lo suyo, si tiene, que del nuestro no comer&aacute; hoy. Habr&iacute;a querido el abad que Primasso se hubiese ido por s&iacute; mismo, porque despedirlo no le parec&iacute;a bien. Primasso, como se hab&iacute;a comido un pan y el abad no ven&iacute;a, empez&oacute; a comer el segundo, lo que igualmente fue dicho al abad, que hab&iacute;a mandado mirar si se hab&iacute;a ido. Por &uacute;ltimo, no viniendo el abad, Primasso, comido el segundo, empez&oacute; a comer el tercero, lo que tambi&eacute;n dijeron al abad. El cual empez&oacute; a pensar y a decirse:</p><p align="justify">&laquo;Ah, &iquest;qu&eacute; novedad es esta que me ha venido hoy al &aacute;nimo?, &iquest;qu&eacute; avaricia?, &iquest;qu&eacute; encono?, &iquest;y por causa de qui&eacute;n? Yo he dado de comer de lo m&iacute;o, desde hace muchos a&ntilde;os, a quien lo ha querido comer, sin mirar si gentilhombre o villano, pobre o rico, mercader o tendero, haya sido; y con mis ojos lo he visto despedazar a infinitos bellacos y nunca al &aacute;nimo me vino este pensamiento que por &eacute;ste me ha venido hoy; no me debe de haber atacado tan firmemente la avaricia por un hombre de poco: alg&uacute;n gran personaje debe ser este que me parece bellaco, pues que as&iacute; se me ha embotado el &aacute;nimo para honrarlo&raquo;. Y, dicho as&iacute;, quiso saber qui&eacute;n era: y vino a saber que era Primasso, que hab&iacute;a venido aqu&iacute; a ver lo que hab&iacute;a o&iacute;do de su magnificencia. Y como el abad le conoc&iacute;a por su fama hac&iacute;a mucho tiempo como hombre sabio, se avergonz&oacute; y, deseoso de enmienda, de muchas maneras se ingeni&oacute; en honrarlo. Y despu&eacute;s de comer, como conven&iacute;a al valor de Primasso, le hizo vestir noblemente, y d&aacute;ndole dineros y un palafr&eacute;n, dej&oacute; a su arbitrio irse o quedarse; de lo que, contento Primasso, habi&eacute;ndole dado las gracias mayores que pudo, a Par&iacute;s, de donde hab&iacute;a salido a pie, volvi&oacute; a caballo. El se&ntilde;or Cane, que era buen entendedor, sin ninguna otra explicaci&oacute;n entendi&oacute; &oacute;ptimamente lo que quer&iacute;a decir Bergamino, y sonriendo le dijo:</p><p align="justify">-Bergamino, asaz finamente has mostrado tus agravios, tu virtud y mi avaricia y lo que de m&iacute; deseas; y en verdad nunca sino ahora contigo he sido asaltado por la avaricia, pero la arrojar&eacute; de m&iacute; con aquel bast&oacute;n que t&uacute; mismo has inventado.</p><p align="justify">Y haciendo pagar al hu&eacute;sped de Bergamino, le hizo restituir los tres trajes, y a &eacute;l, vestido nobil&iacute;simamente con un rico traje suyo, d&aacute;ndole dineros y un palafr&eacute;n, dej&oacute; por aquella vez en libertad de quedarse o de irse.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">NOVELA OCTAVA</p><p align="justify">Guiglielmo Borsiere, con discretas palabras, reprende la avaricia del se&ntilde;or Herminio de los Grimaldi. </p><p align="justify">Se sentaba junto a Filostrato Laureta, la cual, despu&eacute;s de que hubo o&iacute;do alabar el ingenio de Bergamino y advirtiendo que le correspond&iacute;a a ella contar alguna cosa, sin esperar ning&uacute;n mandato, placenteramente empez&oacute; a hablar as&iacute;.</p><p align="justify">La novela precedente, queridas compa&ntilde;eras, me induce a contar c&oacute;mo un hombre bueno, tambi&eacute;n cortesano y no sin fruto, reprendi&oacute; la codicia de un mercader riqu&iacute;simo; y &eacute;sta, aunque se asemeje al argumento de la pasada, no deber&aacute; por eso seros menos gustosa, pensando que va a acabar bien. Hubo, pues, en G&eacute;nova, ya hace mucho tiempo, un gentilhombre llamado se&ntilde;or Herminio de los Grimaldi que, seg&uacute;n era estimado por todos, por sus grand&iacute;simas posesiones y dineros superaba con mucho la riqueza de cualquier otro ciudadano riqu&iacute;simo de quien entonces se supiera en Italia; y tanto como superaba en riqueza a cualquier it&aacute;lico que fuese, tanto en avaricia y miseria sobresal&iacute;a sobre cualquier miserable y avaro que hubiese en el mundo : por lo que no solamente para honrar a otros ten&iacute;a la bolsa cerrada, sino en las cosas necesarias a su propia persona, contra la costumbre general de los genoveses que acostumbran a vestir noblemente, manten&iacute;a &eacute;l, por no gastar, privaciones grand&iacute;simas, y del mismo modo en el comer y el beber. Por lo que merecidamente su apellido de Grimaldi le hab&iacute;a sido quitado y nadie le llamaba otra cosa que Herminio Avaricia. Sucedi&oacute; que en este tiempo en que &eacute;l, no gastando, multiplicaba lo suyo, lleg&oacute; a G&eacute;nova un valeroso hombre de corte , cort&eacute;s y buen decidor, llamado Guiglielmo Borsiere , en nada semejante a los de hoy que, no sin gran verg&uuml;enza de las corruptas y vituperables costumbres de quienes quieren hoy ser llamados y reputados por nobles y por se&ntilde;ores, parecen m&aacute;s bien asnos educados en la torpeza de toda la maldad de los hombres m&aacute;s viles que en las cortes. Y mientras en otros tiempos sol&iacute;a ser su ocupaci&oacute;n y consagrarse su cuidado a concertar paces donde la guerra o las ofensas hubiesen nacido entre hombres nobles, o a concertar matrimonios, parentescos y amistad, y con palabras buenas y discretas recrear los &aacute;nimos de los fatigados y solazar las cortes, y con agrias reprensiones, como si fuesen padres, corregir los defectos de los malos, y todo esto por premios asaz ligeros; hoy en contar mal de unos a otros, en sembrar ciza&ntilde;a, en decir maldades e ignominias y, lo que es peor, en hacerlas en presencia de los hombres, en echarse en cara los males, las verg&uuml;enzas y las tristezas, verdaderas y no verdaderas, unos a otros, y con falsos halagos hacer volver los &aacute;nimos nobles a las cosas viles y malvadas, se ingenian en consumir su tiempo.</p><p align="justify">Y m&aacute;s es tenido en amor y m&aacute;s honrado y exaltado con premios alt&iacute;simos por los se&ntilde;ores miserables y descorteses aquel que m&aacute;s abominables palabras dice o acciones comete: gran verg&uuml;enza y digna de reprobaci&oacute;n del mundo presente y prueba muy evidente de que las virtudes, volando de aqu&iacute; abajo, nos han abandonado en las heces del vicio a los m&iacute;seros vivientes. Pero, volviendo a lo que comenzado hab&iacute;a, de lo que el justo enojo me ha apartado m&aacute;s de lo que pensaba, digo que el ya dicho Guiglielmo fue honrado y de buena gana recibido por todos los hombres nobles de G&eacute;nova y que, habi&eacute;ndose quedado algunos d&iacute;as en la ciudad y habiendo o&iacute;do muchas cosas sobre la miseria y la avaricia del se&ntilde;or Herminio, lo quiso ver. El se&ntilde;or Herminio hab&iacute;a ya o&iacute;do que este Guiglielmo Borsiere era hombre honrado y habiendo a&uacute;n en &eacute;l, por avaro que fuese, alguna chispita de cortes&iacute;a, con palabras asaz amistosas y con alegre gesto le recibi&oacute; y entr&oacute; con &eacute;l en muchos y variados razonamientos, y conversando le llev&oacute; consigo, junto con otros genoveses que con &eacute;l estaban, a una casa nueva suya que hab&iacute;a mandado hacer muy hermosa; y despu&eacute;s de hab&eacute;rsela mostrado toda, dijo: -Ah, se&ntilde;or Guiglielmo, vos que hab&eacute;is visto y o&iacute;do tantas cosas, &iquest;me sabr&iacute;ais mostrar alguna cosa que nunca haya sido vista, que yo pudiese mandar pintar en la sala de esta casa m&iacute;a? A lo que Guiglielmo, oyendo su modo de hablar poco discreto, repuso: -Se&ntilde;or, algo que nunca se haya visto no creer&eacute;is que yo pueda mostraros, si no son estornudos y otras cosas semejantes; pero si os place, bien os ense&ntilde;ar&eacute; una cosa que vos no creo que hay&aacute;is visto nunca. El se&ntilde;or Herminio dijo:</p><p align="justify">-Ah, os lo ruego, decidme cu&aacute;l es -no esperando que &eacute;l iba a contestarle lo que le contest&oacute;. A lo que Guiglielmo entonces contest&oacute; prestamente:</p><p align="justify">-Mandad pintar la Cortes&iacute;a.</p><p align="justify">Al o&iacute;r el se&ntilde;or Herminio estas palabras se sinti&oacute; invadido por una verg&uuml;enza tan grande que tuvo fuerza para hacerle cambiar el &aacute;nimo a todo lo contrario de lo que hasta aquel momento hab&iacute;a sido, y dijo: -Se&ntilde;or Guiglielmo, la har&eacute; pintar de manera que nunca ni vos ni otro con raz&oacute;n pod&aacute;is decirme que no la haya visto y conocido.</p><p align="justify">Y de entonces en adelante (con tal virtud fueron dichas las palabras de Guiglielmo) fue el m&aacute;s liberal y m&aacute;s generoso gentilhombre y el que honr&oacute; a los forasteros y a los ciudadanos m&aacute;s que ning&uacute;n otro que hubiera en G&eacute;nova en su tiempo.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">NOVELA NOVENA</p><p align="justify">El rey de Chipre , reprendido por una dama de Gascu&ntilde;a, de cobarde se transforma en valeroso. </p><p align="justify">Para Elisa quedaba el &uacute;ltimo mandato de la reina; y ella, sin esperarlo, festivamente comenz&oacute;: J&oacute;venes se&ntilde;oras, ha sucedido muchas veces que aquello que varias reprensiones y muchos castigos impuestos a alguno no han podido ense&ntilde;arle, unas palabras (muchas veces dichas por acaso), no ex prop&oacute;sito, lo han logrado. Lo que bien aparece en la novela contada por Laureta, y yo, adem&aacute;s, con otra muy breve entiendo demostraros porque, como sea que las cosas buenas siempre pueden servir de algo, deben seguirse con &aacute;nimo atento, sea quien sea quien las dice. Digo, pues, que en tiempos del primer rey de Chipre, despu&eacute;s de la conquista de los Santos Lugares hecha por Godofredo de Bouill&oacute;n , sucedi&oacute; que una noble se&ntilde;ora de Gascu&ntilde;a fue en peregrinaci&oacute;n al Sepulcro, y volviendo de all&iacute;, llegada a Chipre, por algunos hombres criminales fue villanamente ultrajada; de lo que ella, doli&eacute;ndose sin hallar consuelo, pens&oacute; ir a reclamar al rey; pero alguien le dijo que se cansar&iacute;a en balde porque &eacute;l era de una vida tan ab&uacute;lica y tan apocada que, no es que no vengase con su justicia los ultrajes de otros, sino que soportaba infinitos a &eacute;l hechos con vituperable vileza, mientras que quien sufr&iacute;a alg&uacute;n agravio lo desahogaba haci&eacute;ndole alguna afrenta o verg&uuml;enza. Oyendo lo cual la dama, desesperando de la venganza, para tener alg&uacute;n consuelo en su dolor, se propuso reprender la miseria del dicho rey; y y&eacute;ndose llorando ante &eacute;l, dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;or, no vengo a tu presencia porque espere venganza de la injuria que me ha sido hecha; sino que en satisfacci&oacute;n de ella te ruego que me ense&ntilde;es c&oacute;mo sufres las que entiendo te son hechas, para que, aprendiendo de ti, pueda soportar la m&iacute;a pacientemente, la cual, s&aacute;belo Dios de buena gana te dar&iacute;a puesto que eres tan buen portador de ellas.</p><p align="justify">El rey, que hasta entonces hab&iacute;a sido lento y perezoso, como si se despertase de un sue&ntilde;o, empezando por la injuria hecha a aquella se&ntilde;ora, que veng&oacute; duramente, se hizo sever&iacute;simo de all&iacute; en adelante persecutor de cualquiera que cometiese alguna cosa contra el honor de su corona. </p><p align="justify">NOVELA D&Eacute;CIMA</p><p align="justify">El maestro Alberto de Bolonia hace discretamente avergonzar a una se&ntilde;ora que quer&iacute;a avergonzarle a &eacute;l por estar enamorado de ella.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">Quedaba, al callarse Elisa, el &uacute;ltimo trabajo del novelar a la reina, la cual, con femenina gracia empezando a hablar, dijo:</p><p align="justify">Nobles j&oacute;venes, como en las claras noches son las estrellas adorno del cielo y en la primavera las flores de los verdes prados, as&iacute; lo son las frases ingeniosas de las loables costumbres y las conversaciones placenteras; las cuales, porque son breves, convienen mucho m&aacute;s a las mujeres que a los hombres, porque m&aacute;s de las mujeres que de los hombres desdice el hablar mucho y largo (cuando pueda pasarse sin ello), a pesar de que hoy pocas o ninguna mujer puede que se entienda en agudezas o que, si las oyese, supiera contestarlas: y verg&uuml;enza general es para nosotras y para cuantas est&aacute;n vivas. Porque aquella virtud que estuvo en el &aacute;nimo de nuestras antepasadas, las modernas la han convertido en adornos del cuerpo, y la que se ve sobre las espaldas los pa&ntilde;os m&aacute;s abigarrados y variegados y con m&aacute;s adornos, se cree que debe ser tenida en mucho m&aacute;s y mucho m&aacute;s que otras honrada, no pensando que si en lugar de sobre las espaldas sobre los lomos los llevase, un asno llevar&iacute;a m&aacute;s que alguna de ellas: y no por ello habr&iacute;a que honrarle m&aacute;s que a un asno.</p><p align="justify">Me averg&uuml;enza decirlo porque no puedo nada decir de las dem&aacute;s que contra m&iacute; no diga: &eacute;sas tan aderezadas, tan pintadas, tan abigarradas, o como estatuas de m&aacute;rmol mudas e insensibles est&aacute;n o, as&iacute; responden, si se les dirige la palabra, que mucho mejor fuera que se hubiesen callado; y nos hacen creer que de pureza de &aacute;nimo proceda el no saber conversar entre se&ntilde;oras y con los hombres corteses, y a su gazmo&ntilde;er&iacute;a le han dado nombre de honestidad como si ninguna se&ntilde;ora honesta hubiera sino aquella que con la camarera o con la lavandera o con su cocinera hable; porque si la naturaleza lo hubiera querido como ellas quieren hacerlo creer, de otra manera les hubiera limitado la charla. La verdad es que, como en las dem&aacute;s cosas, en &eacute;sta hay que mirar el tiempo y el modo y con qui&eacute;n se habla, porque a veces sucede que, creyendo alguna mujer o alg&uacute;n hombre con alguna fras&eacute;cula aguda hacer sonrojar a otro, no habiendo bien medido sus fuerzas con las de quien sea, aquel rubor que sobre otro ha querido arrojar contra s&iacute; mismo lo ha sentido volverse.</p><p align="justify">Por lo cual, para que sep&aacute;is guardaros y para que no se os pueda aplicar a vosotras aquel proverbio que com&uacute;nmente se dice por todas partes de que las mujeres en todo cogen lo peor siempre, esta &uacute;ltima novela de las de hoy, que me toca decir, quiero que os adiestre, para que as&iacute; como en nobleza de &aacute;nimo est&aacute;is separadas de las dem&aacute;s, as&iacute; tambi&eacute;n por la excelencia de las maneras separadas de las dem&aacute;s os mostr&eacute;is. No han pasado todav&iacute;a muchos a&ntilde;os desde que en Bolonia hubo un grand&iacute;simo m&eacute;dico y de clara fama en todo el mundo, y tal vez vive todav&iacute;a, cuyo nombre fue maestro Alberto ; el cual, siendo ya viejo de cerca de setenta a&ntilde;os, tanta fue la nobleza de su esp&iacute;ritu que, habi&eacute;ndosele ya del cuerpo partido casi todo el calor natural, no se rehus&oacute; a recibir las amorosas llamas habiendo visto en una fiesta a una bell&iacute;sima se&ntilde;ora viuda llamada, seg&uacute;n dicen algunos, do&ntilde;a Malgherida de los Ghisolieri; y agrad&aacute;ndole sobremanera, no de otro modo que un jovencillo las recibi&oacute; en su maduro pecho, hasta tal punto que no le parec&iacute;a bien descansar de noche si el d&iacute;a anterior no hubiese visto el hermoso y delicado rostro de la bella se&ntilde;ora. Y por ello, empez&oacute; a frecuentar, a pie o a caballo seg&uacute;n lo que m&aacute;s a mano le ven&iacute;a, la calle donde estaba la casa de esta se&ntilde;ora.</p><p align="justify">Por lo cual, ella y muchas otras se&ntilde;oras se apercibieron de la raz&oacute;n de su pasar y muchas veces hicieron bromas entre ellas al ver a un hombre tan viejo, de a&ntilde;os y de juicio, enamorado, como si creyeran que esta pasi&oacute;n tan placentera del amor solamente en los necios &aacute;nimos de los j&oacute;venes y no en otra parte entrase y permaneciese. Por lo que, continuando el pasar del maestro Alberto, sucedi&oacute; que un d&iacute;a de fiesta, estando esta se&ntilde;ora con otras muchas se&ntilde;oras sentada delante de su puerta, y habiendo visto de lejos venir al maestro Alberto hacia ellas, todas con ella se propusieron recibirlo y honrarle y luego gastarle bromas por este su enamoramiento; y as&iacute; lo hicieron.</p><p align="justify">Por lo que, levant&aacute;ndose todas e invitado &eacute;l, le condujeron a un fresco patio donde mandaron traer fin&iacute;simos vinos y dulces; y al final, con palabras ingeniosas y corteses le preguntaron c&oacute;mo pod&iacute;a ser aquello de estar &eacute;l enamorado de esta hermosa se&ntilde;ora sabiendo que era amada de muchos hermosos, nobles y corteses j&oacute;venes.</p><p align="justify">El maestro, sinti&eacute;ndose gentilmente embromado, puso alegre gesto y respondi&oacute;: -Se&ntilde;ora, que yo ame no debe maravillar a ning&uacute;n sabio, y especialmente a vos, porque os lo merec&eacute;is. Y aunque a los hombres viejos les haya quitado la naturaleza las fuerzas que se requieren para los ejercicios amorosos, no les ha quitado la buena voluntad ni el conocer lo que deba ser amado, sino que naturalmente lo conocen mejor porque tienen m&aacute;s conocimiento que los j&oacute;venes. La esperanza que me mueve a amaros, yo viejo a vos amada de muchos j&oacute;venes, es &eacute;sta: muchas veces he estado en sitios donde he visto a las mujeres merendando y comiendo altramuces y puerros; y aunque en los puerros nada es bueno, es menos malo y m&aacute;s agradable a la boca la cabeza, pero vosotras, generalmente guiadas por equivocado gusto, os qued&aacute;is con la cabeza en la mano y os com&eacute;is las hojas, que no s&oacute;lo no valen nada sino que son de mal sabor. &iquest;Y qu&eacute; s&eacute; yo, se&ntilde;ora, si al elegir los amantes no hac&eacute;is lo mismo? Y si lo hicieseis, yo ser&iacute;a el que ser&iacute;a elegido por vos, y los otros despedidos.</p><p align="justify">La noble se&ntilde;ora, juntamente con las otras, avergonz&aacute;ndose un tanto, dijo: -Maestro, asaz bien y cort&eacute;smente nos hab&eacute;is reprendido de nuestra presuntuosa empresa; con todo, vuestro amor me es caro, como de hombre sabio y de pro debe serlo, y por ello, salvaguardando mi honestidad, como a cosa vuestra mandadme todos vuestros gustos con confianza. El maestro, levant&aacute;ndose con sus compa&ntilde;eros, agradeci&oacute; a la se&ntilde;ora y despidi&eacute;ndose de ella riendo y con fiesta, se fue. As&iacute;, la se&ntilde;ora, no mirando de qui&eacute;n se chanceaba, creyendo vencer fue vencida; de lo que vosotras, si sois prudentes, &oacute;ptimamente os guardar&eacute;is.</p><p align="justify"><br /><br /></p><p align="justify">Ya estaba el sol inclinado hacia el ocaso y disminuido en gran parte el calor, cuando las narraciones de las j&oacute;venes y de los j&oacute;venes llegaron a su fin; por lo cual, su reina placenteramente dijo: -Ahora ya, queridas compa&ntilde;eras, nada queda a mi gobierno durante la presente jornada sino daros una nueva reina que, en la venidera, seg&uacute;n su juicio, su vida y la nuestra disponga para una honesta recreaci&oacute;n, y mientras el d&iacute;a dure de aqu&iacute; hasta la noche (porque quien no se toma alg&uacute;n tiempo por delante no parece que bien pueda prepararse para el porvenir) y para que aquello que la nueva reina delibere que sea oportuno para ma&ntilde;ana pueda disponerse, a esta hora me parece que deben empezar las jornadas siguientes. Y por ello, en reverencia a Aquel por quien todas las cosas viven y es nuestro consuelo, en esta segunda jornada Filomena, joven discret&iacute;sima, como reina guiar&aacute; nuestro reino. Y dicho esto, poni&eacute;ndose en pie y quit&aacute;ndose la guirnalda de laurel, con reverencia a ella se la puso, y ella primero y despu&eacute;s todas las dem&aacute;s y semejantemente los j&oacute;venes la saludaron como a reina, y a su se&ntilde;or&iacute;o con complacencia se sometieron. Filomena, un tanto sonrojada de verg&uuml;enza, vi&eacute;ndose coronada en aquel reino y acord&aacute;ndose de las palabras poco antes dichas por Pamp&iacute;nea, para no parecer gazmo&ntilde;a, recobrada la osad&iacute;a, primeramente confirm&oacute; los cargos dados por Pamp&iacute;nea y dispuso lo que para la ma&ntilde;ana siguiente y para la futura cena deb&iacute;a hacerse y qued&aacute;ndose aqu&iacute; donde estaban, empez&oacute; a hablar as&iacute;.</p><p align="justify">-Car&iacute;simas compa&ntilde;eras , aunque Pamp&iacute;nea, por su cortes&iacute;a m&aacute;s que por mi virtud, me haya hecho reina de todos vosotros, no me siento yo dispuesta a seguir solamente mi juicio sobre la forma de nuestro vivir, sino el vuestro junto con el m&iacute;o, y para que lo que a m&iacute; me parece hacer sep&aacute;is, y por consiguiente a&ntilde;adir y disminuir pod&aacute;is a vuestro gusto, con pocas palabras entiendo mostr&aacute;roslo. Si hoy he reparado bien, los modos seguidos por Pamp&iacute;nea me parece que han sido todos igualmente loables y deleitosos; y por ello, hasta que, o por demasiada repetici&oacute;n o por otra raz&oacute;n, no nos causen tedio, no pienso cambiarlos. Habiendo ya, pues, comenzado las &oacute;rdenes de lo que hayamos de hacer, levant&aacute;ndonos de aqu&iacute;, nos iremos a pasear un rato, y cuando el sol est&eacute; poni&eacute;ndose cenaremos con la fresca y, luego de algunas cancioncillas y otros entretenimientos, bien ser&aacute; que nos vayamos a dormir. Ma&ntilde;ana, levant&aacute;ndonos con la fresca, semejantemente iremos a solazarnos a alguna parte como a cada uno le sea m&aacute;s agradable hacer, y como hoy hemos hecho, igual a la hora debida volveremos a comer; bailaremos, y cuando nos levantemos de la siesta, aqu&iacute; donde hoy hemos estado volveremos a novelar, en lo que me parece haber grand&iacute;simo placer y utilidad a un tiempo. Y lo que Pamp&iacute;nea no ha podido hacer, por haber sido ya tarde elegida para el gobierno, quiero comenzar a hacerlo, es decir, a restringir dentro de algunos l&iacute;mites aquello sobre lo cual debamos novelar y dec&iacute;roslo anticipadamente para que cada uno tenga tiempo de poder pensar en alguna buena historia sobre el asunto propuesto para poderla contar; el cual, si os place, sea esta vez que, puesto que desde el principio del mundo los hombres han sido empujados por la fortuna a casos diversos, y lo ser&aacute;n hasta el fin, todos debemos contar algo sobre ello: sobre alguien que, perseguido por diversas contrariedades, haya llegado contra toda esperanza a buen fin. Las mujeres y los hombres, todos por igual, alabaron esta orden y aprobaron que se siguiese; solamente Dioneo, todos los otros habiendo callado ya, dijo:</p><p align="justify">-Se&ntilde;ora m&iacute;a, como todos &eacute;stos han dicho, tambi&eacute;n digo yo que es sumamente placentera y encomiable la orden por vos dada; pero como gracia especial os pido un don, que quiero que me sea confirmado mientras nuestra compa&ntilde;&iacute;a dure, y es &eacute;ste: que yo no sea obligado por esta ley de tener que contar una historia seg&uacute;n un asunto propuesto si no quiero, sino sobre aquello que m&aacute;s me guste contarlo. Y para que nadie piense que quiero esta gracia como hombre que no tenga a mano historias, desde ahora me contentar&eacute; con ser &eacute;l &uacute;ltimo que la cuente.</p><p align="justify">La reina, que lo conoc&iacute;a como hombre divertido y festivo, comprendi&oacute; justamente que no lo ped&iacute;a sino por poder a la compa&ntilde;&iacute;a alegrar con alguna historia divertida si estuviesen cansados de tanta narraci&oacute;n, y con consentimiento de los dem&aacute;s, alegremente le concedi&oacute; la gracia; y levant&aacute;ndose todos, hacia un arroyo de agua clar&iacute;sima que de un montecillo descend&iacute;a a un valle sombreado con muchos &aacute;rboles, entre piedras lisas y verdes hierbecillas, con despacioso paso se fueron. All&iacute; descalzos y metiendo los brazos desnudos en el agua, empezaron a divertirse entre ellos de varias maneras. Y al acercarse la hora de la cena volvieron hacia la villa y cenaron con gusto; despu&eacute;s de la cena, hechos traer los instrumentos, mand&oacute; la reina que se iniciase una danza, y conduci&eacute;ndola Laureta, que Emilia cantase una canci&oacute;n, acompa&ntilde;ada por el la&uacute;d de Dioneo. Por cuya orden, Laureta, prestamente, comenz&oacute; una danza y la dirigi&oacute;, cantando Emilia amorosamente la siguiente canci&oacute;n:</p><div align="justify">Tanto me satisface mi hermosura </div><div align="justify">que en otro amor jam&aacute;s </div><div align="justify">ni pensar&eacute; ni buscar&eacute; ternura. </div><div align="justify">En ella veo siempre en el espejo </div><div align="justify">el bien que satisface el intelecto </div><div align="justify">y ni accidente nuevo o pensar viejo </div><div align="justify">el bien me quitar&aacute; que me es dilecto </div><div align="justify">pues &iquest;qu&eacute; otro amable objeto </div><div align="justify">podr&eacute; mirar jam&aacute;s </div><div align="justify">que d&eacute; a mi coraz&oacute;n nueva ternura? </div><div align="justify">No se escapa este bien cuando deseo, </div><div align="justify">por sentir un consuelo, contemplarlo, </div><div align="justify">pues mi placer secunda, y mi recreo </div><div align="justify">de tan suave manera, que expresarlo </div><div align="justify">no podr&iacute;a, ni podr&iacute;a experimentarlo </div><div align="justify">ning&uacute;n mortal jam&aacute;s </div><div align="justify">que no hubiese abrasado tal ternura. </div><div align="justify">Y yo, que a cada instante m&aacute;s me enciendo, </div><div align="justify">cuanto m&aacute;s en &eacute;l fijo la mirada, </div><div align="justify">toda me doy a &eacute;l, toda me ofrendo </div><div align="justify">gustando ya de su promesa amada; </div><div align="justify">y tanto gozo espero a mi llegada </div><div align="justify">junto a &eacute;l, que jam&aacute;s </div><div align="justify">ha sentido aqu&iacute; nadie tal ternura. </div><p align="justify"></p><p align="justify">Terminada esta balada, que todos hab&iacute;an coreado alegremente, aunque a muchos les hiciese cavilar su letra, luego de algunas carolas, habiendo pasado ya una partecilla de la breve noche, plugo a la reina dar fin a la primera jornada, y mandando encender las antorchas, orden&oacute; que todos se fuesen a descansar hasta la ma&ntilde;ana siguiente; por lo que, cada uno, volvi&eacute;ndose a su c&aacute;mara, as&iacute; hizo.</p>]]></description><pubDate>Sun, 09 Jul 2006 20:24:00 +0000</pubDate></item><item><title/><link>https://carolus-magnus.blogia.com/2006/070901.php</link><guid isPermaLink="true">https://carolus-magnus.blogia.com/2006/070901.php</guid><description><![CDATA[]]></description><pubDate>Sun, 09 Jul 2006 19:49:00 +0000</pubDate></item></channel></rss>
